Categoría: Mi Práctica diaria

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¡Ahora no me puedo poner! Dile que lo llamo más tarde…

FATIGA

Desde el momento en el que comienza la relación con el cliente, los abogados nos encontramos comprometidos y orientados a prestarle el mejor servicio posible, si bien la influencia de numerosos factores que complican nuestro trabajo diario provoca que, muy a pesar de nuestro deseo, se produzcan situaciones de falta de atención que ponen en riesgo la continuidad de la relación ante la pérdida de confianza del cliente. En este post, publicado en 2015 bajo el título “Cuando el despacho atiende al cliente pero el abogado no”, y que hoy recuperamos debidamente actualizado , reflexionamos sobre esta situación y ofrecemos algunas vías de solución.

“Al hilo de las cuestiones de atención al cliente que vienen siendo tratadas en este blog, hace unos días tuve la ocasión de reflexionar en un seminario con otros compañeros sobre si los abogados que estamos comprometidos con prestar un servicio de calidad al cliente, lo estamos realmente o, por el contrario, todo es cuestión de buena voluntad que, al final, se convierte en agua de borrajas.

Centrados en el tema, llegue a la conclusión de que si bien muchos despachos pueden estar verdaderamente orientados al cliente, lo cierto es que en nuestro trabajo concurre tal cúmulo de circunstancias que reclaman nuestra intervención (y que suelen transformarse en preocupaciones), que la atención personalizada del abogado al cliente suele fracasar.

Para ilustrar esta idea, comentamos entre todos algunas de las cuestiones que se suscitan en el día a día de los abogados, y que hoy podemos resumir en las siguientes:

-          La responsabilidad vinculada al cumplimiento de plazos inmediatos.

-          El señalamiento de actos judiciales que reclaman su preparación.

-          El coste energético que supone la celebración de un juicio.

-          El torrente diario de llamadas y correos electrónicos (¿Wasaps?)

-          Las notificaciones diarias que nos llegan de procedimientos de todo tipo que, a su vez, reclaman nuestra atención y la toma de decisiones.

-          Las malas y buenas noticias que recibimos a través de dichas notificaciones.

-          Reuniones de trabajo

-          Visitas de clientes.

-          La preocupación por el cobro de honorarios y el efecto de su falta en nuestra economía.

-          Las horas interminables de trabajo.

Pues bien, no es de extrañar que durante una jornada normal de trabajo, el abogado se encuentre tenso, inquieto, intranquilo, preocupado, etc…, aunque lógicamente es un estado al que se ha acostumbrado y que le permite precisamente solucionar las distintas cuestiones que lo reclaman (algo parecido al estrés bueno).

La cuestión que surgió en el debate fue ¿en este contexto y estado, somos capaces de atender de forma excelente a los 10, 15 o 20 clientes que cada día demandan nuestra atención?

Llegados a este punto, una mayoría de los abogados presentes reflexionaron sobre lo que habían sentido ante las visitas y llamadas de los clientes en las últimas jornadas y, de forma sorprendente, en que aproximadamente solo en un 10 % de las mismas los abogados se sentían cómodos y relajados, sintiéndose en el restante 80 % algo perturbados por uno otro motivo (tengo cosas que hacer; no he hecho todavía el contrato; ahora me tengo que ir; no voy a acabar este escrito, etc. ), lo que repercutía negativamente en una falta de atención.

Esta realidad, que desgraciadamente va en contra de los principios de fidelización al cliente, está ahí y aquellos que estamos comprometidos con dar un servicio de calidad debemos ser conscientes de la misma y hacer todo lo posible por evitar caer en tales situaciones, pues de poco o nada valdrá que orientemos nuestro despacho al cliente adoptando diversas medidas en tal sentido (personal, instalaciones, información, etc.) si luego los abogados, a nivel personal, continúan abstraídos y focalizados en el trabajo, rechazando implícitamente el contacto con los clientes y transmitiendo a los mismos un mensaje contradictorio con el que les envía nuestra organización.

Por ello, es fundamental que los abogados hagamos una reflexión sincera y examinemos nuestro grado de tolerancia diaria con los clientes, y si el resultado es negativo, tendremos no sólo que volver a imbuirnos de la filosofía de atención al cliente, sino adoptar medidas de organización, planificación, gestión de tiempo, de la información, etc. que nos ayuden a lograr mantener un contacto con los clientes satisfactorio, en ambas direcciones.

Por lo tanto, si eres consciente que quieres pero no puedes dar un buen servicio a todos tus clientes, tienes que parar, templar y descubrir dónde está la fuga; a continuación, procura cerrarla y a experimentar hasta que logres tu objetivo.  En la medida en que esto funcione, la atención al cliente de nuestra organización mejorará sustancialmente.

Concluir señalando que no hemos de olvidar que somos abogados porque nos gusta lo que hacemos, y por tanto, se presume que hemos de “disfrutar” con nuestro trabajo (en el que se incluye el hablar con los clientes). Si esto no se cumple y no somos capaces de solucionarlo, habrá que ser valientes y cuestionarnos muchas cosas. Pero esto es otra historia”

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Ese vacío con el que sales del juicio…

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Hoy se ha celebrado ese juicio que tanto tiempo llevabas esperando.

Lo tenías perfectamente preparado: los interrogatorios de parte, testigos y peritos estaban completamente cerrados y listos para su ejecución; el alegato, perfectamente ensamblado y estructurado para mantener la atención del juez y lograr la tan deseada persuasión, y, sobre todo, un maletín repleto de entusiasmo, no exento de cierto temor e incertidumbre.

El juicio se desarrolló más o menos según lo previsto, pues, afortunadamente, en este asunto la razón estaba clara, si bien ahora tocaba que te la dieran. Digamos que saliste satisfecho de la sala y pudiste comprobar como el cliente, aun asaltado por miles de dudas, reconocía tu buen hacer y un moderado optimismo.

Sin embargo, tras despedirte del cliente y dirigirte al parking, te iba embargando una sensación, mezcla de inseguridad, incertidumbre y preocupación desconocida minutos antes. Esa pregunta a la parte que no hiciste, esas respuestas del testigo al compañero contrario, aquel detalle en el que incidió el perito con tozudez, las notas que tomó el juez mientras el compañero informaba (¿tomó alguna nota mientras lo hacías tú?), son pensamientos que iban nublando tu mente y que hacían que tu corazón latiera más rápido y que tu rostro se tornara algo descompuesto.

¿Qué te estaba ocurriendo?

Esta situación que hemos vivido todos los abogados no es más que la proyección que sobre el abogado realizan determinados pensamientos negativos derivados de la incertidumbre del litigio. Bajo este escenario, lo que antes era confianza y seguridad se torna en dudas e inseguridad, y ahora surge en la mente, como una realidad, la posibilidad de que el pleito se pierda.

Hoy traigo esta experiencia a colación con el fin de realizar una doble reflexión que nos ayudará más a valorar la profesión y, como no, a quienes la practican.

