Categoría: Mi Práctica diaria

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El prestigio de la abogacía se forma por la suma del prestigio de los abogados.

TOGA

La reflexión que da título a este post procede de la obra de Jose María Martínez Val, Abogacía y Abogados, en la que al tratar sobre la lealtad entre compañeros, nos avisa de la proyección que nuestra conducta puede tener sobre nuestro colectivo profesional.

Concretamente, el autor la refiere en los siguientes términos:

“Pero son las partes quienes realmente se enfrentan y pugnan. Nosotros, sus luchadores, lo hacemos en un plano ideal o doctrinal, donde el interés deja su paso a la invocación del derecho y el sentimiento de la justicia.

Todo abogado debe pensar en esto cuando pleitea.  Y también en que su compañero forma parte, como él, de una misma Corporación u Orden (el Colegio de Abogados) cuyo prestigio social se forma por la suma de los prestigios de los colegiados.”

En mi opinión, esta frase encierra una regla de oro para todo abogado (que recuerda de alguna forma al slogan medioambiental de “piensa globalmente y actúa localmente”), puesto que nos hace reflexionar sobre la repercusión que puede tener cualquier conducta, sea positiva o negativa, en la imagen, fama o consideración social de nuestro colectivo, cuestión ésta no carente de importancia, pues la abogacía, que desarrolla un rol fundamental en la sociedad, requiere indefectiblemente para el cumplimiento de sus fines gozar de esa buena estima social a la que denominamos prestigio, un edificio difícil de construir, fácil de demoler y muy difícil de reconstruir.

Pero con independencia de esa proyección positiva, este pensamiento nos hace sentirnos más responsables y diligentes en nuestra actividad, ya que como parte del colectivo nos permite participar activamente en el crecimiento del mismo, lo que se consigue a través de la continua atención en la conducta que desarrollamos; así, por un lado, evitaremos dañar a nuestra profesión y, por otro, la favoreceremos.

Igualmente, contribuir al prestigio del colectivo, constituye un claro acicate para que, el abogado, individualmente, crezca, se forme y desarrolle permanentemente haciéndose un mejor profesional día a día, pues qué duda cabe que siendo mejores contribuiremos a la excelencia del colectivo presente y futuro.

Finalmente, el abogado, sabedor de la repercusión de su conducta, estará alerta ante el comportamiento de otros colegas que, o bien desconocen este precepto o no quieren entenderlo, lo que dará oportunidad  a aquellos de hacer gala de su clara adscripción al mismo, manifestando con sus actos una actitud que pueda constituir, bien una referencia positiva, bien un claro aviso de navegantes.

Podrá aventurarse por algunos, con cierta ironía, que los abogados no gozamos de buena fama y que habría mucho por hacer; sin embargo, y a modo de refutación anticipada, les digo que miro a mi alrededor y veo a abogados de todas las edades comprometidos con su profesión y con la justicia, profesionales industriosos y entregados a su actividad diaria con tal celo que muchas profesiones envidiarían; letrados que, haciendo de la independencia virtud,  se rigen por el código de la honestidad y lealtad a sus clientes, compañeros y otros profesionales de la justicia, algunos ejerciendo en unas condiciones que muchos ciudadanos rehusarían. Por otro lado, las encuestas que vienen realizándose estos últimos años respecto a las diversas profesiones muestran una verdad indiscutible, cual es que la abogacía se encuentra bien considerada socialmente. Naturalmente, lo anterior no niega que existan “ovejas negras” en nuestra profesión, pues de todo hay en la Viña del Señor.

Y concluyo con una llamada a la responsabilidad y, por qué no, al orgullo de sentirnos abogados: seamos mejores abogados cada día y construyamos así una mejor abogacía.

 

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¿Cómo organizar y estudiar el expediente (carpeta física) del asunto?

areasPRACTICAS

Una de las tareas insoslayables de todo abogado es el estudio del expediente del caso, o lo que es lo mismo, el examen del conjunto de información documental que comprende todos los aspectos de interés para llevar a cabo adecuadamente su intervención profesional.

Normalmente, la documentación del expediente proviene de la entrega realizada por el cliente o recibida de los juzgados u otros organismos públicos o privados tras petición realizada con autorización de aquél, por lo que dicha documentación comprenderá documentos privados, públicos, cartas, correos electrónicos, fotos, peritajes, etc.

Del estudio de este expediente dependerá indudablemente la solvencia y seguridad con la que el abogado afrontará las diversas fases que jalonarán el caso (estrategia, negociación, defensa en sala, et.), por lo que es fundamental, y será objeto de este post, establecer algunas reglas de organización y estrategia, a modo de consejos, para que el posterior proceso de estudio sea lo más eficaz posible.

A continuación, trataremos los siguientes aspectos:

1º.- Organización interna del expediente.

Lo primero que hemos de hacer es examinar todos los documentos y, tal y como si hiciéramos inventario, dividir el expediente en partes, pues bien se aviene la clasificación de los mismos cuando suelen ser de distinta naturaleza.

Martinez Val nos aconseja la siguiente:

a)      Documentación conteniendo conversaciones, consultas, conferencias telefónicas con sus respectivas fechas.

b)      Correspondencia y comunicaciones relativas a gestiones y tramitación, pero no de fondo (que no sean prueba documental). Aquí se incluiría la documentación judicial de la causa o el pleito (sin perjuicio de reproducir algunos de sus documentos en otros grupos).

c)       Ramo de documentos que se aportarán como prueba documental en juicio (en este podrían incluirse los dictámenes y pericias, aunque Martínez establece un grupo diferente para éstos).

d)      Ramo de testigos, con notas y observaciones sobre los mismos (personalidad, antecedentes, etc.)

e)      Ramo de textos legales, jurisprudenciales y legales, que podría a su vez subdividirse en varios grupos asociados a los puntos de derecho controvertido (Martínez del Val separa aquí dos ramos, el de textos legales y doctrina y el de jurisprudencia, aunque nosotros nos hemos permitido incluirlos en uno).

