Categoría: Procesal

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En juicio, a veces la mejor pregunta es la que no se hace

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Una de las deficiencias más acusadas que se observan durante el interrogatorio realizado a una parte, testigo o perito, radica en que las preguntas formuladas no aportan nada a la línea de defensa de quien interroga.

En ocasiones, estas preguntas superan el control de legalidad, aunque a efectos del interrogatorio resultan inocuas e intrascendentes en su conjunto y contexto; en otras ocasiones, se enfrentarán a la interpelación más que justificada del juez:

Sr. Letrado, esa pregunta ya ha sido respondida anteriormente.

Abogado, esa pregunta es impertinente.

Sr. Letrado, concrete su pregunta.

Alguna pregunta más Sr. Letrado…

Esta práctica trae su causa en una defectuosa preparación del interrogatorio, falta que, a su vez, deriva de la ausencia de un objetivo claro y preciso a la hora de abordar todo interrogatorio. Unido a lo anterior, encontramos una costumbre bastante perniciosa, por la cual el abogado se siente “obligado” a interrogar y no dejar pasar la ocasión sin intervenir (quizás en la confianza de poder obtener algún resultado, lo que los anglosajones denominan ir de fishing expedition o porque el cliente, presente en el juicio, no ha sido advertido de la posibilidad estratégica de no preguntar).

Sin embargo, podemos afirmar que dicha práctica es contraproducente y perniciosa para la defensa, afirmación que se resume perfectamente en el dicho “A veces, la mejor pregunta es la que no se hace”. Y si éste no queda claro, hay otro más elocuente: “No existen malas respuestas, sino malas preguntas”.

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El juez y la reputación del abogado

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“Quizás la cosa más valiosa que un abogado tiene cuando actúa en los tribunales es su reputación. Consigue tres puntos con su imagen de franqueza y sensatez cuando inicia su breve y maravilloso alegato. Si su reputación es mala, no me importa lo que dice o cómo lo dice “es como si tratara de escalar una montaña de cristal con las botas empapadas en aceite””

Esta reflexión, quizás algo exagerada del juez estadounidense Charles D. Breitel, nos servirá de exordio para tratar un tema de notable interés para los abogados que actuamos en sala: la importancia de la reputación que construimos ante los jueces frente a los que intervenimos.

Para ello, hemos de partir de considerar que a medida que transcurren los años de experiencia, los abogados que defienden pleitos y causas suelen intervenir en sala con cierta periodicidad. Esta intervención, y muy especialmente en las ciudades de tamaño medio y pequeño o en los pueblos, conduce inevitablemente a que el juez de turno conozca perfectamente el estilo de los abogados de la localidad y, por tanto, disponga de una impresión sobre los mismos. En ciudades más grandes, y debido al gran número de juzgados y de abogados, probablemente no ocurra igual con todos los abogados que intervienen en juicio, pero aquellos letrados que estén muy especializados en determinada materia, serán sobradamente conocidos por los jueces.

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¿Debe el juez interrogar al testigo antes que los abogados?

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No es infrecuente que durante el desarrollo del juicio el juez proceda a interrogar a algún testigo solicitándole información aclaratoria sobre los hechos que han sido objeto de su declaración. En otras ocasiones, menos frecuentes, el juez, antes que los letrados hayan comenzado con el interrogatorio, realiza una batería de preguntas al testigo para, a continuación, invitar a aquéllos a comenzar con el interrogatorio. Esta última situación, objeto de examen en este post, es vista con cierto recelo por parte de los abogados, quienes ven en esta actuación del juez una pérdida del sentido y finalidad la propia prueba testifical.

Pero antes de examinar dicho proceder, es necesario realizar algunas consideraciones sobre la intervención judicial durante la práctica de la prueba testifical.

Dispone el artículo 372.2 de la LEC que “con la finalidad de obtener aclaraciones y adiciones, también podrá el tribunal interrogar al testigo”[1]. Esta facultad, integrada en la facultad directiva del juez deberá ejercitarse con suma prudencia y en perfecta coherencia con los principios dispositivo (las partes puedan disponer de las materias objeto del proceso) y de aportación de parte, recogido en los artículos 216 y 282 de LEC, preceptos que transcribimos a continuación:

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¿Son los testigos realmente imparciales?

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La LEC, al igual que la LECrim, no ofrece en su articulado una definición del testigo, si bien a través de sus artículos 360 y 361 nos suministra algunas de las características del mismo:

Artículo 360 Contenido de la prueba

Las partes podrán solicitar que declaren como testigos las personas que tengan noticia de hechos controvertidos relativos a lo que sea objeto del juicio.

Artículo 361 Idoneidad para ser testigos

Podrán ser testigos todas las personas, salvo las que se hallen permanentemente privadas de razón o del uso de sentidos respecto de hechos sobre los que únicamente quepa tener conocimiento por dichos sentidos.

Los menores de catorce años podrán declarar como testigos si, a juicio del tribunal, poseen el discernimiento necesario para conocer y para declarar verazmente.”

Esta ausencia conceptual ha motivado que las definiciones existentes sean de origen jurisprudencial. En tal sentido, encontramos muy apropiadas las siguientes, que nos sirven para conceptuar esta figura cualquiera que sea el orden jurisdiccional:

“testigo es la persona física que, sin ser parte en el proceso, es llamada a declarar, según su experiencia personal, acerca de la existencia y naturaleza de los hechos conocidos con anterioridad al proceso, bien por haberlos presenciado como testigo directo, bien por haber tenido noticia de ellos por otros medios como testigo de referencia” (STS de 20 de mayo de 2008)

“…Testigo es tercero, es decir, una persona ajena al proceso, que aporta al mismo, declarando sobre ello, unos hechos que ha presenciado (visto u oído), o que le han contado(SAP de Madrid de 19 de abril de 2006)

Partiendo de las definiciones anteriores y teniendo en consideración la normativa reguladora de la prueba testifical, podemos destacar como características que configuran al testigo las siguientes:

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¿Debo anticipar las debilidades de mi caso cuando informo e interrogo?