La primera, se centra en destacar que el trabajo central de nuestra profesión, o lo que es lo mismo, asesorar, mediar o defender en el contexto de una controversia, es sumamente complejo y difícil, precisamente por la contradicción que se respira constantemente, y que hace que nuestro trabajo esté condicionado por la otra parte, y por otros múltiples factores que hacen depender nuestro éxito o fracaso de un tercero o de circunstancias a veces ajenas a nuestra voluntad. Llegado este punto me gusta recordar la preciosa frase de Ossorio que nos dice que “nuestra labor no es de estudio sino de asalto y, a semejanza de los esgrimidores, nuestro hierro actúa siempre sometido a la influencia del hierro contrario, en lo cual hay un riesgo de perder la virtualidad del propio”

La segunda, y consecuencia de lo anterior, es el desgate físico y psíquico que a veces supone el litigio para el abogado, pues el compromiso de la defensa es de tal suerte que,  sin identificarnos con el cliente, a veces padecemos y sufrimos en similar medida que éste. El pleito, con todos sus interrogantes, incertidumbres e imprevistos nunca dará tregua al abogado, y hasta que no se dicte la última sentencia, multitud de horas de trabajo, de esfuerzo y de ilusiones penderán de un hilo. Y eso, naturalmente, tiene un coste.

Estas brevísimas reflexiones, lejos de frustrarnos, deben animarnos a seguir el camino trazado por nuestra profesión, pues hemos de ser conscientes que como el fuego forja el hierro en el yunque, la necesidad y la preocupación diaria forja la personalidad del Abogado, la cual, superados algunos años de experiencia, será un activo insustituible no solo para nuestra labor, sino para la propia vida familiar y social del letrado, todo un tesoro del que hemos de estar muy orgullosos.

Así que, si hoy has salido del juicio hondamente preocupad@, respira hondo, sonríe, y comienza con el próximo asunto, pues el hierro se forja, pero difícilmente se destruye.

 

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¿Qué podemos hacer los abogados para revitalizar el informe oral?

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Si bien conforme a la actual tendencia a la oralidad en los procesos el informe oral está concebido por el legislador como un trámite esencial en la mayoría de los órdenes jurisdiccionales, lo cierto es que si acudimos a la práctica diaria forense, nos encontramos ante su cuestionamiento por los principales operadores jurídicos: abogados y jueces. Las razones son diversas, manteniendo cada colectivo un criterio que, de alguna forma, responsabiliza al otro de dicho recelo, todo ello sin olvidar la secular situación de la Administración de Justicia, cuya perniciosa influencia se proyecta sobre este trámite. En este complejo escenario, la presente colaboración ofrece una propuesta a los abogados para mejorar la calidad de sus informes orales, adaptándolos a las actuales circunstancias.

(Artículo publicado en Diario la Ley nº 10, Sección Legal Management, 28 de septiembre de 2017.)

I. La importancia del informe oral

El informe oral tiene una importancia de primer orden no solo para el completo y eficaz desarrollo del proceso, sino para el propio ejercicio derecho de defensa del ciudadano incardinado en el art. 24.2 de nuestra Constitución (LA LEY 2500/1978), pues a tenor de la actual tendencia a la oralidad en los procesos y a la inclusión de este trámite en la práctica totalidad de los procedimientos seguidos en primera instancia ante los diferentes órdenes jurisdiccionales, resulta indudable la importancia con la que ha sido concebido.

Efectivamente, para confirmar dicho valor, hemos de partir de dicha tendencia, lo que implica que si el legislador ha confiado en dicha oralidad, materializada de modo expreso en el trámite de informe o conclusiones, será porque este se considera un trámite adecuado, conveniente y útil para la consecución del fin último que es la impartición de Justicia. De lo contrario, ¿qué sentido tendría su regulación en sede de los procedimientos más habituales de todas las jurisdicciones?

En segundo lugar, tomando como modelo el procedimiento ordinario del art. 433 de la LEC (LA LEY 58/2000), «las conclusiones o alegaciones conclusivas son actos procesales de parte que tienen por objeto la crítica del resultado de las pruebas practicadas en el proceso y la reconsideración de las tesis jurídicas mantenidas» (modelo este exportable al resto de las jurisdicciones), lo cierto es que un trámite en el que las partes valoren las pruebas practicadas en presencia del juez y planteen sus argumentaciones jurídicas a la vista de dicha valoración, se antoja más que necesario para fundamentar, de hecho y de derecho, la pretensión de cada parte con el fin de que el juez se ilustre a fin de adoptar una u otra tesis. Es decir, con este trámite contradictorio, se facilitan al Juez los datos esenciales de la problemática del pleito, fáctica y jurídica, alcanzando con mayor facilidad la comprensión que le llevará a la resolución del caso.

Y finalmente, y no por ello menos importante, la práctica del informe oral es garantía del derecho de defensa (art. 24.2 de la Constitución (LA LEY 2500/1978)), pues la finalidad del mismo (persuadir y convencer al juez de nuestra pretensión valorando las pruebas que se han llevado a cabo en el juicio y argumentando en derecho) y el contexto en el que se materializa (oralmente y en presencia del juez), hacen que la exposición del informe oral sea quizás uno de los momentos claves para la materialización de aquél derecho.

Por lo tanto, creo que no existe duda alguna sobre la importancia que, ab initio y partiendo de su regulación positiva, ostenta el informe oral en el ordenamiento español.

II. La perversión del dogma

Curiosamente, si descendemos a la arena del foro este «dogma» se encuentra cuestionado precisamente por los operadores jurídicos que participan de forma activa y exclusiva en su puesta en práctica diaria: los jueces y abogados. Efectivamente, basta cambiar impresiones con los compañeros de profesión y con algunos jueces, e incluso leer algunos artículos elaborados por ambos profesionales y que tratan este espinoso asunto, para concluir que el trámite de informe oral se encuentra muy cuestionado en la práctica forense.

Resumiendo las impresiones negativas a las que nos referimos, podíamos destacar las siguientes, distinguiendo entre lo que opinan algunos jueces y abogados (1) :

1. Lo que opinan algunos jueces

  • El informe es un trámite inútil pues, tras la prueba, ya está definido el criterio a adoptar.
  • El informe no me ilustra de nada nuevo, pues tras la prueba el juez se encuentra suficientemente instruido.
  • El informe no valora la prueba, se centra solo en argumentos jurídicos. Lo que importan son los hechos probados más que el derecho aplicable.
  • A través del informe oral se reproduce la demanda y la contestación y no se aporta nada nuevo.
  • Se reiteran hasta la saciedad los argumentos.
  • El informe carece de orden y estructura, y se plantea de forma deslavazada.
  • Se invoca la jurisprudencia de forma generalizada o se produce un exceso en su cita.
  • El abogado actúa con excesivo dogmatismo ante el juez.
  • El abogado trata de lucirse ante el cliente, y se olvida de centrarse en lo verdaderamente importante del informe.
  • Se lee íntegramente el informe sin levantar cabeza.
  • El abogado habla tan rápido que es imposible seguirle.
  • La duración del informe es excesiva.

Si observamos las impresiones o quejas más habituales, encontraremos tres perspectivas: la primera, la de aquellos jueces que sencillamente no creen en el informe oral, y si por ellos fuera, lo suprimirían (esto me lo confesó un juez en una conferencia que impartí recientemente); una segunda, en la que el juez no extrae beneficio alguno del informe oral pues no recibe la información que necesita del abogado; finalmente, la tercera destaca la imposibilidad de prestar la atención debida al informe a resultas de una mala praxis en la exposición del mismo por parte del abogado.

