Categoría: Mi profesión

standard

El abogado está solo, pero no tanto…

30.10.2017 Categoría: Blog, Mi profesión Comentarios

 

María, inclinada ante varios manuales que cubren por completo su mesa de trabajo y con la opinión legal a medio concluir, se da un respiro y, cansada, comprueba que se ha quedado sola en el despacho un día más.

Beatriz, permanece ensimismada mirando por la ventana. Aunque parece que observa a los transeúntes, en realidad está rememorando su última intervención en sala que, a su juicio, ha dejado mucho que desear.

Rafael, encerrado en su oficina, gesticula graciosamente y recita a media voz, una vez más, su informe oral, comprobando que aún queda mucho que hacer para tenerlo completamente dominado.

Sara, molesta por el alto tono de la conversación telefónica que emplean algunos pasajeros del AVE, vuelve a centrarse en su portátil, analizando los puntos clave de la negociación que va a llevar a cabo esta tarde en Alcalá de Henares.

Y Gerardo, ante su primera intervención en el Tribunal Supremo, espera impaciente y nervioso en la puerta de la sala de vistas, temeroso de que durante su intervención pueda quedarse en blanco y olvidar algunos de los puntos clave de su casación.

Si observamos estas situaciones, que a muchos nos serán familiares, comprobaremos que todas tienen un denominador común: el abogado cuando ejerce su profesión está solo, o lo que es lo mismo, el abogado trabaja, reflexiona, practica y siente en absoluta soledad.

Efectivamente, la soledad es una de las facetas más duras de la abogacía, pues suele desarrollarse en un contexto en el que se necesitan de unos conocimientos y habilidades muy exigentes y en el que la confrontación siempre está en liza. Así, el abogado siente y vive la profesión con mucha intensidad, lo que repercute no solo a nivel físico, sino igualmente a nivel mental: pensamientos y reflexiones que, como un caballo desbocado, nos sumergen en un mundo de alegría y tristeza, ánimo y desánimo, esperanza y decepción, lo que particularmente se vive de una forma muy especial en soledad.

¡Si los abogados hiciéramos un diario de nuestros pensamientos (relacionados con nuestro trabajo) quedaríamos impresionados!

Sin embargo, a pesar de que la soledad es una faceta de cómo vive el abogado su trabajo, hoy en día, esta no puede identificarse con aislamiento e incomunicación, pues desde la perspectiva de la colaboración, ayuda o solidaridad, los abogados no estamos tan solos.

Y no lo estamos porque si existe otra faceta esencial de nuestra profesión es el compañerismo, y éste, encuentra su máxima expresión en las acciones desinteresadas que los abogados hemos de realizar con el fin de orientar a otros cuando lo requieran. Nos estamos refiriendo por tanto a un dar, a una entrega de conocimientos y experiencias que pueden ayudar a quien los recibe en su crecimiento profesional.

En tal sentido, compruebo como día a día, los compañeros se ayudan, tanto localmente (en los despachos, en la misma ciudad, etc.) como globalmente (en distintas poblaciones e incluso internacionalmente), fenómeno (especialmente este último) que se ve reforzado por la irrupción de las redes sociales que, a través de sus innumerables formas de comunicación, están permitiendo que el colectivo de la abogacía se ayude de variadísimas formas (foros, blogs, conferencias, etc.) Además, la ayuda que se observa no solo se refiere a conocimientos jurídicos, sino a cuestiones de comportamiento, forma de llevar y superar la difícil carga de la profesión, llegando a tratarse hasta aspectos de la denominada autoayuda.

Esta situación, que debemos fomentar desde la doble perspectiva de dar y recibir, (también recogida en el artículo 12 del Código Deontológico[1]), es fundamental para mitigar esa soledad a la que nos referíamos, pues compartiendo las dificultades de la profesión, tanto en lo técnico como en lo emocional, los abogados nos sentiremos y estaremos menos solos. Nadie mejor que un abogado entenderá a otro abogado.

Y concluyo con algunas frases inspiradoras que os recordarán la importancia de la virtud, valor o principio rector que reside en el corazón de esta solidaridad y ayuda entre abogados: la generosidad.

Dice el Dalái Lama que “el conocimiento, si no se comparte, se pudre como el agua estancada” Deepak Chopra nos manifiesta que dar y recibir proceden de la misma energía, y para que recibas, tendrás antes que dar, de manera que la abundancia “de lo que sea” se obtiene gracias al desprendimiento previo. Will Smith considera que el significado de una vida plena requiere una verdadera aportación al bien común, lo que se obtiene ayudando a los demás. Para Og Mandino, la generosidad nos ayuda a sentirnos bien con nosotros mismos. Finalmente, Zig Ziglar nos habla de una ley de la compensación universal, por la cual cada vez que das algo, el universo está en deuda contigo, de manera que tarde o temprano la deuda quedará saldada.

En definitiva, esto de la solidaridad es como la moneda que la representa, pues la miremos como la miremos, siempre nos toparemos con el lado bueno de la misma, dar y recibir, algo que los abogados, por nuestro bien y el de nuestro colectivo, no debemos olvidar jamás.

Ahora, sal ahí fuera, y plantéate cómo puedes ayudar a los compañeros que lo necesiten.

 

[1] El Abogado de mayor antigüedad en el ejercicio profesional debe prestar desinteresadamente orientación, guía y consejo de modo amplio y eficaz a los de reciente incorporación que lo soliciten. Recíprocamente éstos tienen el derecho de requerir consejo y orientación a los abogados experimentados, en la medida que sea necesaria para cumplir cabalmente con sus deberes.

standard

¿Cómo debo comunicar una sentencia desfavorable al cliente?

