Categoría: Mi Práctica diaria

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10 cosas que, como abogado, me agradan de un juez

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Recientemente he tenido ocasión de leer diversos artículos sobre las actitudes, conductas y comportamientos que a los abogados no gustan de los jueces, y viceversa, textos cuyo contenido constituye una valiente propuesta que, sin duda, contribuye a mejorar las relaciones entre ambos colectivos.

Sin embargo, al igual que destacar lo que desagrada es un acicate para la mejora, el enfatizar o acentuar aquello que gusta en los modos, maneras y formas del otro, facilita igualmente la comprensión y entendimiento entre jueces y abogados, ya que nos aproxima y permite, quizás con mayor facilidad,  la búsqueda de puntos en común, máxime cuando, como decía Quintiliano, “lo que agrada se escucha con más gusto”.

Por todo ello, es mi propósito con esta colaboración transmitir mi opinión personal, en mi condición de abogado con una dilatada experiencia profesional, sobre aquellas actitudes, conductas y formas que son comentadas entre los letrados como meritorias y distinguidas en los jueces; por otro lado, no pretendo generar polémica alguna, sino como anticipaba, aportar mi granito de arena para contribuir a una mejora en la comprensión y entendimiento entre ambos colectivos.

Tras este exordio, entramos en materia.

Me gusta el juez….

1º- Que al iniciar la audiencia previa o el juicio disponga de un conocimiento pormenorizado del asunto y sus cuestiones más complejas, lo que evidencia un concienzudo estudio previo del mismo. Este conocimiento, que suele percibirse a raíz de los primeros comentarios que hace el juez en sala, es muy reconfortante para los abogados, pues genera mucha confianza, sabedores que en ese momento, y no después, el juez ya comprende meridianamente nuestras posturas, lo que contribuirá a un desarrollo fluido del juicio.

2º- Que domine la práctica del proceso, lo que es fundamental en el trámite de audiencia previa, pues el control de los diversos trámites procedimentales del acto facilita el desenvolvimiento del mismo al agotarse todos y cada uno de dichos trámites con un criterio coherente, ordenado y libre de interpretaciones que compliquen o supriman determinadas fases.

3º- Que ejercite su poder de dirección para dar fluidez al proceso, pues las intervenciones precisas y fundadas dirigidas tanto para agilizar el desarrollo de la vista (v.g. llamando la atención del abogado o de la parte que en sus intervenciones se separen notoriamente de las cuestiones debatidas), como para evitar infracciones procesales (resoluciones sobre preguntas, resolución de recursos, etc.) generan una importante confianza en los letrados, que se sentirán tranquilos al saber que el discurrir del juicio está en buenas manos.

4º- Que mantenga una actitud de atención plena y escucha activa durante la intervención de los letrados, desplegando un lenguaje (especialmente el no verbal) coherente con aquella; los abogados valoramos especialmente este proceder, pues ello es evidencia de que nuestra línea de defensa, materializada en nuestra intervención en la prueba y el alegato,  va a ser plenamente conocida y estudiada a posteriori.

5º-  Que sea dialogante con los abogados, pues el dialogo genera confianza y crea un clima de trabajo que sin duda facilita nuevamente el desarrollo de la vista a todos los asistentes. Con ello no me refiero a una comunicación constante, sino precisa y concreta cuando sea necesaria la información al letrado o la escucha de éste; imaginemos la petición de aclaración de algún trámite, la admisión de alguna prueba o la decisión sobre algún recurso.  Particularmente, me gusta cuando al resolver sobre cualquier cuestión, el juez de pie de forma expresa a la posibilidad de recurso o protesta.

6º- Que mantenga un trato cordial con los letrados, pues si en un ambiente en el que predomina la gravedad, el juez contribuye con una comunicación respetuosa, afable y cordial, el desarrollo de la vista se verá indudablemente beneficiada por dicha actitud, al rebajar la rigidez del acto , evitándose con ello situaciones indeseadas. Naturalmente, ello no obsta a que, cuando sea preciso, el juez tenga que adoptar decisiones acordes con su papel de celoso guardián de la dignidad, gravedad y orden en la sala. Como botón de muestra sobre la importancia de la cordialidad en el juez, reconozco que me agrada sobremanera ver que el juez pide a los letrados asistentes al primer juicio disculpas cuando, por cualquier circunstancia, dan comienzo los juicios con ostensible retraso.

7º- Que gestione el trámite de conciliación de forma equilibrada, dando al mismo el sentido y finalidad otorgada por la norma, manteniendo así un absoluto respeto a la naturaleza dispositiva del pleito y a sus deberes de imparcialidad y de no prejuzgamiento del caso.

8º- Que crea en la importancia que la norma procesal atribuye al informe oral y que lo evidencie con conductas de atención, interés y respeto durante su exposición por los letrados, lo que no quita que, empleando su poder de dirección, adopte las medidas que contribuyan a la fluidez del acto siempre con respecto a la libertad del derecho de defensa.

9º- Que durante los interrogatorios mantenga una actitud abierta, permisiva y flexible, facilitando el desarrollo de los interrogatorios, huyendo de excesivas formalidades, y facilitando con ello la búsqueda de la verdad (flexibilidad en la admisión de preguntas, intervención en la prueba una vez los letrados han realizado sus interrogatorios, etc.).

10º- Que durante el acto, es decir, desde que el letrado entra en sala, el trato que este reciba sea idéntico al dispensado a fiscales o abogados del estado presentes en el acto.

Finalmente, señalar que sabedor de que toda generalización acarrea injusticias, me gustaría advertir que las cualidades tratadas no describen, en su conjunto, a un juez ideal, pues cada uno tiene su  personalidad, carácter y estilo de hacer las cosas, y habrá unas facetas en las que uno destaque y otras en las que no, lo cual es absolutamente normal, todo ello sin olvidar que en juicio nada es blanco o negro, pues intervienen cuestiones muy variadas como la carga de trabajo que lleve el juez a sus espaldas durante la jornada, la complejidad que lleve el juez a sus espaldas durante la jornada, la complejidad del asunto, el grado de colaboración de los propios letrados en el acto, los condicionantes personales del propio juez, etc., circunstancias que pueden alterar su proceder, que no olvidemos, no deja de ser un ser humano.