2. Lo que opinan algunos abogados

  • El informe es un trámite inútil pues, tras la prueba, ya está definido el criterio a adoptar por el juez.
  • El juez impone una duración del informe excesivamente corta y que hace imposible cumplir con la finalidad del mismo.
  • El juez no presta atención al informe (despacha con el personal auxiliar asuntos que pueden —y deben— esperar otro momento; hace entrega o recibe documentos o papeles ajenos a la vista; lee autos de otro procedimiento; miradas al reloj, gestos que denotan cansancio y aburrimiento).
  • Se realizan muestras de aprobación o desagrado durante el informe de una parte, y en ocasiones, se mira furtivamente a una de las partes indicando cansancio o disgusto por la intervención de la otra.
  • Se interrumpe el informe de una de las partes sin haberse realizado al comienzo prevención alguna sobre las razones que han motivado la interrupción.
  • Se advierte al abogado de la necesidad de ir terminando o concediendo un tiempo inviable para ello, cuando, a criterio del abogado, el informe no ha cumplido con su función.
  • El juez, a pesar de que el compañero contrario está incurriendo en diversos fallos en la exposición del informe, en lugar de llamar la atención del abogado, se limita a transmitir su frustración a través de un claro lenguaje no verbal.

A la vista del anterior catálogo, observamos que las quejas se centran en dos posturas: por un lado, los que no creen en el informe oral (sencillamente, no se confía en su utilidad procesal); y aquellos que consideran que el informe oral no alcanza su finalidad debido a la actitud de los jueces ante el mismo, quienes no prestan atención durante su exposición o siguen una mala praxis forense a la hora de gestionar este trámite.

Como vemos, en el cuestionamiento del informe oral las posturas de ambos operadores jurídicos están muy encontradas, y fuera de los supuestos en los que no se cree en dicho trámite, las quejas se dirigen generalmente al lado opuesto.

III. ¿Qué podemos hacer los abogados para revitalizar el informe oral?

Ante esta dualidad, la cuestión es ¿qué podemos hacer los abogados para revitalizar el informe oral?

En primer lugar, y siguiendo la famosa plegaria de la serenidad («Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que puedo, y sabiduría para reconocer la diferencia»), desecharía cualquier intento de convencer a aquellos que, por sistema, no creen en el informe oral, y muy especialmente a los jueces que mantienen dicho criterio, pues veo muy difícil que argumento alguno pueda alterar una opinión enraizada en alguien tan vinculado al ordenamiento jurídico como un juez. Aceptemos pues que siempre habrá jueces que no crean en el informe oral. En cuanto a los abogados que no creen en el informe oral, creo que podrían cambiar su criterio, si bien va a ser harto difícil, pues su sensibilidad es muy alta frente a aquellos jueces que, como hemos señalado, mantienen dicho posicionamiento.

Sin embargo, si partimos de la mayoría de las críticas realizadas por ambos colectivos, lo cierto es que se observa que las mismas se centran en la mala praxis de los abogados y jueces a la hora de exponer y prestar atención respectivamente al informe oral.

Sobre la base de esta conclusión, y partiendo de mi rol de abogado en ejercicio, considero que mi modesto esfuerzo para mejorar esta situación (y el de todos mis colegas), reside en buscar vías de mejora para la exposición del informe oral por parte de los abogados, pues no es nuestro papel en esta colaboración aconsejar a los jueces al respecto. ¡Doctores tiene la Iglesia!

Ahora bien, para ello, hemos de partir de una serie de ideas que son esenciales para poder abordar cualquier propuesta de mejora de la intervención del abogado en este trámite.

1.º Situación actual de la Administración de Justicia: No podemos engañarnos, y obviar que actualmente existe una verdadera situación de colapso judicial que motiva que los jueces tengan que escuchar entre diez y quince informes en una sola jornada (en la que a los juicios se otorgan duraciones de entre diez a treinta minutos), lo que, lógicamente, genera en los jueces un cansancio y una falta de motivación que condicionará notablemente la atención a la exposición del abogado. (2) Mientras persista este escenario y no se adopten soluciones de mejora, los abogados debemos concienciarnos que la concisión y brevedad en los informes orales será un elemento clave para alcanzar la finalidad del mismo.

2.º Escuchar a los jueces: Los abogados hemos de ser humildes, y escuchar lo que dicen los jueces sobre los errores que cometen los abogados a la hora de informar. Hay que plantearse que, como principales destinatarios del mismo, su información puede ser valiosísima para la evolución y mejora de nuestra praxis durante nuestra intervención informando en sala (en la misma medida, los jueces también deben ser humildes).

3.º Conocer a los jueces: Si los jueces van a jugar un papel clave en las condiciones tanto procesales como de comunicación y de conocimiento del caso enjuiciado, es lógico entender que a mayor conocimiento que disponga el abogado de un perfil completo del juez, más fluido será el desarrollo del acto judicial, sin perjuicio de tener más posibilidades de ganar la atención del mismo cuando expongamos el informe oral, pues conociendo la percepción del juez sobre este trámite, evitaremos cualquier tipo de incidencias y contrariedades durante el juicio, dotándolo de mayores posibilidades, insisto, de ser percibido con atención.

4.º Tener muy clara la función del informe oral establecida por nuestros tribunales: De forma resumida, y siguiendo la sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Madrid de fecha 12 de julio de 2016, destacaremos algunos de los razonamientos que más inciden sobre esta cuestión:

  • Prevalencia del principio de oralidad: Uno de los principios sobre los que descansa el desarrollo del juicio oral en el orden penal, a diferencia de otras jurisdicciones, es el principio de oralidad donde todas las actuaciones que se desarrollan en el mismo son orales con el fin de que puedan ser percibidas de manera directa por el Tribunal, y en consecuencia, cercenar o debilitar de alguna forma este principio poniendo límites no justificados a determinadas actuaciones llevadas a cabo dentro del mismo, podría atentar contra el derecho de defensa (este razonamiento lo considero de plena aplicación a los informes orales de otras jurisdicciones).
  • Duración: La LECrim. (LA LEY 1/1882), no regula de forma concreta cuál debe ser la extensión en cuanto al tiempo de dicho informe oral (al igual que en el resto de las jurisdicciones) sino que queda al arbitrio del Juez o Presidente del Tribunal, como los responsables de dirigir el juicio oral, y será cada caso concreto el que marque dichas directrices en cuanto a este extremo.
  • Regla general en cuanto a su duración: La regla general es que la defensa tiene el tiempo que estime conveniente, dentro de los límites normales y usos forenses, para desarrollar su informe, el cual tiene como finalidad valorar las pruebas que se han llevado a cabo en el juicio y sustentar la correspondiente pretensión a favor de su cliente, teniendo en cuenta que en muchos casos, aunque no solo debe ser ese el criterio, la complejidad del asunto, las partes intervinientes, la prueba realizada, los delitos y las infracciones objeto de acusación, etc. y siempre teniendo en cuenta que debe ser salvaguardado el principio y derecho de defensa que debe prevalecer y no ser cercenado salvo en circunstancias excepcionales.
  • Circunstancias excepcionales: Las excepciones lógicas serán aquellas que se produzcan cuando los argumentos se van repitiendo y las alegaciones en torno a una misma cuestión son las mismas, de modo que el Tribunal ya haya adquirido sobrado conocimiento.
  • No puede servir como criterio comparar la duración de la prueba practicada con la del informe oral: No debe servir como criterio comparativo para adoptar la decisión de dar por concluido el informe oral que éste fuera más largo en tiempo que la duración de la prueba del juicio mismo, pues a veces no tienen por qué ser comparados; una cuestión es que de prueba requiera un corto espacio de tiempo, por ejemplo que sea en su mayor parte, una prueba documental, puede tratarse de un asunto complejo que requiera una explicación y unas alegaciones por las partes mucho más extensas, o por el contrario, una abundantísima prueba desarrollada en el juicio oral puede «despejar» el objeto de debate y los informes orales pueden quedar reducidos en el tiempo.

