Categoría: Nuestra Profesión

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El prestigio de la abogacía se forma por la suma del prestigio de los abogados.

TOGA

La reflexión que da título a este post procede de la obra de Jose María Martínez Val, Abogacía y Abogados, en la que al tratar sobre la lealtad entre compañeros, nos avisa de la proyección que nuestra conducta puede tener sobre nuestro colectivo profesional.

Concretamente, el autor la refiere en los siguientes términos:

“Pero son las partes quienes realmente se enfrentan y pugnan. Nosotros, sus luchadores, lo hacemos en un plano ideal o doctrinal, donde el interés deja su paso a la invocación del derecho y el sentimiento de la justicia.

Todo abogado debe pensar en esto cuando pleitea.  Y también en que su compañero forma parte, como él, de una misma Corporación u Orden (el Colegio de Abogados) cuyo prestigio social se forma por la suma de los prestigios de los colegiados.”

En mi opinión, esta frase encierra una regla de oro para todo abogado (que recuerda de alguna forma al slogan medioambiental de “piensa globalmente y actúa localmente”), puesto que nos hace reflexionar sobre la repercusión que puede tener cualquier conducta, sea positiva o negativa, en la imagen, fama o consideración social de nuestro colectivo, cuestión ésta no carente de importancia, pues la abogacía, que desarrolla un rol fundamental en la sociedad, requiere indefectiblemente para el cumplimiento de sus fines gozar de esa buena estima social a la que denominamos prestigio, un edificio difícil de construir, fácil de demoler y muy difícil de reconstruir.

Pero con independencia de esa proyección positiva, este pensamiento nos hace sentirnos más responsables y diligentes en nuestra actividad, ya que como parte del colectivo nos permite participar activamente en el crecimiento del mismo, lo que se consigue a través de la continua atención en la conducta que desarrollamos; así, por un lado, evitaremos dañar a nuestra profesión y, por otro, la favoreceremos.

Igualmente, contribuir al prestigio del colectivo, constituye un claro acicate para que, el abogado, individualmente, crezca, se forme y desarrolle permanentemente haciéndose un mejor profesional día a día, pues qué duda cabe que siendo mejores contribuiremos a la excelencia del colectivo presente y futuro.

Finalmente, el abogado, sabedor de la repercusión de su conducta, estará alerta ante el comportamiento de otros colegas que, o bien desconocen este precepto o no quieren entenderlo, lo que dará oportunidad  a aquellos de hacer gala de su clara adscripción al mismo, manifestando con sus actos una actitud que pueda constituir, bien una referencia positiva, bien un claro aviso de navegantes.

Podrá aventurarse por algunos, con cierta ironía, que los abogados no gozamos de buena fama y que habría mucho por hacer; sin embargo, y a modo de refutación anticipada, les digo que miro a mi alrededor y veo a abogados de todas las edades comprometidos con su profesión y con la justicia, profesionales industriosos y entregados a su actividad diaria con tal celo que muchas profesiones envidiarían; letrados que, haciendo de la independencia virtud,  se rigen por el código de la honestidad y lealtad a sus clientes, compañeros y otros profesionales de la justicia, algunos ejerciendo en unas condiciones que muchos ciudadanos rehusarían. Por otro lado, las encuestas que vienen realizándose estos últimos años respecto a las diversas profesiones muestran una verdad indiscutible, cual es que la abogacía se encuentra bien considerada socialmente. Naturalmente, lo anterior no niega que existan “ovejas negras” en nuestra profesión, pues de todo hay en la Viña del Señor.

Y concluyo con una llamada a la responsabilidad y, por qué no, al orgullo de sentirnos abogados: seamos mejores abogados cada día y construyamos así una mejor abogacía.

 

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La ira en un asunto influye en otros cien. De modo que no puede haber abogado irascible.

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“Quien me insulta siempre no me ofende jamás” Victor Hugo.