26.10.2017 Categoría: Blog, Mi profesión Sin comentarios

Recibir una sentencia desfavorable es una de las experiencias más difíciles a la que se enfrenta todo abogado, dificultad que deriva tanto del impacto que nos causa la propia sentencia (pues se ha desestimado la pretensión que con tanto interés hemos defendido), como de la frustración que supone tener que informar del resultado de la misma al cliente.

Esta dificultad, siempre según cada caso, podríamos asociarla a emociones de angustia, frustración, miedo, culpa, ira, falta de autoestima, etc., sensaciones que si bien inicialmente se circunscriben al resultado de nuestro trabajo, posteriormente orbitan alrededor de un sentimiento de preocupación y sufrimiento por la reacción del cliente al conocer la mala noticia. Ello es normal, pues el abogado es plenamente consciente de la confianza que su cliente ha puesto en su intervención (por otro lado remunerada), y de la decepción que ello va a provocar en el mismo; igualmente, no es nada agradable para el abogado ver como cae por la borda un trabajo intenso y duradero en el que ambos han intervenido con la máxima ilusión.

Sin entrar en los aspectos psicológicos de esta situación (ya tratados en el post http://oscarleon.es/?s=sentencia+comunicar), hoy nos gustaría ocuparnos del proceder aconsejable para que el letrado pueda reducir al máximo esas sensaciones y, a la vez, cumplir con sus obligaciones deontológicas.

Una vez recibida la resolución judicial (pues este es el caso más habitual), lo primero que tenemos que hacer es analizarla a fondo, y conocer las razones por las que se han desestimado las pretensiones del cliente. Dicho estudio conllevará el de las consecuencias que lleva aparejada la resolución (posible ejecución, costas, etc…), sin olvidar las opciones de impugnación y, cómo no, las probabilidades de éxito en futuras instancias.

A continuación, con la máxima inmediatez, y reitero, con la máxima inmediatez, hay que contactar telefónicamente con el cliente e informarle de la resolución.

Aquí hay que hacer un par de reflexiones.

La primera es que debemos dar al cliente la noticia con la máxima prontitud, ya que el dejarlo para otro momento, además de faltar a uno de nuestros deberes profesionales, puede suponer que queramos mantenernos en nuestra zona de confort y eludir nuestra obligación hasta que el cliente, por cualquier otro medio (a veces incluso por la parte contraria) se enteré de la noticia. De hecho, si nos ponemos en el papel del cliente, no nos agradaría que se hubiera dictado una resolución contraria a nuestros intereses y que todo el mundo lo supiera excepto nosotros.

La segunda es que el primer contacto debe ser telefónico (salvo casos excepcionales), pues resulta un poco artificial y extraño el hablar con el cliente para citarlo, no decirle nada, y después cuando estemos cara a cara comunicarle la noticia, pues el cliente se preguntará por qué no se lo hemos dicho antes.

Vinculado a lo anterior, no es buena práctica enviar un correo o un fax con la resolución sin llamarlo antes, pues la relación de confianza que mantenemos nos exige dar la cara y afrontar este trago personalmente de forma que podamos reducir la tensión e incertidumbre que de otra forma se desbocarían.

Finalmente, una vez contactemos con el cliente hemos de actuar de forma seria y profesional, pero especialmente empática; para ello, tendremos que escuchar al cliente y soportar sus reacciones (las normales, claro) de forma que pueda desahogarse; nosotros, evitando el nerviosismo y los titubeos, prescindiremos de excusas y justificaciones, y trataremos de exponer las razones que a nuestro juicio han llevado al juez a tomar dicha decisión, sin olvidar explicar al cliente la situación que se plantea de futuro, tratando de ser realistas, pero siempre ofreciendo todas las alternativas posibles. En todo caso, hay que explotar las circunstancias positivas del caso, que como sabemos es frecuente encontrarlas.

Mi consejo final: Hay que apretar los dientes, hacer de tripas corazón, y cuanto antes comuniquemos la sentencia, mucho mejor para nosotros y para el cliente.

Quieres ver el artículo publicado en LegalToday.com
standard

¡Ahora no me puedo poner! Dile que lo llamo más tarde…

16.10.2017 Categoría: Blog, Mi profesión Sin comentarios

Desde el momento en el que comienza la relación con el cliente, los abogados nos encontramos comprometidos y orientados a prestarle el mejor servicio posible, si bien la influencia de numerosos factores que complican nuestro trabajo diario provoca que, muy a pesar de nuestro deseo, se produzcan situaciones de falta de atención que ponen en riesgo la continuidad de la relación ante la pérdida de confianza del cliente. En este post, publicado en 2015 bajo el título “Cuando el despacho atiende al cliente pero el abogado no”, y que hoy recuperamos debidamente actualizado , reflexionamos sobre esta situación y ofrecemos algunas vías de solución.

“Al hilo de las cuestiones de atención al cliente que vienen siendo tratadas en este blog, hace unos días tuve la ocasión de reflexionar en un seminario con otros compañeros sobre si los abogados que estamos comprometidos con prestar un servicio de calidad al cliente, lo estamos realmente o, por el contrario, todo es cuestión de buena voluntad que, al final, se convierte en agua de borrajas.

Centrados en el tema, llegue a la conclusión de que si bien muchos despachos pueden estar verdaderamente orientados al cliente, lo cierto es que en nuestro trabajo concurre tal cúmulo de circunstancias que reclaman nuestra intervención (y que suelen transformarse en preocupaciones), que la atención personalizada del abogado al cliente suele fracasar.

Para ilustrar esta idea, comentamos entre todos algunas de las cuestiones que se suscitan en el día a día de los abogados, y que hoy podemos resumir en las siguientes:

–          La responsabilidad vinculada al cumplimiento de plazos inmediatos.

–          El señalamiento de actos judiciales que reclaman su preparación.

–          El coste energético que supone la celebración de un juicio.

–          El torrente diario de llamadas y correos electrónicos (¿Wasaps?)