Si bien las nuevas tecnologías pueden apoyarnos para almacenar y clasificar la información expuesta, lo cierto es que el soporte físico propuesto es de enorme utilidad para el manejo del caso, todo sin perjuicio de su reproducción en el correspondiente programa de gestión al que podrán incorporarse los documentos de cada grupo.

2º.- Orden cronológico.

A la hora de examinar la documentación, como afirma Martineau, el abogado debe convertirse en el historiador del litigio, por lo que es esencial que reclasifique toda la información por orden cronológico, pues a través de las fechas podremos verificar si el expediente está completo o falta alguno al que se hace referencia en un documento posterior.

Por otro lado, el orden cronológico es el orden más apropiado para la mejor comprensión y entendimiento del caso.

3º.- Adecuada gestión del tiempo.

Uno de los grandes defectos de los abogados reside en realizar un examen superficial del expediente. Acosados por la falta de tiempo, nos limitamos a ir directamente a lo que consideramos más importante según nuestra intuición. Sin embargo, qué duda cabe que nuestra profesionalidad nos obliga a realizar un estudio profundo del expediente, por lo que tendremos que disponer de tiempo para su estudio, y que mejor para ello que emplear las herramientas y método que nos proporcionan las técnicas de gestión del tiempo.

4º. Examen minucioso.

La meticulosidad es una cualidad intrínseca de todo abogado, y como tal, debe manifestarse en el análisis de la documentación que conforma el expediente, descomponiendo el todo en sus partes y alcanzando una comprensión absoluta del litigio y de aquellos elementos favorables o perjudiciales a nuestra defensa. Caer, en la superficialidad del examen es, como decíamos un verdadero desatino.

5º.- Duda sistemática y modestia en el análisis.

Como nuevamente nos indica Martineau, duda sistemática para realizar el análisis cuestionando todas las certezas del litigio, lo que nos ayudará a solicitar aclaraciones, informaciones, etc.  para la mejor preparación del caso, y modestia intelectual para examinar el expediente dejando a un lado las tentaciones de nuestra experiencia, lo que nos facilitará una lectura imparcial de las actuaciones y una neutralidad indispensable para el examen inicial de la documentación. De lo contrario, si nos dejamos llevar por nuestra percepción previa del asunto alcanzaremos un análisis reduccionista y parcial que hemos de reservar para una fase posterior de la defensa.

En definitiva, un buen comienzo a la hora de organizar y dirigir nuestra atención al expediente será garantía de una actuación impecable, pues empleando el símil de un peregrino, difícilmente podrá llegar a su destino, si no se detiene y dedica tiempo  para organizar con realismo el que será su avituallamiento.

 

 

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De los abogados escarmentados nacen los avisados… en temas de honorarios.

10.07.2017 Categoría: Clientes, Mi Práctica diaria Sin comentarios
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Hace un par de años, publiqué un post en el que narraba la experiencia de un compañero que había sido advertido por otro sobre el riesgo de no cobrar sus honorarios caso aceptar el encargo de un cliente (a la sazón, anterior cliente de quien aconsejaba), resultando finalmente que, desoyéndose el consejo,  se cumplió la profecía y el avisado quedó escarmentado.

Dicho esto, hace un par de semanas, en el despacho vivimos una situación parecida, si bien, esta vez,  el aviso del abogado que nos precedía nos permitió tratar con el cliente el tema de los honorarios como condicionante para aceptar el encargo. Al final, el potencial cliente desistió y se marchó con el asunto en busca de otras tierras, lo que seguramente nos habrá ahorrado muchas preocupaciones.

Sabedor de que ya había escrito sobre este asunto, he recuperado el post, pues para los que en su día lo leyeron, bien les vendrá una nueva ojeada, y para aquellos que no, que aprovechen de las enseñanzas que nos dio nuestro compañero, el avisado y escarmentado Antonio, protagonista del relato.

“La semana pasada, en la puerta de una sala de vistas, me encontré a Antonio, un compañero que no veía desde hacía años, y charlando sobre los clientes (algo muy recurrente entre abogados) me ilustró con detalle sobre una experiencia que acaba de “padecer” con uno de ellos, lamentándose de lo ingenuo que había sido cuando, un año atrás, no escucho a otro letrado que ya le avisó sobre el riesgo que corría de no cobrar sus honorarios con ese cliente.

Al parecer, el cliente se presentó en su despacho hace cosa de un año, indicándole que deseaba que se hiciera cargo de sus asuntos, pues había concluido la relación con su anterior abogado, lo cual justificaba por no sentirse adecuadamente defendido.

Una vez contactó con el letrado a efectos de solicitar la venia, se citó con éste en su despacho, donde repasaron los asuntos y las medidas urgentes a adoptar en alguno de los mismos. El compañero saliente le dijo a nuestro abogado, con cierto despecho, que la razón de la terminación de la relación no había sido causada por su estilo de defensa, sino porque el cliente no pagaba desde hace meses sus honorarios y él, es decir, el propio abogado,  había decidido dar por terminada la relación profesional. Y para concluir, le dijo literalmente lo siguiente: “Ten cuidado, que este cliente tampoco pagará tu minuta”

Antonio, agradeció el consejo, pero en su fuero interno pensó “si claro, lo que pasa es que has perdido al cliente y estás irritado. Ya me ocuparé yo de que me pague”

Lo cierto es que, tras unos meses de pago puntual de la iguala e incremento desproporcionado del numero de asuntos encargados, el cliente dejó de pagar la misma y pasaron hasta siete meses de audiencias previas, juicios, asistencia a declaraciones de imputados, testigos, redacción de contratos, estatutos sociales, etc… sin que Antonio viera un solo euro.

