Categoría: Nuestra profesión

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El entusiasmo del abogado.

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La palabra entusiasmo, que procede del griego enzeos (endiosado) y del latín enthous (inspirado por los dioses), está compuesto por “en” (en) y “Theos” (Dios), etimología que ya nos anuncia el significado de entusiasmo como exaltación o excitación del ánimo provocado por una cosa que nos cautiva, o el fervor, ardor o afán al hacer algo.

Así entendido, ya podemos afirmar que el entusiasmo es un elemento fundamental en el quehacer diario del abogado y muy especialmente en el del abogado litigante, aspecto que a continuación pretendemos examinar.

El entusiasmo del abogado litigante no es más que su absoluta compenetración con la materia objeto de su intervención, afinidad que puede asimilarse a una especie de amor y pasión por la misma, y que viene precedido por su riguroso conocimiento, estudio y preparación en unas condiciones anímicas favorables.

El entusiasmo tiene para el abogado innumerables consecuencias positivas entre las que destacaremos las siguientes:

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Para ser abogado no puede servir cualquiera…

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“La profesión más difícil de todas es la de abogado de la parte demandante, porque estudiar el caso con objetividad a partir de la versión subjetiva del cliente, decidir si se promueve o no el procedimiento, prever los argumentos que pueda esgrimir la parte contraria, valorar con qué prueba se cuenta, hacer acopio de materiales y de argumentos, plantear bien la demanda, saber qué se dice y cómo, qué no se dice y por qué, cómo se articula la pretensión, de qué manera se fundamenta y cómo se concreta la petición en el suplico, requiere de una gran formación, rigor y destreza, y es algo de lo que depende, no ya la precisa delimitación de lo que será el objeto del proceso, sino también, en buena medida, el éxito mismo del pleito que se entabla.

Le sigue en dificultad la de abogado de la parte demandada quien, en el corto plazo para contestar a la demanda, debe estudiarla, contrastar su contenido con lo que le ha contado su cliente, plantearse con objetividad la situación, decidir si conviene allanarse u oponerse, resolver cómo contesta, qué excepciones aduce, qué hechos admite o niega y cómo delimita con sus alegaciones lo que conformará el objeto del debate, todo lo cual requiere no menos habilidad, preparación y experiencia que la de su colega y oponente.
En tercer lugar se encuentra la de juez de primera instancia…

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El oscuro oficinista, otra forma de ejercer

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En un post reciente abordamos la figura del abogado de laboratorio, aquel que desarrolla la mayor parte de su actividad profesional desde el despacho. Rodeado de sus probetas, matraces y tubos de ensayo (expedientes, libros, programas y  software) disfruta enormemente estudiando y resolviendo asuntos desde la seguridad y calidez que le ofrecen las cuatro paredes en las que habita.

Dentro de esta categoría, distinguíamos al que consciente y voluntariamente adquiere esta cualidad temporalmente, bien por la necesidad de trabajar concentrado durante determinadas fases, bien por necesitarlo tras un periodo de mucha actividad, aunque en ningún caso renunciando a la salida al exterior y, en segundo lugar, el que se siente abogado de laboratorio perpetuo, y con igual consciencia y voluntariedad se apega a su torre de cristal evitando en la medida de lo posible cualquier contacto con el exterior.

Hoy vamos a profundizar en esta última variedad al que denominaremos “el oscuro oficinista”.

El oscuro oficinista, es aquel abogado que sobrevive en el encierro del despacho de forma perenne, alejado voluntariamente…

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¿Que me han impuesto las costas…? ¿Y eso qué es?

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Cuando un cliente encarga por primera vez un asunto judicial a un abogado, suele desconocer en qué consiste el servicio que prestará este profesional y, naturalmente, el procedimiento judicial en el que previsiblemente tendrá que embarcarse. En tal contexto, y con fundamento en los valores de honradez, probidad, rectitud, lealtad, diligencia y veracidad que informan la actuación de todo letrado, este vendrá obligado a informarle al comienzo de la relación, tanto del papel que desarrollará en su nombre como de las reglas que rigen el desarrollo de tal proceso.

Ello es lógico, pues el cliente, antes de tomar la decisión de realizar el encargo, necesita  ser informado de todos los pormenores del asunto, incluyendo tanto aquellas incidencias que puedan afectar el curso del procedimiento o gestión como aquellas noticias perjudiciales para sus intereses, puesto que lo contrario podría suponer cercenar el sagrado derecho de defensa del cliente. Igualmente, deberá ser informado con absoluta veracidad sobre las posibilidades de éxito del asunto, sin más sometimiento que a las reglas de su profesión y los dictados de su experiencia, quedando excluido cualquier comportamiento que, poniendo por encima nuestros intereses sobre los del cliente, lo llevemos a un escenario perjudicial.

En este contexto, la información al cliente sobre la existencia de las costas[1] y las opciones de imposición al litigante vencido constituye un deber y práctica esencial del abogado, pues nos hallamos ante un escenario futuro que puede constituir una situación positiva (recuperación de la inversión de los profesionales que lo van a representar o defender) o negativa (riesgo de imposición de costas y, por tanto de asumir dicho coste), y que de ser desconocida por el cliente, puede generar una situación muy compleja que afectará gravemente a la relación profesional.

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El abogado de oficio, un cuento de Navidad

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Jamás me había pasado. Antes de llegarme la información escrita del Colegio sobre el turno de oficio asignado, el cliente ya estaba llamando a la puerta del despacho. Tras aclarar las razones de este su inesperado y prematuro contacto, lo invite a pasar.