Por todos los abogados es conocido que nos enfrentamos constantemente a situaciones irritantes que, de no ser por la moderación que nos imponemos, sacarían lo peor de nosotros; la injusticia, la venganza, el resentimiento, la decepción, la frustración, la mala educación, la falta de respeto, no son más que algunas de las realidades que surgen inevitablemente en los escenarios de contradicción en los que hemos de interactuar.

Frente a estas situaciones, el abogado, como ser humano, puede fácilmente reaccionar de dos formas: actuar asaltado por la ira o, a pesar de la sentida indignación, mantener el control y actuar consecuentemente en busca de la consecución de nuestros objetivos.

Será pues objeto de este post, reflexionar sobre la conducta más conveniente a seguir cuando estamos dispuestos a reaccionar frente a alguno de esos acontecimientos desagradables que surgen en nuestro quehacer diario.

Para ello, lo primero que hemos de hacer es distinguir entre los posibles desencadenantes que la provocan, puesto que podemos encontrar tanto actitudes de terceros derivadas del contexto en el que actuamos y que provocan enorme malestar, como conductas ya totalmente improcedentes e injustificables.

Respecto de las primeras, es normal que se conciten tanto envidias, resentimientos, egos quebrantados como heridas resultantes del combate, y que suelen provenir de la parte perjudicada por nuestra defensa. ¿Quién no ha sufrido descalificaciones incluso personales por la parte contraria, hundida en el dolor amargo de la derrota?; no es de extrañar que el contrario nos identifique con su adversario y proyecte en nosotros sus frustraciones. Igualmente, y esto es más triste aun, es nuestro propio cliente, quien decepcionado ante el resultado no deseado, recarga las tintas contra su propio letrado con comentarios hirientes. Finalmente, incluiríamos en este grupo la incomprensión, a veces mudada a desprecio, que algunos sectores sociales conciben contra el abogado por el mero hecho de ejercer su sagrado derecho de defensa respecto de alguien que ya ha sido condenado socialmente.

En cuanto a las segundas, a veces nos encontramos con conductas hostiles de compañeros, jueces o de servidores de la administración, que injustamente depositan en nosotros su frustración con salidas de tono o comentarios irrespetuosos mimetizados en forma de consejos, admoniciones o sugerencias que no hacen más que intensificar el daño creado.

Ambas situaciones, suelen tener en el abogado un profundo efecto negativo, pues suelen socavar los pilares de su autoestima profesional y personal, y con ello incluso la confianza que mantenemos en nuestro criterio, lo cual puede ser de consecuencias imprevisibles para un joven abogado cuyos cimientos vocacionales están en plena construcción.

Situada la cuestión, considero que el proceder de todo abogado debe guiarse por una serie de principios que pasamos a epigrafiar:

1º.- Prudencia: La prudencia, entendida como capacidad de analizar de forma reflexiva y atenta el tipo de acción que vamos a emprender y antes de llevarla a cabo, nos impone mantener un comportamiento sereno y calmado ante situaciones que puedan enojarnos y provocar una reacción desmedida que, a la postre, podrá causarnos perjuicios irreparables. Hay que pensar y conservar la calma cuando se presentan los problemas.

2º.- Paciencia: Entendida como la virtud para soportar con entereza situaciones difíciles y complicadas que entrañan grandes dificultades y la capacidad de actuar de forma perseverante y sin alterarnos por las contrariedades que podemos encontrarnos por el camino, constituye una herramienta ideal para, con templanza y el justo equilibrio en el actuar, evitar aquellas situaciones que puedan provocar una falta de control y disponer de la serenidad para actuar contundentemente en defensa de nuestros derechos.

