Categoría: Mi Práctica diaria

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Algunas reflexiones sobre los peligros de la implicación excesiva del abogado con el cliente.

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Rescatamos hoy un post publicado en este blog hace más de dos años bajo el título “Abogado, implícate con tu cliente, pero no demasiado…” y que he decido publicar con algunas modificaciones, dado que tras releerlo he comprobado que sigue de actualidad y que los compañeros, al tratar las relaciones con los clientes, siguen comentando como tema de interés la importancia de no implicarse demasiado con los intereses del cliente.

Efectivamente, en ocasiones el abogado se preocupa enormemente por los casos que está defendiendo, de tal modo que no puede dejar de pensar en los mismos y en su posible resolución. Esta situación, que podría considerarse positiva si se adopta con cierta prudencia, se vuelve patológica cuando la implicación es tal que comenzamos a sufrir como si del propio cliente se tratara. Nos desvelamos por la noche pensando en el caso, nos indignamos ante el mero pensamiento de la conducta del contrario, anhelamos una solución favorable y, literalmente, sufrimos pensando en un posible fracaso ante nuestro cliente.

Las consecuencias de esta actitud no se hacen esperar; insomnio, úlceras, distracciones e incluso cierta agresividad que van a pasar factura tanto a nuestra vida personal como profesional.

Esta es una conducta muy propia del joven abogado cuando lleva sus primeros asuntos, si bien la experiencia y la práctica va reduciendo tal comportamiento hasta llegar un punto en el que su involucración se modera hasta lo estrictamente necesario; quienes no superan esta situación acaban abandonando la profesión o continúan en el ejercicio profesional padeciendo (y haciendo padecer a los demás, especialmente a su familia) un verdadero infierno.

Dicho esto, el objeto de este post no es otro que alertar a aquellos compañeros que al leer estas líneas puedan verse identificados de algún modo, a fin de que adopten las medidas necesarias para modificar dicha tendencia, ya que la excesiva involucración llega un punto que nos resulta insoportable por afectarnos personal y profesionalmente, siendo conveniente una aproximación al cliente y a su asunto con cierta distancia y moderación.

Para ello, vamos a establecer una serie de razones a modo de consejos que podrían ayudarnos a reflexionar sobre lo pernicioso de una excesiva implicación con nuestro cliente y su asunto:

1º.- Ver que la causa del problema del cliente es ajena a ti.

Cuando el cliente se presenta en el despacho del abogado viene para que lo asesore y defienda, y ¿sabes por qué?, por qué él se ha metido o alguien lo ha metido en el problema en el que se encuentra. La causa última de que esté en el despacho deriva del propio cliente, quien lo que busca es ayuda en forma de asesoramiento. Si te vas a angustiar por lo que otro ha hecho, viviéndolo como si tú fueras el causante del problema, prepárate para sufrir. Por ello, cuando te veas implicándote más de la cuenta piensa en que la raíz del problema que estás solucionando es completamente ajena a ti, y te aseguro que te ayudará a ver las cosas desde otra perspectiva.

2º.- Mantener la independencia creando un distanciamiento emocional.

Aunque a veces los clientes piensan que si el abogado está emocionalmente implicado en el caso realizarán una mejor defensa, están completamente equivocados. El abogado debe crear una distancia emocional con su cliente que le permita alejar la subjetividad que éste va a imprimir a todas sus acciones, pues siendo objetivo, es como el profesional podrá barajar todas las alternativas de defensa posibles, sea cual sea la incomodidad, malestar o incluso discrepancia de su cliente. El buen abogado debe ser empático y saber ponerse en el lugar del cliente para entender sus emocionales, pero ello no significa que debamos identificarnos con él, puesto que en tal caso perderemos la objetividad que exige la aplicación de nuestros conocimientos técnicos y prácticos a la solución del caso.

3º.-  La excesiva involucración genera conductas desleales desde una perspectiva deontológica.

¿Ves a esos compañeros que cuando llegas a la puerta de la sala acompañando a su cliente y cuando los miras te vuelven la espalda o te responden con hostilidad? Pues esos compañeros están excesivamente implicados con sus clientes hasta el punto de que temen que éstos les recriminen que hablen o incluso saluden al “enemigo”. La excesiva involucración conduce inevitablemente al incumplimiento de obligaciones deontológicas como la lealtad a los compañeros que flaco favor le hacen a nuestra profesión. Si estás excesivamente involucrado, es probable que actúes de forma hostil frente al contrario y a su cliente, bien porque sientes que debes hacerlo, bien a modo de pantomima ante tu cliente, conducta que a larga se paga pues “los clientes y los casos pasan y los abogados quedan…”

Ya lo decía Eduardo J. Couture en su famoso decálogo: Olvida. La abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fueras llenando tu alma de rencor llegaría un día en que la vida sería imposible para ti. Concluido el combate, olvida tan pronto tu victoria como tu derrota.

4º.- Ya tienes suficientes problemas…

¿Tú no tienes tus propios problemas? Pues ¿para qué quieres más problemas? Si te identificas con tu cliente asumes el suyo, esto te llevará a padecer en un grado muy aproximado a lo que sufre el cliente Y digo yo, ¿Para qué? ¿Para ignorar tus problemas y centrarte en los del cliente?  Mal negocio…

5º.- No es bueno para tu salud.

Si te involucras más de la cuenta acabarás física y psíquicamente destrozado, no lo dudes. La razón de ello radica en que tu no llevas un solo caso, sino una o dos docenas, cada uno con su problema particular de fondo, de modo que si vives cada caso identificándote con el cliente y su problema (además de los tuyos) acabarás exhausto y no tendrás otra salida que dejar la profesión (posible síndrome burnout) y si aguantas, solo espero no encontrarme contigo en una sala de vistas.

Concluir señalando que si encontramos el punto medio, no ajeno a la administración de un cierto estrés y tensión profesional, no solo asesoraremos y defenderemos a nuestro cliente con más eficacia, sino que tendremos la oportunidad de disfrutar a conciencia del camino profesional que recorremos a diario.

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Los honorarios del abogado no se pagan con la bendición o el muchas gracias.

