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Filosofía de Epicteto al servicio del Abogado.

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Siguiendo a Seligman nuestra actividad se desarrolla en un marco de trabajo muy rígido, pues dependemos de normas y procedimientos que nos hacen disponer de muy estrechos márgenes de decisión; hostil, pues nos vemos rodeados de conflictos y tensión, y en mucha menor medida de emociones positivas que, si se dan, duran poco; aislado, ya que una importante parte de nuestra actividad se produce de forma aislada consultando información y preparando escritos ajustados a formatos establecidos; estresante, pues soportamos una excesiva dilación en la resolución de los casos, normalmente concurrentes, diversos y complejos sometido a la dinámica victoria-derrota, lo que conlleva una sensible erosión emocional; y finalmente jerarquizado, pues actuamos en el marco singular de dignidades y jerarquías de la Justicia, sometidos por tanto al criterio aplicativo de los jueces del cual dependemos.

Por ello, el abogado, especialmente el joven, que no sepa controlar la respuesta emocional a las anteriores situaciones está literalmente perdido en este mundo, disponiendo de dos opciones, cambiar para crecer o abandonar….

Triste, pero real como la vida misma.

Ante esta situación y como posible reflexión que podría ayudarnos a superar nuestras frustraciones se encuentra un principio de la escuela estoica fue enunciado por el filósofo Epicteto como se recoge en “Las Disertaciones de Arriano” obra en la que su discípulo Arriano recogió los pensamientos de su maestro.

Os pido que a medida que vayáis leyendo integréis vuestra actividad como abogado en los fundamentos de este principio filosófico, pues sin duda os resultará todo muy familiar.

El principio parte de la base de que todo ser humano, a la hora de interactuar con sus semejantes, debe ser plenamente consciente de que existen ciertas cosas que dependen exclusivamente de nosotros y otras, que no dependen de nosotros. Nuestras opiniones, juicios, sentimientos, actitudes y en definitiva, nuestras decisiones dependen de nosotros en su integridad y por lo tanto son libres y no están sujetas a restricciones por lo que somos libres de elegir y decidir cómo actuar en cualquier situación. Al ser libres de elegir, nos hacemos plenamente responsables de nuestra decisión.

Por el contrario, hay ciertas cosas que no dependen de nosotros precisamente porque dependen de otros (la fama, el dinero, la aprobación de los demás, la muerte, etc.) y por lo tanto están sujetas a restricciones al depender de la voluntad de aquellos. En tales supuestos, actuar sobre la base de estas cosas que no dependen de nuestra voluntad puede originar impedimentos y obstáculos que, a la postre, nos obligará a censurar y a acusar a los demás y lamentarnos de nuestra situación.

La enseñanza de este principio radica en que debemos ejercitarnos especialmente en aquello que depende de nosotros y ser conscientes que no podemos manejar totalmente aquellas cosas o situaciones que no dependen de nosotros. Obviamente, ello no supone que debamos de abstenernos de actuar para conseguir objetivos que están sometidos a la voluntad de terceros, ya que de alguna manera podremos influir en ellos a través de nuestro deseo y voluntad, pero siempre siendo conscientes de que no están bajo nuestro control y que por tanto, de no salir las cosas como pretendemos, recapacitar sobre el curso del proyecto o la lucha que hayas entablado. Con ello evitaremos que cuando las cosas no salen como tenemos previsto, no nos frustremos poniendo con ello en peligro nuestra felicidad y paz interior

Este principio, es muy importante si tenemos en consideración que a la hora de enfrentarnos a las situaciones conflictivas de nuestra profesión, nos ayudará enormemente a discernir, primero,  sobre si disponemos del control de la situación (depende o no de mí) y posteriormente, dependiendo de la primera respuesta, realizar la inversión emocional y física que corresponda hasta alcanzar nuestro objetivo o, en su caso, saber renunciar sin irritaciones, frustraciones o sufrimientos. En definitiva, este principio nos ayudará a aceptar sin resistencias y de forma consciente y sosegada que lo que no se puede reparar o modificar es un hecho incontrovertible.

Su habéis integrado este principio en vuestro día a día como abogados, comprobaréis que puede ser de gran ayuda. No hace falta que os explique por qué…

 

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El abogado impecable.

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Hoy me gustaría compartir con vosotros un pensamiento que he encontrado en una de mis lecturas estivales[1], y que considero puede ser objeto de una reflexión muy beneficiosa para la práctica de nuestra profesión. Concretamente, voy a referirme al ser impecable, adjetivo que significa estar exento de defecto, falta o error, cualidad que va asociada a una persona u objeto irreprochable por ausencia de tacha.

No obstante, si bien tiene relación directa con dicho significado, la idea a la que me refiero se circunscribe al ser impecable como la actitud que mantenemos cuando realizamos alguna actividad de cuyo resultado no tenemos certeza, pero que llevamos a cabo con la máxima capacidad de entrega, mentalizados para afrontar las consecuencias de nuestros actos.

Ser impecable, supone pues vivir nuestra actividad con responsabilidad y entrega suceda lo que suceda, actitud que me atrevo a considerar imprescindible en el quehacer del abogado.

Efectivamente, los abogados intervenimos en conflictos en los que, en la mayoría de las ocasiones, carecemos del tiempo necesario para disponer de todos los factores que serían necesarios para prestar el servicio que nos gustaría ofrecer; por otro lado, las condiciones del propio encargo, suscita dudas, lagunas y fallas que dificultan nuestra labor y comprometen ab initio el resultado final deseado por el cliente. A todo lo anterior podríamos añadir los factores incontrolables por el propio abogado (oposición de un contrario, sometimiento a un proceso, decisión de un tercero, etc.)

Y he aquí donde el abogado debe ser siempre impecable, trabajando en condiciones alejadas de lo perfecto e ideal, pero con una entrega y entereza dirigida a alcanzar el mejor resultado posible, asumiendo las consecuencias desfavorables de nuestras decisiones, y con la mente puesta no en los resultados, sino exclusivamente en el buen hacer.

Esta visión de impecabilidad resulta refrescante y liberadora, pues permite alejar miedos y temores vinculados al que pasará, permitiéndonos centrarnos en el que hacer, lo que evitará sin duda actitudes de pasividad y desmotivación, centrándonos en el aquí y el ahora, y dotando de excelencia cada paso que llevemos a cabo. Por otro lado, siendo impecables, disfrutaremos sin duda de nuestro trabajo, pues resulta indudable que sentir lo que estamos haciendo con absoluta entrega y sin temor alguno a no alcanzar los objetivos previstos es ya un resultado valiosísimo.

La impecabilidad del abogado es pues la puerta para alcanzar su excelencia y maestría[2].

 

 

 

[1] Mendo, Miguel Ángel. La Mente, Manual de Primeros Auxilio. Rigden Institut Gestalt.

[2] Podéis ampliar conocimientos sobre este tema en el post publicado en este blog sobre la filosofía de Epicteto aplicada a la abogacía: http://oscarleon.es/?s=epicteto

 

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