3ª.- Desdén: Actuar con indiferencia, o incluso un desprecio sutil, es generalmente la mejor medicina para soportar los males de opinión, pues el desdén conlleva un componente de confianza y convencimiento en lo que hacemos, que supondrá una cota de malla protectora frente a los dardos de aquellos males. El desdén es el equivalente al refrán popular “ande yo caliente y ríase la gente” o, si queremos algo más sofisticado, nos decía el gran Da Vinci que “Quien de verdad sabe de qué habla, no encontrará razones para levantar la voz”

4º.- Moderación: Fruto de la paciencia y la prudencia, el único resultado previsible de un abogado ante estas situaciones es actuar siempre con moderación, es decir, evitando caer en la ira, la pérdida de control, el grito, el insulto o la hostilidad descontrolada; al contrario, hemos de reflexionar en microsegundos y optar por una conducta que nos permita controlar los acontecimientos y, de esta forma, no poner en juego la consecución de nuestros objetivos o sufrir un daño por nuestras acciones.

5º.- Relativizar: El calor del momento es un consejero muy traicionero, pues nos impide evaluar lo que está ocurriendo en su justa medida, por lo que es muy aconsejable morderse la lengua y darse un mínimo tiempo para afrontar la situación con más frialdad. Para ello, tirando de la serenidad que nos da la moderación, actuaremos en consecuencia y, posteriormente, ya contemplaremos con más tiempo lo ocurrido. “Contra la ira, la dilación´” decía Séneca.

6º.- La defensa de nuestros derechos: Todo lo anterior no puede identificarse con pusilanimidad o debilidad de carácter, sino todo lo contrario, pues no hay mayor grandeza que actuar con moderación cuando todo está en nuestra contra. De hecho, se dice que la moderación es “la elegancia en el apremio”. Ahora bien, dicha moderación no está reñida con la defensa de nuestros derechos, empleando la seriedad y contrariedad que queramos transmitir; si hay que protestar citando algún derecho, si hay que llamar la atención, si hay que poner a alguien en su lugar, habrá de hacerse pero siempre evitando la desconsideración personal o la pérdida de las formas.

Concluyo con una cita de don Angel Ossorio y Gallardo:

La ira de un día es la perturbación de muchos; el enojo experimentado en un asunto influye en otros cien. Ira es antítesis de ecuanimidad. De modo que no puede haber abogado irascible.

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Nadie dijo que la abogacía seria fácil.

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Esta frase fue la que pronunció mi maestro cuando, herido en mi orgullo, le comenté lo mal que lo había pasado tras la lectura de la contestación a mi primera demanda, queja provocada por el tono desabrido empleado por el abogado contrario en la contestación, y que rozaba el desprecio no solo a la argumentación en la que tanto había trabajado, sino igualmente al propio redactor del texto. Aquello no era mordacidad, sino un ataque directo a la autoestima personal y profesional del contrincante.

Con el paso del tiempo fui aprendiendo que el día a día del abogado estaría plagado de situaciones desagradables consecuencia de la contradicción que impera en nuestra labor, pero que siempre encontrarían su complemento en otras más favorables y positivas. De hecho, esta complementariedad o alternancia de situaciones que repercuten claramente en nuestro estado anímico, es la que nos permite sobrevivir en este complejo entorno en el que hemos escogido deambular.

Sin embargo, en ocasiones, junto a estas situaciones difíciles y que podemos considerar “normales”,  a veces se producen otras muy complicadas que son las que desgastan, deterioran e incluso hacen replantearse la profesión a más de un compañero debido al potencial que tienen para alcanzar y dañar no solo al profesional, sino igualmente a la persona. Con ello me refiero a escenarios que se alejan de la normalidad y pasan al capítulo de lo imprevisto, indeseado y temido, provocando en el abogado pesadumbre, tristeza y un deseo inconsciente de, como anticipaba, abandonar la profesión.