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El post de hoy es ciertamente breve, y lo es porque pretende limitarse a hacernos reflexionar sobre la importancia que tiene el efectivo cobro de los honorarios profesionales por nuestro trabajo.

Para ello, me limitaré a transcribir un párrafo de un post del abogado y consultor psicológico argentino Santiago Sinópoli (Honorarios: la sal de la vida, pero me cuesta cobrarlos, http://www.legaltoday.com/opinion/articulos-de-opinion/honorarios-la-sal-de-la-vida-pero-me-cuesta-cobrarlos), que sin duda os llevará a recapacitar sobre esta especie de “maldición” que pesa sobre nuestra práctica profesional:

“…el primer paso lo debe dar el abogado hablando claro desde la primer consulta, para no dejar dudas, que la profesión no es un acto de caridad o amor, que no es una función meramente altruista, que más allá del compromiso ético del abogado de hacer todo lo necesario para que su cliente deje de sufrir por un acto de injusticia, hay una contraprestación por los servicios prestados, que no se satisfacen con la bendición o el muchas gracias, sino con el pago de un justo honorario que es la sal de nuestra vida como el de cualquier otra persona”

Acto de caridad o amor, altruismo,  más allá del compromiso ético, acto de injusticia, el muchas gracias, pago de un justo honorario, etc…, muchas ideas sobre las que pensar y debatir en tan breve párrafo.

Ahí queda eso…

 

Por lo demás, os espero este jueves 18 a las 16,30 en el salón de actos de ICA Madrid en la jornada sobre Técnicas de Gestión de Honorarios Profesionales para abogados. Para inscribirte:

https://web.icam.es/actualidad/noticia/3696/Técnicas_de_gestión_de_honorarios_profesionales_para_abogados,_próxima_charla_de_la_Sección_de_Iniciación

 

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Cuando el lenguaje del abogado refuerza o debilita el alegato.

17.04.2017 Categoría: Mi Práctica diaria, Oratoria Sin comentarios
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“La lengua es un arma sin hueso atrapada entre los dientes“ Buda.

Refiere Enrique Martínez Lozano en su libro “Crisis, crecimiento y despertar de la existencia” sobre un experimento en el que a un grupo de personas se le pidió que observara una serie de palabras de tipo negativo que se les iban proyectando tales como imposible, complejo, insuperable, peligroso, desagradable, atemorizador; a continuación se les tomó una muestra de saliva. Poco después, se modificaron las palabras por estas otras: posible, superable, accesible, capaz, valioso, y se les volvió a tomar la muestra. Los resultados fueron notables: en el primer ejercicio el grupo presentó un marcado aumento de cortisol (hormona del estrés), mientras que en el segundo se produjo  un descenso.

Una de las conclusiones del ensayo afirma que el lenguaje no solo describe, sino que además crea realidades, pues afecta a nuestras emociones y a nuestro estado de ánimo, de modo que un mensaje plagado de palabras con una connotación negativa no serán bien acogidas por el receptor y viceversa (y de eso saben muy bien en publicidad). Lo más sorprendente es que esta no es una cuestión de nuestra parte consciente, sino que es nuestro inconsciente el que, a partir del lenguaje, genera unas emociones positivas o negativas. No hemos de olvidar que las palabras que conforman el lenguaje son una fuerza; son el poder del que disponemos para expresar y comunicar lo que pensamos, lo que sentimos. En definitiva, son la expresión de nuestra intención en cada momento en que las pronunciamos.

Todo lo anterior nos lleva a la importancia que puede tener la selección de las palabras que vayamos a emplear en nuestro informe oral, valor que radicará en la forma en la que el juez, destinatario único del mismo, lo percibirá.

Pero, vayamos por partes.

Dentro de la fase argumentativa del informe oral pueden distinguirse dos partes bien definidas: la argumentación de nuestra propuesta de defensa y la refutación de la contraria (ésta última puede ser anticipada si informamos antes, o posterior, si lo hacemos al final). Lógicamente, a través de la argumentación el abogado trata de persuadir al juez de la bondad de sus argumentos, mientras que durante la refutación, se tratará de restar valor a los argumentos de contrario.

Por lo tanto, en un contexto en el que el abogado trata de persuadir al juez de la conveniencia de su propuesta, es lógico pensar que si le hacemos llegar nuestro mensaje de una forma agradable, favorable, suave, es decir, empleando palabras que refuercen el mensaje y le den un impacto positivo, este será recibido probablemente con más atención e interés (ya decía Quintiliano que “el ánimo abraza mejor lo que oye con gusto”). Por el contrario, si lo que tratamos es de transmitir la inconveniencia de determinados argumentos, qué duda cabe que si lo hacemos en un contexto verbal preñado de expresiones desagradables, negativas y que debiliten el mensaje (el mensaje refutado, claro está), habremos conseguido, con independencia de la argumentación, crear un contexto poco propicio para la recepción del mensaje.

Partiendo de lo anterior, proponemos que a la hora de elaborar el informe oral, cuando nos dediquemos a preparar las dos partes de la argumentación, seleccionemos claramente el lenguaje que vamos a emplear, distinguiendo entre argumentación y refutación, práctica ésta que estimo no es nada difícil, pues el trabajo se limitará a incluir algunos sustantivos, verbos, adverbios o locuciones en el lugar clave que corresponda. De esta forma, dispondremos de un informe estratégicamente diseñado para impactar en uno u otro sentido, en función de las palabras empleadas.

A modo de ejemplo, y para nuestra argumentación, podríamos usar las siguientes palabras:

-          Claro, preciso, coherente, uniforme, acreditado, probado, demostrado, objetivo, recto, directo, fácil, sencillo, comprensible, lógico, entendible, conciso, verdad, certeza, argumentado, honesto, fiel, razonado, solvente, favorable, lineal, ordenado, previsible, concatenado, conclusión, centrado, justicia, ecuanimidad, equidad, neutralidad, probidad, rectitud, conciencia.