 IV. Una propuesta de mejora

Con estos mimbres, ya estamos en condiciones de hacer una propuesta por y para los abogados, sabedor que en las condiciones actuales, y mientras no cambien las circunstancias de nuestra actual Administración de Justicia, la tensión en estrados a causa de la práctica del informe oral seguirá produciéndose, si bien, al menos, los abogados dispondremos de unos criterios que nos permitan seguir una praxis adecuada y ajustada al proceso.

Sobre estos parámetros, pasamos a exponer algunas propuestas de mejora:

  • 1.º El abogado debe plantear el informe con el objetivo de mantener la atención del juez durante toda la exposición del mismo, la cual puede alcanzarse a través de lo expuesto en los siguientes apartados.
  • 2.º Todo informe debe estar dotado de una estructura bien definida, pues esta le otorga unidad, orden, coherencia, y los más importante, facilita al juez el seguimiento del informe sin esfuerzo, lo que ayudará a mantener su atención y a recordar fácilmente con posterioridad los principales argumentos. Por otro lado, una estructura en la que se distingan las fases esenciales (exordio, narración, argumentación y refutación y epílogo) mantendrá alejadas las tan denostadas repeticiones y reiteraciones argumentativas.
  • 3.º El informe debe ser técnicamente solvente, es decir, tiene que estar precedido de un profundo estudio del caso y de un completo análisis de los hechos, lo que sin duda facilitará una exposición fidedigna y acertada de los elementos de hecho y de derecho que lo dote de una diestra argumentación jurídica. Un informe bien preparado facilitará enormemente su exposición fluida en el foro.
  • 4.º Conciso, o lo que es lo mismo, centrado exclusivamente en los elementos esenciales que deben integrar todo informe forense: hechos, prueba de los hechos y argumentos jurídicos, trasladando al juez de forma clara las cuestiones de hecho y los problemas jurídicos debatidos. No conviene por tanto tratar puntos superfluos o de escaso interés para el asunto, pues de seguro, no sólo nos hará perder un tiempo precioso, sino que además debilitará los argumentos verdaderamente importantes.
  • 5.º Prevalencia de los hechos y de su valoración probatoria (salvo excepciones), pues cuando se expone el informe oral, el juez lo que necesita es luz sobre toda la información fáctica desplegada durante el proceso y conocer por qué una valoración probatoria debe prevalecer frente a adversa.
  • 6.º Relacionado con el apartado anterior (y siempre en los casos en los que el asunto a debatir nos sea estrictamente jurídico), la argumentación, conformada por leyes, doctrina y jurisprudencia, debe ser sucinta y aportada solo a dichos efectos argumentativos, excluyéndose construcciones ya conocidas sobradamente por los jueces. Solo en el supuesto de plantearse una alternativa jurídica innovadora por el abogado, la argumentación jurídica debe ser muy concisa.
  • 7.º Transmitido adecuadamente; con ello nos referimos a la claridad en su exposición gracias al uso adecuado del lenguaje verbal y no verbal durante su exposición, pues indudablemente el uso de una buena sintaxis, y de los parámetros de la voz (ritmo, énfasis, intensidad, dicción, silencios, etc.) y un buen lenguaje corporal (mirada, gesto, posición del cuerpo, uso de las manos, etc.) atraerán la atención el juez, pues esta se encuentra íntimamente vinculada a lo que se oye con gusto. Por otro lado, una buena expresividad nos permitirá transmitir el informe con entusiasmo, emoción que es contagiosa y ante la cual el juez no va a permanecer impasible.
  • 8.º El informe debe ser flexible, es decir, elaborado de forma que puedan suprimir partes o realizar añadidos sin demérito de su contenido. Ello permitirá al abogado durante su exposición verbal realizar las modificaciones (supresiones, añadidos o cambios) que requieran las circunstancias concurrentes e imprevistas.
  • 9.º Hemos de buscar que el informe sea atractivo, pues este no debe limitarse a una mera exposición técnica carente de emociones. En la medida de lo posible, el orador debe ser creativo, y aprovechar las partes del mismo que permitan tal licencia (exordio y epílogo), usando frases, moralejas, experiencias propias, paradojas o metáforas con situaciones sociales vigentes, que pueden servir para llamar la atención del juez. Naturalmente, siempre en su justa medida y como elemento accesorio de la concisión y brevedad que han de prevalecer en todo momento.
  • 10.ª El informe debe ser breve, entendiéndose por brevedad (siguiendo a Quintiliano) no en que se diga menos, sino en que no se diga más de lo que es necesario. De este modo, la exposición debe realizarse con la máxima concisión, siempre con una duración proporcional a la complejidad del asunto y atendiendo a las circunstancias concurrentes, tratando de aplicar todas y cada una de las reglas que lo hagan acreedor de la atención por el juez antes examinadas. En todo caso, a través del informe deberá lograrse la finalidad ya apuntada: valorar las pruebas que se han llevado a cabo en el juicio y sustentar la correspondiente pretensión a favor de su cliente.

Esta propuesta, que incide especialmente en las técnicas oratorias que debemos dominar los abogados para preparar y exponer el informe, de seguirse, podría mejorar nuestra praxis en sala, lo que indudablemente facilitaría la atención y el interés de los jueces que tanto demandamos. Ahora bien, esto solo es una de las caras de la misma moneda, pues los jueces también tienen que poner de su parte, pero, como avancé, esto no puede ser objeto de mi colaboración.

Quizás, y con esto concluyo, la solución a esta realidad podría alcanzarse a través de un dialogo fructífero en que, ante el actual escenario de la Justicia, jueces y abogados sentaran unas bases uniformes y coherentes sobre la práctica del informe oral, dialogo que en todo caso tendría que garantizar lo que a todos nos preocupa realmente: la salvaguarda del derecho de defensa del justiciable.

¿Nos ponemos en marcha?

 

(1)
Naturalmente no nos estamos refiriendo a una mayoría de jueces y abogados, pero si a las opiniones que realiza un porcentaje importante de ambos colectivos.
(2)
Ante esta eventualidad, la Administración de Justicia debe adoptar soluciones para evitar estas condiciones de trabajo que, como vemos, afectan al corazón del proceso. Como me aventuró un juez, el sistema perfecto sería contar con una plantilla judicial que contara con el doble actual de jueces, aumentando también el número de funcionarios y de salas de vistas, en ratios similares a los países avanzados del primer mundo.
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¿Mis recelos con el cliente?… Hace años que han quedado colgados en la sala de togas.

martillo

Hoy os traigo un párrafo del libro de John Mortimer, The Anti-social Behaviour of Horace Rumpole, en el que el barrister[1] (Horace Rumpole), responde a diversas preguntas de un juez durante una entrevista realizada en un proceso de nombramiento como Queen´s Counsel[2].