Compañeros que nos muestran a las claras una hostilidad absurda y desproporcionada al defender a su cliente; jueces que en sala se dirigen a nosotros de manera desabrida, recriminatoria y carente de la más mínima sensibilidad; clientes que transmiten incomprensión y desconfianza a pesar de nuestro esfuerzo y entrega o que, sin esperarlo y sin razón plausible, nos sustituyen por otro letrado, sin olvidar la Espada de Damocles de una denuncia injusta; y que decir de las sorpresas que nos producen algunas resoluciones tras un trabajo agotador, quizás tras años de esfuerzo, cuando teníamos la firme convicción de una victoria…(estas conductas se examinan más a fondo en el post ¿Por qué es difícil ser abogado? http://oscarleon.es/por-que-es-dificil-llegar-a-ser-abogado/)

No es de extrañar por tanto que muchos compañeros se rindan tras años de ejercicio.

Ahora bien, los que hemos sobrevivido y seguimos aquí, sin saberlo, hemos ido descubriendo algo parecido a un bálsamo de Fierabrás que nos ha ayudado a curar las heridas (que no las cicatrices) y a seguir en la contienda con buen ánimo a pesar de tantas y tantas dificultades.

Por ello, me gustaría contribuir humildemente a facilitar algunos de los ingredientes (pues la fórmula magistral sólo se alcanza con el paso de los años y la experiencia), con el deseo de que compañeros más jóvenes, o incluso aquellos que tengan el firme propósito de comenzar a ejercer puedan servirse de ellas.

1º.- Sabiduría, no exenta de previsión, para ser consciente de que la abogacía es una tarea difícil y compleja, en la que se van a producir, más temprano que tarde, muchas de estas situaciones desagradables. El mero hecho de ser consciente de su existencia y posible acaecimiento ya rebaja el efecto que pueden tener sobre nosotros.

Igualmente, sabiduría para reconocer que frente a estas incidencias, existen también momentos agradables y felices que nos hacen disfrutar de la profesión, y que probablemente volverán a producirse tras la tormenta que estemos viviendo.

2º.- Fortaleza, para soportar el impacto de las mismas, pues hay que ser fuerte y no venirse abajo cuando estas se produzcan, sino que hay que mirarles a la cara y, bien pertrechados de paciencia, prudencia y autocontrol, saber afrontarlas con recursos que nos den la suficiente frialdad para salir con el menor daño posible.

3º.- Alta tolerancia a la frustración, que es la capacidad para tolerar o hacer frente a las situaciones que no se ajusten a nuestros deseos y necesidades como consecuencia de disponer de unas creencias más realistas y ajustadas a la realidad. De este modo, ante los problemas, si bien podemos sentir contrariedad o malestar, ello no le impide continuar con la búsqueda de nuestros objetivos. Esta habilidad es fundamental para nosotros, pues los tiempos de recuperación se acortan notablemente tras el mal trago, y pronto volvemos a estar a pleno rendimiento (si quieres leer más sobre este tema puedes ver el post Abogados y Tolerancia a la frustración http://oscarleon.es/abogados-y-tolerancia-a-la-frustracion/).

4º.- Y humildad para buscar la ayuda de algún compañero más experto que pueda aconsejarnos, pues compartiendo no solo se descarga el dolor, sino que se crece ante la adversidad.

No lo dudes, si sufres una situación complicada en tu ejercicio profesional aplica estas habilidades que sin duda te ayudarán a entenderla y superarla en el más corto espacio de tiempo, pues ya sabes que los abogados, si no tenemos tiempo para ponernos enfermos, menos tenemos para venirnos abajo.

Y concluyo con esta reflexión que encontré hace años en internet y que, de alguna forma, resume todo lo expuesto:

“Como el fuego forja el hierro en el yunque, la necesidad y la preocupación diaria forja la personalidad del Abogado. Un gran número de ellos se dan de baja y se dedican a otra cosa cuando llevan años de ejercicio, quince años si no antes…, desesperados, agotados, fracasados. Es una profesión para superciudadanos y superciudadanas, sin ningún tipo de reconocimiento social ni reciprocidad, pero el que consigue la cima, siempre con mucho dinero o apoyo político, ve incrementar su poder y autoridad académica; más que una profesión, la vocación de Abogado es propia de los héroes”.(www.terraes/personal/lealabogados/blockabo.htm)

 

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Los honorarios del abogado no se pagan con la bendición o el muchas gracias.