Y para la refutación, estas otras:

-          Oscuro, tergiversado, entramado, incoherencia, deslavazado, disperso, subjetivo, parcial, sinuoso, inveraz, interesado, falto de…, huérfano, carente de…, carencia, omisión, olvido, adornado, hojarasca, sin fondo o contenido, improvisado, desacreditado, difícil, complejo, ilógico, incomprensible, falacia, infiel, desfavorable, perdido, retórico, hostil, injusticia, atropello, abuso, componenda, sinrazón, podría ser, creo que, pienso que…podría decirse que…

Para concluir, hemos de realizar una precisión. El uso del lenguaje que hemos examinado tiene una exclusiva finalidad estratégica en el contexto de la exposición de nuestros argumentos y refutación de los contrarios; ahora bien, en modo alguno ello puede autorizar el empleo en sala de un lenguaje para insultar, culpar, reprochar, etc., o un lenguaje desagradable, arrogante, tosco, sarcástico, irónico, etc., pues en tales casos estaremos siendo irrespetuosos frente al compañero, la parte contraria y frente al propio juez, lo cual es deontológicamente inadmisible, sin perjuicio de que este lo verá como muestra de pocos recursos o de escasa preparación.

De lo que se trata en definitiva es de atacar la argumentación adversa desacreditándola o debilitándola respetando a la persona y al profesional.

 

 

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¿Un abogado que planifica sus tareas? ¡Pero si no hay tiempo!

10.04.2017 Categoría: Gestión, Mi Práctica diaria Sin comentarios
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No, no penséis que el título es una llamada en tono de humor; al contrario, esta frase me la comentó un compañero hace poco cuando le expliqué lo bien que me iba gracias a una planificación exhaustiva de mi trabajo. Y, ciertamente, tras pensarlo detenidamente, a su comentario no le faltaba razón, pues son muchos los abogados que, perdidos en la jungla de las variopintas actividades que desarrollamos, se ven impedidos de hacer un receso y dedicar algo de tiempo a planificar y organizar sus tareas.

Básicamente, planificar es organizar de forma anticipada las tareas a realizar a corto, medio o largo plazo, de modo que dispongamos de un itinerario de actividades para el aprovechamiento del tiempo. Centrados en el corto plazo de la jornada, suele emplearse una lista de tareas en las que se recogen los trabajos a realizar durante la jornada. Esta lista nos permite apuntar todas las que vamos a realizar durante la jornada, tachar las que vayamos haciendo y, en su caso, agregar las tareas que vayan generándose y aquellas que nos conviene recordar para listar en días siguientes[1].

Los beneficios de la planificación son numerosos:

-          Nos ayuda a evitar la postergación de decisiones.

-          Aumenta nuestra productividad y rendimiento.

-          Dispara nuestra creatividad.

-          Aumenta nuestras energías físicas y mentales.

-          Constituye un ahorro de tiempo.

-          Al cumplir con las tareas se genera una sensación de éxito y avance, o lo que es lo mismo: pura motivación.

-          Ayuda a superar indecisiones.

-          Hacemos lo que tenemos que hacer y no otra cosa.

-          Evitamos la ansiedad por la posibilidad de que alguna tarea pendiente sigua oculta y salte de forma imprevista.

El proceso de planificación es sencillo, pues solo requiere disponer de cinco o diez minutos de la jornada (concretamente al final de la jornada o al comienzo de la misma) y proceder a listar todas las tareas que tenemos previsto realizar durante la jornada (naturalmente con un criterio temporal razonable y dejando un espacio para los imprevistos). Una vez conocidas las tareas a realizar, es fundamental proceder a priorizar entre las mismas estableciendo un orden o jerarquía en su ejecución y asignando un tiempo aproximado para cada una de ellas, sin olvidar, que el tiempo que dediquemos a priorizar las tareas nunca se malgasta, ya que a la larga será un ahorro. En el despacho consideramos que, a modo de principio fundamental en la priorización, debemos comenzar siempre por las tareas de más alta prioridad, si bien es conveniente intercalar estos bloques de concentración intensa con periodos dedicados a tareas más sencillas.

En cuanto a los inconvenientes de la programación, ciertamente no encuentro ninguno, pues aquel que afirma (como mi amigo) que no tiene tiempo de planificar, se está engañando, pues todos tenemos diez minutos para dedicarnos a esta sencilla tarea que solo requiere bolígrafo y una hoja de papel y una firma voluntad de re-negociar con uno mismo. Pero es que, aunque solo puedas listar una o dos cosas, el mero ejercicio de programación supone un acto de concienciación muy importante que nos permitirá poner algo de orden en el caos que nos rodea, todo ello sin perjuicio de los beneficios antes citados.

Y concluyo con una de las reglas más importantes de la eficacia personal: la regla del 10/90, que afirma que el primer 10 por ciento que ocupamos planificando y organizando el trabajo, antes de empezar, nos va a permitir ahorrar hasta el 90 % del tiempo que ocuparíamos en hacer el trabajo una vez que lo hayamos empezado.

 

 

[1] Si quieres leer un post con un ejemplo práctico de planificación de la jornada diaria de un abogado, te invito a que visites el siguiente post: http://oscarleon.es/como-planificar-la-jornada-diaria-de-un-abogado-lo-imposible-hecho-posible/

 

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Dividir la tarea, una estrategia para mejorar la eficacia del abogado.

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En su libro ¡Tráguese ese sapo!, 21 estrategias para tomar decisiones rápidas y mejorar la eficacia profesional, Brian Tracy nos explica cómo logró atravesar el corazón del desierto del Sahara, el Tanezrouft, ubicado en Argelia. El desierto, con una extensión de 800 kilómetros en línea recta (la misma distancia que hay entre Sevilla y Barcelona en línea recta) se había convertido en la tumba de más de 1.300 personas que habían tratado de atravesarlo. Sin árboles, rocas o agua, el desierto constituía una enorme llanura amarilla que se prolongaba hasta el horizonte en todas direcciones.

Los franceses, durante el periodo en que colonizaron dicha zona, y con el fin de contrarrestar la falta de señales en el terreno, habían señalizado las rutas con enormes bidones de color negro situados cada cinco kilómetros (exactamente la distancia hacía el horizonte en que se curva la tierra y que es perceptible por el ojo humano).

