Categoría: Articulos Legaltoday.com

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El entusiasmo del abogado.

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La palabra entusiasmo, que procede del griego enzeos (endiosado) y del latín enthous (inspirado por los dioses), está compuesto por “en” (en) y “Theos” (Dios), etimología que ya nos anuncia el significado de entusiasmo como exaltación o excitación del ánimo provocado por una cosa que nos cautiva, o el fervor, ardor o afán al hacer algo.

Así entendido, ya podemos afirmar que el entusiasmo es un elemento fundamental en el quehacer diario del abogado y muy especialmente en el del abogado litigante, aspecto que a continuación pretendemos examinar.

El entusiasmo del abogado litigante no es más que su absoluta compenetración con la materia objeto de su intervención, afinidad que puede asimilarse a una especie de amor y pasión por la misma, y que viene precedido por su riguroso conocimiento, estudio y preparación en unas condiciones anímicas favorables.

El entusiasmo tiene para el abogado innumerables consecuencias positivas entre las que destacaremos las siguientes:

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Bajo la toga el abogado debe llevar coraza…y un gran corazón

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La Abogacía, que no es otra cosa que lo que vivimos y sentimos los abogados, viene representada por múltiples aspectos en los que se encuentran personas, conductas y situaciones que se sucederán a lo largo de nuestra vida profesional… [1]

La sentencia favorable, merecida e inmerecida.
El cliente leal, comprensivo y cumplidor.
El juez que me escucha atento y cordial.
El oficial amable, que me ayuda en mis gestiones.
El testigo honesto, que me dice la verdad.
El perito imparcial.
Y el sincero reconocimiento de nuestro trabajo.
Pero también hallamos en nuestro diario devenir con…
La sentencia desfavorable, sea injusta o merecida.
El cliente desagradecido e insensato.
El juez que me ignora mientras informo.
El oficial desabrido y poco colaborador.
El testigo que miente.
El perito parcial.
Y  la crítica apasionada y ciega a nuestro trabajo.
Y, como no,… Lexnet.

En definitiva, todo lo expuesto representa lo que los abogados vivimos en el día a día, y que, por suerte o por desgracia, tenemos que agradecer, pues nos vamos forjando entre sistemáticas contradicciones, justicia e injusticia; verdad y mentira; alegría y decepción…

Por ello, bajo la toga, que nos hace iguales…

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En juicio, a veces la mejor pregunta es la que no se hace

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Una de las deficiencias más acusadas que se observan durante el interrogatorio realizado a una parte, testigo o perito, radica en que las preguntas formuladas no aportan nada a la línea de defensa de quien interroga.

En ocasiones, estas preguntas superan el control de legalidad, aunque a efectos del interrogatorio resultan inocuas e intrascendentes en su conjunto y contexto; en otras ocasiones, se enfrentarán a la interpelación más que justificada del juez:

Sr. Letrado, esa pregunta ya ha sido respondida anteriormente.

Abogado, esa pregunta es impertinente.

Sr. Letrado, concrete su pregunta.

Alguna pregunta más Sr. Letrado…

Esta práctica trae su causa en una defectuosa preparación del interrogatorio, falta que, a su vez, deriva de la ausencia de un objetivo claro y preciso a la hora de abordar todo interrogatorio. Unido a lo anterior, encontramos una costumbre bastante perniciosa, por la cual el abogado se siente “obligado” a interrogar y no dejar pasar la ocasión sin intervenir (quizás en la confianza de poder obtener algún resultado, lo que los anglosajones denominan ir de fishing expedition o porque el cliente, presente en el juicio, no ha sido advertido de la posibilidad estratégica de no preguntar).

Sin embargo, podemos afirmar que dicha práctica es contraproducente y perniciosa para la defensa, afirmación que se resume perfectamente en el dicho “A veces, la mejor pregunta es la que no se hace”. Y si éste no queda claro, hay otro más elocuente: “No existen malas respuestas, sino malas preguntas”.

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Señor Letrado, tiene quince segundos para ir concluyendo su informe.

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Hoy nos hacemos eco de una sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Madrid de fecha 12 de julio de 2016, que aborda un tema de notable trascendencia en la práctica forense de jueces y abogados: la exposición del informe oral y la íntima vinculación del mismo con el derecho a la tutela judicial efectiva. A la vista de los hechos y fundamentos de la citada resolución, el presente post se dividirá en dos partes bien distintas: una primera, en la que resumiremos el contenido y conclusiones que aporta la sentencia; y, otra, en la que realizaremos algunas reflexiones sobre la materia.

Contenido y conclusiones de la sentencia.