Lo llamativo de este párrafo reside en que el contenido del interrogatorio contiene las preguntas y respuestas a los grandes tópicos sobre la intervención y moral del abogado cuando defiende a personas que son consideradas socialmente de dudosa reputación, siendo las respuestas brillantes y llenas de sentido, razón ésta por las que me he permitido traducirlas y transcribirlas en el post.

Las reflexiones tenéis que hacerlas vosotros; los temas (defender a “inocentes o culpables”, no juzgar al cliente, el deber de defensa del abogado, la conciencia del abogado al defender, el papel del abogado en el sistema judicial, etc.) quedan sobre la mesa, como un suculento aperitivo…

Sin más preámbulos aquí tenéis el texto:

-          “Recientemente Vd. ha llevado la defensa de Mr Dennis Timson. ¿Lo conoce bien?

 -          Con el paso de los años, bastante bien.

 -          ¿Podría ser descrito como un delincuente habitual?

 -          De la misma forma en la que yo podría ser descrito como un defensor habitual.

 -          Él dijo que Vd. es un excelente abogado.

 -          Eso fue muy amable por su parte.

 -          Y no le importaba si era inocente o culpable, Vd., de cualquier forma, haría un buen trabajo, ¿no es cierto?

 -          Desde luego.

 -          Entonces, ¿Vd. defiende a personas que  sabe que son culpables?

 -          Lo desconozco. No es asunto mío. Eso es misión del juez y del jurado. Pero si Mr. Timson, o cualquier otro, me cuenta un relato consistente con su inocencia, es mi deber defenderle.

 -          ¿Incluso si Vd. no lo cree (el relato)?

 -          Yo suspendo mi incredulidad. Mi recelo ha quedado colgado en la sala de togas desde hace años. Mi trabajo es defender el caso de mi cliente de la mejor forma posible. El Fiscal hace lo mismo y entonces el jurado escoge a quien de los dos creer. Esto es nuestro sistema judicial. Y parece funcionar de forma más justa que cualquier otra forma de juicio criminal, si quiere mi opinión.

 -          ¿Parece que Vd. ha defendido a gente bastante horrible?

 -          Cuanto más horribles sean, en mayor medida necesitan ser defendidos.

 -          ¿Entonces la moral no cuenta para Vd.?

 -         Sí que lo hace. La moralidad de hacer que nuestro gran sistema judicial funcione: la moral de proteger la presunción de inocencia.

 -          ¿Entonces, Vd. nunca juzga a sus clientes?

 -          Desde luego que no. Ya le dije que juzgar no es mi trabajo. Soy como un médico (la gente viene a mí con problemas y yo estoy aquí para solventarlos de la forma menos dolorosa posible. Y sería un médico muy peculiar si solamente curara a gente sana.

 Seguro que lo has disfrutado. Ahora, aun siendo su procedencia de un sistema judicial diferente al nuestro (el anglosajón, aun con muchas zonas comunes), te toca reflexionar y, en la medida de lo posible, extraer conclusiones del texto que te ayuden a posicionarte en esta materia tan fácil, y, a la vez, tan compleja.

(puedes completar el tema leyendo el post publicado en este blog ¿Por qué defiende a ese criminal? http://oscarleon.es/?s=criminal

 

 

 

 

[1] Barrister es una de las dos categorías de abogados de nivel superior que existen en Inglaterra, Escocia y otros países de la tradición del Common Law. Su función principal, pero no exclusiva, es representar como mandatario a los litigantes ante los tribunales. En este sentido, el trabajo del barrister corresponde en los países que se rigen por el sistema continental, a demandar o alegar ante los tribunales de justicia. Sin perjuicio de lo anterior, esta profesión puede tratarse desde la especialización en temas determinados, así como la prestación de consejos en ciertas áreas con sus clientes (Wikipedia)

[2] Los Barristers pueden alcanzar, por nombramiento real, la categoría de Queen´s Counsel, cargo honorífico que le otorga ciertos privilegios en el desarrollo de su función.

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10 cosas que, como abogado, me agradan de un juez

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Recientemente he tenido ocasión de leer diversos artículos sobre las actitudes, conductas y comportamientos que a los abogados no gustan de los jueces, y viceversa, textos cuyo contenido constituye una valiente propuesta que, sin duda, contribuye a mejorar las relaciones entre ambos colectivos.

Sin embargo, al igual que destacar lo que desagrada es un acicate para la mejora, el enfatizar o acentuar aquello que gusta en los modos, maneras y formas del otro, facilita igualmente la comprensión y entendimiento entre jueces y abogados, ya que nos aproxima y permite, quizás con mayor facilidad,  la búsqueda de puntos en común, máxime cuando, como decía Quintiliano, “lo que agrada se escucha con más gusto”.

Por todo ello, es mi propósito con esta colaboración transmitir mi opinión personal, en mi condición de abogado con una dilatada experiencia profesional, sobre aquellas actitudes, conductas y formas que son comentadas entre los letrados como meritorias y distinguidas en los jueces; por otro lado, no pretendo generar polémica alguna, sino como anticipaba, aportar mi granito de arena para contribuir a una mejora en la comprensión y entendimiento entre ambos colectivos.

Tras este exordio, entramos en materia.

Me gusta el juez….

1º- Que al iniciar la audiencia previa o el juicio disponga de un conocimiento pormenorizado del asunto y sus cuestiones más complejas, lo que evidencia un concienzudo estudio previo del mismo. Este conocimiento, que suele percibirse a raíz de los primeros comentarios que hace el juez en sala, es muy reconfortante para los abogados, pues genera mucha confianza, sabedores que en ese momento, y no después, el juez ya comprende meridianamente nuestras posturas, lo que contribuirá a un desarrollo fluido del juicio.

2º- Que domine la práctica del proceso, lo que es fundamental en el trámite de audiencia previa, pues el control de los diversos trámites procedimentales del acto facilita el desenvolvimiento del mismo al agotarse todos y cada uno de dichos trámites con un criterio coherente, ordenado y libre de interpretaciones que compliquen o supriman determinadas fases.

3º- Que ejercite su poder de dirección para dar fluidez al proceso, pues las intervenciones precisas y fundadas dirigidas tanto para agilizar el desarrollo de la vista (v.g. llamando la atención del abogado o de la parte que en sus intervenciones se separen notoriamente de las cuestiones debatidas), como para evitar infracciones procesales (resoluciones sobre preguntas, resolución de recursos, etc.) generan una importante confianza en los letrados, que se sentirán tranquilos al saber que el discurrir del juicio está en buenas manos.

4º- Que mantenga una actitud de atención plena y escucha activa durante la intervención de los letrados, desplegando un lenguaje (especialmente el no verbal) coherente con aquella; los abogados valoramos especialmente este proceder, pues ello es evidencia de que nuestra línea de defensa, materializada en nuestra intervención en la prueba y el alegato,  va a ser plenamente conocida y estudiada a posteriori.