–          Las notificaciones diarias que nos llegan de procedimientos de todo tipo que, a su vez, reclaman nuestra atención y la toma de decisiones.

–          Las malas y buenas noticias que recibimos a través de dichas notificaciones.

–          Reuniones de trabajo

–          Visitas de clientes.

–          La preocupación por el cobro de honorarios y el efecto de su falta en nuestra economía.

–          Las horas interminables de trabajo.

Pues bien, no es de extrañar que durante una jornada normal de trabajo, el abogado se encuentre tenso, inquieto, intranquilo, preocupado, etc…, aunque lógicamente es un estado al que se ha acostumbrado y que le permite precisamente solucionar las distintas cuestiones que lo reclaman (algo parecido al estrés bueno).

La cuestión que surgió en el debate fue ¿en este contexto y estado, somos capaces de atender de forma excelente a los 10, 15 o 20 clientes que cada día demandan nuestra atención?

Llegados a este punto, una mayoría de los abogados presentes reflexionaron sobre lo que habían sentido ante las visitas y llamadas de los clientes en las últimas jornadas y, de forma sorprendente, en que aproximadamente solo en un 10 % de las mismas los abogados se sentían cómodos y relajados, sintiéndose en el restante 80 % algo perturbados por uno otro motivo (tengo cosas que hacer; no he hecho todavía el contrato; ahora me tengo que ir; no voy a acabar este escrito, etc. ), lo que repercutía negativamente en una falta de atención.

Esta realidad, que desgraciadamente va en contra de los principios de fidelización al cliente, está ahí y aquellos que estamos comprometidos con dar un servicio de calidad debemos ser conscientes de la misma y hacer todo lo posible por evitar caer en tales situaciones, pues de poco o nada valdrá que orientemos nuestro despacho al cliente adoptando diversas medidas en tal sentido (personal, instalaciones, información, etc.) si luego los abogados, a nivel personal, continúan abstraídos y focalizados en el trabajo, rechazando implícitamente el contacto con los clientes y transmitiendo a los mismos un mensaje contradictorio con el que les envía nuestra organización.

Por ello, es fundamental que los abogados hagamos una reflexión sincera y examinemos nuestro grado de tolerancia diaria con los clientes, y si el resultado es negativo, tendremos no sólo que volver a imbuirnos de la filosofía de atención al cliente, sino adoptar medidas de organización, planificación, gestión de tiempo, de la información, etc. que nos ayuden a lograr mantener un contacto con los clientes satisfactorio, en ambas direcciones.

Por lo tanto, si eres consciente que quieres pero no puedes dar un buen servicio a todos tus clientes, tienes que parar, templar y descubrir dónde está la fuga; a continuación, procura cerrarla y a experimentar hasta que logres tu objetivo.  En la medida en que esto funcione, la atención al cliente de nuestra organización mejorará sustancialmente.

Concluir señalando que no hemos de olvidar que somos abogados porque nos gusta lo que hacemos, y por tanto, se presume que hemos de “disfrutar” con nuestro trabajo (en el que se incluye el hablar con los clientes). Si esto no se cumple y no somos capaces de solucionarlo, habrá que ser valientes y cuestionarnos muchas cosas. Pero esto es otra historia”

standard

Ese vacío con el que sales del juicio…

9.10.2017 Categoría: Blog, Mi profesión Comentarios

Hoy se ha celebrado ese juicio que tanto tiempo llevabas esperando.

Lo tenías perfectamente preparado: los interrogatorios de parte, testigos y peritos estaban completamente cerrados y listos para su ejecución; el alegato, perfectamente ensamblado y estructurado para mantener la atención del juez y lograr la tan deseada persuasión, y, sobre todo, un maletín repleto de entusiasmo, no exento de cierto temor e incertidumbre.

El juicio se desarrolló más o menos según lo previsto, pues, afortunadamente, en este asunto la razón estaba clara, si bien ahora tocaba que te la dieran. Digamos que saliste satisfecho de la sala y pudiste comprobar como el cliente, aun asaltado por miles de dudas, reconocía tu buen hacer y un moderado optimismo.

Sin embargo, tras despedirte del cliente y dirigirte al parking, te iba embargando una sensación, mezcla de inseguridad, incertidumbre y preocupación desconocida minutos antes. Esa pregunta a la parte que no hiciste, esas respuestas del testigo al compañero contrario, aquel detalle en el que incidió el perito con tozudez, las notas que tomó el juez mientras el compañero informaba (¿tomó alguna nota mientras lo hacías tú?), son pensamientos que iban nublando tu mente y que hacían que tu corazón latiera más rápido y que tu rostro se tornara algo descompuesto.

¿Qué te estaba ocurriendo?

Esta situación que hemos vivido todos los abogados no es más que la proyección que sobre el abogado realizan determinados pensamientos negativos derivados de la incertidumbre del litigio. Bajo este escenario, lo que antes era confianza y seguridad se torna en dudas e inseguridad, y ahora surge en la mente, como una realidad, la posibilidad de que el pleito se pierda.

Hoy traigo esta experiencia a colación con el fin de realizar una doble reflexión que nos ayudará más a valorar la profesión y, como no, a quienes la practican.

La primera, se centra en destacar que el trabajo central de nuestra profesión, o lo que es lo mismo, asesorar, mediar o defender en el contexto de una controversia, es sumamente complejo y difícil, precisamente por la contradicción que se respira constantemente, y que hace que nuestro trabajo esté condicionado por la otra parte, y por otros múltiples factores que hacen depender nuestro éxito o fracaso de un tercero o de circunstancias a veces ajenas a nuestra voluntad. Llegado este punto me gusta recordar la preciosa frase de Ossorio que nos dice que “nuestra labor no es de estudio sino de asalto y, a semejanza de los esgrimidores, nuestro hierro actúa siempre sometido a la influencia del hierro contrario, en lo cual hay un riesgo de perder la virtualidad del propio”

La segunda, y consecuencia de lo anterior, es el desgate físico y psíquico que a veces supone el litigio para el abogado, pues el compromiso de la defensa es de tal suerte que,  sin identificarnos con el cliente, a veces padecemos y sufrimos en similar medida que éste. El pleito, con todos sus interrogantes, incertidumbres e imprevistos nunca dará tregua al abogado, y hasta que no se dicte la última sentencia, multitud de horas de trabajo, de esfuerzo y de ilusiones penderán de un hilo. Y eso, naturalmente, tiene un coste.