Concluir con un pensamiento de CALAMANDREI que, con su fino toque de humor, hará sonreír a más de un lector:

«Me gusta el juez que, mientras hablo, me mira a los ojos; me hace el honor de buscar así en mi mirada, más allá de las palabras que pueden ser solamente un hábil juego dialéctico, la luz de una conciencia convencida.

 Me gusta el juez que mientras hablo me interrumpe; yo hablo para serle útil, y cuando él, invitándome a callar, me advierte que la continuación de mi discurso le produciría tedio, reconoce que hasta aquel momento no lo he aburrido.

Me gusta también (pero acaso un poco menos) el juez que, mientras hablo, se duerme; el sueño es el medio más discreto que el juez puede emplear para irse de puntillas, sin hacer ruido, dejándome, cuando el discurso no le interesa ya, discurrir a placer por mi cuenta».

Artículo publicado en Confilegal, ¿Quieres verlo?
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¿Es la única finalidad del informe oral persuadir y convencer al juez?

14.09.2017 Categoría: Oratoria Comentarios
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Mucho se discute sobre la eficacia del informe oral en sala, es decir, sobre el grado de influencia que puede tener sobre la decisión del juez, tema en el que las posturas se encuentran enfrentadas tanto entre los abogados como entre los propios jueces.  No obstante, no va a ser objeto de este post examinar dicha controversia (de la que ya nos ocupamos en el post ¿Es importante para los jueces el informe o alegato final del abogado?), sino que hoy nos vamos a centrar en otros efectos beneficiosos que tiene la elaboración de un buen informe oral para el abogado.

Si bien podemos preguntarnos ¿qué otra finalidad puede tener preparar un  buen informe oral que no sea persuadir y convencer al juez?, lo cierto es que un alegato bien preparado, o lo que es lo mismo, bien estudiado, fundamentado y dotado de una estructura y orden que garantice la claridad, concisión brevedad y flexibilidad necesarias para su exposición en juicio, puede generar otros beneficios “colaterales” para el profesional.

Entre estos beneficios, podemos encontrar los siguientes:

  • Dispondremos de una mejor y más completa comprensión de todos los elementos del pleito o la causa antes de la celebración del juicio.
  • Obtendremos una información privilegiada que nos permitirá evaluar con más garantías las opciones de negociación o conciliación en sala.
  • Plantearemos y ejecutaremos con mayor solvencia la práctica de la prueba de interrogatorios y periciales durante el juicio.
  • Al analizar profundamente el contenido de las alegaciones de la otra parte, poseeremos una mayor capacidad de refutación (especialmente cuando el contrario nos preceda en la palabra).
  • Ante un eventual recurso contra la resolución que se dicte, el estudio y preparación del informe oral nos suministrará una información muy valiosa para “armar” la impugnación.
  • Finalmente, contribuiremos a ir creando una reputación ante los jueces de buen abogado.

A la vista de los beneficios que lleva aparejada una buena preparación del informe oral, es esencial que el abogado durante esta fase sea impecable, es decir, que trabajemos nuestro alegato con plena involucración e identificación con independencia del resultado previsible del litigio, lo que ya, en sí mismo, es un resultado extremadamente valioso para nuestro crecimiento y maestría profesional.

Concluyendo: la preparación exhaustiva del informe oral es fundamental, no solo para persuadir y convencer a nuestro auditorio, sino para garantizar al abogado una excelente preparación para el desenvolvimiento de las diversas fases del juicio, incrementar nuestras habilidades de litigación y generar credibilidad en sala, lo que nos lleva a que, sea cual sea nuestra creencia sobre la virtualidad del mismo de cara al juez, nuestro alegato debe ser siempre preparado a conciencia.

Sea cual sea la confianza del abogado en la influencia del informe oral sobre el juez, prepararlo adecuadamente le aportará numerosos beneficios colaterales.

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El abogado impecable.

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Hoy me gustaría compartir con vosotros un pensamiento que he encontrado en una de mis lecturas estivales[1], y que considero puede ser objeto de una reflexión muy beneficiosa para la práctica de nuestra profesión. Concretamente, voy a referirme al ser impecable, adjetivo que significa estar exento de defecto, falta o error, cualidad que va asociada a una persona u objeto irreprochable por ausencia de tacha.

No obstante, si bien tiene relación directa con dicho significado, la idea a la que me refiero se circunscribe al ser impecable como la actitud que mantenemos cuando realizamos alguna actividad de cuyo resultado no tenemos certeza, pero que llevamos a cabo con la máxima capacidad de entrega, mentalizados para afrontar las consecuencias de nuestros actos.

Ser impecable, supone pues vivir nuestra actividad con responsabilidad y entrega suceda lo que suceda, actitud que me atrevo a considerar imprescindible en el quehacer del abogado.

Efectivamente, los abogados intervenimos en conflictos en los que, en la mayoría de las ocasiones, carecemos del tiempo necesario para disponer de todos los factores que serían necesarios para prestar el servicio que nos gustaría ofrecer; por otro lado, las condiciones del propio encargo, suscita dudas, lagunas y fallas que dificultan nuestra labor y comprometen ab initio el resultado final deseado por el cliente. A todo lo anterior podríamos añadir los factores incontrolables por el propio abogado (oposición de un contrario, sometimiento a un proceso, decisión de un tercero, etc.)

Y he aquí donde el abogado debe ser siempre impecable, trabajando en condiciones alejadas de lo perfecto e ideal, pero con una entrega y entereza dirigida a alcanzar el mejor resultado posible, asumiendo las consecuencias desfavorables de nuestras decisiones, y con la mente puesta no en los resultados, sino exclusivamente en el buen hacer.