5º-  Que sea dialogante con los abogados, pues el dialogo genera confianza y crea un clima de trabajo que sin duda facilita nuevamente el desarrollo de la vista a todos los asistentes. Con ello no me refiero a una comunicación constante, sino precisa y concreta cuando sea necesaria la información al letrado o la escucha de éste; imaginemos la petición de aclaración de algún trámite, la admisión de alguna prueba o la decisión sobre algún recurso.  Particularmente, me gusta cuando al resolver sobre cualquier cuestión, el juez de pie de forma expresa a la posibilidad de recurso o protesta.

6º- Que mantenga un trato cordial con los letrados, pues si en un ambiente en el que predomina la gravedad, el juez contribuye con una comunicación respetuosa, afable y cordial, el desarrollo de la vista se verá indudablemente beneficiada por dicha actitud, al rebajar la rigidez del acto , evitándose con ello situaciones indeseadas. Naturalmente, ello no obsta a que, cuando sea preciso, el juez tenga que adoptar decisiones acordes con su papel de celoso guardián de la dignidad, gravedad y orden en la sala. Como botón de muestra sobre la importancia de la cordialidad en el juez, reconozco que me agrada sobremanera ver que el juez pide a los letrados asistentes al primer juicio disculpas cuando, por cualquier circunstancia, dan comienzo los juicios con ostensible retraso.

7º- Que gestione el trámite de conciliación de forma equilibrada, dando al mismo el sentido y finalidad otorgada por la norma, manteniendo así un absoluto respeto a la naturaleza dispositiva del pleito y a sus deberes de imparcialidad y de no prejuzgamiento del caso.

8º- Que crea en la importancia que la norma procesal atribuye al informe oral y que lo evidencie con conductas de atención, interés y respeto durante su exposición por los letrados, lo que no quita que, empleando su poder de dirección, adopte las medidas que contribuyan a la fluidez del acto siempre con respecto a la libertad del derecho de defensa.

9º- Que durante los interrogatorios mantenga una actitud abierta, permisiva y flexible, facilitando el desarrollo de los interrogatorios, huyendo de excesivas formalidades, y facilitando con ello la búsqueda de la verdad (flexibilidad en la admisión de preguntas, intervención en la prueba una vez los letrados han realizado sus interrogatorios, etc.).

10º- Que durante el acto, es decir, desde que el letrado entra en sala, el trato que este reciba sea idéntico al dispensado a fiscales o abogados del estado presentes en el acto.

Finalmente, señalar que sabedor de que toda generalización acarrea injusticias, me gustaría advertir que las cualidades tratadas no describen, en su conjunto, a un juez ideal, pues cada uno tiene su  personalidad, carácter y estilo de hacer las cosas, y habrá unas facetas en las que uno destaque y otras en las que no, lo cual es absolutamente normal, todo ello sin olvidar que en juicio nada es blanco o negro, pues intervienen cuestiones muy variadas como la carga de trabajo que lleve el juez a sus espaldas durante la jornada, la complejidad que lleve el juez a sus espaldas durante la jornada, la complejidad del asunto, el grado de colaboración de los propios letrados en el acto, los condicionantes personales del propio juez, etc., circunstancias que pueden alterar su proceder, que no olvidemos, no deja de ser un ser humano.

Concluir con un pensamiento de CALAMANDREI que, con su fino toque de humor, hará sonreír a más de un lector:

«Me gusta el juez que, mientras hablo, me mira a los ojos; me hace el honor de buscar así en mi mirada, más allá de las palabras que pueden ser solamente un hábil juego dialéctico, la luz de una conciencia convencida.

 Me gusta el juez que mientras hablo me interrumpe; yo hablo para serle útil, y cuando él, invitándome a callar, me advierte que la continuación de mi discurso le produciría tedio, reconoce que hasta aquel momento no lo he aburrido.

Me gusta también (pero acaso un poco menos) el juez que, mientras hablo, se duerme; el sueño es el medio más discreto que el juez puede emplear para irse de puntillas, sin hacer ruido, dejándome, cuando el discurso no le interesa ya, discurrir a placer por mi cuenta».

Artículo publicado en Confilegal, ¿Quieres verlo?
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¿Es la única finalidad del informe oral persuadir y convencer al juez?

14.09.2017 Categoría: Oratoria Comentarios
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Mucho se discute sobre la eficacia del informe oral en sala, es decir, sobre el grado de influencia que puede tener sobre la decisión del juez, tema en el que las posturas se encuentran enfrentadas tanto entre los abogados como entre los propios jueces.  No obstante, no va a ser objeto de este post examinar dicha controversia (de la que ya nos ocupamos en el post ¿Es importante para los jueces el informe o alegato final del abogado?), sino que hoy nos vamos a centrar en otros efectos beneficiosos que tiene la elaboración de un buen informe oral para el abogado.

Si bien podemos preguntarnos ¿qué otra finalidad puede tener preparar un  buen informe oral que no sea persuadir y convencer al juez?, lo cierto es que un alegato bien preparado, o lo que es lo mismo, bien estudiado, fundamentado y dotado de una estructura y orden que garantice la claridad, concisión brevedad y flexibilidad necesarias para su exposición en juicio, puede generar otros beneficios “colaterales” para el profesional.

Entre estos beneficios, podemos encontrar los siguientes:

  • Dispondremos de una mejor y más completa comprensión de todos los elementos del pleito o la causa antes de la celebración del juicio.
  • Obtendremos una información privilegiada que nos permitirá evaluar con más garantías las opciones de negociación o conciliación en sala.
  • Plantearemos y ejecutaremos con mayor solvencia la práctica de la prueba de interrogatorios y periciales durante el juicio.
  • Al analizar profundamente el contenido de las alegaciones de la otra parte, poseeremos una mayor capacidad de refutación (especialmente cuando el contrario nos preceda en la palabra).
  • Ante un eventual recurso contra la resolución que se dicte, el estudio y preparación del informe oral nos suministrará una información muy valiosa para “armar” la impugnación.
  • Finalmente, contribuiremos a ir creando una reputación ante los jueces de buen abogado.

A la vista de los beneficios que lleva aparejada una buena preparación del informe oral, es esencial que el abogado durante esta fase sea impecable, es decir, que trabajemos nuestro alegato con plena involucración e identificación con independencia del resultado previsible del litigio, lo que ya, en sí mismo, es un resultado extremadamente valioso para nuestro crecimiento y maestría profesional.

Concluyendo: la preparación exhaustiva del informe oral es fundamental, no solo para persuadir y convencer a nuestro auditorio, sino para garantizar al abogado una excelente preparación para el desenvolvimiento de las diversas fases del juicio, incrementar nuestras habilidades de litigación y generar credibilidad en sala, lo que nos lleva a que, sea cual sea nuestra creencia sobre la virtualidad del mismo de cara al juez, nuestro alegato debe ser siempre preparado a conciencia.

Sea cual sea la confianza del abogado en la influencia del informe oral sobre el juez, prepararlo adecuadamente le aportará numerosos beneficios colaterales.

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El abogado impecable.

abogada

Hoy me gustaría compartir con vosotros un pensamiento que he encontrado en una de mis lecturas estivales[1], y que considero puede ser objeto de una reflexión muy beneficiosa para la práctica de nuestra profesión. Concretamente, voy a referirme al ser impecable, adjetivo que significa estar exento de defecto, falta o error, cualidad que va asociada a una persona u objeto irreprochable por ausencia de tacha.