Al final, paso lo que tenía que pasar y nuestro abogado, desesperado y harto de trabajar y no cobrar, y, lo que es peor, exponiendo su responsabilidad  profesional en un elevado número de procedimientos, decidió cortar con el cliente, muy amablemente, eso sí, pero dando por terminada la relación.

Lo curioso del asunto, es que al cabo de los tres días de anunciarle la terminación, el cliente se presentó a retirar sus asuntos acompañado de un nuevo abogado, al que Antonio cumplimentó concediéndole la venia. Al día siguiente, decidido a sacarse la espinita que tenía dentro (y continuar con la tradición iniciada por el primer letrado), Antonio contactó por teléfono con el abogado entrante, y le dijo: “No sé lo que te habrá contado el cliente para justificar el cambio de letrado, pero voy a darte un consejo: Ten cuidado, que este cliente tampoco pagará tu minuta”

Creo que a la vista del relato anterior poco hemos de añadir, salvo precisar que esta experiencia la hemos vivido muchos letrados, y a veces no escarmentamos, pues un cliente es un cliente, y siempre se piensa que quizás nuestro estilo personal y profesional va a hacer que aquel se sienta mejor y que va a estar encantado de pagarnos.

Nada más lejos de la realidad, pues cuando un cliente viene “rebotado” de otro despacho por cuestiones de honorarios,  es más que probable (aunque lógicamente hay excepciones) que vuelva a caer en la misma conducta. Desconozco la razón de tal proceder, pero lo cierto es que la experiencia nos informa que esto es lo habitual. Por ello, los abogados hemos de ser precavidos, y cuando recibamos a un cliente de esta naturaleza, y tras sopesarlo decidamos aceptarlo, tendremos que adoptar desde el principio las medidas que nos permitan que el cliente tenga muy, pero que muy claro, que el pago de los honorarios va a ser determinante para la estabilidad de la relación.

Para ello, dispondremos de la inestimable ayuda de la hoja de encargo, en la que podremos establecer las estipulaciones que garanticen el pago puntual y las consecuencias del impago de los mismos, sin olvidar la importancia de ser asertivo y transmitir con claridad al cliente la importancia que para nuestro despacho tienen nuestros honorarios.

Ya lo dijo Juan Valera: “De los escarmentados nacen los avisados”

 

 

 

 

 

 

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La ira en un asunto influye en otros cien. De modo que no puede haber abogado irascible.

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“Quien me insulta siempre no me ofende jamás” Victor Hugo.

Por todos los abogados es conocido que nos enfrentamos constantemente a situaciones irritantes que, de no ser por la moderación que nos imponemos, sacarían lo peor de nosotros; la injusticia, la venganza, el resentimiento, la decepción, la frustración, la mala educación, la falta de respeto, no son más que algunas de las realidades que surgen inevitablemente en los escenarios de contradicción en los que hemos de interactuar.

Frente a estas situaciones, el abogado, como ser humano, puede fácilmente reaccionar de dos formas: actuar asaltado por la ira o, a pesar de la sentida indignación, mantener el control y actuar consecuentemente en busca de la consecución de nuestros objetivos.

Será pues objeto de este post, reflexionar sobre la conducta más conveniente a seguir cuando estamos dispuestos a reaccionar frente a alguno de esos acontecimientos desagradables que surgen en nuestro quehacer diario.

Para ello, lo primero que hemos de hacer es distinguir entre los posibles desencadenantes que la provocan, puesto que podemos encontrar tanto actitudes de terceros derivadas del contexto en el que actuamos y que provocan enorme malestar, como conductas ya totalmente improcedentes e injustificables.

Respecto de las primeras, es normal que se conciten tanto envidias, resentimientos, egos quebrantados como heridas resultantes del combate, y que suelen provenir de la parte perjudicada por nuestra defensa. ¿Quién no ha sufrido descalificaciones incluso personales por la parte contraria, hundida en el dolor amargo de la derrota?; no es de extrañar que el contrario nos identifique con su adversario y proyecte en nosotros sus frustraciones. Igualmente, y esto es más triste aun, es nuestro propio cliente, quien decepcionado ante el resultado no deseado, recarga las tintas contra su propio letrado con comentarios hirientes. Finalmente, incluiríamos en este grupo la incomprensión, a veces mudada a desprecio, que algunos sectores sociales conciben contra el abogado por el mero hecho de ejercer su sagrado derecho de defensa respecto de alguien que ya ha sido condenado socialmente.

En cuanto a las segundas, a veces nos encontramos con conductas hostiles de compañeros, jueces o de servidores de la administración, que injustamente depositan en nosotros su frustración con salidas de tono o comentarios irrespetuosos mimetizados en forma de consejos, admoniciones o sugerencias que no hacen más que intensificar el daño creado.

Ambas situaciones, suelen tener en el abogado un profundo efecto negativo, pues suelen socavar los pilares de su autoestima profesional y personal, y con ello incluso la confianza que mantenemos en nuestro criterio, lo cual puede ser de consecuencias imprevisibles para un joven abogado cuyos cimientos vocacionales están en plena construcción.

Situada la cuestión, considero que el proceder de todo abogado debe guiarse por una serie de principios que pasamos a epigrafiar:

1º.- Prudencia: La prudencia, entendida como capacidad de analizar de forma reflexiva y atenta el tipo de acción que vamos a emprender y antes de llevarla a cabo, nos impone mantener un comportamiento sereno y calmado ante situaciones que puedan enojarnos y provocar una reacción desmedida que, a la postre, podrá causarnos perjuicios irreparables. Hay que pensar y conservar la calma cuando se presentan los problemas.