Estas brevísimas reflexiones, lejos de frustrarnos, deben animarnos a seguir el camino trazado por nuestra profesión, pues hemos de ser conscientes que como el fuego forja el hierro en el yunque, la necesidad y la preocupación diaria forja la personalidad del Abogado, la cual, superados algunos años de experiencia, será un activo insustituible no solo para nuestra labor, sino para la propia vida familiar y social del letrado, todo un tesoro del que hemos de estar muy orgullosos.

Así que, si hoy has salido del juicio hondamente preocupad@, respira hondo, sonríe, y comienza con el próximo asunto, pues el hierro se forja, pero difícilmente se destruye.

 

standard

¿Mis recelos con el cliente?… Hace años que han quedado colgados en la sala de togas.

25.09.2017 Categoría: Blog, Mi profesión Comentarios

Hoy os traigo un párrafo del libro de John Mortimer, The Anti-social Behaviour of Horace Rumpole, en el que el barrister[1] (Horace Rumpole), responde a diversas preguntas de un juez durante una entrevista realizada en un proceso de nombramiento como Queen´s Counsel[2].

Lo llamativo de este párrafo reside en que el contenido del interrogatorio contiene las preguntas y respuestas a los grandes tópicos sobre la intervención y moral del abogado cuando defiende a personas que son consideradas socialmente de dudosa reputación, siendo las respuestas brillantes y llenas de sentido, razón ésta por las que me he permitido traducirlas y transcribirlas en el post.

Las reflexiones tenéis que hacerlas vosotros; los temas (defender a “inocentes o culpables”, no juzgar al cliente, el deber de defensa del abogado, la conciencia del abogado al defender, el papel del abogado en el sistema judicial, etc.) quedan sobre la mesa, como un suculento aperitivo…

Sin más preámbulos aquí tenéis el texto:

–          “Recientemente Vd. ha llevado la defensa de Mr Dennis Timson. ¿Lo conoce bien?

 –          Con el paso de los años, bastante bien.

 –          ¿Podría ser descrito como un delincuente habitual?

 –          De la misma forma en la que yo podría ser descrito como un defensor habitual.

 –          Él dijo que Vd. es un excelente abogado.

 –          Eso fue muy amable por su parte.

 –          Y no le importaba si era inocente o culpable, Vd., de cualquier forma, haría un buen trabajo, ¿no es cierto?

 –          Desde luego.

 –          Entonces, ¿Vd. defiende a personas que  sabe que son culpables?

 –          Lo desconozco. No es asunto mío. Eso es misión del juez y del jurado. Pero si Mr. Timson, o cualquier otro, me cuenta un relato consistente con su inocencia, es mi deber defenderle.

 –          ¿Incluso si Vd. no lo cree (el relato)?

 –          Yo suspendo mi incredulidad. Mi recelo ha quedado colgado en la sala de togas desde hace años. Mi trabajo es defender el caso de mi cliente de la mejor forma posible. El Fiscal hace lo mismo y entonces el jurado escoge a quien de los dos creer. Esto es nuestro sistema judicial. Y parece funcionar de forma más justa que cualquier otra forma de juicio criminal, si quiere mi opinión.

 –          ¿Parece que Vd. ha defendido a gente bastante horrible?

 –          Cuanto más horribles sean, en mayor medida necesitan ser defendidos.

 –          ¿Entonces la moral no cuenta para Vd.?

 –         Sí que lo hace. La moralidad de hacer que nuestro gran sistema judicial funcione: la moral de proteger la presunción de inocencia.

 –          ¿Entonces, Vd. nunca juzga a sus clientes?

 –          Desde luego que no. Ya le dije que juzgar no es mi trabajo. Soy como un médico (la gente viene a mí con problemas y yo estoy aquí para solventarlos de la forma menos dolorosa posible. Y sería un médico muy peculiar si solamente curara a gente sana.

 Seguro que lo has disfrutado. Ahora, aun siendo su procedencia de un sistema judicial diferente al nuestro (el anglosajón, aun con muchas zonas comunes), te toca reflexionar y, en la medida de lo posible, extraer conclusiones del texto que te ayuden a posicionarte en esta materia tan fácil, y, a la vez, tan compleja.

(puedes completar el tema leyendo el post publicado en este blog ¿Por qué defiende a ese criminal? http://oscarleon.es/?s=criminal

 

 

 

 

[1] Barrister es una de las dos categorías de abogados de nivel superior que existen en Inglaterra, Escocia y otros países de la tradición del Common Law. Su función principal, pero no exclusiva, es representar como mandatario a los litigantes ante los tribunales. En este sentido, el trabajo del barrister corresponde en los países que se rigen por el sistema continental, a demandar o alegar ante los tribunales de justicia. Sin perjuicio de lo anterior, esta profesión puede tratarse desde la especialización en temas determinados, así como la prestación de consejos en ciertas áreas con sus clientes (Wikipedia)

[2] Los Barristers pueden alcanzar, por nombramiento real, la categoría de Queen´s Counsel, cargo honorífico que le otorga ciertos privilegios en el desarrollo de su función.

standard

10 cosas que, como abogado, me agradan de un juez

19.09.2017 Categoría: Blog, Mi profesión Sin comentarios

Recientemente he tenido ocasión de leer diversos artículos sobre las actitudes, conductas y comportamientos que a los abogados no gustan de los jueces, y viceversa, textos cuyo contenido constituye una valiente propuesta que, sin duda, contribuye a mejorar las relaciones entre ambos colectivos.