Esta visión de impecabilidad resulta refrescante y liberadora, pues permite alejar miedos y temores vinculados al que pasará, permitiéndonos centrarnos en el que hacer, lo que evitará sin duda actitudes de pasividad y desmotivación, centrándonos en el aquí y el ahora, y dotando de excelencia cada paso que llevemos a cabo. Por otro lado, siendo impecables, disfrutaremos sin duda de nuestro trabajo, pues resulta indudable que sentir lo que estamos haciendo con absoluta entrega y sin temor alguno a no alcanzar los objetivos previstos es ya un resultado valiosísimo.

La impecabilidad del abogado es pues la puerta para alcanzar su excelencia y maestría[2].

 

 

 

[1] Mendo, Miguel Ángel. La Mente, Manual de Primeros Auxilio. Rigden Institut Gestalt.

[2] Podéis ampliar conocimientos sobre este tema en el post publicado en este blog sobre la filosofía de Epicteto aplicada a la abogacía: http://oscarleon.es/?s=epicteto

 

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El abogado y el nuevo curso: Siete áreas para reflexionar.

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Los abogados iniciamos un nuevo curso profesional, y que mejor que dedicar este primer post a ofrecer una visión sobre los campos en los que sería recomendable poner el acento para continuar con nuestro crecimiento constante profesional. Naturalmente, la lista puede ampliarse con otros factores, si bien creo que los consignados constituyen un buen motivo de reflexión en un momento tan señalado como el presente.

Comenzamos…

Estudiar y profundizar en el conocimiento del derecho sustantivo: Somos abogados, y nos distinguimos por nuestra maestría y dominio del derecho, por lo que la excelencia en este aspecto es esencial, lo que nos obliga a no dejar de crecer y desarrollarnos en esta faceta.

Mejorar en aspectos emocionales: El autoconocimiento y el conocimiento emocional de las personas con las que interactuamos se está convirtiendo en una competencia primordial de todo abogado, pues al fin y al cabo las interacciones que desarrollamos se producen entre seres humanos y en un contexto generalmente controvertido; ¿existe otro lugar en el que el dominio del factor emocional no sea tan necesario?

Gestionar tu despacho: Como empresarios que somos, los abogados debemos planificar, liderar, organizar y controlar nuestros despachos, pues hoy en día, y máxime con la competencia existente, no podrá sobrevivir aquel que no dedique parte de su tiempo a dichas tareas, aun contando con la endémica limitación de tiempo que sufrimos.

Dar su sitio al cliente: El cliente, y esto no cambiará jamás, es el epicentro de la actividad del abogado y, por tanto, debemos redoblar nuestros esfuerzos tanto en la captación como en la fidelización de los mismos, acciones que requerirán el necesario dominio para aplicarlas con orden y equilibrio.

Afilar el hacha de nuestras habilidades: Decía Abraham Lincoln “si tuviera ocho horas para cortar un árbol emplearía siete en afilar el hacha”, lo que me lleva a recordar la importancia de dedicar espacios de tiempo a mejorar las competencias y habilidades necesarias para mejorar en nuestro campo de actuación (comunicación, oratoria, mediación, litigación, honorarios, clientes, etc.). Conocer el derecho, si, pero también saber aplicarlo.

Socializar en la profesión: En un sector cada vez más globalizado, considero de suma importancia interactuar con los compañeros de profesión, bien a través de alianzas o contactos periódicos, lo que nos permitirá estar al tanto de lo que se cuece en la profesión y, de paso, aprender de nuestros colegas.

Subirte a la ola de la transformación digital: La transformación digital es una realidad incuestionable, cuyas ventajas y riesgos son objeto de debate a diario. Aquí no hay excusas para quedarse atrás…

Descansar a conciencia: El descanso es vital para la ejecución de un trabajo bien hecho, por lo que hemos de aprender a encontrar momentos de ocio y esparcimiento que nos ayuden a recargar las baterías y comenzar cada día con fuerzas renovadas. Dormir bien, pasear, desarrollar hobbies, etc., todo vale.

Y sobre todo, el mejor consejo que puedo ofreceros: aproximarnos a la profesión amándola, pues de esta forma sortearemos todos los obstáculos que sin duda surgirán en nuestro camino.

 

Podrás encontrar otros artículos sobre habilidades del abogado en mi blog http://oscarleon.es/ y suscribirte gratuitamente. 

 

 

 

 

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El prestigio de la abogacía se forma por la suma del prestigio de los abogados.

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La reflexión que da título a este post procede de la obra de Jose María Martínez Val, Abogacía y Abogados, en la que al tratar sobre la lealtad entre compañeros, nos avisa de la proyección que nuestra conducta puede tener sobre nuestro colectivo profesional.

Concretamente, el autor la refiere en los siguientes términos:

“Pero son las partes quienes realmente se enfrentan y pugnan. Nosotros, sus luchadores, lo hacemos en un plano ideal o doctrinal, donde el interés deja su paso a la invocación del derecho y el sentimiento de la justicia.

Todo abogado debe pensar en esto cuando pleitea.  Y también en que su compañero forma parte, como él, de una misma Corporación u Orden (el Colegio de Abogados) cuyo prestigio social se forma por la suma de los prestigios de los colegiados.”

En mi opinión, esta frase encierra una regla de oro para todo abogado (que recuerda de alguna forma al slogan medioambiental de “piensa globalmente y actúa localmente”), puesto que nos hace reflexionar sobre la repercusión que puede tener cualquier conducta, sea positiva o negativa, en la imagen, fama o consideración social de nuestro colectivo, cuestión ésta no carente de importancia, pues la abogacía, que desarrolla un rol fundamental en la sociedad, requiere indefectiblemente para el cumplimiento de sus fines gozar de esa buena estima social a la que denominamos prestigio, un edificio difícil de construir, fácil de demoler y muy difícil de reconstruir.