2º.- Paciencia: Entendida como la virtud para soportar con entereza situaciones difíciles y complicadas que entrañan grandes dificultades y la capacidad de actuar de forma perseverante y sin alterarnos por las contrariedades que podemos encontrarnos por el camino, constituye una herramienta ideal para, con templanza y el justo equilibrio en el actuar, evitar aquellas situaciones que puedan provocar una falta de control y disponer de la serenidad para actuar contundentemente en defensa de nuestros derechos.

3ª.- Desdén: Actuar con indiferencia, o incluso un desprecio sutil, es generalmente la mejor medicina para soportar los males de opinión, pues el desdén conlleva un componente de confianza y convencimiento en lo que hacemos, que supondrá una cota de malla protectora frente a los dardos de aquellos males. El desdén es el equivalente al refrán popular “ande yo caliente y ríase la gente” o, si queremos algo más sofisticado, nos decía el gran Da Vinci que “Quien de verdad sabe de qué habla, no encontrará razones para levantar la voz”

4º.- Moderación: Fruto de la paciencia y la prudencia, el único resultado previsible de un abogado ante estas situaciones es actuar siempre con moderación, es decir, evitando caer en la ira, la pérdida de control, el grito, el insulto o la hostilidad descontrolada; al contrario, hemos de reflexionar en microsegundos y optar por una conducta que nos permita controlar los acontecimientos y, de esta forma, no poner en juego la consecución de nuestros objetivos o sufrir un daño por nuestras acciones.

5º.- Relativizar: El calor del momento es un consejero muy traicionero, pues nos impide evaluar lo que está ocurriendo en su justa medida, por lo que es muy aconsejable morderse la lengua y darse un mínimo tiempo para afrontar la situación con más frialdad. Para ello, tirando de la serenidad que nos da la moderación, actuaremos en consecuencia y, posteriormente, ya contemplaremos con más tiempo lo ocurrido. “Contra la ira, la dilación´” decía Séneca.

6º.- La defensa de nuestros derechos: Todo lo anterior no puede identificarse con pusilanimidad o debilidad de carácter, sino todo lo contrario, pues no hay mayor grandeza que actuar con moderación cuando todo está en nuestra contra. De hecho, se dice que la moderación es “la elegancia en el apremio”. Ahora bien, dicha moderación no está reñida con la defensa de nuestros derechos, empleando la seriedad y contrariedad que queramos transmitir; si hay que protestar citando algún derecho, si hay que llamar la atención, si hay que poner a alguien en su lugar, habrá de hacerse pero siempre evitando la desconsideración personal o la pérdida de las formas.

Concluyo con una cita de don Angel Ossorio y Gallardo:

La ira de un día es la perturbación de muchos; el enojo experimentado en un asunto influye en otros cien. Ira es antítesis de ecuanimidad. De modo que no puede haber abogado irascible.

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Que el cambio tecnológico no haga perder la sensibilidad al abogado.

19.06.2017 Categoría: Mi Práctica diaria Comentarios
Óscar León: Por no ser accesible, perdí el asunto y quizá el cliente

Los avances tecnológicos están siendo fundamentales para la transformación de la abogacía, lo que está influyendo lógicamente en la forma en la que los abogados ejercemos nuestra profesión. Avances positivos, al menos es lo que se vislumbra, en un nuevo escenario en el que nos encontramos más informados, mejor preparados, más presentes y con mayor disposición de tiempo.

¿Y todo esto para qué?

¿Para que seamos más efectivos? o ¿quizás más eficaces?, ¿para ser más competitivos?, ¿para que nuestras empresas (despachos) sean más rentables? ¿para ahorrar tiempo?

Sin negar que el cambio tecnológico favorece la consecución de dichos objetivos, en mi opinión la respuesta adecuada sería “para dar un mejor servicio a mi cliente”, y si afinamos un poco más, la contestación podría centrarse en “para la mejor defensa de mi cliente”.

Sin embargo, lo paradójico de este nuevo contexto tecnológico reside en que lo positivo y favorable del mismo puede transformarse en negativo y perjudicial para nuestra práctica profesional; mayor eficacia, eficiencia, productividad, ahorro de tiempo, etc., en lugar de ir destinado al cliente, puede, convirtiéndose en un fin en sí mismo y olvidarse del verdadero vértice que inspira nuestra profesión, que no es otro que la persona a quien brindamos nuestra asistencia.

Y cuando señalo a nuestro cliente, me estoy refiriendo a su situación personal, a esa singularidad que entra en nuestra vida profesional de repente, con toda su carga emocional, generalmente alterada por el problema que lo hace llamar nuestra puerta, estado anímico que el abogado, dotado de una extraordinaria sensibilidad, debe conocer, cuidar y reconducir humanamente durante el desarrollo del asunto, porque la defensa del cliente no se limita a la aplicación de unos conocimientos jurídicos mediante consejo, mediación o defensa en el foro, sino que se extiende, como presupuesto previo a dicha actuación, a comprender y entender al cliente, conocer sus pasiones y sentimientos e incluso sus sufrimientos.

Esta sensibilidad, de la que ya hablaba don Angel Ossorio en su “Alma de la Toga” hace cien años, puede perderse si los cambios tecnológicos nos alejan del cliente, convirtiéndolo en una estadística más, el un algoritmo perdido en el laberinto con el que no es preciso interactuar más allá de un primer contacto (probablemente por medios telemáticos) en el que, gracias a la tecnología, los contenidos, las preguntas, el tiempo estarían protocolizados y previstos en un carrusel de insensibilidad y deshumanización.

Por ello, los abogados no hemos de caer en el riesgo de convertirnos en autómatas, embrutecidos por un trabajo insensible y alejados del pálpito de nuestro cliente, porque de lo contrario, iremos, poco a poco, siendo menos abogados.