Auxiliado por dichos bidones, Brian logró atravesar el desierto, pues siempre tenía a la vista dos bidones, el que acababa de alcanzar y el siguiente. De este modo, siguiendo la dirección indicada por los barriles consiguió cruzar el mayor desierto del mundo.

A partir de dicho ejemplo, nos expone una regla de notable importancia en la gestión del tiempo y en la organización del trabajo: dividir las tareas (especialmente las tareas enormes o abrumadoras), estrategia que parte de la base de que las tareas se consiguen mejor progresando desde un nivel de logros hasta el siguiente, mediante pequeños pasos que contienen un elemento concreto del trabajo al que hay que asignar un tiempo de ejecución. Por lo tanto, frente a una tarea compleja, es conveniente dividir la misma en varias fases asignándole a cada una de ellas un periodo de tiempo determinado, bien durante la misma jornada o en jornadas sucesivas.

Para ello, hemos de tomar tres factores:

-          las tareas a realizar,

-          el orden de ejecución de dichas tareas y

-          las fases temporales en las que aquellas deberán llevarse a cabo.

De esta forma, podremos contemplar la tarea como un conjunto interdependiente de acciones que ejecutadas ordenadamente a lo largo del tiempo desembocarán en un resultado y, con ello, lograremos evitar el gran enemigo de la gestión del tiempo: la postergación y abandono de la ejecución de la tarea considerada como unidad imposible de abarcar.

Efectivamente, cuando tenemos la necesidad de realizar una tarea compleja, se produce lo que Brian denomina la “compulsión al cierre” o el deseo de acabar con la tarea cuanto antes, lo que se mitiga mediante el desarrollo de una serie de acciones consecutivas que van reduciendo la misma hasta que el trabajo está concluido. Ello además tiene un efecto psicológico muy beneficioso, pues al ver que la tarea se va reduciendo gracias a nuestra disciplina, actuamos con mayor entusiasmo y motivación, lo cual nos produce una gran satisfacción por el logo obtenido a su conclusión.

Trasladando esta  regla a la actividad del abogado, cualquier tarea, por compleja que sea (preparar una audiencia previa, los interrogatorios o el informe oral del juicio, un proceso de fusión, etc.) es fundamental que dividamos el proyecto en diversas fases etapas en las que asociemos una determinada actividad con un determinado periodo de tiempo, lo que nos permitirá abordarlo con la necesaria concentración, atención y eficacia.

A modo de ejemplo, veamos la preparación de un juicio en vía civil: dispondremos de un determinado plazo, y dicho plazo estará salpicado de acciones que se irán sucediendo en el tiempo como, entre otras, el estudio de los documentos rectores del pleito, la visualización de la audiencia previa, el examen de la parte y de los eventuales testigos e incluso la realización de un feedback después del juicio para comprobar la eficacia de nuestra intervención. Una adecuada división ordenada de dichas tareas y la asignación de fechas y tiempos adecuados será pues garantía de éxito (en este post encontraréis el desarrollo de la preparación de un juicio por etapas, incluyéndose cronogramas   http://oscarleon.es/como-planificar-una-audiencia-previa-y-el-juicio-sin-sobresaltos-contiene-cronogramas/ ).

Y concluyo con una frase muy apropiada al tema de nuestro post: “Un viaje de mil leguas empieza con un solo paso” Confucio.

 

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¡Más vale un mal acuerdo que un buen pleito”

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El saber popular raras veces se equivoca, y da fe de ello el que hasta los abogados coincidimos en el buen sentido y razón de este dicho secular. Hoy, partiendo de su significado más que conocido, vamos a dedicar el post a examinar su aplicación en aquellos supuestos en los que aunque el cliente disponga de una aparente ventaja a la hora de afrontar el pleito (bien sea antes de iniciarse o durante el mismo), se imponga finalmente la conveniencia de alcanzar un acuerdo.

En múltiples ocasiones, los abogados nos encontramos con situaciones en las que se plantea la posibilidad de alcanzar un acuerdo con la otra parte. En estas ocasiones, impulsados por el interés del cliente, verdadero motor del profesional, nos vemos abocados a tomar una decisión en uno u otro sentido: o continuamos hasta el final o nos sentamos a negociar en búsqueda del pacto.

En estos casos, la postura a seguir dependerá de numerosos factores vinculados a nuestra posición en el proceso (potencialmente favorable, desfavorable o neutra), a la opinión personal del cliente, a la posición que adopte el juez en el contexto de la conciliación, la duración del pleito, y otros innumerables factores menores que igualmente deberán ser considerados. De la resultancia de los mismos, el abogado tendrá que adoptar una u otra línea de acción que condicionará el resultado final del proceso.

En algunas ocasiones, la opción de alcanzar el acuerdo es clara, tanto si la razón está de nuestra parte como si no. Esta situación se observa diariamente en las conformidades que se producen en los juicios orales, cuando a pesar de nuestra convicción en la inocencia del cliente, el riesgo de continuar el procedimiento puede concluir en una resolución catastrófica para la libertad o su patrimonio, con innumerables riesgos colaterales (civiles, reputacionales, profesionales, etc.), lo que, con el debido consentimiento del mismo, llevará a tal conformidad. En otras ocasiones, a pesar de que nuestra posición sea más desfavorable, es la otra parte la que, acuciada por la excesiva duración del pleito, se ve obligada a ofrecernos un acuerdo muy conveniente para nuestro cliente.

Sin embargo, otras veces, siendo conscientes de que llevamos razón y disponemos de un buen acervo probatorio, y que el riesgo de una resolución desfavorable es mínimo, se plantea la opción de alcanzar el acuerdo (por petición del cliente, de la otra parte o del juez).

En estos casos, la mejor recomendación es no dejarse llevar por la convicción de nuestra mejor posición procesal, y apartando nuestro ego, plantearse el escenario que queda por recorrer y considerar todos los factores y consecuencias que pueden incidir en el mejor interés del cliente tanto si continuamos luchando como si accedemos a una transacción. Así, factores como los apuntados de opinión del cliente, duración del pleito, riesgo de pérdida del patrimonio del contrario, consecuencias de una eventual sentencia desfavorable para nuestro cliente, etc…nos servirán para decidir si es mejor pactar a pesar de nuestras favorables expectativas.