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El post de hoy es ciertamente breve, y lo es porque pretende limitarse a hacernos reflexionar sobre la importancia que tiene el efectivo cobro de los honorarios profesionales por nuestro trabajo.

Para ello, me limitaré a transcribir un párrafo de un post del abogado y consultor psicológico argentino Santiago Sinópoli (Honorarios: la sal de la vida, pero me cuesta cobrarlos, http://www.legaltoday.com/opinion/articulos-de-opinion/honorarios-la-sal-de-la-vida-pero-me-cuesta-cobrarlos), que sin duda os llevará a recapacitar sobre esta especie de “maldición” que pesa sobre nuestra práctica profesional:

“…el primer paso lo debe dar el abogado hablando claro desde la primer consulta, para no dejar dudas, que la profesión no es un acto de caridad o amor, que no es una función meramente altruista, que más allá del compromiso ético del abogado de hacer todo lo necesario para que su cliente deje de sufrir por un acto de injusticia, hay una contraprestación por los servicios prestados, que no se satisfacen con la bendición o el muchas gracias, sino con el pago de un justo honorario que es la sal de nuestra vida como el de cualquier otra persona”

Acto de caridad o amor, altruismo,  más allá del compromiso ético, acto de injusticia, el muchas gracias, pago de un justo honorario, etc…, muchas ideas sobre las que pensar y debatir en tan breve párrafo.

Ahí queda eso…

 

Por lo demás, os espero este jueves 18 a las 16,30 en el salón de actos de ICA Madrid en la jornada sobre Técnicas de Gestión de Honorarios Profesionales para abogados. Para inscribirte:

https://web.icam.es/actualidad/noticia/3696/Técnicas_de_gestión_de_honorarios_profesionales_para_abogados,_próxima_charla_de_la_Sección_de_Iniciación

 

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¡Más vale un mal acuerdo que un buen pleito”

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El saber popular raras veces se equivoca, y da fe de ello el que hasta los abogados coincidimos en el buen sentido y razón de este dicho secular. Hoy, partiendo de su significado más que conocido, vamos a dedicar el post a examinar su aplicación en aquellos supuestos en los que aunque el cliente disponga de una aparente ventaja a la hora de afrontar el pleito (bien sea antes de iniciarse o durante el mismo), se imponga finalmente la conveniencia de alcanzar un acuerdo.

En múltiples ocasiones, los abogados nos encontramos con situaciones en las que se plantea la posibilidad de alcanzar un acuerdo con la otra parte. En estas ocasiones, impulsados por el interés del cliente, verdadero motor del profesional, nos vemos abocados a tomar una decisión en uno u otro sentido: o continuamos hasta el final o nos sentamos a negociar en búsqueda del pacto.

En estos casos, la postura a seguir dependerá de numerosos factores vinculados a nuestra posición en el proceso (potencialmente favorable, desfavorable o neutra), a la opinión personal del cliente, a la posición que adopte el juez en el contexto de la conciliación, la duración del pleito, y otros innumerables factores menores que igualmente deberán ser considerados. De la resultancia de los mismos, el abogado tendrá que adoptar una u otra línea de acción que condicionará el resultado final del proceso.

En algunas ocasiones, la opción de alcanzar el acuerdo es clara, tanto si la razón está de nuestra parte como si no. Esta situación se observa diariamente en las conformidades que se producen en los juicios orales, cuando a pesar de nuestra convicción en la inocencia del cliente, el riesgo de continuar el procedimiento puede concluir en una resolución catastrófica para la libertad o su patrimonio, con innumerables riesgos colaterales (civiles, reputacionales, profesionales, etc.), lo que, con el debido consentimiento del mismo, llevará a tal conformidad. En otras ocasiones, a pesar de que nuestra posición sea más desfavorable, es la otra parte la que, acuciada por la excesiva duración del pleito, se ve obligada a ofrecernos un acuerdo muy conveniente para nuestro cliente.