Sin embargo, al igual que destacar lo que desagrada es un acicate para la mejora, el enfatizar o acentuar aquello que gusta en los modos, maneras y formas del otro, facilita igualmente la comprensión y entendimiento entre jueces y abogados, ya que nos aproxima y permite, quizás con mayor facilidad,  la búsqueda de puntos en común, máxime cuando, como decía Quintiliano, “lo que agrada se escucha con más gusto”.

Por todo ello, es mi propósito con esta colaboración transmitir mi opinión personal, en mi condición de abogado con una dilatada experiencia profesional, sobre aquellas actitudes, conductas y formas que son comentadas entre los letrados como meritorias y distinguidas en los jueces; por otro lado, no pretendo generar polémica alguna, sino como anticipaba, aportar mi granito de arena para contribuir a una mejora en la comprensión y entendimiento entre ambos colectivos.

Tras este exordio, entramos en materia.

Me gusta el juez….

1º- Que al iniciar la audiencia previa o el juicio disponga de un conocimiento pormenorizado del asunto y sus cuestiones más complejas, lo que evidencia un concienzudo estudio previo del mismo. Este conocimiento, que suele percibirse a raíz de los primeros comentarios que hace el juez en sala, es muy reconfortante para los abogados, pues genera mucha confianza, sabedores que en ese momento, y no después, el juez ya comprende meridianamente nuestras posturas, lo que contribuirá a un desarrollo fluido del juicio.

2º- Que domine la práctica del proceso, lo que es fundamental en el trámite de audiencia previa, pues el control de los diversos trámites procedimentales del acto facilita el desenvolvimiento del mismo al agotarse todos y cada uno de dichos trámites con un criterio coherente, ordenado y libre de interpretaciones que compliquen o supriman determinadas fases.

3º- Que ejercite su poder de dirección para dar fluidez al proceso, pues las intervenciones precisas y fundadas dirigidas tanto para agilizar el desarrollo de la vista (v.g. llamando la atención del abogado o de la parte que en sus intervenciones se separen notoriamente de las cuestiones debatidas), como para evitar infracciones procesales (resoluciones sobre preguntas, resolución de recursos, etc.) generan una importante confianza en los letrados, que se sentirán tranquilos al saber que el discurrir del juicio está en buenas manos.

4º- Que mantenga una actitud de atención plena y escucha activa durante la intervención de los letrados, desplegando un lenguaje (especialmente el no verbal) coherente con aquella; los abogados valoramos especialmente este proceder, pues ello es evidencia de que nuestra línea de defensa, materializada en nuestra intervención en la prueba y el alegato,  va a ser plenamente conocida y estudiada a posteriori.

5º-  Que sea dialogante con los abogados, pues el dialogo genera confianza y crea un clima de trabajo que sin duda facilita nuevamente el desarrollo de la vista a todos los asistentes. Con ello no me refiero a una comunicación constante, sino precisa y concreta cuando sea necesaria la información al letrado o la escucha de éste; imaginemos la petición de aclaración de algún trámite, la admisión de alguna prueba o la decisión sobre algún recurso.  Particularmente, me gusta cuando al resolver sobre cualquier cuestión, el juez de pie de forma expresa a la posibilidad de recurso o protesta.

6º- Que mantenga un trato cordial con los letrados, pues si en un ambiente en el que predomina la gravedad, el juez contribuye con una comunicación respetuosa, afable y cordial, el desarrollo de la vista se verá indudablemente beneficiada por dicha actitud, al rebajar la rigidez del acto , evitándose con ello situaciones indeseadas. Naturalmente, ello no obsta a que, cuando sea preciso, el juez tenga que adoptar decisiones acordes con su papel de celoso guardián de la dignidad, gravedad y orden en la sala. Como botón de muestra sobre la importancia de la cordialidad en el juez, reconozco que me agrada sobremanera ver que el juez pide a los letrados asistentes al primer juicio disculpas cuando, por cualquier circunstancia, dan comienzo los juicios con ostensible retraso.

7º- Que gestione el trámite de conciliación de forma equilibrada, dando al mismo el sentido y finalidad otorgada por la norma, manteniendo así un absoluto respeto a la naturaleza dispositiva del pleito y a sus deberes de imparcialidad y de no prejuzgamiento del caso.

8º- Que crea en la importancia que la norma procesal atribuye al informe oral y que lo evidencie con conductas de atención, interés y respeto durante su exposición por los letrados, lo que no quita que, empleando su poder de dirección, adopte las medidas que contribuyan a la fluidez del acto siempre con respecto a la libertad del derecho de defensa.

9º- Que durante los interrogatorios mantenga una actitud abierta, permisiva y flexible, facilitando el desarrollo de los interrogatorios, huyendo de excesivas formalidades, y facilitando con ello la búsqueda de la verdad (flexibilidad en la admisión de preguntas, intervención en la prueba una vez los letrados han realizado sus interrogatorios, etc.).

10º- Que durante el acto, es decir, desde que el letrado entra en sala, el trato que este reciba sea idéntico al dispensado a fiscales o abogados del estado presentes en el acto.

Finalmente, señalar que sabedor de que toda generalización acarrea injusticias, me gustaría advertir que las cualidades tratadas no describen, en su conjunto, a un juez ideal, pues cada uno tiene su  personalidad, carácter y estilo de hacer las cosas, y habrá unas facetas en las que uno destaque y otras en las que no, lo cual es absolutamente normal, todo ello sin olvidar que en juicio nada es blanco o negro, pues intervienen cuestiones muy variadas como la carga de trabajo que lleve el juez a sus espaldas durante la jornada, la complejidad que lleve el juez a sus espaldas durante la jornada, la complejidad del asunto, el grado de colaboración de los propios letrados en el acto, los condicionantes personales del propio juez, etc., circunstancias que pueden alterar su proceder, que no olvidemos, no deja de ser un ser humano.