Y aquí juega un papel esencial la profesionalidad y honestidad del abogado, quien a sabiendas del deterioro que el consejo orientado al pacto puede producir en su reputación, imagen o fama, debe exponer al cliente de forma clara, sin ambigüedades, el estado real de las cosas, a fin de convencerlo de la mejor opción atendidas las circunstancias presentes, información que deberá ser completa, sin tapujos, exponiéndole todas las alternativas para que éste tome la decisión con todas las garantías.

Tanto en el caso de que el cliente acepte la transacción como de no hacerlo, la actuación del abogado habrá sido modélica, dotada de lealtad, honestidad y sabiduría, pues habremos actuado en el interés del cliente, realizando nuestra función de consejo y asesoramiento en toda su extensión.

En su libro Letters to a yong lawyer Alan Dershowitz nos ilustra con un ejemplo muy apropiado al tema que estamos abordando. Bill Clinton fue demandado por Paula Jones en un caso de acoso sexual en el que la defensa de Clinton consideraba difícilmente prosperaría. En el contexto de las conversaciones para alcanzar un preacuerdo para retirar los cargos, Clinton hizo una declaración (deposición) sobre su vida sexual que podría haber evitado con no haber asistido (default). Alcanzado el acuerdo por 850.000 $, la declaración realizada provoco que Clinton fuera posteriormente imputado por sendos delitos de perjurio y obstrucción a la Justicia que casi le cuestan su presidencia, profesión e incluso libertad. Señala Alan Dershowitz que el abogado de Clinton podría haber aconsejado a su cliente no asistir a la declaración, pero no lo hizo, al considerar que su inasistencia habría supuesto “una derrota” ante la opinión pública.

Por lo tanto, en ocasiones, a pesar de que el acuerdo pueda asimilarse para el abogado a la derrota, será mejor perder porque a través de ésta el cliente ganará más que con la victoria; y es que ya lo dice el refrán…

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¿Qué podemos hacer los abogados con los clientes problemáticos?

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Todos los abogados, hemos tenido, o incluso tenemos, clientes problemáticos, situación de la que raramente se escapa el abogado a lo largo de su práctica profesional, y que se caracteriza por constituir un verdadero lastre para el adecuado desarrollo de una relación que se cimenta sobre la confianza.

Cliente problemático es aquel que no entiende los límites existentes en la relación profesional. Dentro de esta categoría, podemos distinguir dos subcategorías, aquellos a los que no se les ha expuesto por el abogado dichos límites y a los que son conflictivos a pesar de habérseles descrito con claridad los mismos, y, en ocasiones, de forma repetida.

Entre las conductas más paradigmáticas de cliente problemático encontramos las siguientes:

El cliente con expectativas erróneas: En esta categoría de clientes incluimos a aquellos que mantienen unas expectativas del servicio que van a recibir muy superiores a las que realmente puede ofrecer el abogado. Estas expectativas pueden afectar al servicio (tiempos de atención y respuesta al cliente; abogado que lo va atender, necesidad de información permanente), al tiempo de prestación del servicio (¡esto es para ayer!), a los costes del servicio (¡yo pensaba que esto estaba incluido en la minuta!, o al resultado del servicio (¡se ha perdido el asunto y por tanto aquí hay una responsabilidad!).

El cliente irrespetuoso: Se caracteriza por no tener un comportamiento educado con su abogado. Aun conociendo las reglas de funcionamiento del despacho y el proceso de prestación del servicio, es muy exigente, tiene malas formas y no suele apreciar el trabajo del abogado. No respeta nuestro tiempo pero tampoco quiere pagar por él. Para él, si el asunto se gana, es su mérito, si se pierde, es demérito del abogado. Siempre será crítico con el trabajo del abogado y cualquier contacto entre ambos será siempre desagradable para el éste.

El cliente vindicativo: Son clientes que se caracterizan por contratar los servicios de un abogado con el fin de hacer daño a otra persona o entidad, bien al pretender canalizar su agresividad a través de acciones judiciales sin sentido, o por el mero hecho de hacer desgraciada a otra persona con el fin de saldar una deuda. En ambos casos, el cliente nunca busca un fin positivo o justo, sino que utiliza al abogado como un arma contra los demás, arma que, probablemente, con el paso del tiempo podrá volverse contra el propio profesional. Generalmente, trata de imponer su criterio al abogado, aunque sea un verdadero despropósito.

El insatisfecho: Este cliente nunca estará contento con la prestación del servicio, de manera que aunque el abogado realice un trabajo de calidad más económico o más rápido (que supere las expectativas iniciales), éste siempre buscará algún motivo para quejarse, lo que produce una importante frustración en el abogado, que nunca verá apreciados sus servicios y esfuerzos por contentarlo. Aquí podemos incluir al cliente que no está dispuesto a pagar lo que vale el trabajo y no se cansará de buscar una rebaja o, de no conseguirlo, tener afilada la espada para exigir todo lo que pueda al profesional por el sobreesfuerzo económico realizado.

El oscuro: Este cliente es sumamente peligroso, ya que tiene una tendencia no solo a no contar todos los hechos al abogado (omitiendo normalmente los esenciales) sino que además no le importa mentir para que el abogado actúe siguiendo el patrón mental que él ya tiene establecido para su temeraria defensa. Con independencia del descrédito que supone para el abogado quedar al descubierto cuando la otra parte o el Juzgado exponen la realidad y la dificultad que entraña la defensa de estos asuntos, el peligro de este cliente es que con su conducta puede involucrar al abogado en alguna infracción deontológica o incluso criminal, que, por cierto, poco le importará al cliente.

Y los innombrados: Muchas otras modalidades que por cuestiones de espacio no puedo incluir.

Una vez descritas las conductas, hemos de preguntarnos ¿cómo podemos evitar que durante la relación surjan estas conductas?