Hecha esta reflexión, no querría concluir el post sin mencionar algunas medidas de prevención para evitar que, imperceptiblemente, la tecnología inunde nuestros despachos con esa carga de profundidad letal que constituye el olvido del cliente.

-          Las reuniones con el cliente, salvo para cuestiones puntuales, deberán realizarse personalmente; de esta forma, no solamente tendremos una visión más completa del problema, sino que podremos conocer a su persona, su forma de pensar, de sentir el trance que está viviendo y como debemos de relacionarnos con él.

-          Durante la relación profesional, hemos de mantener con el cliente contactos formales (para informarle del estado de su asunto) como informarles (simplemente para que sepa que estamos ahí), y ambos contactos habremos de procurar realizarlos personalmente. De esta forma, fortaleceremos la confianza, indispensable en nuestra relación.

-          Cuando dudemos entre llamar a un cliente o enviarle un e-mail, escoger lo primero.

-          Fijar en nuestra memoria la idea de que detrás de la mejora de los servicios, del ahorro de tiempo, de la rentabilidad de nuestras empresas, hay un ser humano que siente y sufre y que requiere nuestra comprensión y apoyo.

Y concluyo reproduciendo el final de un post que escribí ahora hace ahora un año, titulado “Transformemos la abogacía, pero por favor cuidemos de su esencia” (http://oscarleon.es/transformemos-la-abogacia-pero-por-favor-cuidemos-de-su-esencia/)

“…el Gurú de los negocios Peter DrucKer, ya señaló que las normas culturales, estrategias, tácticas, procesos, estructuras y métodos cambian continuamente para dar respuesta a los cambios del entorno, lo que motiva que las organizaciones (entre ellas nuestra profesión) se vean abocadas a estimular el progreso a través del cambio, la mejora y la innovación (igualmente a través de la renovación).

Y esta es la gran paradoja: adaptación y transformación de la profesión, pero con el necesario anclaje de una serie de principios y valores que han inspirado la idea de la abogacía desde sus inicios.  Ya lo decía Drucker “los que mejor se adapten a un mundo tan cambiante son las que mejor saben lo que no deben cambiar”

Por ello, mi reflexión final es que los abogados nos encarguemos de hacer guardar, con más fuerza que nunca, la vigencia de estos principios y que, todos a una, seamos los responsables de una evolución ejemplar, sin precedentes, de nuestra profesión”.

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Nadie dijo que la abogacía seria fácil.

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Esta frase fue la que pronunció mi maestro cuando, herido en mi orgullo, le comenté lo mal que lo había pasado tras la lectura de la contestación a mi primera demanda, queja provocada por el tono desabrido empleado por el abogado contrario en la contestación, y que rozaba el desprecio no solo a la argumentación en la que tanto había trabajado, sino igualmente al propio redactor del texto. Aquello no era mordacidad, sino un ataque directo a la autoestima personal y profesional del contrincante.

Con el paso del tiempo fui aprendiendo que el día a día del abogado estaría plagado de situaciones desagradables consecuencia de la contradicción que impera en nuestra labor, pero que siempre encontrarían su complemento en otras más favorables y positivas. De hecho, esta complementariedad o alternancia de situaciones que repercuten claramente en nuestro estado anímico, es la que nos permite sobrevivir en este complejo entorno en el que hemos escogido deambular.

Sin embargo, en ocasiones, junto a estas situaciones difíciles y que podemos considerar “normales”,  a veces se producen otras muy complicadas que son las que desgastan, deterioran e incluso hacen replantearse la profesión a más de un compañero debido al potencial que tienen para alcanzar y dañar no solo al profesional, sino igualmente a la persona. Con ello me refiero a escenarios que se alejan de la normalidad y pasan al capítulo de lo imprevisto, indeseado y temido, provocando en el abogado pesadumbre, tristeza y un deseo inconsciente de, como anticipaba, abandonar la profesión.

Compañeros que nos muestran a las claras una hostilidad absurda y desproporcionada al defender a su cliente; jueces que en sala se dirigen a nosotros de manera desabrida, recriminatoria y carente de la más mínima sensibilidad; clientes que transmiten incomprensión y desconfianza a pesar de nuestro esfuerzo y entrega o que, sin esperarlo y sin razón plausible, nos sustituyen por otro letrado, sin olvidar la Espada de Damocles de una denuncia injusta; y que decir de las sorpresas que nos producen algunas resoluciones tras un trabajo agotador, quizás tras años de esfuerzo, cuando teníamos la firme convicción de una victoria…(estas conductas se examinan más a fondo en el post ¿Por qué es difícil ser abogado? http://oscarleon.es/por-que-es-dificil-llegar-a-ser-abogado/)

No es de extrañar por tanto que muchos compañeros se rindan tras años de ejercicio.

Ahora bien, los que hemos sobrevivido y seguimos aquí, sin saberlo, hemos ido descubriendo algo parecido a un bálsamo de Fierabrás que nos ha ayudado a curar las heridas (que no las cicatrices) y a seguir en la contienda con buen ánimo a pesar de tantas y tantas dificultades.

Por ello, me gustaría contribuir humildemente a facilitar algunos de los ingredientes (pues la fórmula magistral sólo se alcanza con el paso de los años y la experiencia), con el deseo de que compañeros más jóvenes, o incluso aquellos que tengan el firme propósito de comenzar a ejercer puedan servirse de ellas.

1º.- Sabiduría, no exenta de previsión, para ser consciente de que la abogacía es una tarea difícil y compleja, en la que se van a producir, más temprano que tarde, muchas de estas situaciones desagradables. El mero hecho de ser consciente de su existencia y posible acaecimiento ya rebaja el efecto que pueden tener sobre nosotros.