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Cuando los abogados intervenimos en juicio en primer lugar, tanto al interrogar como al informar, solemos plantearnos el dilema de si conviene o no anticipar nuestras debilidades a través del interrogatorio (debilidades del testigo) o del informe oral (argumentos adversos). El problema de tal controversia radica en que adelantar las debilidades es una cuestión delicada, ya que si las oculto, pueden aparecer con más fuerza a través del letrado adverso; por el contrario, de hacerlo, estaríamos jugando verdaderamente con fuego.

¿Qué hacer pues?

En mi opinión, cuando el testigo adolece de alguna debilidad que pudiera perjudicar su credibilidad o la de su testimonio es conveniente sacarla a relucir a través del propio interrogatorio directo, de forma que nos anticipamos a que el abogado adverso lo haga durante el contrainterrogatorio y perjudique el testimonio ofrecido inicialmente. Imaginemos que nuestro cliente tiene antecedentes penales, es alcohólico, drogadicto, etc. y dichas circunstancias pueden influir en su credibilidad.

 

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Cómo planificar una audiencia previa y el juicio sin sobresaltos (contiene cronogramas)

21.07.2016 Categoría: Procesal Sin comentarios
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El presente post tiene como objeto trasladar al abogado la importancia de gestionar la preparación de la audiencia previa y el juicio como si de un proyecto se tratase. A tal efecto se adjuntan dos cronogramas que hemos elaborado para proyectar la audiencia previa y el juicio y que esperamos faciliten la labor de preparación de estos actos judiciales.

Sustancialmente, un proyecto es un resultado con el que nos hemos comprometido y que requiere más de una acción para su cumplimiento. Los proyectos se caracterizan por disponer de un objetivo final, una meta hacía la que enfocar nuestro trabajo y una serie de acciones concretas y tangibles a lo largo del tiempo  a través de las cuales nos vamos acercando a nuestro objetivo.  Visto así, qué duda cabe que los abogados estamos proyectando, desarrollando y concluyendo proyectos continuamente. Muchos son los ejemplos que nos pueden auxiliar para comprender esta idea: un encargo del cliente (judicial o extrajudicial), la organización de los expedientes o el archivo; la creación de un proceso de gestión del conocimiento; un plan de marketing, etc., todos absolutamente todos son ejemplos de proyectos.

 

 

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Cómo adaptar el interrogatorio en función del testigo y su testimonio

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Una de las reglas esenciales del buen interrogatorio parte de la base de la necesidad de disponer de un buen conocimiento del sujeto a interrogar y de la impresión o efecto psicológico que su testimonio haya causado o vaya a causar en los jueces. La razón de dicho principio reside en que la estrategia que vayamos a emplear durante el interrogatorio (incluso en la propia renuncia a interrogar) va a estar condicionada por diversos factores asociados a la persona del testigo y a cómo es percibido su testimonio por el juez.

Efectivamente, todo abogado sabe que no existe un testigo ni un testimonio cuyas circunstancias sean iguales, pues en aquel influirán factores tan dispares como el conocimiento de los hechos (presenciales o referenciales); su conocimientos técnicos; su tendencia a dar un testimonio imparcial o parcial; su faceta de colaborador de la Justicia; la intención o falta de ella de decir la verdad; su experiencia testificando; su desventaja a la hora de testificar: menores, personas ancianas, discapacitados, etc.

 

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¿Cómo valora el Juez el interrogatorio de parte?

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El interrogatorio de parte constituye una de las pruebas que tiene escasa predilección por los abogados, percepción que se confirma si tenemos en consideración el sistema de valoración que la Ley de Enjuiciamiento Civil establece. No obstante, como toda prueba que puede contribuir a alcanzar la convicción del juez, es fundamental que conozcamos con detalle las reglas fijadas para su valoración.

El artículo 316 de la LEC, titulado Valoración del interrogatorio de las partes, dispone lo siguiente:

1. Si no lo contradice el resultado de las demás pruebas, en la sentencia se considerarán ciertos los hechos que una parte haya reconocido como tales si en ellos intervino personalmente y su fijación como ciertos le es enteramente perjudicial.

2. En todo lo demás, los tribunales valorarán las declaraciones de las partes y de las personas a que se refiere el apartado 2 del artículo 301 según las reglas de la sana crítica, sin perjuicio de lo que se dispone en los artículos 304 y 307.

Del texto del artículo podemos observar que se recogen diversas modalidades de eficacia probatoria que pasamos a considerar:

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¡Con la venia, solicito la incomunicación de los testigos!

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Una cuestión que por razones estratégicas se plantea al abogado en muchos juicios es la conveniencia de que el testigo que ha declarado permanezca en el interior de la sala para evitar que comunique con los testigos que permanezcan en el exterior, dando por supuesto que un testigo jamás puede escuchar la declaración del testigo precedente.

Estamos hablando de las medidas de incomunicación de los testigos en el juicio oral, las cuales, reguladas en nuestra ley procesal en el artículo 366, presentan una serie de particularidades que demuestran lo voluntarioso del precepto y su mermada eficacia a tenor de las limitaciones materiales de nuestra Administración de Justicia por un lado, y de su naturaleza meramente cautelar o preventiva, lo que impide que su infracción pueda ser considerada como motivo de nulidad de la declaración o de la imposibilidad de declarar de quien infringió la norma de comunicación.

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