La respuesta no es otra que la prevención, y con ello nos referimos a una labor de información que deberá realizar el abogado en las primeras fases de la relación profesional a fin de evitar que el cliente vea normal actuar de forma incorrecta. Para ello, habremos de desarrollar una labor pedagógica en la que destacan las siguientes medidas:

1ª.- Explicarle en qué consiste nuestra actividad profesional.

2º.- Crear unas expectativas reales. Para ello le preguntaremos que espera de nosotros y le expondremos lo que puede lograrse y las limitaciones que nos encontraremos para ello.

3º.- Describirle las reglas de funcionamiento de la relación profesional y de nuestro despacho (horarios, accesibilidad, cita previa, llamadas, uso del wasap, etc.).

4º.- Mantener la independencia ante el cliente.

5º.- Documentar constantemente las interacciones con el cliente, desde la hoja de encargo (imprescindible en estos casos), hasta las llamadas, mensajes de voz, etc. y confirmar sus instrucciones por escrito o enviarle resúmenes de las actuaciones que realicemos o, ante una decisión suya, pedirle por escrito instrucciones. En estos casos, no podemos obviar la práctica de dejar recibo firmado de toda la documentación recibida o entregada. En definitiva, a mayor información escrita, menos riesgos de controversias y malentendidos.

Cuestión distinta es que al comenzar la relación el abogado prescinda del uso de estas medidas y a lo largo de la relación surjan estas conductas. En tales casos (en los que la responsabilidad de esta situación corresponde en gran medida al propio abogado), toca encauzar la relación y realizar sobre la marcha un proceso de reciclaje siguiendo las pautas anteriores, lo que obviamente va a ser más difícil pues estamos en un escenario ya de por si viciado.

Si la relación finalmente deriva hacía una situación insostenible, y con ello nos referimos a que a pesar de nuestros esfuerzos sigue generándose malestar, temor, incomodidad, preocupación constante, es momento de tomar la decisión final que no es otra que cesar la relación profesional. Para ello, actuaremos amparados por lo dispuesto en el artículo 13. 3 del Código Deontológico de la Abogacía Española que establece que el abogado tendrá plena libertad para aceptar o rechazar el asunto en que se solicite su intervención, sin necesidad de justificar su decisión (igualmente, el abogado podrá abstenerse o cesar en la intervención cuando surjan discrepancias con el cliente. Deberá hacerlo siempre que concurran circunstancias que puedan afectar a su plena libertad e independencia en la defensa o a la obligación de secreto profesional).

Por lo tanto, la prevención, las medidas de reciclaje o cese de la relación son las herramientas de las que dispone el abogado para imponer la indispensable cordura que toda relación profesional abogado-cliente merece y necesita.

Podéis profundizar en esta materia en los siguientes posts: http://oscarleon.es/abogados-y-clientes-problematicos-i/ y http://oscarleon.es/?s=abogados+y+clientes+problematicos+II

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Abogados jóvenes, abogados veteranos…todos abogados.

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Uno de los aspectos que me ha llamado más la atención de las relaciones entre los abogados veteranos y los abogados jóvenes es el compañerismo que se observa cuando ambos se encuentran en la defensa de sus respectivos clientes. Y con ello me quiero referir a la cordialidad, mesura y delicadeza con la que el abogado veterano suele tratar al joven y el respeto y consideración con el que el joven trata igualmente al veterano.

Cuando comencé mi andadura profesional, recuerdo que en ocasiones (la mayoría de las veces) me topaba de contrario a un abogado veterano. En estos casos, lo que esperas es que tu contrario actúe contigo de forma paternalista y con cierta superioridad, pues a fin de cuenta él es el que lleva los galones concedidos por el tiempo y la práctica. Sin embargo, después de muchos años puedo referir que la actitud que han tenido los abogados veteranos conmigo ha sido extraordinaria: respeto, atención, consideración y un trato de igual a igual, muchas veces a pesar de que eran más que conscientes de mi falta de experiencia. Solo en algunos casos excepcionales, y que puedo contar con los dedos de una mano, algún abogado veterano me trató con desconsideración y con aires de superioridad.

Esta situación siempre me ha admirado, pues como digo, la tentación del abogado experto de sacar partido de las flaquezas del inexperto está ahí, pero la opción más habitual ha sido fomentar la igualdad a través de una conducta leal y respetuosa.

Y al contrario, cuando me he convertido en un abogado veterano, al cruzarse en mi camino jóvenes abogados, éstos han sido muy considerados y respetuosos, demostrando una preparación y seguridad que no me ha hecho cuestionarme la diferencia de edad profesional.

Y esa es la grandeza de nuestra profesión, pues una vez lanzados a la arena, somos como aquellos gladiadores que luchaban hasta la extenuación, y que se veían igualados por las armas en un justo combate que, sin embargo, no les hacía perder el respeto recíproco o amistad, sabedores de todo el esfuerzo y tesón desarrollado por el adversario hasta este encuentro.

Naturalmente, lo anterior no obsta a que, una vez en defensa de nuestros clientes, el referido compañerismo, telón de fondo obligado, no entorpecerá el uso con la máxima intensidad de nuestros medios de defensa, pues ya lo decía don Angel Ossorio al tratar la cortesía desenfadada o el desenfado cortés:

“Esto es, el respeto más escrupuloso para el litigante adverso y para su patrono…hasta el instante en que la justicia ordene dejar de guardárselo. Es imperdonable la mortificación al que está enfrente sólo por el hecho de estar enfrente; pero es cobarde deserción del deber el abstenerse de descubrir el vicio y de atacarle, ocultando así extremos precisos a la propia defensa, por rendirse a contemplaciones de respeto, de amistad o de otra delicadeza semejante. Al ponerse la toga, para el letrado se acaba todo lo que no sea el servicio de la defensa.”

Creo por tanto que, en unión de muchos otros comportamientos, esta es una de las facetas más evidentes del compañerismo que debe de existir en la profesión, compañerismo como respeto a pesar de las diferencias de experiencia; compañerismo como lealtad, no aprovechándose o perjudicando con triquiñuelas al contrario…

En la medida que todos los abogados mantengamos este propósito cada vez que nuestros caminos se crucen con otro compañero más joven, qué duda cabe que estaremos haciendo un bien enorme a la profesión, pues esas conductas se arraigarán en éste, propiciándose así su reiteración en el futuro.