Concluir con un pensamiento de CALAMANDREI que, con su fino toque de humor, hará sonreír a más de un lector:

«Me gusta el juez que, mientras hablo, me mira a los ojos; me hace el honor de buscar así en mi mirada, más allá de las palabras que pueden ser solamente un hábil juego dialéctico, la luz de una conciencia convencida.

 Me gusta el juez que mientras hablo me interrumpe; yo hablo para serle útil, y cuando él, invitándome a callar, me advierte que la continuación de mi discurso le produciría tedio, reconoce que hasta aquel momento no lo he aburrido.

Me gusta también (pero acaso un poco menos) el juez que, mientras hablo, se duerme; el sueño es el medio más discreto que el juez puede emplear para irse de puntillas, sin hacer ruido, dejándome, cuando el discurso no le interesa ya, discurrir a placer por mi cuenta».

Artículo publicado en Confilegal, ¿Quieres verlo?
standard

El abogado impecable.

11.09.2017 Categoría: Blog, Mi profesión Comentarios

Hoy me gustaría compartir con vosotros un pensamiento que he encontrado en una de mis lecturas estivales[1], y que considero puede ser objeto de una reflexión muy beneficiosa para la práctica de nuestra profesión. Concretamente, voy a referirme al ser impecable, adjetivo que significa estar exento de defecto, falta o error, cualidad que va asociada a una persona u objeto irreprochable por ausencia de tacha.

No obstante, si bien tiene relación directa con dicho significado, la idea a la que me refiero se circunscribe al ser impecable como la actitud que mantenemos cuando realizamos alguna actividad de cuyo resultado no tenemos certeza, pero que llevamos a cabo con la máxima capacidad de entrega, mentalizados para afrontar las consecuencias de nuestros actos.

Ser impecable, supone pues vivir nuestra actividad con responsabilidad y entrega suceda lo que suceda, actitud que me atrevo a considerar imprescindible en el quehacer del abogado.

Efectivamente, los abogados intervenimos en conflictos en los que, en la mayoría de las ocasiones, carecemos del tiempo necesario para disponer de todos los factores que serían necesarios para prestar el servicio que nos gustaría ofrecer; por otro lado, las condiciones del propio encargo, suscita dudas, lagunas y fallas que dificultan nuestra labor y comprometen ab initio el resultado final deseado por el cliente. A todo lo anterior podríamos añadir los factores incontrolables por el propio abogado (oposición de un contrario, sometimiento a un proceso, decisión de un tercero, etc.)

Y he aquí donde el abogado debe ser siempre impecable, trabajando en condiciones alejadas de lo perfecto e ideal, pero con una entrega y entereza dirigida a alcanzar el mejor resultado posible, asumiendo las consecuencias desfavorables de nuestras decisiones, y con la mente puesta no en los resultados, sino exclusivamente en el buen hacer.

Esta visión de impecabilidad resulta refrescante y liberadora, pues permite alejar miedos y temores vinculados al que pasará, permitiéndonos centrarnos en el que hacer, lo que evitará sin duda actitudes de pasividad y desmotivación, centrándonos en el aquí y el ahora, y dotando de excelencia cada paso que llevemos a cabo. Por otro lado, siendo impecables, disfrutaremos sin duda de nuestro trabajo, pues resulta indudable que sentir lo que estamos haciendo con absoluta entrega y sin temor alguno a no alcanzar los objetivos previstos es ya un resultado valiosísimo.

La impecabilidad del abogado es pues la puerta para alcanzar su excelencia y maestría[2].

 

 

 

[1] Mendo, Miguel Ángel. La Mente, Manual de Primeros Auxilio. Rigden Institut Gestalt.

[2] Podéis ampliar conocimientos sobre este tema en el post publicado en este blog sobre la filosofía de Epicteto aplicada a la abogacía: http://oscarleon.es/?s=epicteto

 

standard

El abogado y el nuevo curso: Siete áreas para reflexionar.

4.09.2017 Categoría: Blog, Mi profesión Comentarios

Los abogados iniciamos un nuevo curso profesional, y que mejor que dedicar este primer post a ofrecer una visión sobre los campos en los que sería recomendable poner el acento para continuar con nuestro crecimiento constante profesional. Naturalmente, la lista puede ampliarse con otros factores, si bien creo que los consignados constituyen un buen motivo de reflexión en un momento tan señalado como el presente.

Comenzamos…

Estudiar y profundizar en el conocimiento del derecho sustantivo: Somos abogados, y nos distinguimos por nuestra maestría y dominio del derecho, por lo que la excelencia en este aspecto es esencial, lo que nos obliga a no dejar de crecer y desarrollarnos en esta faceta.

Mejorar en aspectos emocionales: El autoconocimiento y el conocimiento emocional de las personas con las que interactuamos se está convirtiendo en una competencia primordial de todo abogado, pues al fin y al cabo las interacciones que desarrollamos se producen entre seres humanos y en un contexto generalmente controvertido; ¿existe otro lugar en el que el dominio del factor emocional no sea tan necesario?

Gestionar tu despacho: Como empresarios que somos, los abogados debemos planificar, liderar, organizar y controlar nuestros despachos, pues hoy en día, y máxime con la competencia existente, no podrá sobrevivir aquel que no dedique parte de su tiempo a dichas tareas, aun contando con la endémica limitación de tiempo que sufrimos.

Dar su sitio al cliente: El cliente, y esto no cambiará jamás, es el epicentro de la actividad del abogado y, por tanto, debemos redoblar nuestros esfuerzos tanto en la captación como en la fidelización de los mismos, acciones que requerirán el necesario dominio para aplicarlas con orden y equilibrio.