No obstante, si bien tiene relación directa con dicho significado, la idea a la que me refiero se circunscribe al ser impecable como la actitud que mantenemos cuando realizamos alguna actividad de cuyo resultado no tenemos certeza, pero que llevamos a cabo con la máxima capacidad de entrega, mentalizados para afrontar las consecuencias de nuestros actos.

Ser impecable, supone pues vivir nuestra actividad con responsabilidad y entrega suceda lo que suceda, actitud que me atrevo a considerar imprescindible en el quehacer del abogado.

Efectivamente, los abogados intervenimos en conflictos en los que, en la mayoría de las ocasiones, carecemos del tiempo necesario para disponer de todos los factores que serían necesarios para prestar el servicio que nos gustaría ofrecer; por otro lado, las condiciones del propio encargo, suscita dudas, lagunas y fallas que dificultan nuestra labor y comprometen ab initio el resultado final deseado por el cliente. A todo lo anterior podríamos añadir los factores incontrolables por el propio abogado (oposición de un contrario, sometimiento a un proceso, decisión de un tercero, etc.)

Y he aquí donde el abogado debe ser siempre impecable, trabajando en condiciones alejadas de lo perfecto e ideal, pero con una entrega y entereza dirigida a alcanzar el mejor resultado posible, asumiendo las consecuencias desfavorables de nuestras decisiones, y con la mente puesta no en los resultados, sino exclusivamente en el buen hacer.

Esta visión de impecabilidad resulta refrescante y liberadora, pues permite alejar miedos y temores vinculados al que pasará, permitiéndonos centrarnos en el que hacer, lo que evitará sin duda actitudes de pasividad y desmotivación, centrándonos en el aquí y el ahora, y dotando de excelencia cada paso que llevemos a cabo. Por otro lado, siendo impecables, disfrutaremos sin duda de nuestro trabajo, pues resulta indudable que sentir lo que estamos haciendo con absoluta entrega y sin temor alguno a no alcanzar los objetivos previstos es ya un resultado valiosísimo.

La impecabilidad del abogado es pues la puerta para alcanzar su excelencia y maestría[2].

 

 

 

[1] Mendo, Miguel Ángel. La Mente, Manual de Primeros Auxilio. Rigden Institut Gestalt.

[2] Podéis ampliar conocimientos sobre este tema en el post publicado en este blog sobre la filosofía de Epicteto aplicada a la abogacía: http://oscarleon.es/?s=epicteto

 

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El abogado y el nuevo curso: Siete áreas para reflexionar.

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Los abogados iniciamos un nuevo curso profesional, y que mejor que dedicar este primer post a ofrecer una visión sobre los campos en los que sería recomendable poner el acento para continuar con nuestro crecimiento constante profesional. Naturalmente, la lista puede ampliarse con otros factores, si bien creo que los consignados constituyen un buen motivo de reflexión en un momento tan señalado como el presente.

Comenzamos…

Estudiar y profundizar en el conocimiento del derecho sustantivo: Somos abogados, y nos distinguimos por nuestra maestría y dominio del derecho, por lo que la excelencia en este aspecto es esencial, lo que nos obliga a no dejar de crecer y desarrollarnos en esta faceta.

Mejorar en aspectos emocionales: El autoconocimiento y el conocimiento emocional de las personas con las que interactuamos se está convirtiendo en una competencia primordial de todo abogado, pues al fin y al cabo las interacciones que desarrollamos se producen entre seres humanos y en un contexto generalmente controvertido; ¿existe otro lugar en el que el dominio del factor emocional no sea tan necesario?

Gestionar tu despacho: Como empresarios que somos, los abogados debemos planificar, liderar, organizar y controlar nuestros despachos, pues hoy en día, y máxime con la competencia existente, no podrá sobrevivir aquel que no dedique parte de su tiempo a dichas tareas, aun contando con la endémica limitación de tiempo que sufrimos.

Dar su sitio al cliente: El cliente, y esto no cambiará jamás, es el epicentro de la actividad del abogado y, por tanto, debemos redoblar nuestros esfuerzos tanto en la captación como en la fidelización de los mismos, acciones que requerirán el necesario dominio para aplicarlas con orden y equilibrio.

Afilar el hacha de nuestras habilidades: Decía Abraham Lincoln “si tuviera ocho horas para cortar un árbol emplearía siete en afilar el hacha”, lo que me lleva a recordar la importancia de dedicar espacios de tiempo a mejorar las competencias y habilidades necesarias para mejorar en nuestro campo de actuación (comunicación, oratoria, mediación, litigación, honorarios, clientes, etc.). Conocer el derecho, si, pero también saber aplicarlo.

Socializar en la profesión: En un sector cada vez más globalizado, considero de suma importancia interactuar con los compañeros de profesión, bien a través de alianzas o contactos periódicos, lo que nos permitirá estar al tanto de lo que se cuece en la profesión y, de paso, aprender de nuestros colegas.

Subirte a la ola de la transformación digital: La transformación digital es una realidad incuestionable, cuyas ventajas y riesgos son objeto de debate a diario. Aquí no hay excusas para quedarse atrás…

Descansar a conciencia: El descanso es vital para la ejecución de un trabajo bien hecho, por lo que hemos de aprender a encontrar momentos de ocio y esparcimiento que nos ayuden a recargar las baterías y comenzar cada día con fuerzas renovadas. Dormir bien, pasear, desarrollar hobbies, etc., todo vale.

Y sobre todo, el mejor consejo que puedo ofreceros: aproximarnos a la profesión amándola, pues de esta forma sortearemos todos los obstáculos que sin duda surgirán en nuestro camino.

 

Podrás encontrar otros artículos sobre habilidades del abogado en mi blog http://oscarleon.es/ y suscribirte gratuitamente. 

 

 

 

 

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El prestigio de la abogacía se forma por la suma del prestigio de los abogados.

TOGA

La reflexión que da título a este post procede de la obra de Jose María Martínez Val, Abogacía y Abogados, en la que al tratar sobre la lealtad entre compañeros, nos avisa de la proyección que nuestra conducta puede tener sobre nuestro colectivo profesional.

Concretamente, el autor la refiere en los siguientes términos:

“Pero son las partes quienes realmente se enfrentan y pugnan. Nosotros, sus luchadores, lo hacemos en un plano ideal o doctrinal, donde el interés deja su paso a la invocación del derecho y el sentimiento de la justicia.

Todo abogado debe pensar en esto cuando pleitea.  Y también en que su compañero forma parte, como él, de una misma Corporación u Orden (el Colegio de Abogados) cuyo prestigio social se forma por la suma de los prestigios de los colegiados.”

En mi opinión, esta frase encierra una regla de oro para todo abogado (que recuerda de alguna forma al slogan medioambiental de “piensa globalmente y actúa localmente”), puesto que nos hace reflexionar sobre la repercusión que puede tener cualquier conducta, sea positiva o negativa, en la imagen, fama o consideración social de nuestro colectivo, cuestión ésta no carente de importancia, pues la abogacía, que desarrolla un rol fundamental en la sociedad, requiere indefectiblemente para el cumplimiento de sus fines gozar de esa buena estima social a la que denominamos prestigio, un edificio difícil de construir, fácil de demoler y muy difícil de reconstruir.