Y al contrario, ya que el abogado veterano que sintiéndose superior al joven lo manifieste a través de actos de superioridad, desprestigio y un paternalismo mal entendido, que sepa que estará dejando de ser un verdadero abogado, pues un abogado siempre habrá de mantener, recíproca lealtad, respeto mutuo y relaciones de compañerismo con todos sus colegas, sea cual sea la diferencia de edad o de experiencia.

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El abogado en sala y los errores de emisión del alegato.

30.01.2017 Categoría: Mi Práctica diaria, Oratoria Sin comentarios
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En ocasiones, la exposición del informe oral no alcanza su objetivo debido a que se producen errores o defectos de emisión por parte del abogado. En caso de que esto ocurra, es obligación de todo abogado detenerse a considerar cuál es la causa de tales deficiencias para así adoptar las medidas de corrección oportunas.

En este contexto, la emisión propiamente dicha se produce en el momento en el que el abogado interviene en el acto del juicio oral, es decir, cuando toma la palabra para informar. Teniendo en cuenta que el emisor codifica y transmite el mensaje a través del canal más adecuado con el fin de que el receptor lo entienda, los fallos de emisión se producirán cuando aquel no consiga una codificación o transmisión adecuada del mensaje, lo cual podrá producirse en las siguientes situaciones y por las siguientes causas:

1ª.- El abogado expone su informe con notable desconocimiento del objeto del litigio, con escasa argumentación jurídica y carente de contenido o profundidad.

Este error deriva de una falta de estudio del caso, pues es premisa indudable para el abogado conocer todos los pormenores del mismo con el fin de plantear una adecuada actividad probatoria que sustente nuestra argumentación, pues el conocimiento de las reglas oratorias no puede suplir la carencia de conocimientos del asunto, imprescindibles para realizar una defensa eficaz empleando las habilidades oratorias.

Esta situación suele producirse normalmente por un exceso de confianza, ya que creemos que conociendo los aspectos que consideramos más relevantes del caso lograremos suplir con nuestra experiencia las lagunas de nuestra falta de estudio, situación que difícilmente se produce ya que la propia preparación del otro letrado descubre todas nuestras carencias, sin olvidar la experiencia del juez en detectar una incorrecta preparación. Otra razón es asistir a un juicio sin preparación debido a que un compañero nos ha pasado el caso el día anterior y no hemos dispuesto del tiempo suficiente para su estudio. Finalmente, puede deberse a una acumulación de trabajo (especialmente de diversos juicios) que nos impiden dedicar al asunto el tiempo necesario.

En otras ocasiones, si bien el informe se construye adecuadamente en cuanto a su argumentación, se observa una falta absoluta de sustancia jurídica. En estos casos nos encontramos ante la falta de los conocimientos jurídicos aplicables al caso, lo que supone que cuando se ha trabajado el asunto nos hemos detenido poco en el estudio de la norma positiva, la doctrina de los autores y de la jurisprudencia y sentencias de los Tribunales. Ni que decir tiene que si el abogado no dispone de un sólido y profundo conocimiento jurídico, de poco le valdrá su elocuencia y locuacidad para convencer y persuadir a su auditorio, caracterizado por su competencia técnica y profesional.

¿Soluciones? Una exquisita preparación y evitar situaciones que coadyuven a una exposición inadecuada mediante la delegación a tiempo, petición de suspensión en caso de situaciones graves y, sobre todo, nunca confiarse.

2ª.- El abogado parece poco organizado en su exposición, siendo complejo para el auditorio la compresión de su argumentación.

La exposición de un argumento poco organizado e incoherente deriva de la falta de aplicación de las reglas oratorias establecidas para la estructuración del informe. En ocasiones, el abogado expone su informe siguiendo el método que siempre ha seguido y que, a su criterio, le ha funcionado en mayor o menor medida. Sin embargo, la experiencia que nos suministran las reglas oratorias aconseja que para que el abogado cumpla con su objetivo persuasivo, es necesario que el informe se transmita de forma ordenada y coherente a través de la oportuna división. Ello es así debido a que las distintas partes en las que se estructura el informe cumplen una función específica: conmovemos y atraemos la atención del auditorio a través del exordio; transmitimos la noción de orden de nuestro discurso mediante la división; con la narración exponemos los hechos que sustentan nuestra pretensión; a través de la argumentación y refutación examinamos la prueba de los hechos narrados y argumentamos nuestra tesis y refutamos; finalmente, con el epílogo concluimos resumiendo las ideas principales de nuestra defensa.

Para concluir este apartado nos permitimos reproducir los beneficios que proporciona un informe bien estructurado:

- Orden y coherencia en la exposición.
- Sintetización de las ideas principales de nuestro alegato.
- Facilidad para retener las ideas principales y exponerlas oralmente.
- Concede a la exposición una idea de unidad.
- La división aporta flexibilidad al informe, permitiendo, en algunos casos, la supresión de determinadas partes.

3º.- El abogado está nervioso y transmite al juez y al abogado contrario sensación de inseguridad y falta de confianza.

Cuando se produce esta situación, o bien nos encontramos ante un abogado novel que realiza una de sus primeras intervenciones en el foro, o ante un abogado experimentado cuya emoción oratoria supera el límite de lo aconsejable. En este último caso nos podemos encontrar ante una falta de estudio del asunto, la actuación en una jurisdicción desconocida, etc.En definitiva, el abogado está siendo presa del denominado temor escénico.

En estos supuestos, muy frecuentes en la actividad forense, el error del abogado consiste en desconocer o, en su caso, no aplicar las técnicas y habilidades establecidas para reducir o eliminar dicha sensación de temor. Si se es abogado novel, se podrá mitigar de alguna forma dicha sensación aplicando estas técnicas; si se es abogado experimentado, aquel podrá mantenerse a unos niveles aconsejables o incluso eliminarse.