Pero con independencia de esa proyección positiva, este pensamiento nos hace sentirnos más responsables y diligentes en nuestra actividad, ya que como parte del colectivo nos permite participar activamente en el crecimiento del mismo, lo que se consigue a través de la continua atención en la conducta que desarrollamos; así, por un lado, evitaremos dañar a nuestra profesión y, por otro, la favoreceremos.

Igualmente, contribuir al prestigio del colectivo, constituye un claro acicate para que, el abogado, individualmente, crezca, se forme y desarrolle permanentemente haciéndose un mejor profesional día a día, pues qué duda cabe que siendo mejores contribuiremos a la excelencia del colectivo presente y futuro.

Finalmente, el abogado, sabedor de la repercusión de su conducta, estará alerta ante el comportamiento de otros colegas que, o bien desconocen este precepto o no quieren entenderlo, lo que dará oportunidad  a aquellos de hacer gala de su clara adscripción al mismo, manifestando con sus actos una actitud que pueda constituir, bien una referencia positiva, bien un claro aviso de navegantes.

Podrá aventurarse por algunos, con cierta ironía, que los abogados no gozamos de buena fama y que habría mucho por hacer; sin embargo, y a modo de refutación anticipada, les digo que miro a mi alrededor y veo a abogados de todas las edades comprometidos con su profesión y con la justicia, profesionales industriosos y entregados a su actividad diaria con tal celo que muchas profesiones envidiarían; letrados que, haciendo de la independencia virtud,  se rigen por el código de la honestidad y lealtad a sus clientes, compañeros y otros profesionales de la justicia, algunos ejerciendo en unas condiciones que muchos ciudadanos rehusarían. Por otro lado, las encuestas que vienen realizándose estos últimos años respecto a las diversas profesiones muestran una verdad indiscutible, cual es que la abogacía se encuentra bien considerada socialmente. Naturalmente, lo anterior no niega que existan “ovejas negras” en nuestra profesión, pues de todo hay en la Viña del Señor.

Y concluyo con una llamada a la responsabilidad y, por qué no, al orgullo de sentirnos abogados: seamos mejores abogados cada día y construyamos así una mejor abogacía.

 

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¿Cómo organizar y estudiar el expediente (carpeta física) del asunto?

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Una de las tareas insoslayables de todo abogado es el estudio del expediente del caso, o lo que es lo mismo, el examen del conjunto de información documental que comprende todos los aspectos de interés para llevar a cabo adecuadamente su intervención profesional.

Normalmente, la documentación del expediente proviene de la entrega realizada por el cliente o recibida de los juzgados u otros organismos públicos o privados tras petición realizada con autorización de aquél, por lo que dicha documentación comprenderá documentos privados, públicos, cartas, correos electrónicos, fotos, peritajes, etc.

Del estudio de este expediente dependerá indudablemente la solvencia y seguridad con la que el abogado afrontará las diversas fases que jalonarán el caso (estrategia, negociación, defensa en sala, et.), por lo que es fundamental, y será objeto de este post, establecer algunas reglas de organización y estrategia, a modo de consejos, para que el posterior proceso de estudio sea lo más eficaz posible.

A continuación, trataremos los siguientes aspectos:

1º.- Organización interna del expediente.

Lo primero que hemos de hacer es examinar todos los documentos y, tal y como si hiciéramos inventario, dividir el expediente en partes, pues bien se aviene la clasificación de los mismos cuando suelen ser de distinta naturaleza.

Martinez Val nos aconseja la siguiente:

a)      Documentación conteniendo conversaciones, consultas, conferencias telefónicas con sus respectivas fechas.

b)      Correspondencia y comunicaciones relativas a gestiones y tramitación, pero no de fondo (que no sean prueba documental). Aquí se incluiría la documentación judicial de la causa o el pleito (sin perjuicio de reproducir algunos de sus documentos en otros grupos).

c)       Ramo de documentos que se aportarán como prueba documental en juicio (en este podrían incluirse los dictámenes y pericias, aunque Martínez establece un grupo diferente para éstos).

d)      Ramo de testigos, con notas y observaciones sobre los mismos (personalidad, antecedentes, etc.)

e)      Ramo de textos legales, jurisprudenciales y legales, que podría a su vez subdividirse en varios grupos asociados a los puntos de derecho controvertido (Martínez del Val separa aquí dos ramos, el de textos legales y doctrina y el de jurisprudencia, aunque nosotros nos hemos permitido incluirlos en uno).

Si bien las nuevas tecnologías pueden apoyarnos para almacenar y clasificar la información expuesta, lo cierto es que el soporte físico propuesto es de enorme utilidad para el manejo del caso, todo sin perjuicio de su reproducción en el correspondiente programa de gestión al que podrán incorporarse los documentos de cada grupo.

2º.- Orden cronológico.

A la hora de examinar la documentación, como afirma Martineau, el abogado debe convertirse en el historiador del litigio, por lo que es esencial que reclasifique toda la información por orden cronológico, pues a través de las fechas podremos verificar si el expediente está completo o falta alguno al que se hace referencia en un documento posterior.

Por otro lado, el orden cronológico es el orden más apropiado para la mejor comprensión y entendimiento del caso.

3º.- Adecuada gestión del tiempo.

Uno de los grandes defectos de los abogados reside en realizar un examen superficial del expediente. Acosados por la falta de tiempo, nos limitamos a ir directamente a lo que consideramos más importante según nuestra intuición. Sin embargo, qué duda cabe que nuestra profesionalidad nos obliga a realizar un estudio profundo del expediente, por lo que tendremos que disponer de tiempo para su estudio, y que mejor para ello que emplear las herramientas y método que nos proporcionan las técnicas de gestión del tiempo.

4º. Examen minucioso.

La meticulosidad es una cualidad intrínseca de todo abogado, y como tal, debe manifestarse en el análisis de la documentación que conforma el expediente, descomponiendo el todo en sus partes y alcanzando una comprensión absoluta del litigio y de aquellos elementos favorables o perjudiciales a nuestra defensa. Caer, en la superficialidad del examen es, como decíamos un verdadero desatino.