Afilar el hacha de nuestras habilidades: Decía Abraham Lincoln “si tuviera ocho horas para cortar un árbol emplearía siete en afilar el hacha”, lo que me lleva a recordar la importancia de dedicar espacios de tiempo a mejorar las competencias y habilidades necesarias para mejorar en nuestro campo de actuación (comunicación, oratoria, mediación, litigación, honorarios, clientes, etc.). Conocer el derecho, si, pero también saber aplicarlo.

Socializar en la profesión: En un sector cada vez más globalizado, considero de suma importancia interactuar con los compañeros de profesión, bien a través de alianzas o contactos periódicos, lo que nos permitirá estar al tanto de lo que se cuece en la profesión y, de paso, aprender de nuestros colegas.

Subirte a la ola de la transformación digital: La transformación digital es una realidad incuestionable, cuyas ventajas y riesgos son objeto de debate a diario. Aquí no hay excusas para quedarse atrás…

Descansar a conciencia: El descanso es vital para la ejecución de un trabajo bien hecho, por lo que hemos de aprender a encontrar momentos de ocio y esparcimiento que nos ayuden a recargar las baterías y comenzar cada día con fuerzas renovadas. Dormir bien, pasear, desarrollar hobbies, etc., todo vale.

Y sobre todo, el mejor consejo que puedo ofreceros: aproximarnos a la profesión amándola, pues de esta forma sortearemos todos los obstáculos que sin duda surgirán en nuestro camino.

 

Podrás encontrar otros artículos sobre habilidades del abogado en mi blog http://oscarleon.es/ y suscribirte gratuitamente. 

 

 

 

 

standard

El prestigio de la abogacía se forma por la suma del prestigio de los abogados.

24.07.2017 Categoría: Blog, Mi profesión Comentarios

La reflexión que da título a este post procede de la obra de Jose María Martínez Val, Abogacía y Abogados, en la que al tratar sobre la lealtad entre compañeros, nos avisa de la proyección que nuestra conducta puede tener sobre nuestro colectivo profesional.

Concretamente, el autor la refiere en los siguientes términos:

“Pero son las partes quienes realmente se enfrentan y pugnan. Nosotros, sus luchadores, lo hacemos en un plano ideal o doctrinal, donde el interés deja su paso a la invocación del derecho y el sentimiento de la justicia.

Todo abogado debe pensar en esto cuando pleitea.  Y también en que su compañero forma parte, como él, de una misma Corporación u Orden (el Colegio de Abogados) cuyo prestigio social se forma por la suma de los prestigios de los colegiados.”

En mi opinión, esta frase encierra una regla de oro para todo abogado (que recuerda de alguna forma al slogan medioambiental de “piensa globalmente y actúa localmente”), puesto que nos hace reflexionar sobre la repercusión que puede tener cualquier conducta, sea positiva o negativa, en la imagen, fama o consideración social de nuestro colectivo, cuestión ésta no carente de importancia, pues la abogacía, que desarrolla un rol fundamental en la sociedad, requiere indefectiblemente para el cumplimiento de sus fines gozar de esa buena estima social a la que denominamos prestigio, un edificio difícil de construir, fácil de demoler y muy difícil de reconstruir.

Pero con independencia de esa proyección positiva, este pensamiento nos hace sentirnos más responsables y diligentes en nuestra actividad, ya que como parte del colectivo nos permite participar activamente en el crecimiento del mismo, lo que se consigue a través de la continua atención en la conducta que desarrollamos; así, por un lado, evitaremos dañar a nuestra profesión y, por otro, la favoreceremos.

Igualmente, contribuir al prestigio del colectivo, constituye un claro acicate para que, el abogado, individualmente, crezca, se forme y desarrolle permanentemente haciéndose un mejor profesional día a día, pues qué duda cabe que siendo mejores contribuiremos a la excelencia del colectivo presente y futuro.

Finalmente, el abogado, sabedor de la repercusión de su conducta, estará alerta ante el comportamiento de otros colegas que, o bien desconocen este precepto o no quieren entenderlo, lo que dará oportunidad  a aquellos de hacer gala de su clara adscripción al mismo, manifestando con sus actos una actitud que pueda constituir, bien una referencia positiva, bien un claro aviso de navegantes.

Podrá aventurarse por algunos, con cierta ironía, que los abogados no gozamos de buena fama y que habría mucho por hacer; sin embargo, y a modo de refutación anticipada, les digo que miro a mi alrededor y veo a abogados de todas las edades comprometidos con su profesión y con la justicia, profesionales industriosos y entregados a su actividad diaria con tal celo que muchas profesiones envidiarían; letrados que, haciendo de la independencia virtud,  se rigen por el código de la honestidad y lealtad a sus clientes, compañeros y otros profesionales de la justicia, algunos ejerciendo en unas condiciones que muchos ciudadanos rehusarían. Por otro lado, las encuestas que vienen realizándose estos últimos años respecto a las diversas profesiones muestran una verdad indiscutible, cual es que la abogacía se encuentra bien considerada socialmente. Naturalmente, lo anterior no niega que existan “ovejas negras” en nuestra profesión, pues de todo hay en la Viña del Señor.

Y concluyo con una llamada a la responsabilidad y, por qué no, al orgullo de sentirnos abogados: seamos mejores abogados cada día y construyamos así una mejor abogacía.

 

standard

La ira en un asunto influye en otros cien. De modo que no puede haber abogado irascible.

3.07.2017 Categoría: Blog, Mi profesión Comentarios

“Quien me insulta siempre no me ofende jamás” Victor Hugo.