En tal sentido, no podemos olvidar que, en cierta medida, el nerviosismo que se siente antes de intervenir en el foro puede aportarnos sus beneficios, ya que un estado determinado de estrés nos aportará la tensión necesaria para afrontar el juicio, manteniéndonos despiertos y alerta y focalizados en nuestra tarea, evitando con ello distracciones o exceso de confianza.

Dicho esto, a continuación señalamos los remedios existentes para luchar frente al temor escénico:

- Conocimiento profundo del asunto objeto del litigio y preparación a fondo del informe oral y de su exposición.
- Ser consciente de la probabilidad de que sufriremos un estado de temor escénico o emoción oratoria.
- Conocer las posibles situaciones que tememos y cuya evocación nos provoca temor (interrupción del juez durante nuestro informe o interrogatorio; interrupciones del abogado contrario durante el interrogatorio; retraso en el comienzo del juicio; posible limitación de tiempo en el informe o en los interrogatorios; ausencia de alguna parte o testigo). Conociendo lo que puede ocurrir, estaremos más prevenidos.
- Estar concentrados en el objetivo que pretendemos conseguir con nuestro alegato.
- Aprender de memoria las primeras y últimas frases del informe.
- Realizar ejercicios fisiológicos como respiraciones lentas y profundas.
- Beber agua antes de comenzar el juicio.

4º.- La información contenida en el informe se expresa de forma incorrecta y de modo escasamente comprensible.

En ocasiones puede ocurrir que el abogado se exprese incorrectamente empleando el lenguaje oral de forma deficiente. Fallos sintácticos, semánticos, un léxico inadecuado, escaso o incorrecto uso de las figuras literarias, etc. pueden causar un informe si no inteligible, si escasamente atractivo y condenado al inmediato olvido por el auditorio.

Si bien esta situación no es muy habitual que se produzca (pues un abogado que padezca este error va a transitar por serias dificultades), el único remedio existente es corregir las causas que le han llevado a tal situación: falta de lectura y de práctica en la expresión oral, siendo incluso aconsejable asistir a algunas clases de oratoria para conocer sus errores y corregirlos debidamente.

5º.- El abogado se muestra al auditorio aburrido en su expresión, monótono y pesado.

Este error puede deberse a dos causas: empleo deficiente de la voz o estilo forense inadecuado.

Efectivamente, si tenemos en consideración que el alegato forense tiene una finalidad estrictamente persuasiva, es obvio que carece de sentido exponerlo sin preocuparnos de hacerlo más comprensible, elocuente e incluso atractivo al auditorio. Para ello, el abogado dispone de las reglas paralingüísticas del empleo de la voz, tales como el uso de la entonación, el ritmo, las pausas y silencios, etc. para conformar el discurso y adaptarlo al mensaje que pretendamos transmitir en cada momento. Igualmente, si el abogado desconoce las reglas del estilo forense y el empleo del mismo en sus distintas modalidades, es más que probable que se limite a realizar un discurso adaptado a sus propias necesidades (a lo que él pretenda transmitir sin otra consideración) y no a las del foro en las que actúa.

Por tanto, para evitar caer en este error es preciso que el abogado, a la hora de preparar su discurso se preocupe por practicarlo empleando el uso de los recursos paralingüísticos apropiados, sin olvidar el respetar en todo momento las normas y reglas del estilo forense y ser fiel al estilo que proceda en función del objetivo del discurso. Como elementos esenciales del estilo forense hemos de destacar la claridad, sencillez, brevedad, naturalidad y precisión, todo ello en un contexto que invita al respeto, decoro y buenas formas.

6º.- En ocasiones, el abogado no gesticula o su gesto se contradice con su expresión oral.

En ocasiones, podemos observar como un abogado al exponer su informe se mantiene rígido como una estatua y permanece en esa posición sin acompañar su discurso con gesto alguno. En otras, si bien de forma excepcional, podemos comprobar cómo no existe coherencia entre lo que el abogado dice a través de su informe y lo que nos transmite su rostro y cuerpo.

En ambos casos nos encontramos ante una desatención absoluta por el abogado de las reglas del lenguaje no verbal, lenguaje cuya importancia en la comunicación no verbal radica en que a través de ésta el abogado complementa el contenido del mensaje con una serie de «informaciones» que ayudarán al auditorio a comprender aspectos relativos a sentimientos y emociones de todo tipo que no solo pueden ayudar o no a persuadir al auditorio, sino que van a ser valoradas por el auditorio para la toma de la decisión final.

Por todo ello, el abogado debe ocuparse de aprender las habilidades y reglas del lenguaje no verbal y conocer el efecto que estas producen en cuanto a la comprensión y atención que recibirá su alegato. Además, por añadidura, dispondrá de una valiosísima información para conocer múltiples detalles asociados al comportamiento de las personas que componen el auditorio.

En definitiva, tras cada experiencia en sala, el abogado debe evaluar cómo ha emitido su informe y, en su caso, cuales son los aspectos a mejorar, pues solo de esa forma iremos creciendo y depurando nuestro estilo en un trance de tanta importancia como exponer en sala.

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La importancia del conocimiento del Juez como decisión estratégica.

23.01.2017 Categoría: Mi Práctica diaria, Procesal Sin comentarios
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Imagina que tienes un juicio y cuando llega el turno de presentar tus conclusiones el juez te dice que dispones de cinco minutos, ni uno más, para informar. Supón que aun disponiendo de una buena técnica de interrogatorio, el juez te llama la atención en reiteradas ocasiones debido a la forma «incorrecta» en la que haces las preguntas al testigo. Finalmente, figúrate que al comenzar el juicio el juez adopta una actitud vehemente dirigida a que las partes alcancen una transacción, transmitiéndote que te conviene llegar a un acuerdo porque si no…., y ese «si no» va por tu defensa. En todas estas situaciones, es obvio que el abogado se llevará una sorpresa, a modo de verdadero imprevisto, que podría haber sido evitada de haber actuado con más prevención preocupándose de conocer mínimamente al juez ante el que va a intervenir. Y lo peor es que tal imprevisto puede afectar seriamente las posibilidades de defensa del asunto, lo que nos demuestra la importancia vital que tiene conocer la forma en la que el juez dirige el acto judicial.

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