5º.- Duda sistemática y modestia en el análisis.

Como nuevamente nos indica Martineau, duda sistemática para realizar el análisis cuestionando todas las certezas del litigio, lo que nos ayudará a solicitar aclaraciones, informaciones, etc.  para la mejor preparación del caso, y modestia intelectual para examinar el expediente dejando a un lado las tentaciones de nuestra experiencia, lo que nos facilitará una lectura imparcial de las actuaciones y una neutralidad indispensable para el examen inicial de la documentación. De lo contrario, si nos dejamos llevar por nuestra percepción previa del asunto alcanzaremos un análisis reduccionista y parcial que hemos de reservar para una fase posterior de la defensa.

En definitiva, un buen comienzo a la hora de organizar y dirigir nuestra atención al expediente será garantía de una actuación impecable, pues empleando el símil de un peregrino, difícilmente podrá llegar a su destino, si no se detiene y dedica tiempo  para organizar con realismo el que será su avituallamiento.

 

 

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De los abogados escarmentados nacen los avisados… en temas de honorarios.

10.07.2017 Categoría: Clientes, Mi Práctica diaria Sin comentarios
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Hace un par de años, publiqué un post en el que narraba la experiencia de un compañero que había sido advertido por otro sobre el riesgo de no cobrar sus honorarios caso aceptar el encargo de un cliente (a la sazón, anterior cliente de quien aconsejaba), resultando finalmente que, desoyéndose el consejo,  se cumplió la profecía y el avisado quedó escarmentado.

Dicho esto, hace un par de semanas, en el despacho vivimos una situación parecida, si bien, esta vez,  el aviso del abogado que nos precedía nos permitió tratar con el cliente el tema de los honorarios como condicionante para aceptar el encargo. Al final, el potencial cliente desistió y se marchó con el asunto en busca de otras tierras, lo que seguramente nos habrá ahorrado muchas preocupaciones.

Sabedor de que ya había escrito sobre este asunto, he recuperado el post, pues para los que en su día lo leyeron, bien les vendrá una nueva ojeada, y para aquellos que no, que aprovechen de las enseñanzas que nos dio nuestro compañero, el avisado y escarmentado Antonio, protagonista del relato.

“La semana pasada, en la puerta de una sala de vistas, me encontré a Antonio, un compañero que no veía desde hacía años, y charlando sobre los clientes (algo muy recurrente entre abogados) me ilustró con detalle sobre una experiencia que acaba de “padecer” con uno de ellos, lamentándose de lo ingenuo que había sido cuando, un año atrás, no escucho a otro letrado que ya le avisó sobre el riesgo que corría de no cobrar sus honorarios con ese cliente.

Al parecer, el cliente se presentó en su despacho hace cosa de un año, indicándole que deseaba que se hiciera cargo de sus asuntos, pues había concluido la relación con su anterior abogado, lo cual justificaba por no sentirse adecuadamente defendido.

Una vez contactó con el letrado a efectos de solicitar la venia, se citó con éste en su despacho, donde repasaron los asuntos y las medidas urgentes a adoptar en alguno de los mismos. El compañero saliente le dijo a nuestro abogado, con cierto despecho, que la razón de la terminación de la relación no había sido causada por su estilo de defensa, sino porque el cliente no pagaba desde hace meses sus honorarios y él, es decir, el propio abogado,  había decidido dar por terminada la relación profesional. Y para concluir, le dijo literalmente lo siguiente: “Ten cuidado, que este cliente tampoco pagará tu minuta”

Antonio, agradeció el consejo, pero en su fuero interno pensó “si claro, lo que pasa es que has perdido al cliente y estás irritado. Ya me ocuparé yo de que me pague”

Lo cierto es que, tras unos meses de pago puntual de la iguala e incremento desproporcionado del numero de asuntos encargados, el cliente dejó de pagar la misma y pasaron hasta siete meses de audiencias previas, juicios, asistencia a declaraciones de imputados, testigos, redacción de contratos, estatutos sociales, etc… sin que Antonio viera un solo euro.

Al final, paso lo que tenía que pasar y nuestro abogado, desesperado y harto de trabajar y no cobrar, y, lo que es peor, exponiendo su responsabilidad  profesional en un elevado número de procedimientos, decidió cortar con el cliente, muy amablemente, eso sí, pero dando por terminada la relación.

Lo curioso del asunto, es que al cabo de los tres días de anunciarle la terminación, el cliente se presentó a retirar sus asuntos acompañado de un nuevo abogado, al que Antonio cumplimentó concediéndole la venia. Al día siguiente, decidido a sacarse la espinita que tenía dentro (y continuar con la tradición iniciada por el primer letrado), Antonio contactó por teléfono con el abogado entrante, y le dijo: “No sé lo que te habrá contado el cliente para justificar el cambio de letrado, pero voy a darte un consejo: Ten cuidado, que este cliente tampoco pagará tu minuta”

Creo que a la vista del relato anterior poco hemos de añadir, salvo precisar que esta experiencia la hemos vivido muchos letrados, y a veces no escarmentamos, pues un cliente es un cliente, y siempre se piensa que quizás nuestro estilo personal y profesional va a hacer que aquel se sienta mejor y que va a estar encantado de pagarnos.

Nada más lejos de la realidad, pues cuando un cliente viene “rebotado” de otro despacho por cuestiones de honorarios,  es más que probable (aunque lógicamente hay excepciones) que vuelva a caer en la misma conducta. Desconozco la razón de tal proceder, pero lo cierto es que la experiencia nos informa que esto es lo habitual. Por ello, los abogados hemos de ser precavidos, y cuando recibamos a un cliente de esta naturaleza, y tras sopesarlo decidamos aceptarlo, tendremos que adoptar desde el principio las medidas que nos permitan que el cliente tenga muy, pero que muy claro, que el pago de los honorarios va a ser determinante para la estabilidad de la relación.