Igualmente, sabiduría para reconocer que frente a estas incidencias, existen también momentos agradables y felices que nos hacen disfrutar de la profesión, y que probablemente volverán a producirse tras la tormenta que estemos viviendo.

2º.- Fortaleza, para soportar el impacto de las mismas, pues hay que ser fuerte y no venirse abajo cuando estas se produzcan, sino que hay que mirarles a la cara y, bien pertrechados de paciencia, prudencia y autocontrol, saber afrontarlas con recursos que nos den la suficiente frialdad para salir con el menor daño posible.

3º.- Alta tolerancia a la frustración, que es la capacidad para tolerar o hacer frente a las situaciones que no se ajusten a nuestros deseos y necesidades como consecuencia de disponer de unas creencias más realistas y ajustadas a la realidad. De este modo, ante los problemas, si bien podemos sentir contrariedad o malestar, ello no le impide continuar con la búsqueda de nuestros objetivos. Esta habilidad es fundamental para nosotros, pues los tiempos de recuperación se acortan notablemente tras el mal trago, y pronto volvemos a estar a pleno rendimiento (si quieres leer más sobre este tema puedes ver el post Abogados y Tolerancia a la frustración http://oscarleon.es/abogados-y-tolerancia-a-la-frustracion/).

4º.- Y humildad para buscar la ayuda de algún compañero más experto que pueda aconsejarnos, pues compartiendo no solo se descarga el dolor, sino que se crece ante la adversidad.

No lo dudes, si sufres una situación complicada en tu ejercicio profesional aplica estas habilidades que sin duda te ayudarán a entenderla y superarla en el más corto espacio de tiempo, pues ya sabes que los abogados, si no tenemos tiempo para ponernos enfermos, menos tenemos para venirnos abajo.

Y concluyo con esta reflexión que encontré hace años en internet y que, de alguna forma, resume todo lo expuesto:

“Como el fuego forja el hierro en el yunque, la necesidad y la preocupación diaria forja la personalidad del Abogado. Un gran número de ellos se dan de baja y se dedican a otra cosa cuando llevan años de ejercicio, quince años si no antes…, desesperados, agotados, fracasados. Es una profesión para superciudadanos y superciudadanas, sin ningún tipo de reconocimiento social ni reciprocidad, pero el que consigue la cima, siempre con mucho dinero o apoyo político, ve incrementar su poder y autoridad académica; más que una profesión, la vocación de Abogado es propia de los héroes”.(www.terraes/personal/lealabogados/blockabo.htm)

 

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¿Qué criterios podemos emplear los abogados para fijar la cuantía de los honorarios?

29.05.2017 Categoría: Gestión, Mi Práctica diaria Sin comentarios
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Como es bien conocido, la regulación de los honorarios, y especialmente los criterios que disponen los abogados para minutar, ha sufrido en los últimos veinte años una serie de vicisitudes legislativas y jurisprudenciales que han concluido en una situación en la que prevalece de forma absoluta el principio de libertad de fijación y establecimiento de la cuantía y el régimen de los honorarios (con respeto, en todo caso a las normas deontológicas y sobre competencia desleal).

Esto supone que el abogado podrá fijar sus honorarios libremente y cerrar el correspondiente acuerdo con su cliente, careciendo de cualquier referencia legal o estatutaria para adecuar la determinación de los mismos. Es el mercado el que ahora manda, y a través de éste deberá el abogado fijar sus honorarios. No hay mínimos ni máximos, ni orientación colegial alguna, salvo para los procesos de tasación de costas y reclamaciones de honorarios conforme al artículo 35 de la LEC.

Esta regulación ha llevado al abogado a una situación verdaderamente compleja, pues el abogado carece de un arancel o baremo siquiera de referencia, situación que podemos trasladar igualmente al cliente del despacho, que desconoce completamente cuales son los honorarios que el abogado puede cobrarle por sus servicios.

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Algunas reflexiones sobre los peligros de la implicación excesiva del abogado con el cliente.

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Rescatamos hoy un post publicado en este blog hace más de dos años bajo el título “Abogado, implícate con tu cliente, pero no demasiado…” y que he decido publicar con algunas modificaciones, dado que tras releerlo he comprobado que sigue de actualidad y que los compañeros, al tratar las relaciones con los clientes, siguen comentando como tema de interés la importancia de no implicarse demasiado con los intereses del cliente.

Efectivamente, en ocasiones el abogado se preocupa enormemente por los casos que está defendiendo, de tal modo que no puede dejar de pensar en los mismos y en su posible resolución. Esta situación, que podría considerarse positiva si se adopta con cierta prudencia, se vuelve patológica cuando la implicación es tal que comenzamos a sufrir como si del propio cliente se tratara. Nos desvelamos por la noche pensando en el caso, nos indignamos ante el mero pensamiento de la conducta del contrario, anhelamos una solución favorable y, literalmente, sufrimos pensando en un posible fracaso ante nuestro cliente.

Las consecuencias de esta actitud no se hacen esperar; insomnio, úlceras, distracciones e incluso cierta agresividad que van a pasar factura tanto a nuestra vida personal como profesional.

Esta es una conducta muy propia del joven abogado cuando lleva sus primeros asuntos, si bien la experiencia y la práctica va reduciendo tal comportamiento hasta llegar un punto en el que su involucración se modera hasta lo estrictamente necesario; quienes no superan esta situación acaban abandonando la profesión o continúan en el ejercicio profesional padeciendo (y haciendo padecer a los demás, especialmente a su familia) un verdadero infierno.

Dicho esto, el objeto de este post no es otro que alertar a aquellos compañeros que al leer estas líneas puedan verse identificados de algún modo, a fin de que adopten las medidas necesarias para modificar dicha tendencia, ya que la excesiva involucración llega un punto que nos resulta insoportable por afectarnos personal y profesionalmente, siendo conveniente una aproximación al cliente y a su asunto con cierta distancia y moderación.

Para ello, vamos a establecer una serie de razones a modo de consejos que podrían ayudarnos a reflexionar sobre lo pernicioso de una excesiva implicación con nuestro cliente y su asunto:

1º.- Ver que la causa del problema del cliente es ajena a ti.

Cuando el cliente se presenta en el despacho del abogado viene para que lo asesore y defienda, y ¿sabes por qué?, por qué él se ha metido o alguien lo ha metido en el problema en el que se encuentra. La causa última de que esté en el despacho deriva del propio cliente, quien lo que busca es ayuda en forma de asesoramiento. Si te vas a angustiar por lo que otro ha hecho, viviéndolo como si tú fueras el causante del problema, prepárate para sufrir. Por ello, cuando te veas implicándote más de la cuenta piensa en que la raíz del problema que estás solucionando es completamente ajena a ti, y te aseguro que te ayudará a ver las cosas desde otra perspectiva.

2º.- Mantener la independencia creando un distanciamiento emocional.

Aunque a veces los clientes piensan que si el abogado está emocionalmente implicado en el caso realizarán una mejor defensa, están completamente equivocados. El abogado debe crear una distancia emocional con su cliente que le permita alejar la subjetividad que éste va a imprimir a todas sus acciones, pues siendo objetivo, es como el profesional podrá barajar todas las alternativas de defensa posibles, sea cual sea la incomodidad, malestar o incluso discrepancia de su cliente. El buen abogado debe ser empático y saber ponerse en el lugar del cliente para entender sus emocionales, pero ello no significa que debamos identificarnos con él, puesto que en tal caso perderemos la objetividad que exige la aplicación de nuestros conocimientos técnicos y prácticos a la solución del caso.

3º.-  La excesiva involucración genera conductas desleales desde una perspectiva deontológica.

¿Ves a esos compañeros que cuando llegas a la puerta de la sala acompañando a su cliente y cuando los miras te vuelven la espalda o te responden con hostilidad? Pues esos compañeros están excesivamente implicados con sus clientes hasta el punto de que temen que éstos les recriminen que hablen o incluso saluden al “enemigo”. La excesiva involucración conduce inevitablemente al incumplimiento de obligaciones deontológicas como la lealtad a los compañeros que flaco favor le hacen a nuestra profesión. Si estás excesivamente involucrado, es probable que actúes de forma hostil frente al contrario y a su cliente, bien porque sientes que debes hacerlo, bien a modo de pantomima ante tu cliente, conducta que a larga se paga pues “los clientes y los casos pasan y los abogados quedan…”

Ya lo decía Eduardo J. Couture en su famoso decálogo: Olvida. La abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fueras llenando tu alma de rencor llegaría un día en que la vida sería imposible para ti. Concluido el combate, olvida tan pronto tu victoria como tu derrota.

4º.- Ya tienes suficientes problemas…

¿Tú no tienes tus propios problemas? Pues ¿para qué quieres más problemas? Si te identificas con tu cliente asumes el suyo, esto te llevará a padecer en un grado muy aproximado a lo que sufre el cliente Y digo yo, ¿Para qué? ¿Para ignorar tus problemas y centrarte en los del cliente?  Mal negocio…

5º.- No es bueno para tu salud.

Si te involucras más de la cuenta acabarás física y psíquicamente destrozado, no lo dudes. La razón de ello radica en que tu no llevas un solo caso, sino una o dos docenas, cada uno con su problema particular de fondo, de modo que si vives cada caso identificándote con el cliente y su problema (además de los tuyos) acabarás exhausto y no tendrás otra salida que dejar la profesión (posible síndrome burnout) y si aguantas, solo espero no encontrarme contigo en una sala de vistas.

Concluir señalando que si encontramos el punto medio, no ajeno a la administración de un cierto estrés y tensión profesional, no solo asesoraremos y defenderemos a nuestro cliente con más eficacia, sino que tendremos la oportunidad de disfrutar a conciencia del camino profesional que recorremos a diario.

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Los honorarios del abogado no se pagan con la bendición o el muchas gracias.

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El post de hoy es ciertamente breve, y lo es porque pretende limitarse a hacernos reflexionar sobre la importancia que tiene el efectivo cobro de los honorarios profesionales por nuestro trabajo.

Para ello, me limitaré a transcribir un párrafo de un post del abogado y consultor psicológico argentino Santiago Sinópoli (Honorarios: la sal de la vida, pero me cuesta cobrarlos, http://www.legaltoday.com/opinion/articulos-de-opinion/honorarios-la-sal-de-la-vida-pero-me-cuesta-cobrarlos), que sin duda os llevará a recapacitar sobre esta especie de “maldición” que pesa sobre nuestra práctica profesional:

“…el primer paso lo debe dar el abogado hablando claro desde la primer consulta, para no dejar dudas, que la profesión no es un acto de caridad o amor, que no es una función meramente altruista, que más allá del compromiso ético del abogado de hacer todo lo necesario para que su cliente deje de sufrir por un acto de injusticia, hay una contraprestación por los servicios prestados, que no se satisfacen con la bendición o el muchas gracias, sino con el pago de un justo honorario que es la sal de nuestra vida como el de cualquier otra persona”

Acto de caridad o amor, altruismo,  más allá del compromiso ético, acto de injusticia, el muchas gracias, pago de un justo honorario, etc…, muchas ideas sobre las que pensar y debatir en tan breve párrafo.

Ahí queda eso…

 

Por lo demás, os espero este jueves 18 a las 16,30 en el salón de actos de ICA Madrid en la jornada sobre Técnicas de Gestión de Honorarios Profesionales para abogados. Para inscribirte:

https://web.icam.es/actualidad/noticia/3696/Técnicas_de_gestión_de_honorarios_profesionales_para_abogados,_próxima_charla_de_la_Sección_de_Iniciación

 

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Cuando el lenguaje del abogado refuerza o debilita el alegato.

17.04.2017 Categoría: Mi Práctica diaria, Oratoria Sin comentarios
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“La lengua es un arma sin hueso atrapada entre los dientes“ Buda.

Refiere Enrique Martínez Lozano en su libro “Crisis, crecimiento y despertar de la existencia” sobre un experimento en el que a un grupo de personas se le pidió que observara una serie de palabras de tipo negativo que se les iban proyectando tales como imposible, complejo, insuperable, peligroso, desagradable, atemorizador; a continuación se les tomó una muestra de saliva. Poco después, se modificaron las palabras por estas otras: posible, superable, accesible, capaz, valioso, y se les volvió a tomar la muestra. Los resultados fueron notables: en el primer ejercicio el grupo presentó un marcado aumento de cortisol (hormona del estrés), mientras que en el segundo se produjo  un descenso.

Una de las conclusiones del ensayo afirma que el lenguaje no solo describe, sino que además crea realidades, pues afecta a nuestras emociones y a nuestro estado de ánimo, de modo que un mensaje plagado de palabras con una connotación negativa no serán bien acogidas por el receptor y viceversa (y de eso saben muy bien en publicidad). Lo más sorprendente es que esta no es una cuestión de nuestra parte consciente, sino que es nuestro inconsciente el que, a partir del lenguaje, genera unas emociones positivas o negativas. No hemos de olvidar que las palabras que conforman el lenguaje son una fuerza; son el poder del que disponemos para expresar y comunicar lo que pensamos, lo que sentimos. En definitiva, son la expresión de nuestra intención en cada momento en que las pronunciamos.

Todo lo anterior nos lleva a la importancia que puede tener la selección de las palabras que vayamos a emplear en nuestro informe oral, valor que radicará en la forma en la que el juez, destinatario único del mismo, lo percibirá.

Pero, vayamos por partes.

Dentro de la fase argumentativa del informe oral pueden distinguirse dos partes bien definidas: la argumentación de nuestra propuesta de defensa y la refutación de la contraria (ésta última puede ser anticipada si informamos antes, o posterior, si lo hacemos al final). Lógicamente, a través de la argumentación el abogado trata de persuadir al juez de la bondad de sus argumentos, mientras que durante la refutación, se tratará de restar valor a los argumentos de contrario.

Por lo tanto, en un contexto en el que el abogado trata de persuadir al juez de la conveniencia de su propuesta, es lógico pensar que si le hacemos llegar nuestro mensaje de una forma agradable, favorable, suave, es decir, empleando palabras que refuercen el mensaje y le den un impacto positivo, este será recibido probablemente con más atención e interés (ya decía Quintiliano que “el ánimo abraza mejor lo que oye con gusto”). Por el contrario, si lo que tratamos es de transmitir la inconveniencia de determinados argumentos, qué duda cabe que si lo hacemos en un contexto verbal preñado de expresiones desagradables, negativas y que debiliten el mensaje (el mensaje refutado, claro está), habremos conseguido, con independencia de la argumentación, crear un contexto poco propicio para la recepción del mensaje.

Partiendo de lo anterior, proponemos que a la hora de elaborar el informe oral, cuando nos dediquemos a preparar las dos partes de la argumentación, seleccionemos claramente el lenguaje que vamos a emplear, distinguiendo entre argumentación y refutación, práctica ésta que estimo no es nada difícil, pues el trabajo se limitará a incluir algunos sustantivos, verbos, adverbios o locuciones en el lugar clave que corresponda. De esta forma, dispondremos de un informe estratégicamente diseñado para impactar en uno u otro sentido, en función de las palabras empleadas.

A modo de ejemplo, y para nuestra argumentación, podríamos usar las siguientes palabras:

-          Claro, preciso, coherente, uniforme, acreditado, probado, demostrado, objetivo, recto, directo, fácil, sencillo, comprensible, lógico, entendible, conciso, verdad, certeza, argumentado, honesto, fiel, razonado, solvente, favorable, lineal, ordenado, previsible, concatenado, conclusión, centrado, justicia, ecuanimidad, equidad, neutralidad, probidad, rectitud, conciencia.

Y para la refutación, estas otras:

-          Oscuro, tergiversado, entramado, incoherencia, deslavazado, disperso, subjetivo, parcial, sinuoso, inveraz, interesado, falto de…, huérfano, carente de…, carencia, omisión, olvido, adornado, hojarasca, sin fondo o contenido, improvisado, desacreditado, difícil, complejo, ilógico, incomprensible, falacia, infiel, desfavorable, perdido, retórico, hostil, injusticia, atropello, abuso, componenda, sinrazón, podría ser, creo que, pienso que…podría decirse que…

Para concluir, hemos de realizar una precisión. El uso del lenguaje que hemos examinado tiene una exclusiva finalidad estratégica en el contexto de la exposición de nuestros argumentos y refutación de los contrarios; ahora bien, en modo alguno ello puede autorizar el empleo en sala de un lenguaje para insultar, culpar, reprochar, etc., o un lenguaje desagradable, arrogante, tosco, sarcástico, irónico, etc., pues en tales casos estaremos siendo irrespetuosos frente al compañero, la parte contraria y frente al propio juez, lo cual es deontológicamente inadmisible, sin perjuicio de que este lo verá como muestra de pocos recursos o de escasa preparación.

De lo que se trata en definitiva es de atacar la argumentación adversa desacreditándola o debilitándola respetando a la persona y al profesional.

 

 

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