Leyendo el libro La buena vida de Alex Rovira, hallé una preciosa anécdota sobre el violinista Itzahak Perlman, quien al comienzo de su actuación en un concierto ofrecido en Nueva York comprobó como una de las cuerdas de su violín se rompió. En lugar de repararlo, y para el asombro de los asistentes, Perlman continuó tocando como si estuviera en las mejores condiciones instrumentales y anímicas, con total entrega y compromiso con su auditorio. Al concluir, y dirigiéndose a un público entusiasmado, les dijo “¿Saben lo que ocurre? Hay momentos en los que la tarea del artista es saber cuánto pueden hacer con lo que le queda”.

Esta anécdota llamó mi atención, porque, con las debidas distancias, recoge una situación que suele ocurrirnos a los abogados a diario, y me refiero con ello a esas situaciones en las que teniendo completamente preparada nuestra tarea, surge un imprevisto y nos vemos obligados a continuar actuando en un nuevo escenario limitado por aquella incidencia.

Para identificar esta situación podríamos poner numerosos ejemplos en el contexto de nuestra intervención en sala:

  • La parte, el testigo o el perito en los que teníamos depositada nuestra confianza realizan una declaración desafortunada o, simplemente, no asisten a juicio (y este no se suspende).
  • El juez, inesperadamente, nos reduce incomprensiblemente la duración para evacuar el informe oral.
  • El juez o el letrado adverso nos interrumpe mientras interrogamos o estamos exponiendo el informe oral.
  • Un testigo se muestra muy agresivo llegando a insultarnos.
  • En el último momento, y a causa de una repentina enfermedad (no suficiente para suspender), acudimos al juicio con nuestras condiciones físicas mermadas.

Todos estos supuestos, caracterizados por su falta de previsión, pueden reducir notablemente la capacidad del abogado, llegando incluso, en el peor de los casos, a condicionar el resultado del litigio.

Sin embargo, la importancia de reflexionar sobre estas situaciones reside en la necesidad de comprender que, aunque la aparición del imprevisto no depende de nosotros, sí que podemos “tocar con tres cuerdas” en lugar de venirnos abajo y culpabilizar el imprevisto como la causa del desastre, que es lo que suele ocurrir en estos casos. Para evitar este escenario, los abogados debemos apretar los dientes y dar todo lo que tenemos dentro, pues, desgraciadamente, al contrario que el violinista podría haber hecho, nosotros no podemos parar y corregir el imprevisto, sino que estamos obligados a seguir con lo que hay, y hacerlo lo mejor posible.

Recordando un post en el que tratamos la figura del “Abogado Impecable” (http://oscarleon.es/el-abogado-impecable/) hemos de trabajar siempre en condiciones alejadas de lo perfecto e ideal, pero con una entrega y entereza dirigida a alcanzar el mejor resultado posible, asumiendo las consecuencias desfavorables de nuestras decisiones, y con la mente puesta no en los resultados, sino exclusivamente en el buen hacer. Esta visión de impecabilidad resulta refrescante y liberadora, pues permite alejar miedos y temores vinculados al que pasará, permitiéndonos centrarnos en el que hacer, lo que evitará sin duda actitudes de pasividad y desmotivación, centrándonos en el aquí y el ahora, y dotando de excelencia cada paso que llevemos a cabo.

No obstante, no está de más disponer de algunas reglas que nos auxilien ante estas difíciles circunstancias:

1º.- Ser conscientes de que los imprevistos constituyen una realidad en la jornada diaria del abogado.

2º.- Aceptar que los imprevistos forman parte de la vida profesional del abogado, pues admitir dicha idea nos permite estar más preparados para afrontarlos como tales, evitando con ello conductas de frustración, enfado y, en ocasiones, ira ante el malestar que suponen los imprevistos.

3º.- Identificar los imprevistos. Es lógico, ya que luchar contra un enemigo desconocido constituye un gran error. Por ello, hemos de conocerlo antes de que sea demasiado tarde.

4º.- Disponer de herramientas para luchar contra los imprevistos. Este aspecto es fundamental, puesto que si estamos preparados, actuaremos con seguridad, paciencia y eficacia para gestionar la situación. Dicho de otro modo, cuando llegue el imprevisto no nos pondremos nerviosos, impacientes y enfadados, elementos estrechamente vinculados a un comportamiento ineficaz que solo nos reportará insatisfacción y nulos resultados.

5º.- Disponer de un Plan B para prevención de aquellos imprevistos más graves, hemos de tener a mano una planificación alternativa que nos facilite la respuesta a la situación creada. Si conocemos los imprevistos, podremos establecer planes de actuación a medida que nos permitan actuar con rapidez y eficacia, y esto en una intervención en sala puede ser determinante.

En definitiva, la clave está en ser consciente de la existencia de imprevistos y su aceptación, previniéndolos en la medida de lo posible, pero, en todo caso, jamás rendirse ante el daño que su repentina aparición haya podido causar en nuestra labor.

Como decía T. Roosevelt, “Haz lo que puedas, con lo que tengas, donde estés”.