Sin embargo, otras veces, siendo conscientes de que llevamos razón y disponemos de un buen acervo probatorio, y que el riesgo de una resolución desfavorable es mínimo, se plantea la opción de alcanzar el acuerdo (por petición del cliente, de la otra parte o del juez).

En estos casos, la mejor recomendación es no dejarse llevar por la convicción de nuestra mejor posición procesal, y apartando nuestro ego, plantearse el escenario que queda por recorrer y considerar todos los factores y consecuencias que pueden incidir en el mejor interés del cliente tanto si continuamos luchando como si accedemos a una transacción. Así, factores como los apuntados de opinión del cliente, duración del pleito, riesgo de pérdida del patrimonio del contrario, consecuencias de una eventual sentencia desfavorable para nuestro cliente, etc…nos servirán para decidir si es mejor pactar a pesar de nuestras favorables expectativas.

Y aquí juega un papel esencial la profesionalidad y honestidad del abogado, quien a sabiendas del deterioro que el consejo orientado al pacto puede producir en su reputación, imagen o fama, debe exponer al cliente de forma clara, sin ambigüedades, el estado real de las cosas, a fin de convencerlo de la mejor opción atendidas las circunstancias presentes, información que deberá ser completa, sin tapujos, exponiéndole todas las alternativas para que éste tome la decisión con todas las garantías.

Tanto en el caso de que el cliente acepte la transacción como de no hacerlo, la actuación del abogado habrá sido modélica, dotada de lealtad, honestidad y sabiduría, pues habremos actuado en el interés del cliente, realizando nuestra función de consejo y asesoramiento en toda su extensión.

En su libro Letters to a yong lawyer Alan Dershowitz nos ilustra con un ejemplo muy apropiado al tema que estamos abordando. Bill Clinton fue demandado por Paula Jones en un caso de acoso sexual en el que la defensa de Clinton consideraba difícilmente prosperaría. En el contexto de las conversaciones para alcanzar un preacuerdo para retirar los cargos, Clinton hizo una declaración (deposición) sobre su vida sexual que podría haber evitado con no haber asistido (default). Alcanzado el acuerdo por 850.000 $, la declaración realizada provoco que Clinton fuera posteriormente imputado por sendos delitos de perjurio y obstrucción a la Justicia que casi le cuestan su presidencia, profesión e incluso libertad. Señala Alan Dershowitz que el abogado de Clinton podría haber aconsejado a su cliente no asistir a la declaración, pero no lo hizo, al considerar que su inasistencia habría supuesto “una derrota” ante la opinión pública.

Por lo tanto, en ocasiones, a pesar de que el acuerdo pueda asimilarse para el abogado a la derrota, será mejor perder porque a través de ésta el cliente ganará más que con la victoria; y es que ya lo dice el refrán…

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Abogados jóvenes, abogados veteranos…todos abogados.

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Uno de los aspectos que me ha llamado más la atención de las relaciones entre los abogados veteranos y los abogados jóvenes es el compañerismo que se observa cuando ambos se encuentran en la defensa de sus respectivos clientes. Y con ello me quiero referir a la cordialidad, mesura y delicadeza con la que el abogado veterano suele tratar al joven y el respeto y consideración con el que el joven trata igualmente al veterano.

Cuando comencé mi andadura profesional, recuerdo que en ocasiones (la mayoría de las veces) me topaba de contrario a un abogado veterano. En estos casos, lo que esperas es que tu contrario actúe contigo de forma paternalista y con cierta superioridad, pues a fin de cuenta él es el que lleva los galones concedidos por el tiempo y la práctica. Sin embargo, después de muchos años puedo referir que la actitud que han tenido los abogados veteranos conmigo ha sido extraordinaria: respeto, atención, consideración y un trato de igual a igual, muchas veces a pesar de que eran más que conscientes de mi falta de experiencia. Solo en algunos casos excepcionales, y que puedo contar con los dedos de una mano, algún abogado veterano me trató con desconsideración y con aires de superioridad.