Para ello, dispondremos de la inestimable ayuda de la hoja de encargo, en la que podremos establecer las estipulaciones que garanticen el pago puntual y las consecuencias del impago de los mismos, sin olvidar la importancia de ser asertivo y transmitir con claridad al cliente la importancia que para nuestro despacho tienen nuestros honorarios.

Ya lo dijo Juan Valera: “De los escarmentados nacen los avisados”

 

 

 

 

 

 

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La ira en un asunto influye en otros cien. De modo que no puede haber abogado irascible.

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“Quien me insulta siempre no me ofende jamás” Victor Hugo.

Por todos los abogados es conocido que nos enfrentamos constantemente a situaciones irritantes que, de no ser por la moderación que nos imponemos, sacarían lo peor de nosotros; la injusticia, la venganza, el resentimiento, la decepción, la frustración, la mala educación, la falta de respeto, no son más que algunas de las realidades que surgen inevitablemente en los escenarios de contradicción en los que hemos de interactuar.

Frente a estas situaciones, el abogado, como ser humano, puede fácilmente reaccionar de dos formas: actuar asaltado por la ira o, a pesar de la sentida indignación, mantener el control y actuar consecuentemente en busca de la consecución de nuestros objetivos.

Será pues objeto de este post, reflexionar sobre la conducta más conveniente a seguir cuando estamos dispuestos a reaccionar frente a alguno de esos acontecimientos desagradables que surgen en nuestro quehacer diario.

Para ello, lo primero que hemos de hacer es distinguir entre los posibles desencadenantes que la provocan, puesto que podemos encontrar tanto actitudes de terceros derivadas del contexto en el que actuamos y que provocan enorme malestar, como conductas ya totalmente improcedentes e injustificables.

Respecto de las primeras, es normal que se conciten tanto envidias, resentimientos, egos quebrantados como heridas resultantes del combate, y que suelen provenir de la parte perjudicada por nuestra defensa. ¿Quién no ha sufrido descalificaciones incluso personales por la parte contraria, hundida en el dolor amargo de la derrota?; no es de extrañar que el contrario nos identifique con su adversario y proyecte en nosotros sus frustraciones. Igualmente, y esto es más triste aun, es nuestro propio cliente, quien decepcionado ante el resultado no deseado, recarga las tintas contra su propio letrado con comentarios hirientes. Finalmente, incluiríamos en este grupo la incomprensión, a veces mudada a desprecio, que algunos sectores sociales conciben contra el abogado por el mero hecho de ejercer su sagrado derecho de defensa respecto de alguien que ya ha sido condenado socialmente.

En cuanto a las segundas, a veces nos encontramos con conductas hostiles de compañeros, jueces o de servidores de la administración, que injustamente depositan en nosotros su frustración con salidas de tono o comentarios irrespetuosos mimetizados en forma de consejos, admoniciones o sugerencias que no hacen más que intensificar el daño creado.

Ambas situaciones, suelen tener en el abogado un profundo efecto negativo, pues suelen socavar los pilares de su autoestima profesional y personal, y con ello incluso la confianza que mantenemos en nuestro criterio, lo cual puede ser de consecuencias imprevisibles para un joven abogado cuyos cimientos vocacionales están en plena construcción.

Situada la cuestión, considero que el proceder de todo abogado debe guiarse por una serie de principios que pasamos a epigrafiar:

1º.- Prudencia: La prudencia, entendida como capacidad de analizar de forma reflexiva y atenta el tipo de acción que vamos a emprender y antes de llevarla a cabo, nos impone mantener un comportamiento sereno y calmado ante situaciones que puedan enojarnos y provocar una reacción desmedida que, a la postre, podrá causarnos perjuicios irreparables. Hay que pensar y conservar la calma cuando se presentan los problemas.

2º.- Paciencia: Entendida como la virtud para soportar con entereza situaciones difíciles y complicadas que entrañan grandes dificultades y la capacidad de actuar de forma perseverante y sin alterarnos por las contrariedades que podemos encontrarnos por el camino, constituye una herramienta ideal para, con templanza y el justo equilibrio en el actuar, evitar aquellas situaciones que puedan provocar una falta de control y disponer de la serenidad para actuar contundentemente en defensa de nuestros derechos.

3ª.- Desdén: Actuar con indiferencia, o incluso un desprecio sutil, es generalmente la mejor medicina para soportar los males de opinión, pues el desdén conlleva un componente de confianza y convencimiento en lo que hacemos, que supondrá una cota de malla protectora frente a los dardos de aquellos males. El desdén es el equivalente al refrán popular “ande yo caliente y ríase la gente” o, si queremos algo más sofisticado, nos decía el gran Da Vinci que “Quien de verdad sabe de qué habla, no encontrará razones para levantar la voz”

4º.- Moderación: Fruto de la paciencia y la prudencia, el único resultado previsible de un abogado ante estas situaciones es actuar siempre con moderación, es decir, evitando caer en la ira, la pérdida de control, el grito, el insulto o la hostilidad descontrolada; al contrario, hemos de reflexionar en microsegundos y optar por una conducta que nos permita controlar los acontecimientos y, de esta forma, no poner en juego la consecución de nuestros objetivos o sufrir un daño por nuestras acciones.

5º.- Relativizar: El calor del momento es un consejero muy traicionero, pues nos impide evaluar lo que está ocurriendo en su justa medida, por lo que es muy aconsejable morderse la lengua y darse un mínimo tiempo para afrontar la situación con más frialdad. Para ello, tirando de la serenidad que nos da la moderación, actuaremos en consecuencia y, posteriormente, ya contemplaremos con más tiempo lo ocurrido. “Contra la ira, la dilación´” decía Séneca.

6º.- La defensa de nuestros derechos: Todo lo anterior no puede identificarse con pusilanimidad o debilidad de carácter, sino todo lo contrario, pues no hay mayor grandeza que actuar con moderación cuando todo está en nuestra contra. De hecho, se dice que la moderación es “la elegancia en el apremio”. Ahora bien, dicha moderación no está reñida con la defensa de nuestros derechos, empleando la seriedad y contrariedad que queramos transmitir; si hay que protestar citando algún derecho, si hay que llamar la atención, si hay que poner a alguien en su lugar, habrá de hacerse pero siempre evitando la desconsideración personal o la pérdida de las formas.

Concluyo con una cita de don Angel Ossorio y Gallardo:

La ira de un día es la perturbación de muchos; el enojo experimentado en un asunto influye en otros cien. Ira es antítesis de ecuanimidad. De modo que no puede haber abogado irascible.

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Que el cambio tecnológico no haga perder la sensibilidad al abogado.

19.06.2017 Categoría: Mi Práctica diaria Comentarios
Óscar León: Por no ser accesible, perdí el asunto y quizá el cliente

Los avances tecnológicos están siendo fundamentales para la transformación de la abogacía, lo que está influyendo lógicamente en la forma en la que los abogados ejercemos nuestra profesión. Avances positivos, al menos es lo que se vislumbra, en un nuevo escenario en el que nos encontramos más informados, mejor preparados, más presentes y con mayor disposición de tiempo.

¿Y todo esto para qué?

¿Para que seamos más efectivos? o ¿quizás más eficaces?, ¿para ser más competitivos?, ¿para que nuestras empresas (despachos) sean más rentables? ¿para ahorrar tiempo?

Sin negar que el cambio tecnológico favorece la consecución de dichos objetivos, en mi opinión la respuesta adecuada sería “para dar un mejor servicio a mi cliente”, y si afinamos un poco más, la contestación podría centrarse en “para la mejor defensa de mi cliente”.

Sin embargo, lo paradójico de este nuevo contexto tecnológico reside en que lo positivo y favorable del mismo puede transformarse en negativo y perjudicial para nuestra práctica profesional; mayor eficacia, eficiencia, productividad, ahorro de tiempo, etc., en lugar de ir destinado al cliente, puede, convirtiéndose en un fin en sí mismo y olvidarse del verdadero vértice que inspira nuestra profesión, que no es otro que la persona a quien brindamos nuestra asistencia.

Y cuando señalo a nuestro cliente, me estoy refiriendo a su situación personal, a esa singularidad que entra en nuestra vida profesional de repente, con toda su carga emocional, generalmente alterada por el problema que lo hace llamar nuestra puerta, estado anímico que el abogado, dotado de una extraordinaria sensibilidad, debe conocer, cuidar y reconducir humanamente durante el desarrollo del asunto, porque la defensa del cliente no se limita a la aplicación de unos conocimientos jurídicos mediante consejo, mediación o defensa en el foro, sino que se extiende, como presupuesto previo a dicha actuación, a comprender y entender al cliente, conocer sus pasiones y sentimientos e incluso sus sufrimientos.

Esta sensibilidad, de la que ya hablaba don Angel Ossorio en su “Alma de la Toga” hace cien años, puede perderse si los cambios tecnológicos nos alejan del cliente, convirtiéndolo en una estadística más, el un algoritmo perdido en el laberinto con el que no es preciso interactuar más allá de un primer contacto (probablemente por medios telemáticos) en el que, gracias a la tecnología, los contenidos, las preguntas, el tiempo estarían protocolizados y previstos en un carrusel de insensibilidad y deshumanización.

Por ello, los abogados no hemos de caer en el riesgo de convertirnos en autómatas, embrutecidos por un trabajo insensible y alejados del pálpito de nuestro cliente, porque de lo contrario, iremos, poco a poco, siendo menos abogados.

Hecha esta reflexión, no querría concluir el post sin mencionar algunas medidas de prevención para evitar que, imperceptiblemente, la tecnología inunde nuestros despachos con esa carga de profundidad letal que constituye el olvido del cliente.

-          Las reuniones con el cliente, salvo para cuestiones puntuales, deberán realizarse personalmente; de esta forma, no solamente tendremos una visión más completa del problema, sino que podremos conocer a su persona, su forma de pensar, de sentir el trance que está viviendo y como debemos de relacionarnos con él.

-          Durante la relación profesional, hemos de mantener con el cliente contactos formales (para informarle del estado de su asunto) como informarles (simplemente para que sepa que estamos ahí), y ambos contactos habremos de procurar realizarlos personalmente. De esta forma, fortaleceremos la confianza, indispensable en nuestra relación.

-          Cuando dudemos entre llamar a un cliente o enviarle un e-mail, escoger lo primero.

-          Fijar en nuestra memoria la idea de que detrás de la mejora de los servicios, del ahorro de tiempo, de la rentabilidad de nuestras empresas, hay un ser humano que siente y sufre y que requiere nuestra comprensión y apoyo.

Y concluyo reproduciendo el final de un post que escribí ahora hace ahora un año, titulado “Transformemos la abogacía, pero por favor cuidemos de su esencia” (http://oscarleon.es/transformemos-la-abogacia-pero-por-favor-cuidemos-de-su-esencia/)

“…el Gurú de los negocios Peter DrucKer, ya señaló que las normas culturales, estrategias, tácticas, procesos, estructuras y métodos cambian continuamente para dar respuesta a los cambios del entorno, lo que motiva que las organizaciones (entre ellas nuestra profesión) se vean abocadas a estimular el progreso a través del cambio, la mejora y la innovación (igualmente a través de la renovación).

Y esta es la gran paradoja: adaptación y transformación de la profesión, pero con el necesario anclaje de una serie de principios y valores que han inspirado la idea de la abogacía desde sus inicios.  Ya lo decía Drucker “los que mejor se adapten a un mundo tan cambiante son las que mejor saben lo que no deben cambiar”

Por ello, mi reflexión final es que los abogados nos encarguemos de hacer guardar, con más fuerza que nunca, la vigencia de estos principios y que, todos a una, seamos los responsables de una evolución ejemplar, sin precedentes, de nuestra profesión”.

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Nadie dijo que la abogacía seria fácil.

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Esta frase fue la que pronunció mi maestro cuando, herido en mi orgullo, le comenté lo mal que lo había pasado tras la lectura de la contestación a mi primera demanda, queja provocada por el tono desabrido empleado por el abogado contrario en la contestación, y que rozaba el desprecio no solo a la argumentación en la que tanto había trabajado, sino igualmente al propio redactor del texto. Aquello no era mordacidad, sino un ataque directo a la autoestima personal y profesional del contrincante.

Con el paso del tiempo fui aprendiendo que el día a día del abogado estaría plagado de situaciones desagradables consecuencia de la contradicción que impera en nuestra labor, pero que siempre encontrarían su complemento en otras más favorables y positivas. De hecho, esta complementariedad o alternancia de situaciones que repercuten claramente en nuestro estado anímico, es la que nos permite sobrevivir en este complejo entorno en el que hemos escogido deambular.

Sin embargo, en ocasiones, junto a estas situaciones difíciles y que podemos considerar “normales”,  a veces se producen otras muy complicadas que son las que desgastan, deterioran e incluso hacen replantearse la profesión a más de un compañero debido al potencial que tienen para alcanzar y dañar no solo al profesional, sino igualmente a la persona. Con ello me refiero a escenarios que se alejan de la normalidad y pasan al capítulo de lo imprevisto, indeseado y temido, provocando en el abogado pesadumbre, tristeza y un deseo inconsciente de, como anticipaba, abandonar la profesión.

Compañeros que nos muestran a las claras una hostilidad absurda y desproporcionada al defender a su cliente; jueces que en sala se dirigen a nosotros de manera desabrida, recriminatoria y carente de la más mínima sensibilidad; clientes que transmiten incomprensión y desconfianza a pesar de nuestro esfuerzo y entrega o que, sin esperarlo y sin razón plausible, nos sustituyen por otro letrado, sin olvidar la Espada de Damocles de una denuncia injusta; y que decir de las sorpresas que nos producen algunas resoluciones tras un trabajo agotador, quizás tras años de esfuerzo, cuando teníamos la firme convicción de una victoria…(estas conductas se examinan más a fondo en el post ¿Por qué es difícil ser abogado? http://oscarleon.es/por-que-es-dificil-llegar-a-ser-abogado/)

No es de extrañar por tanto que muchos compañeros se rindan tras años de ejercicio.

Ahora bien, los que hemos sobrevivido y seguimos aquí, sin saberlo, hemos ido descubriendo algo parecido a un bálsamo de Fierabrás que nos ha ayudado a curar las heridas (que no las cicatrices) y a seguir en la contienda con buen ánimo a pesar de tantas y tantas dificultades.

Por ello, me gustaría contribuir humildemente a facilitar algunos de los ingredientes (pues la fórmula magistral sólo se alcanza con el paso de los años y la experiencia), con el deseo de que compañeros más jóvenes, o incluso aquellos que tengan el firme propósito de comenzar a ejercer puedan servirse de ellas.

1º.- Sabiduría, no exenta de previsión, para ser consciente de que la abogacía es una tarea difícil y compleja, en la que se van a producir, más temprano que tarde, muchas de estas situaciones desagradables. El mero hecho de ser consciente de su existencia y posible acaecimiento ya rebaja el efecto que pueden tener sobre nosotros.

Igualmente, sabiduría para reconocer que frente a estas incidencias, existen también momentos agradables y felices que nos hacen disfrutar de la profesión, y que probablemente volverán a producirse tras la tormenta que estemos viviendo.

2º.- Fortaleza, para soportar el impacto de las mismas, pues hay que ser fuerte y no venirse abajo cuando estas se produzcan, sino que hay que mirarles a la cara y, bien pertrechados de paciencia, prudencia y autocontrol, saber afrontarlas con recursos que nos den la suficiente frialdad para salir con el menor daño posible.

3º.- Alta tolerancia a la frustración, que es la capacidad para tolerar o hacer frente a las situaciones que no se ajusten a nuestros deseos y necesidades como consecuencia de disponer de unas creencias más realistas y ajustadas a la realidad. De este modo, ante los problemas, si bien podemos sentir contrariedad o malestar, ello no le impide continuar con la búsqueda de nuestros objetivos. Esta habilidad es fundamental para nosotros, pues los tiempos de recuperación se acortan notablemente tras el mal trago, y pronto volvemos a estar a pleno rendimiento (si quieres leer más sobre este tema puedes ver el post Abogados y Tolerancia a la frustración http://oscarleon.es/abogados-y-tolerancia-a-la-frustracion/).

4º.- Y humildad para buscar la ayuda de algún compañero más experto que pueda aconsejarnos, pues compartiendo no solo se descarga el dolor, sino que se crece ante la adversidad.

No lo dudes, si sufres una situación complicada en tu ejercicio profesional aplica estas habilidades que sin duda te ayudarán a entenderla y superarla en el más corto espacio de tiempo, pues ya sabes que los abogados, si no tenemos tiempo para ponernos enfermos, menos tenemos para venirnos abajo.

Y concluyo con esta reflexión que encontré hace años en internet y que, de alguna forma, resume todo lo expuesto:

“Como el fuego forja el hierro en el yunque, la necesidad y la preocupación diaria forja la personalidad del Abogado. Un gran número de ellos se dan de baja y se dedican a otra cosa cuando llevan años de ejercicio, quince años si no antes…, desesperados, agotados, fracasados. Es una profesión para superciudadanos y superciudadanas, sin ningún tipo de reconocimiento social ni reciprocidad, pero el que consigue la cima, siempre con mucho dinero o apoyo político, ve incrementar su poder y autoridad académica; más que una profesión, la vocación de Abogado es propia de los héroes”.(www.terraes/personal/lealabogados/blockabo.htm)

 

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