Pero con independencia de esa proyección positiva, este pensamiento nos hace sentirnos más responsables y diligentes en nuestra actividad, ya que como parte del colectivo nos permite participar activamente en el crecimiento del mismo, lo que se consigue a través de la continua atención en la conducta que desarrollamos; así, por un lado, evitaremos dañar a nuestra profesión y, por otro, la favoreceremos.

Igualmente, contribuir al prestigio del colectivo, constituye un claro acicate para que, el abogado, individualmente, crezca, se forme y desarrolle permanentemente haciéndose un mejor profesional día a día, pues qué duda cabe que siendo mejores contribuiremos a la excelencia del colectivo presente y futuro.

Finalmente, el abogado, sabedor de la repercusión de su conducta, estará alerta ante el comportamiento de otros colegas que, o bien desconocen este precepto o no quieren entenderlo, lo que dará oportunidad  a aquellos de hacer gala de su clara adscripción al mismo, manifestando con sus actos una actitud que pueda constituir, bien una referencia positiva, bien un claro aviso de navegantes.

Podrá aventurarse por algunos, con cierta ironía, que los abogados no gozamos de buena fama y que habría mucho por hacer; sin embargo, y a modo de refutación anticipada, les digo que miro a mi alrededor y veo a abogados de todas las edades comprometidos con su profesión y con la justicia, profesionales industriosos y entregados a su actividad diaria con tal celo que muchas profesiones envidiarían; letrados que, haciendo de la independencia virtud,  se rigen por el código de la honestidad y lealtad a sus clientes, compañeros y otros profesionales de la justicia, algunos ejerciendo en unas condiciones que muchos ciudadanos rehusarían. Por otro lado, las encuestas que vienen realizándose estos últimos años respecto a las diversas profesiones muestran una verdad indiscutible, cual es que la abogacía se encuentra bien considerada socialmente. Naturalmente, lo anterior no niega que existan “ovejas negras” en nuestra profesión, pues de todo hay en la Viña del Señor.

Y concluyo con una llamada a la responsabilidad y, por qué no, al orgullo de sentirnos abogados: seamos mejores abogados cada día y construyamos así una mejor abogacía.

 

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¿Cómo organizar y estudiar el expediente (carpeta física) del asunto?

areasPRACTICAS

Una de las tareas insoslayables de todo abogado es el estudio del expediente del caso, o lo que es lo mismo, el examen del conjunto de información documental que comprende todos los aspectos de interés para llevar a cabo adecuadamente su intervención profesional.

Normalmente, la documentación del expediente proviene de la entrega realizada por el cliente o recibida de los juzgados u otros organismos públicos o privados tras petición realizada con autorización de aquél, por lo que dicha documentación comprenderá documentos privados, públicos, cartas, correos electrónicos, fotos, peritajes, etc.

Del estudio de este expediente dependerá indudablemente la solvencia y seguridad con la que el abogado afrontará las diversas fases que jalonarán el caso (estrategia, negociación, defensa en sala, et.), por lo que es fundamental, y será objeto de este post, establecer algunas reglas de organización y estrategia, a modo de consejos, para que el posterior proceso de estudio sea lo más eficaz posible.

A continuación, trataremos los siguientes aspectos:

1º.- Organización interna del expediente.

Lo primero que hemos de hacer es examinar todos los documentos y, tal y como si hiciéramos inventario, dividir el expediente en partes, pues bien se aviene la clasificación de los mismos cuando suelen ser de distinta naturaleza.

Martinez Val nos aconseja la siguiente:

a)      Documentación conteniendo conversaciones, consultas, conferencias telefónicas con sus respectivas fechas.

b)      Correspondencia y comunicaciones relativas a gestiones y tramitación, pero no de fondo (que no sean prueba documental). Aquí se incluiría la documentación judicial de la causa o el pleito (sin perjuicio de reproducir algunos de sus documentos en otros grupos).

c)       Ramo de documentos que se aportarán como prueba documental en juicio (en este podrían incluirse los dictámenes y pericias, aunque Martínez establece un grupo diferente para éstos).

d)      Ramo de testigos, con notas y observaciones sobre los mismos (personalidad, antecedentes, etc.)

e)      Ramo de textos legales, jurisprudenciales y legales, que podría a su vez subdividirse en varios grupos asociados a los puntos de derecho controvertido (Martínez del Val separa aquí dos ramos, el de textos legales y doctrina y el de jurisprudencia, aunque nosotros nos hemos permitido incluirlos en uno).

Si bien las nuevas tecnologías pueden apoyarnos para almacenar y clasificar la información expuesta, lo cierto es que el soporte físico propuesto es de enorme utilidad para el manejo del caso, todo sin perjuicio de su reproducción en el correspondiente programa de gestión al que podrán incorporarse los documentos de cada grupo.

2º.- Orden cronológico.

A la hora de examinar la documentación, como afirma Martineau, el abogado debe convertirse en el historiador del litigio, por lo que es esencial que reclasifique toda la información por orden cronológico, pues a través de las fechas podremos verificar si el expediente está completo o falta alguno al que se hace referencia en un documento posterior.

Por otro lado, el orden cronológico es el orden más apropiado para la mejor comprensión y entendimiento del caso.

3º.- Adecuada gestión del tiempo.

Uno de los grandes defectos de los abogados reside en realizar un examen superficial del expediente. Acosados por la falta de tiempo, nos limitamos a ir directamente a lo que consideramos más importante según nuestra intuición. Sin embargo, qué duda cabe que nuestra profesionalidad nos obliga a realizar un estudio profundo del expediente, por lo que tendremos que disponer de tiempo para su estudio, y que mejor para ello que emplear las herramientas y método que nos proporcionan las técnicas de gestión del tiempo.

4º. Examen minucioso.

La meticulosidad es una cualidad intrínseca de todo abogado, y como tal, debe manifestarse en el análisis de la documentación que conforma el expediente, descomponiendo el todo en sus partes y alcanzando una comprensión absoluta del litigio y de aquellos elementos favorables o perjudiciales a nuestra defensa. Caer, en la superficialidad del examen es, como decíamos un verdadero desatino.

5º.- Duda sistemática y modestia en el análisis.

Como nuevamente nos indica Martineau, duda sistemática para realizar el análisis cuestionando todas las certezas del litigio, lo que nos ayudará a solicitar aclaraciones, informaciones, etc.  para la mejor preparación del caso, y modestia intelectual para examinar el expediente dejando a un lado las tentaciones de nuestra experiencia, lo que nos facilitará una lectura imparcial de las actuaciones y una neutralidad indispensable para el examen inicial de la documentación. De lo contrario, si nos dejamos llevar por nuestra percepción previa del asunto alcanzaremos un análisis reduccionista y parcial que hemos de reservar para una fase posterior de la defensa.

En definitiva, un buen comienzo a la hora de organizar y dirigir nuestra atención al expediente será garantía de una actuación impecable, pues empleando el símil de un peregrino, difícilmente podrá llegar a su destino, si no se detiene y dedica tiempo  para organizar con realismo el que será su avituallamiento.

 

 

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