Por todos los abogados es conocido que nos enfrentamos constantemente a situaciones irritantes que, de no ser por la moderación que nos imponemos, sacarían lo peor de nosotros; la injusticia, la venganza, el resentimiento, la decepción, la frustración, la mala educación, la falta de respeto, no son más que algunas de las realidades que surgen inevitablemente en los escenarios de contradicción en los que hemos de interactuar.

Frente a estas situaciones, el abogado, como ser humano, puede fácilmente reaccionar de dos formas: actuar asaltado por la ira o, a pesar de la sentida indignación, mantener el control y actuar consecuentemente en busca de la consecución de nuestros objetivos.

Será pues objeto de este post, reflexionar sobre la conducta más conveniente a seguir cuando estamos dispuestos a reaccionar frente a alguno de esos acontecimientos desagradables que surgen en nuestro quehacer diario.

Para ello, lo primero que hemos de hacer es distinguir entre los posibles desencadenantes que la provocan, puesto que podemos encontrar tanto actitudes de terceros derivadas del contexto en el que actuamos y que provocan enorme malestar, como conductas ya totalmente improcedentes e injustificables.

Respecto de las primeras, es normal que se conciten tanto envidias, resentimientos, egos quebrantados como heridas resultantes del combate, y que suelen provenir de la parte perjudicada por nuestra defensa. ¿Quién no ha sufrido descalificaciones incluso personales por la parte contraria, hundida en el dolor amargo de la derrota?; no es de extrañar que el contrario nos identifique con su adversario y proyecte en nosotros sus frustraciones. Igualmente, y esto es más triste aun, es nuestro propio cliente, quien decepcionado ante el resultado no deseado, recarga las tintas contra su propio letrado con comentarios hirientes. Finalmente, incluiríamos en este grupo la incomprensión, a veces mudada a desprecio, que algunos sectores sociales conciben contra el abogado por el mero hecho de ejercer su sagrado derecho de defensa respecto de alguien que ya ha sido condenado socialmente.

En cuanto a las segundas, a veces nos encontramos con conductas hostiles de compañeros, jueces o de servidores de la administración, que injustamente depositan en nosotros su frustración con salidas de tono o comentarios irrespetuosos mimetizados en forma de consejos, admoniciones o sugerencias que no hacen más que intensificar el daño creado.

Ambas situaciones, suelen tener en el abogado un profundo efecto negativo, pues suelen socavar los pilares de su autoestima profesional y personal, y con ello incluso la confianza que mantenemos en nuestro criterio, lo cual puede ser de consecuencias imprevisibles para un joven abogado cuyos cimientos vocacionales están en plena construcción.

Situada la cuestión, considero que el proceder de todo abogado debe guiarse por una serie de principios que pasamos a epigrafiar:

1º.- Prudencia: La prudencia, entendida como capacidad de analizar de forma reflexiva y atenta el tipo de acción que vamos a emprender y antes de llevarla a cabo, nos impone mantener un comportamiento sereno y calmado ante situaciones que puedan enojarnos y provocar una reacción desmedida que, a la postre, podrá causarnos perjuicios irreparables. Hay que pensar y conservar la calma cuando se presentan los problemas.

2º.- Paciencia: Entendida como la virtud para soportar con entereza situaciones difíciles y complicadas que entrañan grandes dificultades y la capacidad de actuar de forma perseverante y sin alterarnos por las contrariedades que podemos encontrarnos por el camino, constituye una herramienta ideal para, con templanza y el justo equilibrio en el actuar, evitar aquellas situaciones que puedan provocar una falta de control y disponer de la serenidad para actuar contundentemente en defensa de nuestros derechos.

3ª.- Desdén: Actuar con indiferencia, o incluso un desprecio sutil, es generalmente la mejor medicina para soportar los males de opinión, pues el desdén conlleva un componente de confianza y convencimiento en lo que hacemos, que supondrá una cota de malla protectora frente a los dardos de aquellos males. El desdén es el equivalente al refrán popular “ande yo caliente y ríase la gente” o, si queremos algo más sofisticado, nos decía el gran Da Vinci que “Quien de verdad sabe de qué habla, no encontrará razones para levantar la voz”

4º.- Moderación: Fruto de la paciencia y la prudencia, el único resultado previsible de un abogado ante estas situaciones es actuar siempre con moderación, es decir, evitando caer en la ira, la pérdida de control, el grito, el insulto o la hostilidad descontrolada; al contrario, hemos de reflexionar en microsegundos y optar por una conducta que nos permita controlar los acontecimientos y, de esta forma, no poner en juego la consecución de nuestros objetivos o sufrir un daño por nuestras acciones.

5º.- Relativizar: El calor del momento es un consejero muy traicionero, pues nos impide evaluar lo que está ocurriendo en su justa medida, por lo que es muy aconsejable morderse la lengua y darse un mínimo tiempo para afrontar la situación con más frialdad. Para ello, tirando de la serenidad que nos da la moderación, actuaremos en consecuencia y, posteriormente, ya contemplaremos con más tiempo lo ocurrido. “Contra la ira, la dilación´” decía Séneca.

6º.- La defensa de nuestros derechos: Todo lo anterior no puede identificarse con pusilanimidad o debilidad de carácter, sino todo lo contrario, pues no hay mayor grandeza que actuar con moderación cuando todo está en nuestra contra. De hecho, se dice que la moderación es “la elegancia en el apremio”. Ahora bien, dicha moderación no está reñida con la defensa de nuestros derechos, empleando la seriedad y contrariedad que queramos transmitir; si hay que protestar citando algún derecho, si hay que llamar la atención, si hay que poner a alguien en su lugar, habrá de hacerse pero siempre evitando la desconsideración personal o la pérdida de las formas.

Concluyo con una cita de don Angel Ossorio y Gallardo:

La ira de un día es la perturbación de muchos; el enojo experimentado en un asunto influye en otros cien. Ira es antítesis de ecuanimidad. De modo que no puede haber abogado irascible.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies