Categoría: Mi Práctica diaria

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Que el cambio tecnológico no haga perder la sensibilidad al abogado.

19.06.2017 Categoría: Mi Práctica diaria Sin comentarios
Óscar León: Por no ser accesible, perdí el asunto y quizá el cliente

Los avances tecnológicos están siendo fundamentales para la transformación de la abogacía, lo que está influyendo lógicamente en la forma en la que los abogados ejercemos nuestra profesión. Avances positivos, al menos es lo que se vislumbra, en un nuevo escenario en el que nos encontramos más informados, mejor preparados, más presentes y con mayor disposición de tiempo.

¿Y todo esto para qué?

¿Para que seamos más efectivos? o ¿quizás más eficaces?, ¿para ser más competitivos?, ¿para que nuestras empresas (despachos) sean más rentables? ¿para ahorrar tiempo?

Sin negar que el cambio tecnológico favorece la consecución de dichos objetivos, en mi opinión la respuesta adecuada sería “para dar un mejor servicio a mi cliente”, y si afinamos un poco más, la contestación podría centrarse en “para la mejor defensa de mi cliente”.

Sin embargo, lo paradójico de este nuevo contexto tecnológico reside en que lo positivo y favorable del mismo puede transformarse en negativo y perjudicial para nuestra práctica profesional; mayor eficacia, eficiencia, productividad, ahorro de tiempo, etc., en lugar de ir destinado al cliente, puede, convirtiéndose en un fin en sí mismo y olvidarse del verdadero vértice que inspira nuestra profesión, que no es otro que la persona a quien brindamos nuestra asistencia.

Y cuando señalo a nuestro cliente, me estoy refiriendo a su situación personal, a esa singularidad que entra en nuestra vida profesional de repente, con toda su carga emocional, generalmente alterada por el problema que lo hace llamar nuestra puerta, estado anímico que el abogado, dotado de una extraordinaria sensibilidad, debe conocer, cuidar y reconducir humanamente durante el desarrollo del asunto, porque la defensa del cliente no se limita a la aplicación de unos conocimientos jurídicos mediante consejo, mediación o defensa en el foro, sino que se extiende, como presupuesto previo a dicha actuación, a comprender y entender al cliente, conocer sus pasiones y sentimientos e incluso sus sufrimientos.

Esta sensibilidad, de la que ya hablaba don Angel Ossorio en su “Alma de la Toga” hace cien años, puede perderse si los cambios tecnológicos nos alejan del cliente, convirtiéndolo en una estadística más, el un algoritmo perdido en el laberinto con el que no es preciso interactuar más allá de un primer contacto (probablemente por medios telemáticos) en el que, gracias a la tecnología, los contenidos, las preguntas, el tiempo estarían protocolizados y previstos en un carrusel de insensibilidad y deshumanización.

Por ello, los abogados no hemos de caer en el riesgo de convertirnos en autómatas, embrutecidos por un trabajo insensible y alejados del pálpito de nuestro cliente, porque de lo contrario, iremos, poco a poco, siendo menos abogados.

Hecha esta reflexión, no querría concluir el post sin mencionar algunas medidas de prevención para evitar que, imperceptiblemente, la tecnología inunde nuestros despachos con esa carga de profundidad letal que constituye el olvido del cliente.

-          Las reuniones con el cliente, salvo para cuestiones puntuales, deberán realizarse personalmente; de esta forma, no solamente tendremos una visión más completa del problema, sino que podremos conocer a su persona, su forma de pensar, de sentir el trance que está viviendo y como debemos de relacionarnos con él.

-          Durante la relación profesional, hemos de mantener con el cliente contactos formales (para informarle del estado de su asunto) como informarles (simplemente para que sepa que estamos ahí), y ambos contactos habremos de procurar realizarlos personalmente. De esta forma, fortaleceremos la confianza, indispensable en nuestra relación.

-          Cuando dudemos entre llamar a un cliente o enviarle un e-mail, escoger lo primero.

-          Fijar en nuestra memoria la idea de que detrás de la mejora de los servicios, del ahorro de tiempo, de la rentabilidad de nuestras empresas, hay un ser humano que siente y sufre y que requiere nuestra comprensión y apoyo.

Y concluyo reproduciendo el final de un post que escribí ahora hace ahora un año, titulado “Transformemos la abogacía, pero por favor cuidemos de su esencia” (http://oscarleon.es/transformemos-la-abogacia-pero-por-favor-cuidemos-de-su-esencia/)

“…el Gurú de los negocios Peter DrucKer, ya señaló que las normas culturales, estrategias, tácticas, procesos, estructuras y métodos cambian continuamente para dar respuesta a los cambios del entorno, lo que motiva que las organizaciones (entre ellas nuestra profesión) se vean abocadas a estimular el progreso a través del cambio, la mejora y la innovación (igualmente a través de la renovación).

Y esta es la gran paradoja: adaptación y transformación de la profesión, pero con el necesario anclaje de una serie de principios y valores que han inspirado la idea de la abogacía desde sus inicios.  Ya lo decía Drucker “los que mejor se adapten a un mundo tan cambiante son las que mejor saben lo que no deben cambiar”

Por ello, mi reflexión final es que los abogados nos encarguemos de hacer guardar, con más fuerza que nunca, la vigencia de estos principios y que, todos a una, seamos los responsables de una evolución ejemplar, sin precedentes, de nuestra profesión”.

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Nadie dijo que la abogacía seria fácil.

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Esta frase fue la que pronunció mi maestro cuando, herido en mi orgullo, le comenté lo mal que lo había pasado tras la lectura de la contestación a mi primera demanda, queja provocada por el tono desabrido empleado por el abogado contrario en la contestación, y que rozaba el desprecio no solo a la argumentación en la que tanto había trabajado, sino igualmente al propio redactor del texto. Aquello no era mordacidad, sino un ataque directo a la autoestima personal y profesional del contrincante.

Con el paso del tiempo fui aprendiendo que el día a día del abogado estaría plagado de situaciones desagradables consecuencia de la contradicción que impera en nuestra labor, pero que siempre encontrarían su complemento en otras más favorables y positivas. De hecho, esta complementariedad o alternancia de situaciones que repercuten claramente en nuestro estado anímico, es la que nos permite sobrevivir en este complejo entorno en el que hemos escogido deambular.

Sin embargo, en ocasiones, junto a estas situaciones difíciles y que podemos considerar “normales”,  a veces se producen otras muy complicadas que son las que desgastan, deterioran e incluso hacen replantearse la profesión a más de un compañero debido al potencial que tienen para alcanzar y dañar no solo al profesional, sino igualmente a la persona. Con ello me refiero a escenarios que se alejan de la normalidad y pasan al capítulo de lo imprevisto, indeseado y temido, provocando en el abogado pesadumbre, tristeza y un deseo inconsciente de, como anticipaba, abandonar la profesión.

Compañeros que nos muestran a las claras una hostilidad absurda y desproporcionada al defender a su cliente; jueces que en sala se dirigen a nosotros de manera desabrida, recriminatoria y carente de la más mínima sensibilidad; clientes que transmiten incomprensión y desconfianza a pesar de nuestro esfuerzo y entrega o que, sin esperarlo y sin razón plausible, nos sustituyen por otro letrado, sin olvidar la Espada de Damocles de una denuncia injusta; y que decir de las sorpresas que nos producen algunas resoluciones tras un trabajo agotador, quizás tras años de esfuerzo, cuando teníamos la firme convicción de una victoria…(estas conductas se examinan más a fondo en el post ¿Por qué es difícil ser abogado? http://oscarleon.es/por-que-es-dificil-llegar-a-ser-abogado/)

No es de extrañar por tanto que muchos compañeros se rindan tras años de ejercicio.

Ahora bien, los que hemos sobrevivido y seguimos aquí, sin saberlo, hemos ido descubriendo algo parecido a un bálsamo de Fierabrás que nos ha ayudado a curar las heridas (que no las cicatrices) y a seguir en la contienda con buen ánimo a pesar de tantas y tantas dificultades.

Por ello, me gustaría contribuir humildemente a facilitar algunos de los ingredientes (pues la fórmula magistral sólo se alcanza con el paso de los años y la experiencia), con el deseo de que compañeros más jóvenes, o incluso aquellos que tengan el firme propósito de comenzar a ejercer puedan servirse de ellas.

1º.- Sabiduría, no exenta de previsión, para ser consciente de que la abogacía es una tarea difícil y compleja, en la que se van a producir, más temprano que tarde, muchas de estas situaciones desagradables. El mero hecho de ser consciente de su existencia y posible acaecimiento ya rebaja el efecto que pueden tener sobre nosotros.

Igualmente, sabiduría para reconocer que frente a estas incidencias, existen también momentos agradables y felices que nos hacen disfrutar de la profesión, y que probablemente volverán a producirse tras la tormenta que estemos viviendo.

2º.- Fortaleza, para soportar el impacto de las mismas, pues hay que ser fuerte y no venirse abajo cuando estas se produzcan, sino que hay que mirarles a la cara y, bien pertrechados de paciencia, prudencia y autocontrol, saber afrontarlas con recursos que nos den la suficiente frialdad para salir con el menor daño posible.

3º.- Alta tolerancia a la frustración, que es la capacidad para tolerar o hacer frente a las situaciones que no se ajusten a nuestros deseos y necesidades como consecuencia de disponer de unas creencias más realistas y ajustadas a la realidad. De este modo, ante los problemas, si bien podemos sentir contrariedad o malestar, ello no le impide continuar con la búsqueda de nuestros objetivos. Esta habilidad es fundamental para nosotros, pues los tiempos de recuperación se acortan notablemente tras el mal trago, y pronto volvemos a estar a pleno rendimiento (si quieres leer más sobre este tema puedes ver el post Abogados y Tolerancia a la frustración http://oscarleon.es/abogados-y-tolerancia-a-la-frustracion/).

4º.- Y humildad para buscar la ayuda de algún compañero más experto que pueda aconsejarnos, pues compartiendo no solo se descarga el dolor, sino que se crece ante la adversidad.

No lo dudes, si sufres una situación complicada en tu ejercicio profesional aplica estas habilidades que sin duda te ayudarán a entenderla y superarla en el más corto espacio de tiempo, pues ya sabes que los abogados, si no tenemos tiempo para ponernos enfermos, menos tenemos para venirnos abajo.

Y concluyo con esta reflexión que encontré hace años en internet y que, de alguna forma, resume todo lo expuesto:

“Como el fuego forja el hierro en el yunque, la necesidad y la preocupación diaria forja la personalidad del Abogado. Un gran número de ellos se dan de baja y se dedican a otra cosa cuando llevan años de ejercicio, quince años si no antes…, desesperados, agotados, fracasados. Es una profesión para superciudadanos y superciudadanas, sin ningún tipo de reconocimiento social ni reciprocidad, pero el que consigue la cima, siempre con mucho dinero o apoyo político, ve incrementar su poder y autoridad académica; más que una profesión, la vocación de Abogado es propia de los héroes”.(www.terraes/personal/lealabogados/blockabo.htm)

 

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¿Qué criterios podemos emplear los abogados para fijar la cuantía de los honorarios?

29.05.2017 Categoría: Gestión, Mi Práctica diaria Sin comentarios
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Como es bien conocido, la regulación de los honorarios, y especialmente los criterios que disponen los abogados para minutar, ha sufrido en los últimos veinte años una serie de vicisitudes legislativas y jurisprudenciales que han concluido en una situación en la que prevalece de forma absoluta el principio de libertad de fijación y establecimiento de la cuantía y el régimen de los honorarios (con respeto, en todo caso a las normas deontológicas y sobre competencia desleal).

Esto supone que el abogado podrá fijar sus honorarios libremente y cerrar el correspondiente acuerdo con su cliente, careciendo de cualquier referencia legal o estatutaria para adecuar la determinación de los mismos. Es el mercado el que ahora manda, y a través de éste deberá el abogado fijar sus honorarios. No hay mínimos ni máximos, ni orientación colegial alguna, salvo para los procesos de tasación de costas y reclamaciones de honorarios conforme al artículo 35 de la LEC.

Esta regulación ha llevado al abogado a una situación verdaderamente compleja, pues el abogado carece de un arancel o baremo siquiera de referencia, situación que podemos trasladar igualmente al cliente del despacho, que desconoce completamente cuales son los honorarios que el abogado puede cobrarle por sus servicios.

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Algunas reflexiones sobre los peligros de la implicación excesiva del abogado con el cliente.

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Rescatamos hoy un post publicado en este blog hace más de dos años bajo el título “Abogado, implícate con tu cliente, pero no demasiado…” y que he decido publicar con algunas modificaciones, dado que tras releerlo he comprobado que sigue de actualidad y que los compañeros, al tratar las relaciones con los clientes, siguen comentando como tema de interés la importancia de no implicarse demasiado con los intereses del cliente.

Efectivamente, en ocasiones el abogado se preocupa enormemente por los casos que está defendiendo, de tal modo que no puede dejar de pensar en los mismos y en su posible resolución. Esta situación, que podría considerarse positiva si se adopta con cierta prudencia, se vuelve patológica cuando la implicación es tal que comenzamos a sufrir como si del propio cliente se tratara. Nos desvelamos por la noche pensando en el caso, nos indignamos ante el mero pensamiento de la conducta del contrario, anhelamos una solución favorable y, literalmente, sufrimos pensando en un posible fracaso ante nuestro cliente.

Las consecuencias de esta actitud no se hacen esperar; insomnio, úlceras, distracciones e incluso cierta agresividad que van a pasar factura tanto a nuestra vida personal como profesional.

Esta es una conducta muy propia del joven abogado cuando lleva sus primeros asuntos, si bien la experiencia y la práctica va reduciendo tal comportamiento hasta llegar un punto en el que su involucración se modera hasta lo estrictamente necesario; quienes no superan esta situación acaban abandonando la profesión o continúan en el ejercicio profesional padeciendo (y haciendo padecer a los demás, especialmente a su familia) un verdadero infierno.

Dicho esto, el objeto de este post no es otro que alertar a aquellos compañeros que al leer estas líneas puedan verse identificados de algún modo, a fin de que adopten las medidas necesarias para modificar dicha tendencia, ya que la excesiva involucración llega un punto que nos resulta insoportable por afectarnos personal y profesionalmente, siendo conveniente una aproximación al cliente y a su asunto con cierta distancia y moderación.

Para ello, vamos a establecer una serie de razones a modo de consejos que podrían ayudarnos a reflexionar sobre lo pernicioso de una excesiva implicación con nuestro cliente y su asunto:

1º.- Ver que la causa del problema del cliente es ajena a ti.

Cuando el cliente se presenta en el despacho del abogado viene para que lo asesore y defienda, y ¿sabes por qué?, por qué él se ha metido o alguien lo ha metido en el problema en el que se encuentra. La causa última de que esté en el despacho deriva del propio cliente, quien lo que busca es ayuda en forma de asesoramiento. Si te vas a angustiar por lo que otro ha hecho, viviéndolo como si tú fueras el causante del problema, prepárate para sufrir. Por ello, cuando te veas implicándote más de la cuenta piensa en que la raíz del problema que estás solucionando es completamente ajena a ti, y te aseguro que te ayudará a ver las cosas desde otra perspectiva.

2º.- Mantener la independencia creando un distanciamiento emocional.

Aunque a veces los clientes piensan que si el abogado está emocionalmente implicado en el caso realizarán una mejor defensa, están completamente equivocados. El abogado debe crear una distancia emocional con su cliente que le permita alejar la subjetividad que éste va a imprimir a todas sus acciones, pues siendo objetivo, es como el profesional podrá barajar todas las alternativas de defensa posibles, sea cual sea la incomodidad, malestar o incluso discrepancia de su cliente. El buen abogado debe ser empático y saber ponerse en el lugar del cliente para entender sus emocionales, pero ello no significa que debamos identificarnos con él, puesto que en tal caso perderemos la objetividad que exige la aplicación de nuestros conocimientos técnicos y prácticos a la solución del caso.

3º.-  La excesiva involucración genera conductas desleales desde una perspectiva deontológica.

¿Ves a esos compañeros que cuando llegas a la puerta de la sala acompañando a su cliente y cuando los miras te vuelven la espalda o te responden con hostilidad? Pues esos compañeros están excesivamente implicados con sus clientes hasta el punto de que temen que éstos les recriminen que hablen o incluso saluden al “enemigo”. La excesiva involucración conduce inevitablemente al incumplimiento de obligaciones deontológicas como la lealtad a los compañeros que flaco favor le hacen a nuestra profesión. Si estás excesivamente involucrado, es probable que actúes de forma hostil frente al contrario y a su cliente, bien porque sientes que debes hacerlo, bien a modo de pantomima ante tu cliente, conducta que a larga se paga pues “los clientes y los casos pasan y los abogados quedan…”

Ya lo decía Eduardo J. Couture en su famoso decálogo: Olvida. La abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fueras llenando tu alma de rencor llegaría un día en que la vida sería imposible para ti. Concluido el combate, olvida tan pronto tu victoria como tu derrota.

4º.- Ya tienes suficientes problemas…

¿Tú no tienes tus propios problemas? Pues ¿para qué quieres más problemas? Si te identificas con tu cliente asumes el suyo, esto te llevará a padecer en un grado muy aproximado a lo que sufre el cliente Y digo yo, ¿Para qué? ¿Para ignorar tus problemas y centrarte en los del cliente?  Mal negocio…

5º.- No es bueno para tu salud.

Si te involucras más de la cuenta acabarás física y psíquicamente destrozado, no lo dudes. La razón de ello radica en que tu no llevas un solo caso, sino una o dos docenas, cada uno con su problema particular de fondo, de modo que si vives cada caso identificándote con el cliente y su problema (además de los tuyos) acabarás exhausto y no tendrás otra salida que dejar la profesión (posible síndrome burnout) y si aguantas, solo espero no encontrarme contigo en una sala de vistas.

Concluir señalando que si encontramos el punto medio, no ajeno a la administración de un cierto estrés y tensión profesional, no solo asesoraremos y defenderemos a nuestro cliente con más eficacia, sino que tendremos la oportunidad de disfrutar a conciencia del camino profesional que recorremos a diario.

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Los honorarios del abogado no se pagan con la bendición o el muchas gracias.

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El post de hoy es ciertamente breve, y lo es porque pretende limitarse a hacernos reflexionar sobre la importancia que tiene el efectivo cobro de los honorarios profesionales por nuestro trabajo.

Para ello, me limitaré a transcribir un párrafo de un post del abogado y consultor psicológico argentino Santiago Sinópoli (Honorarios: la sal de la vida, pero me cuesta cobrarlos, http://www.legaltoday.com/opinion/articulos-de-opinion/honorarios-la-sal-de-la-vida-pero-me-cuesta-cobrarlos), que sin duda os llevará a recapacitar sobre esta especie de “maldición” que pesa sobre nuestra práctica profesional:

“…el primer paso lo debe dar el abogado hablando claro desde la primer consulta, para no dejar dudas, que la profesión no es un acto de caridad o amor, que no es una función meramente altruista, que más allá del compromiso ético del abogado de hacer todo lo necesario para que su cliente deje de sufrir por un acto de injusticia, hay una contraprestación por los servicios prestados, que no se satisfacen con la bendición o el muchas gracias, sino con el pago de un justo honorario que es la sal de nuestra vida como el de cualquier otra persona”

Acto de caridad o amor, altruismo,  más allá del compromiso ético, acto de injusticia, el muchas gracias, pago de un justo honorario, etc…, muchas ideas sobre las que pensar y debatir en tan breve párrafo.

Ahí queda eso…

 

Por lo demás, os espero este jueves 18 a las 16,30 en el salón de actos de ICA Madrid en la jornada sobre Técnicas de Gestión de Honorarios Profesionales para abogados. Para inscribirte:

https://web.icam.es/actualidad/noticia/3696/Técnicas_de_gestión_de_honorarios_profesionales_para_abogados,_próxima_charla_de_la_Sección_de_Iniciación

 

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Cuando el lenguaje del abogado refuerza o debilita el alegato.

17.04.2017 Categoría: Mi Práctica diaria, Oratoria Sin comentarios
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“La lengua es un arma sin hueso atrapada entre los dientes“ Buda.

Refiere Enrique Martínez Lozano en su libro “Crisis, crecimiento y despertar de la existencia” sobre un experimento en el que a un grupo de personas se le pidió que observara una serie de palabras de tipo negativo que se les iban proyectando tales como imposible, complejo, insuperable, peligroso, desagradable, atemorizador; a continuación se les tomó una muestra de saliva. Poco después, se modificaron las palabras por estas otras: posible, superable, accesible, capaz, valioso, y se les volvió a tomar la muestra. Los resultados fueron notables: en el primer ejercicio el grupo presentó un marcado aumento de cortisol (hormona del estrés), mientras que en el segundo se produjo  un descenso.

Una de las conclusiones del ensayo afirma que el lenguaje no solo describe, sino que además crea realidades, pues afecta a nuestras emociones y a nuestro estado de ánimo, de modo que un mensaje plagado de palabras con una connotación negativa no serán bien acogidas por el receptor y viceversa (y de eso saben muy bien en publicidad). Lo más sorprendente es que esta no es una cuestión de nuestra parte consciente, sino que es nuestro inconsciente el que, a partir del lenguaje, genera unas emociones positivas o negativas. No hemos de olvidar que las palabras que conforman el lenguaje son una fuerza; son el poder del que disponemos para expresar y comunicar lo que pensamos, lo que sentimos. En definitiva, son la expresión de nuestra intención en cada momento en que las pronunciamos.

Todo lo anterior nos lleva a la importancia que puede tener la selección de las palabras que vayamos a emplear en nuestro informe oral, valor que radicará en la forma en la que el juez, destinatario único del mismo, lo percibirá.

Pero, vayamos por partes.

Dentro de la fase argumentativa del informe oral pueden distinguirse dos partes bien definidas: la argumentación de nuestra propuesta de defensa y la refutación de la contraria (ésta última puede ser anticipada si informamos antes, o posterior, si lo hacemos al final). Lógicamente, a través de la argumentación el abogado trata de persuadir al juez de la bondad de sus argumentos, mientras que durante la refutación, se tratará de restar valor a los argumentos de contrario.

Por lo tanto, en un contexto en el que el abogado trata de persuadir al juez de la conveniencia de su propuesta, es lógico pensar que si le hacemos llegar nuestro mensaje de una forma agradable, favorable, suave, es decir, empleando palabras que refuercen el mensaje y le den un impacto positivo, este será recibido probablemente con más atención e interés (ya decía Quintiliano que “el ánimo abraza mejor lo que oye con gusto”). Por el contrario, si lo que tratamos es de transmitir la inconveniencia de determinados argumentos, qué duda cabe que si lo hacemos en un contexto verbal preñado de expresiones desagradables, negativas y que debiliten el mensaje (el mensaje refutado, claro está), habremos conseguido, con independencia de la argumentación, crear un contexto poco propicio para la recepción del mensaje.

Partiendo de lo anterior, proponemos que a la hora de elaborar el informe oral, cuando nos dediquemos a preparar las dos partes de la argumentación, seleccionemos claramente el lenguaje que vamos a emplear, distinguiendo entre argumentación y refutación, práctica ésta que estimo no es nada difícil, pues el trabajo se limitará a incluir algunos sustantivos, verbos, adverbios o locuciones en el lugar clave que corresponda. De esta forma, dispondremos de un informe estratégicamente diseñado para impactar en uno u otro sentido, en función de las palabras empleadas.

A modo de ejemplo, y para nuestra argumentación, podríamos usar las siguientes palabras:

-          Claro, preciso, coherente, uniforme, acreditado, probado, demostrado, objetivo, recto, directo, fácil, sencillo, comprensible, lógico, entendible, conciso, verdad, certeza, argumentado, honesto, fiel, razonado, solvente, favorable, lineal, ordenado, previsible, concatenado, conclusión, centrado, justicia, ecuanimidad, equidad, neutralidad, probidad, rectitud, conciencia.

Y para la refutación, estas otras:

-          Oscuro, tergiversado, entramado, incoherencia, deslavazado, disperso, subjetivo, parcial, sinuoso, inveraz, interesado, falto de…, huérfano, carente de…, carencia, omisión, olvido, adornado, hojarasca, sin fondo o contenido, improvisado, desacreditado, difícil, complejo, ilógico, incomprensible, falacia, infiel, desfavorable, perdido, retórico, hostil, injusticia, atropello, abuso, componenda, sinrazón, podría ser, creo que, pienso que…podría decirse que…

Para concluir, hemos de realizar una precisión. El uso del lenguaje que hemos examinado tiene una exclusiva finalidad estratégica en el contexto de la exposición de nuestros argumentos y refutación de los contrarios; ahora bien, en modo alguno ello puede autorizar el empleo en sala de un lenguaje para insultar, culpar, reprochar, etc., o un lenguaje desagradable, arrogante, tosco, sarcástico, irónico, etc., pues en tales casos estaremos siendo irrespetuosos frente al compañero, la parte contraria y frente al propio juez, lo cual es deontológicamente inadmisible, sin perjuicio de que este lo verá como muestra de pocos recursos o de escasa preparación.

De lo que se trata en definitiva es de atacar la argumentación adversa desacreditándola o debilitándola respetando a la persona y al profesional.

 

 

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¿Un abogado que planifica sus tareas? ¡Pero si no hay tiempo!

10.04.2017 Categoría: Gestión, Mi Práctica diaria Sin comentarios
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No, no penséis que el título es una llamada en tono de humor; al contrario, esta frase me la comentó un compañero hace poco cuando le expliqué lo bien que me iba gracias a una planificación exhaustiva de mi trabajo. Y, ciertamente, tras pensarlo detenidamente, a su comentario no le faltaba razón, pues son muchos los abogados que, perdidos en la jungla de las variopintas actividades que desarrollamos, se ven impedidos de hacer un receso y dedicar algo de tiempo a planificar y organizar sus tareas.

Básicamente, planificar es organizar de forma anticipada las tareas a realizar a corto, medio o largo plazo, de modo que dispongamos de un itinerario de actividades para el aprovechamiento del tiempo. Centrados en el corto plazo de la jornada, suele emplearse una lista de tareas en las que se recogen los trabajos a realizar durante la jornada. Esta lista nos permite apuntar todas las que vamos a realizar durante la jornada, tachar las que vayamos haciendo y, en su caso, agregar las tareas que vayan generándose y aquellas que nos conviene recordar para listar en días siguientes[1].

Los beneficios de la planificación son numerosos:

-          Nos ayuda a evitar la postergación de decisiones.

-          Aumenta nuestra productividad y rendimiento.

-          Dispara nuestra creatividad.

-          Aumenta nuestras energías físicas y mentales.

-          Constituye un ahorro de tiempo.

-          Al cumplir con las tareas se genera una sensación de éxito y avance, o lo que es lo mismo: pura motivación.

-          Ayuda a superar indecisiones.

-          Hacemos lo que tenemos que hacer y no otra cosa.

-          Evitamos la ansiedad por la posibilidad de que alguna tarea pendiente sigua oculta y salte de forma imprevista.

El proceso de planificación es sencillo, pues solo requiere disponer de cinco o diez minutos de la jornada (concretamente al final de la jornada o al comienzo de la misma) y proceder a listar todas las tareas que tenemos previsto realizar durante la jornada (naturalmente con un criterio temporal razonable y dejando un espacio para los imprevistos). Una vez conocidas las tareas a realizar, es fundamental proceder a priorizar entre las mismas estableciendo un orden o jerarquía en su ejecución y asignando un tiempo aproximado para cada una de ellas, sin olvidar, que el tiempo que dediquemos a priorizar las tareas nunca se malgasta, ya que a la larga será un ahorro. En el despacho consideramos que, a modo de principio fundamental en la priorización, debemos comenzar siempre por las tareas de más alta prioridad, si bien es conveniente intercalar estos bloques de concentración intensa con periodos dedicados a tareas más sencillas.

En cuanto a los inconvenientes de la programación, ciertamente no encuentro ninguno, pues aquel que afirma (como mi amigo) que no tiene tiempo de planificar, se está engañando, pues todos tenemos diez minutos para dedicarnos a esta sencilla tarea que solo requiere bolígrafo y una hoja de papel y una firma voluntad de re-negociar con uno mismo. Pero es que, aunque solo puedas listar una o dos cosas, el mero ejercicio de programación supone un acto de concienciación muy importante que nos permitirá poner algo de orden en el caos que nos rodea, todo ello sin perjuicio de los beneficios antes citados.

Y concluyo con una de las reglas más importantes de la eficacia personal: la regla del 10/90, que afirma que el primer 10 por ciento que ocupamos planificando y organizando el trabajo, antes de empezar, nos va a permitir ahorrar hasta el 90 % del tiempo que ocuparíamos en hacer el trabajo una vez que lo hayamos empezado.

 

 

[1] Si quieres leer un post con un ejemplo práctico de planificación de la jornada diaria de un abogado, te invito a que visites el siguiente post: http://oscarleon.es/como-planificar-la-jornada-diaria-de-un-abogado-lo-imposible-hecho-posible/

 

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Dividir la tarea, una estrategia para mejorar la eficacia del abogado.

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En su libro ¡Tráguese ese sapo!, 21 estrategias para tomar decisiones rápidas y mejorar la eficacia profesional, Brian Tracy nos explica cómo logró atravesar el corazón del desierto del Sahara, el Tanezrouft, ubicado en Argelia. El desierto, con una extensión de 800 kilómetros en línea recta (la misma distancia que hay entre Sevilla y Barcelona en línea recta) se había convertido en la tumba de más de 1.300 personas que habían tratado de atravesarlo. Sin árboles, rocas o agua, el desierto constituía una enorme llanura amarilla que se prolongaba hasta el horizonte en todas direcciones.

Los franceses, durante el periodo en que colonizaron dicha zona, y con el fin de contrarrestar la falta de señales en el terreno, habían señalizado las rutas con enormes bidones de color negro situados cada cinco kilómetros (exactamente la distancia hacía el horizonte en que se curva la tierra y que es perceptible por el ojo humano).

Auxiliado por dichos bidones, Brian logró atravesar el desierto, pues siempre tenía a la vista dos bidones, el que acababa de alcanzar y el siguiente. De este modo, siguiendo la dirección indicada por los barriles consiguió cruzar el mayor desierto del mundo.

A partir de dicho ejemplo, nos expone una regla de notable importancia en la gestión del tiempo y en la organización del trabajo: dividir las tareas (especialmente las tareas enormes o abrumadoras), estrategia que parte de la base de que las tareas se consiguen mejor progresando desde un nivel de logros hasta el siguiente, mediante pequeños pasos que contienen un elemento concreto del trabajo al que hay que asignar un tiempo de ejecución. Por lo tanto, frente a una tarea compleja, es conveniente dividir la misma en varias fases asignándole a cada una de ellas un periodo de tiempo determinado, bien durante la misma jornada o en jornadas sucesivas.

Para ello, hemos de tomar tres factores:

-          las tareas a realizar,

-          el orden de ejecución de dichas tareas y

-          las fases temporales en las que aquellas deberán llevarse a cabo.

De esta forma, podremos contemplar la tarea como un conjunto interdependiente de acciones que ejecutadas ordenadamente a lo largo del tiempo desembocarán en un resultado y, con ello, lograremos evitar el gran enemigo de la gestión del tiempo: la postergación y abandono de la ejecución de la tarea considerada como unidad imposible de abarcar.

Efectivamente, cuando tenemos la necesidad de realizar una tarea compleja, se produce lo que Brian denomina la “compulsión al cierre” o el deseo de acabar con la tarea cuanto antes, lo que se mitiga mediante el desarrollo de una serie de acciones consecutivas que van reduciendo la misma hasta que el trabajo está concluido. Ello además tiene un efecto psicológico muy beneficioso, pues al ver que la tarea se va reduciendo gracias a nuestra disciplina, actuamos con mayor entusiasmo y motivación, lo cual nos produce una gran satisfacción por el logo obtenido a su conclusión.

Trasladando esta  regla a la actividad del abogado, cualquier tarea, por compleja que sea (preparar una audiencia previa, los interrogatorios o el informe oral del juicio, un proceso de fusión, etc.) es fundamental que dividamos el proyecto en diversas fases etapas en las que asociemos una determinada actividad con un determinado periodo de tiempo, lo que nos permitirá abordarlo con la necesaria concentración, atención y eficacia.

A modo de ejemplo, veamos la preparación de un juicio en vía civil: dispondremos de un determinado plazo, y dicho plazo estará salpicado de acciones que se irán sucediendo en el tiempo como, entre otras, el estudio de los documentos rectores del pleito, la visualización de la audiencia previa, el examen de la parte y de los eventuales testigos e incluso la realización de un feedback después del juicio para comprobar la eficacia de nuestra intervención. Una adecuada división ordenada de dichas tareas y la asignación de fechas y tiempos adecuados será pues garantía de éxito (en este post encontraréis el desarrollo de la preparación de un juicio por etapas, incluyéndose cronogramas   http://oscarleon.es/como-planificar-una-audiencia-previa-y-el-juicio-sin-sobresaltos-contiene-cronogramas/ ).

Y concluyo con una frase muy apropiada al tema de nuestro post: “Un viaje de mil leguas empieza con un solo paso” Confucio.

 

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¡Más vale un mal acuerdo que un buen pleito”

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El saber popular raras veces se equivoca, y da fe de ello el que hasta los abogados coincidimos en el buen sentido y razón de este dicho secular. Hoy, partiendo de su significado más que conocido, vamos a dedicar el post a examinar su aplicación en aquellos supuestos en los que aunque el cliente disponga de una aparente ventaja a la hora de afrontar el pleito (bien sea antes de iniciarse o durante el mismo), se imponga finalmente la conveniencia de alcanzar un acuerdo.

En múltiples ocasiones, los abogados nos encontramos con situaciones en las que se plantea la posibilidad de alcanzar un acuerdo con la otra parte. En estas ocasiones, impulsados por el interés del cliente, verdadero motor del profesional, nos vemos abocados a tomar una decisión en uno u otro sentido: o continuamos hasta el final o nos sentamos a negociar en búsqueda del pacto.

En estos casos, la postura a seguir dependerá de numerosos factores vinculados a nuestra posición en el proceso (potencialmente favorable, desfavorable o neutra), a la opinión personal del cliente, a la posición que adopte el juez en el contexto de la conciliación, la duración del pleito, y otros innumerables factores menores que igualmente deberán ser considerados. De la resultancia de los mismos, el abogado tendrá que adoptar una u otra línea de acción que condicionará el resultado final del proceso.

En algunas ocasiones, la opción de alcanzar el acuerdo es clara, tanto si la razón está de nuestra parte como si no. Esta situación se observa diariamente en las conformidades que se producen en los juicios orales, cuando a pesar de nuestra convicción en la inocencia del cliente, el riesgo de continuar el procedimiento puede concluir en una resolución catastrófica para la libertad o su patrimonio, con innumerables riesgos colaterales (civiles, reputacionales, profesionales, etc.), lo que, con el debido consentimiento del mismo, llevará a tal conformidad. En otras ocasiones, a pesar de que nuestra posición sea más desfavorable, es la otra parte la que, acuciada por la excesiva duración del pleito, se ve obligada a ofrecernos un acuerdo muy conveniente para nuestro cliente.

Sin embargo, otras veces, siendo conscientes de que llevamos razón y disponemos de un buen acervo probatorio, y que el riesgo de una resolución desfavorable es mínimo, se plantea la opción de alcanzar el acuerdo (por petición del cliente, de la otra parte o del juez).

En estos casos, la mejor recomendación es no dejarse llevar por la convicción de nuestra mejor posición procesal, y apartando nuestro ego, plantearse el escenario que queda por recorrer y considerar todos los factores y consecuencias que pueden incidir en el mejor interés del cliente tanto si continuamos luchando como si accedemos a una transacción. Así, factores como los apuntados de opinión del cliente, duración del pleito, riesgo de pérdida del patrimonio del contrario, consecuencias de una eventual sentencia desfavorable para nuestro cliente, etc…nos servirán para decidir si es mejor pactar a pesar de nuestras favorables expectativas.

Y aquí juega un papel esencial la profesionalidad y honestidad del abogado, quien a sabiendas del deterioro que el consejo orientado al pacto puede producir en su reputación, imagen o fama, debe exponer al cliente de forma clara, sin ambigüedades, el estado real de las cosas, a fin de convencerlo de la mejor opción atendidas las circunstancias presentes, información que deberá ser completa, sin tapujos, exponiéndole todas las alternativas para que éste tome la decisión con todas las garantías.

Tanto en el caso de que el cliente acepte la transacción como de no hacerlo, la actuación del abogado habrá sido modélica, dotada de lealtad, honestidad y sabiduría, pues habremos actuado en el interés del cliente, realizando nuestra función de consejo y asesoramiento en toda su extensión.

En su libro Letters to a yong lawyer Alan Dershowitz nos ilustra con un ejemplo muy apropiado al tema que estamos abordando. Bill Clinton fue demandado por Paula Jones en un caso de acoso sexual en el que la defensa de Clinton consideraba difícilmente prosperaría. En el contexto de las conversaciones para alcanzar un preacuerdo para retirar los cargos, Clinton hizo una declaración (deposición) sobre su vida sexual que podría haber evitado con no haber asistido (default). Alcanzado el acuerdo por 850.000 $, la declaración realizada provoco que Clinton fuera posteriormente imputado por sendos delitos de perjurio y obstrucción a la Justicia que casi le cuestan su presidencia, profesión e incluso libertad. Señala Alan Dershowitz que el abogado de Clinton podría haber aconsejado a su cliente no asistir a la declaración, pero no lo hizo, al considerar que su inasistencia habría supuesto “una derrota” ante la opinión pública.

Por lo tanto, en ocasiones, a pesar de que el acuerdo pueda asimilarse para el abogado a la derrota, será mejor perder porque a través de ésta el cliente ganará más que con la victoria; y es que ya lo dice el refrán…

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¿Qué podemos hacer los abogados con los clientes problemáticos?

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Todos los abogados, hemos tenido, o incluso tenemos, clientes problemáticos, situación de la que raramente se escapa el abogado a lo largo de su práctica profesional, y que se caracteriza por constituir un verdadero lastre para el adecuado desarrollo de una relación que se cimenta sobre la confianza.

Cliente problemático es aquel que no entiende los límites existentes en la relación profesional. Dentro de esta categoría, podemos distinguir dos subcategorías, aquellos a los que no se les ha expuesto por el abogado dichos límites y a los que son conflictivos a pesar de habérseles descrito con claridad los mismos, y, en ocasiones, de forma repetida.

Entre las conductas más paradigmáticas de cliente problemático encontramos las siguientes:

El cliente con expectativas erróneas: En esta categoría de clientes incluimos a aquellos que mantienen unas expectativas del servicio que van a recibir muy superiores a las que realmente puede ofrecer el abogado. Estas expectativas pueden afectar al servicio (tiempos de atención y respuesta al cliente; abogado que lo va atender, necesidad de información permanente), al tiempo de prestación del servicio (¡esto es para ayer!), a los costes del servicio (¡yo pensaba que esto estaba incluido en la minuta!, o al resultado del servicio (¡se ha perdido el asunto y por tanto aquí hay una responsabilidad!).