Aquel día de finales de octubre de 199…, Ezequiel, un labrador de unos cuarenta años y su hijo, un muchacho de unos once o doce años de enormes ojos se sentaron por vez primera al otro lado de la mesa. Idénticos, salvo en cuerpo, ambos pertenecían a esa raza de hombres de campo, de piel oscura y mirada torva, aunque sincera, legítimos herederos de esa historia plagada de las penurias y sinsabores del campesinado andaluz.

Articulando cada palabra con cuidado y dificultad, éste hombre de la sierra sur sevillana, de habla cerrada, me refirió cómo había sido imputado por un delito de caza, al ser descubierto por dos guardias jurados deambulando en un paraje muy cercano al lugar donde se encontraban colocadas varias ballestas con su preciado botín: codornices, gorriones, jilgueros, etc.

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¡Este juicio está ganado! (esta vez lo dice el cliente)

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Recientemente leí una sentencia dictada por una Audiencia Provincial que resolvía sobre un litigio en el que se abordaba la resolución de un contrato defectuosamente cumplido,  disputa en la que el demandado (el cliente) invocaba en su reconvención la mala praxis del actor (su abogado). Curiosamente, entre las múltiples infracciones denunciadas había una que llamó mi atención y que paso a transcribir literalmente:

  • Desde el principio indicó la actora que el asunto estaba ganado, creando una falsa impresión a la demandada acerca de este hecho.

Lejos de entrar en el análisis de la resolución, hoy me gustaría dedicar este post a la problemática que se suscita cuando se plantea por el cliente, y no por el abogado, la tan dogmática y peligrosa afirmación que da título a este post.

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Dos sentencias, dos emociones y un abogado

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Hoy deseo contaros una doble experiencia que he vivido recientemente y que guarda una estrecha relación tanto con los cambios que la rueda de la fortuna puede provocar en el estado de ánimo del abogado, como con el trasfondo de incertidumbre e inseguridad en el que desempeñamos nuestro trabajo.

Hace algo más de una semana, concretamente al final de la jornada matinal del viernes 18, cuando me disponía a marchar del despacho recibí un correo electrónico de mi procurador de Madrid, por lo que volví a sentarme y leí el contenido del mismo: Notificación de sentencia.

Vaya, me dije, la sentencia del asunto J, ¡ya era hora!

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Pleito comenzado y transacción alcanzada: ¿cómo minutamos el acuerdo?

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Uno de los escenarios que más dificultades generan al abogado a la hora de minutar es el relativo a la transacción alcanzada cuando el procedimiento judicial ya se encuentra iniciado. Esta dificultad tiene su raíz en la costumbre de no contemplar dicha opción en el presupuesto de honorarios de la hoja de encargo suscrito con el cliente (de no firmarse hoja de encargo, la complicación es aun mayor).

Este riesgo que asumimos al omitir el tratamiento retributivo de una eventual transacción reside en que cliente y abogado, a la hora de alcanzar un acuerdo, no sabrán qué criterio adoptar, dirigiéndose todas las miradas al importe presupuestado para la defensa del caso y las provisiones de fondos ya percibidas, que, de seguro, se contemplarán de forma distinta por el cliente y por el abogado; el primero, pedirá una liquidación del mismo al considerar que ha pagado de más y, el segundo, se verá perjudicado por lo percibido a la vista de los beneficios derivados del acuerdo alcanzado.

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Diez reflexiones para un abogado perdido en el laberinto

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Vio que se perdía de vez en cuando en el laberinto y, a pesar de ello, no perdía la confianza en que iba a encontrar un queso nuevo ahí afuera, junto con todas las cosas buenas que lo acompañaban. Así consiguió reunir valor”, Spencer Johnson.

Parece que cada año la historia se repite y volvemos a comenzar un nuevo curso condicionados por el cambio y evolución permanente que está viviendo nuestra profesión. Ciertamente, el tema es recurrente, pues es tal la intensidad que sobre la profesión está ejerciendo la tan traída y llevada modernización, que muchos abogados se encuentran perdidos en una especie de laberinto del que difícilmente pueden escapar. Por ello, es tiempo de aportar algunas ideas que puedan ayudarnos a una reflexión, tan difícil como necesaria en estos tiempos.

Ahí van por tanto algunas ideas que representan conductas y actitudes que, en mi opinión, pueden ayudar al abogado a orientarse y a encontrar la salida que, a la postre, le permita desarrollar su actividad en un entorno más seguro.

1º.- Conocer profundamente tanto las circunstancias por las que atraviesa la abogacía como la forma en la que hemos enfocado nuestra actividad:

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Los medios de defensa del abogado ante sanciones y correcciones impuestas en juicio.

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Partiendo de la premisa de que tanto el abogado como el juez están obligados a actuar en los juzgados y tribunales con buena fe, lealtad y respeto, lo cierto es que en ocasiones pueden producirse momentos de tensión entre ambos, escenarios éstos que pueden requerir del abogado el empleo de los procesales a su alcance para la defensa de sus derechos profesionales. Por lo tanto, es de vital importancia que éste los conozca y sepa cuándo y cómo utilizarlos.

Con estos antecedentes, es objeto del presente post examinar los diversos medios remedios legales de los que disponemos los abogados, sin entrar en consideración alguna sobre las causas que dan lugar a estas situaciones.

Expuesto lo anterior, pasamos a examinar los siguientes aspectos:

1º.- Autocontrol como respuesta.

Siempre que se produzca una fase de tensión entre juez y abogado y sea cual sea la situación que la origine, el abogado debe ser ante todo prudente, muy racional y responsable de sus actos,

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