Partiendo de los hechos recogidos en la propia resolución (constatados a través de la grabación del acto de una vista) se constata cómo la Juez de instancia, tras diez minutos de informe del Letrado de la defensa le requiere para que vaya finalizando su informe, y transcurrido un minuto le conmina a que finalice su informe en quince segundos que es cuando efectivamente le interrumpe definitivamente, dando como razón para dicha interrupción y finalización el que un informe oral no puede durar más tiempo que la celebración de la prueba, por lo que la Juzgadora de instancia da por terminado el juicio oral.

A resultas de esta decisión, el letrado de la defensa quedó sin poder desarrollar tres de las cuatro infracciones por las que su cliente era acusado por el Ministerio Fiscal, el delito de negativa a someterse a las pruebas de alcoholemia, el delito de atentado y un delito leve de lesiones, habiendo invertido diez minutos en desarrollar su exposición respecto del delito contra la seguridad del tráfico consistente en la conducción de bebidas alcohólicas.

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La hoja de encargo en un abrir y cerrar de ojos (Incluye formulario)

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Hoy dedicamos nuestro post a conocer las estipulaciones esenciales de toda hoja de encargo profesional. Para ello, resumiremos brevemente el contenido de las estipulaciones más importantes, información ésta que podéis cotejar con la hoja de encargo que acompañamos a modo de formulario.

Lógicamente, y dada la libertad de forma (y de uso, si bien es muy recomendable), el formulario que acompañamos es una opción de muchas que pueden utilizarse para regular la relación profesional, por lo que podrá ser enriquecida o limitada a criterio del abogado que desee emplearla.
Dicho esto, procedemos a exponer algunas de las estipulaciones más importantes: 

Identificación del abogado: Con ello damos cumplimiento a la obligación establecida en el artículo 12.1 del CDAE que establece que el abogado identificarse ante la persona a la que asesora y defiende.

Identificación del cliente: Igualmente, con ello damos cumplimiento a lo dispuesto en el artículo 13.3 del CDAE que obliga al abogado a comprobar la identidad y facultades de quien efectúe el encargo.

Número del expediente del despacho: Muy útil para su archivo y referenciado.

Objeto del encargo: Este apartado estará formado por dos subapartados.

Uno primero, dedicado a los antecedentes del encargo, que recogerá un breve resumen de la información suministrada por el cliente, indispensable para el desarrollo de nuestro servicio. El segundo apartado, denominado Intervención Profesional, se centra en la actividad profesional que el despacho debe realizar para cumplir con el encargo. Nos encontraríamos ante el enfoque técnico del asunto en el que el abogado expondrá al cliente la línea de acción que pretende seguir para alcanzar el éxito de la acción…

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El juez y la reputación del abogado

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“Quizás la cosa más valiosa que un abogado tiene cuando actúa en los tribunales es su reputación. Consigue tres puntos con su imagen de franqueza y sensatez cuando inicia su breve y maravilloso alegato. Si su reputación es mala, no me importa lo que dice o cómo lo dice “es como si tratara de escalar una montaña de cristal con las botas empapadas en aceite””

Esta reflexión, quizás algo exagerada del juez estadounidense Charles D. Breitel, nos servirá de exordio para tratar un tema de notable interés para los abogados que actuamos en sala: la importancia de la reputación que construimos ante los jueces frente a los que intervenimos.

Para ello, hemos de partir de considerar que a medida que transcurren los años de experiencia, los abogados que defienden pleitos y causas suelen intervenir en sala con cierta periodicidad. Esta intervención, y muy especialmente en las ciudades de tamaño medio y pequeño o en los pueblos, conduce inevitablemente a que el juez de turno conozca perfectamente el estilo de los abogados de la localidad y, por tanto, disponga de una impresión sobre los mismos. En ciudades más grandes, y debido al gran número de juzgados y de abogados, probablemente no ocurra igual con todos los abogados que intervienen en juicio, pero aquellos letrados que estén muy especializados en determinada materia, serán sobradamente conocidos por los jueces.

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Para ser abogado no puede servir cualquiera…

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“La profesión más difícil de todas es la de abogado de la parte demandante, porque estudiar el caso con objetividad a partir de la versión subjetiva del cliente, decidir si se promueve o no el procedimiento, prever los argumentos que pueda esgrimir la parte contraria, valorar con qué prueba se cuenta, hacer acopio de materiales y de argumentos, plantear bien la demanda, saber qué se dice y cómo, qué no se dice y por qué, cómo se articula la pretensión, de qué manera se fundamenta y cómo se concreta la petición en el suplico, requiere de una gran formación, rigor y destreza, y es algo de lo que depende, no ya la precisa delimitación de lo que será el objeto del proceso, sino también, en buena medida, el éxito mismo del pleito que se entabla.

Le sigue en dificultad la de abogado de la parte demandada quien, en el corto plazo para contestar a la demanda, debe estudiarla, contrastar su contenido con lo que le ha contado su cliente, plantearse con objetividad la situación, decidir si conviene allanarse u oponerse, resolver cómo contesta, qué excepciones aduce, qué hechos admite o niega y cómo delimita con sus alegaciones lo que conformará el objeto del debate, todo lo cual requiere no menos habilidad, preparación y experiencia que la de su colega y oponente.
En tercer lugar se encuentra la de juez de primera instancia…

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El oscuro oficinista, otra forma de ejercer

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En un post reciente abordamos la figura del abogado de laboratorio, aquel que desarrolla la mayor parte de su actividad profesional desde el despacho. Rodeado de sus probetas, matraces y tubos de ensayo (expedientes, libros, programas y  software) disfruta enormemente estudiando y resolviendo asuntos desde la seguridad y calidez que le ofrecen las cuatro paredes en las que habita.

Dentro de esta categoría, distinguíamos al que consciente y voluntariamente adquiere esta cualidad temporalmente, bien por la necesidad de trabajar concentrado durante determinadas fases, bien por necesitarlo tras un periodo de mucha actividad, aunque en ningún caso renunciando a la salida al exterior y, en segundo lugar, el que se siente abogado de laboratorio perpetuo, y con igual consciencia y voluntariedad se apega a su torre de cristal evitando en la medida de lo posible cualquier contacto con el exterior.

Hoy vamos a profundizar en esta última variedad al que denominaremos “el oscuro oficinista”.

El oscuro oficinista, es aquel abogado que sobrevive en el encierro del despacho de forma perenne, alejado voluntariamente…

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¿En qué consiste la autoridad del abogado en sala?

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Entre las diversas acepciones del término autoridad, el diccionario de la Real Academia de la Lengua recoge la siguiente: modo de hacer una cosa o de comportarse que manifiesta una gran seguridad o confianza en quien lo realiza. Esta acepción será la que hoy tomaremos prestada para abordar una de las cualidades esenciales que todo letrado debe alcanzar para convertirse en un buen abogado litigante.

La autoridad en sala se encuentra íntimamente relacionada con la habilidad que debe manifestar el abogado a fin de transmitir seguridad al conducirse durante todas las fases de la vista; solvencia, demostrando su conocimiento sin fisuras de los hechos y el derecho aplicable; experiencia, manejándose con fluidez ante cualquier incidencia o imprevisto; y personalidad emitiendo un halo de confianza capaz de influir activamente en los distintos actores que intervienen en sala.

Disponer y disfrutar de autoridad es un valor que se proyecta al exterior y que constituye la percepción de cuantos interactúan con el abogado durante el juicio, percepción que tendrá siempre un sentido favorable. Así, un abogado que transmita autoridad, no solo recibirá mayor atención del juez durante sus intervenciones en el interrogatorio y trámite de conclusiones, sino que mantendrá el control de los testigos y peritos durante el desarrollo de la prueba, evitando de esta forma conductas y actitudes que puedan interferir su desarrollo, como el caso de respuestas ambiguas, desabridas, irrespetuosas, provocadoras, tan habituales en muchos interrogatorios. 

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¿Que me han impuesto las costas…? ¿Y eso qué es?

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Cuando un cliente encarga por primera vez un asunto judicial a un abogado, suele desconocer en qué consiste el servicio que prestará este profesional y, naturalmente, el procedimiento judicial en el que previsiblemente tendrá que embarcarse. En tal contexto, y con fundamento en los valores de honradez, probidad, rectitud, lealtad, diligencia y veracidad que informan la actuación de todo letrado, este vendrá obligado a informarle al comienzo de la relación, tanto del papel que desarrollará en su nombre como de las reglas que rigen el desarrollo de tal proceso.

Ello es lógico, pues el cliente, antes de tomar la decisión de realizar el encargo, necesita  ser informado de todos los pormenores del asunto, incluyendo tanto aquellas incidencias que puedan afectar el curso del procedimiento o gestión como aquellas noticias perjudiciales para sus intereses, puesto que lo contrario podría suponer cercenar el sagrado derecho de defensa del cliente. Igualmente, deberá ser informado con absoluta veracidad sobre las posibilidades de éxito del asunto, sin más sometimiento que a las reglas de su profesión y los dictados de su experiencia, quedando excluido cualquier comportamiento que, poniendo por encima nuestros intereses sobre los del cliente, lo llevemos a un escenario perjudicial.

En este contexto, la información al cliente sobre la existencia de las costas[1] y las opciones de imposición al litigante vencido constituye un deber y práctica esencial del abogado, pues nos hallamos ante un escenario futuro que puede constituir una situación positiva (recuperación de la inversión de los profesionales que lo van a representar o defender) o negativa (riesgo de imposición de costas y, por tanto de asumir dicho coste), y que de ser desconocida por el cliente, puede generar una situación muy compleja que afectará gravemente a la relación profesional.

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