El cliente irrespetuoso: Se caracteriza por no tener un comportamiento educado con su abogado. Aun conociendo las reglas de funcionamiento del despacho y el proceso de prestación del servicio, es muy exigente, tiene malas formas y no suele apreciar el trabajo del abogado. No respeta nuestro tiempo pero tampoco quiere pagar por él. Para él, si el asunto se gana, es su mérito, si se pierde, es demérito del abogado. Siempre será crítico con el trabajo del abogado y cualquier contacto entre ambos será siempre desagradable para el éste.

El cliente vindicativo: Son clientes que se caracterizan por contratar los servicios de un abogado con el fin de hacer daño a otra persona o entidad, bien al pretender canalizar su agresividad a través de acciones judiciales sin sentido, o por el mero hecho de hacer desgraciada a otra persona con el fin de saldar una deuda. En ambos casos, el cliente nunca busca un fin positivo o justo, sino que utiliza al abogado como un arma contra los demás, arma que, probablemente, con el paso del tiempo podrá volverse contra el propio profesional. Generalmente, trata de imponer su criterio al abogado, aunque sea un verdadero despropósito.

El insatisfecho: Este cliente nunca estará contento con la prestación del servicio, de manera que aunque el abogado realice un trabajo de calidad más económico o más rápido (que supere las expectativas iniciales), éste siempre buscará algún motivo para quejarse, lo que produce una importante frustración en el abogado, que nunca verá apreciados sus servicios y esfuerzos por contentarlo. Aquí podemos incluir al cliente que no está dispuesto a pagar lo que vale el trabajo y no se cansará de buscar una rebaja o, de no conseguirlo, tener afilada la espada para exigir todo lo que pueda al profesional por el sobreesfuerzo económico realizado.

El oscuro: Este cliente es sumamente peligroso, ya que tiene una tendencia no solo a no contar todos los hechos al abogado (omitiendo normalmente los esenciales) sino que además no le importa mentir para que el abogado actúe siguiendo el patrón mental que él ya tiene establecido para su temeraria defensa. Con independencia del descrédito que supone para el abogado quedar al descubierto cuando la otra parte o el Juzgado exponen la realidad y la dificultad que entraña la defensa de estos asuntos, el peligro de este cliente es que con su conducta puede involucrar al abogado en alguna infracción deontológica o incluso criminal, que, por cierto, poco le importará al cliente.

Y los innombrados: Muchas otras modalidades que por cuestiones de espacio no puedo incluir.

Una vez descritas las conductas, hemos de preguntarnos ¿cómo podemos evitar que durante la relación surjan estas conductas?

La respuesta no es otra que la prevención, y con ello nos referimos a una labor de información que deberá realizar el abogado en las primeras fases de la relación profesional a fin de evitar que el cliente vea normal actuar de forma incorrecta. Para ello, habremos de desarrollar una labor pedagógica en la que destacan las siguientes medidas:

1ª.- Explicarle en qué consiste nuestra actividad profesional.

2º.- Crear unas expectativas reales. Para ello le preguntaremos que espera de nosotros y le expondremos lo que puede lograrse y las limitaciones que nos encontraremos para ello.

3º.- Describirle las reglas de funcionamiento de la relación profesional y de nuestro despacho (horarios, accesibilidad, cita previa, llamadas, uso del wasap, etc.).

4º.- Mantener la independencia ante el cliente.

5º.- Documentar constantemente las interacciones con el cliente, desde la hoja de encargo (imprescindible en estos casos), hasta las llamadas, mensajes de voz, etc. y confirmar sus instrucciones por escrito o enviarle resúmenes de las actuaciones que realicemos o, ante una decisión suya, pedirle por escrito instrucciones. En estos casos, no podemos obviar la práctica de dejar recibo firmado de toda la documentación recibida o entregada. En definitiva, a mayor información escrita, menos riesgos de controversias y malentendidos.

Cuestión distinta es que al comenzar la relación el abogado prescinda del uso de estas medidas y a lo largo de la relación surjan estas conductas. En tales casos (en los que la responsabilidad de esta situación corresponde en gran medida al propio abogado), toca encauzar la relación y realizar sobre la marcha un proceso de reciclaje siguiendo las pautas anteriores, lo que obviamente va a ser más difícil pues estamos en un escenario ya de por si viciado.

Si la relación finalmente deriva hacía una situación insostenible, y con ello nos referimos a que a pesar de nuestros esfuerzos sigue generándose malestar, temor, incomodidad, preocupación constante, es momento de tomar la decisión final que no es otra que cesar la relación profesional. Para ello, actuaremos amparados por lo dispuesto en el artículo 13. 3 del Código Deontológico de la Abogacía Española que establece que el abogado tendrá plena libertad para aceptar o rechazar el asunto en que se solicite su intervención, sin necesidad de justificar su decisión (igualmente, el abogado podrá abstenerse o cesar en la intervención cuando surjan discrepancias con el cliente. Deberá hacerlo siempre que concurran circunstancias que puedan afectar a su plena libertad e independencia en la defensa o a la obligación de secreto profesional).

Por lo tanto, la prevención, las medidas de reciclaje o cese de la relación son las herramientas de las que dispone el abogado para imponer la indispensable cordura que toda relación profesional abogado-cliente merece y necesita.

Podéis profundizar en esta materia en los siguientes posts: http://oscarleon.es/abogados-y-clientes-problematicos-i/ y http://oscarleon.es/?s=abogados+y+clientes+problematicos+II

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