Esta situación siempre me ha admirado, pues como digo, la tentación del abogado experto de sacar partido de las flaquezas del inexperto está ahí, pero la opción más habitual ha sido fomentar la igualdad a través de una conducta leal y respetuosa.

Y al contrario, cuando me he convertido en un abogado veterano, al cruzarse en mi camino jóvenes abogados, éstos han sido muy considerados y respetuosos, demostrando una preparación y seguridad que no me ha hecho cuestionarme la diferencia de edad profesional.

Y esa es la grandeza de nuestra profesión, pues una vez lanzados a la arena, somos como aquellos gladiadores que luchaban hasta la extenuación, y que se veían igualados por las armas en un justo combate que, sin embargo, no les hacía perder el respeto recíproco o amistad, sabedores de todo el esfuerzo y tesón desarrollado por el adversario hasta este encuentro.

Naturalmente, lo anterior no obsta a que, una vez en defensa de nuestros clientes, el referido compañerismo, telón de fondo obligado, no entorpecerá el uso con la máxima intensidad de nuestros medios de defensa, pues ya lo decía don Angel Ossorio al tratar la cortesía desenfadada o el desenfado cortés:

“Esto es, el respeto más escrupuloso para el litigante adverso y para su patrono…hasta el instante en que la justicia ordene dejar de guardárselo. Es imperdonable la mortificación al que está enfrente sólo por el hecho de estar enfrente; pero es cobarde deserción del deber el abstenerse de descubrir el vicio y de atacarle, ocultando así extremos precisos a la propia defensa, por rendirse a contemplaciones de respeto, de amistad o de otra delicadeza semejante. Al ponerse la toga, para el letrado se acaba todo lo que no sea el servicio de la defensa.”

Creo por tanto que, en unión de muchos otros comportamientos, esta es una de las facetas más evidentes del compañerismo que debe de existir en la profesión, compañerismo como respeto a pesar de las diferencias de experiencia; compañerismo como lealtad, no aprovechándose o perjudicando con triquiñuelas al contrario…

En la medida que todos los abogados mantengamos este propósito cada vez que nuestros caminos se crucen con otro compañero más joven, qué duda cabe que estaremos haciendo un bien enorme a la profesión, pues esas conductas se arraigarán en éste, propiciándose así su reiteración en el futuro.

Y al contrario, ya que el abogado veterano que sintiéndose superior al joven lo manifieste a través de actos de superioridad, desprestigio y un paternalismo mal entendido, que sepa que estará dejando de ser un verdadero abogado, pues un abogado siempre habrá de mantener, recíproca lealtad, respeto mutuo y relaciones de compañerismo con todos sus colegas, sea cual sea la diferencia de edad o de experiencia.

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La importancia del abogado preventivo.

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La mayoría de las personas acude al médico con una finalidad eminentemente preventiva para cuidar de su salud. Igualmente, es habitual que aseguremos la casa, el vehículo, la vida,… Sin embargo, esta cultura preventiva aun no ha calado en el ámbito de los problemas legales. Si la medicina preventiva promueve la buena salud, ¿por qué razón los ciudadanos, bajo determinadas circunstancias, no están interesados en promover tanto la reducción de una futura litigiosidad como la de menores costes legales?

La respuesta a esta cuestión es muy compleja debido a que nos enfrentamos a un problema de percepción social. Es un hecho constatado que la población en general considera que los abogados son profesionales que solo deben que ser consultados como último recurso, cuando algo ya va mal y ya no queda mas remedio que buscar su consejo. El abogado, por tanto, es un profesional que sirve para resolver problemas, un “apaga fuegos”. Es entonces cuando consultamos a nuestros conocidos para que nos recomienden a un buen abogado, quien desgraciadamente aparece en escena cuando la llama ya ha prendido…

Ciertamente, es posible que los propios abogados hayamos contribuido a esa visión, ya que nuestra propia cultura profesional nos enseña que los conflictos encuentran su solución en el contexto hostil del litigio basado en el axioma del ganador/perdedor, y esto es lo que siempre ha entendido nuestra sociedad, pero también el ciudadano ha contribuido a ello eludiendo la intervención de un profesional, bien porque sobreestima su propia capacidad y conocimiento para controlar una operación que tenga flecos legales (por ejemplo, una compraventa o un arrendamiento) bien porque decide ahorrar los costes adicionales del abogado.

Sin embargo, todos los abogados somos conscientes tanto de que este modelo no funciona, como lo son la inmensa mayoría de los clientes que han tenido que sufrir un litigio. Vivimos en una sociedad reglamentada en la que el conflicto jurídico puede asomar a la vuelta de la esquina sin que hayamos participado en su causa, situaciones que tienen que resolverse en unos Juzgados y Tribunales que se encuentran colapsados en todos sus niveles y cuya capacidad de respuesta es lenta y limitada; y para colmo, los procesos son costosos y rodeados de una peligrosa incertidumbre que, sea cual sea el resultado, siempre cobran un elevado coste emocional a las partes, por no decir económicos.

Por ello, es necesario buscar un enfoque diferente para la evitación y solución de conflictos, y esa nueva perspectiva nos la da la abogacía preventiva, que podemos definir como una forma de ejercer la profesión basada en el empleo de técnicas orientadas a la anticipación y prevención de problemas y conflictos legales y, en su caso, a la minimización de riesgos legales y maximización de derechos y de salidas negociadas a conflictos ya existentes. Por lo tanto, frente al planteamiento reactivo y basado en la gestión de hechos pasados que preconiza el enfoque de solución de conflictos, el enfoque preventivo es eminentemente proactivo y orientado a la evitación de conflictos futuros.

Sobre la base de esta definición, podemos afirmar que el fundamento de la abogacía preventiva radica precisamente en que somos conscientes de que el sistema de resolución de conflictos, a pesar de ser necesario (y por ello no puede ser sustituido por otro) puede ser evitado en ocasiones empleando otros enfoques que puedan lograr una mayor satisfacción del cliente.

Las herramientas con las que debe contar necesariamente el abogado para desarrollar su labor de prevención legal son, entre otras, las siguientes:

  • Formarse en una educación basada en un sistema de prevención de las crisis en lugar del sistema de gestión y solución de crisis.
  • Familiarizarse con las técnicas de negociación y mediación tanto para la solución de conflictos con terceros como para convencer al cliente del valor de una solución negociada y disuadirlo de posiciones perjudiciales.
  • Conocer al cliente, su filosofía, sus valores y sus necesidades tanto como los escenarios en los que el cliente suele operar.
  • Debe dominar el uso de la cautela y la prudencia en el consejo basado en la honestidad.
  • Finalmente, tiene que usar el pensamiento creativo, abierto y orientado en la búsqueda de alternativas para la solución del conflicto.

Aunque tanto el abogado como el cliente puedan inicialmente considerar que las ventajas del asesoramiento preventivo puedan ser escasas y que, en suma, constituirá un coste innecesario (los abogados reduciendo los honorarios por litigios, generalmente mas sustanciales, y los clientes incurriendo en costes innecesarios) lo cierto es que los beneficios de esta práctica profesional son patentes, ya que para el abogado, la asesoría preventiva equivale no solo a colaborar con la justicia, sino también a mantener una relación duradera y no ocasional con los clientes, lo que supone una fidelización de los mismos con una mayor posibilidad de facturación (como señala el abogado Alejandro Nieto “El dinero no viene de los pleitos, sino de los clientes”), todo ello sin olvidar la reducción de estrés y tensión emocional que se elimina al evitar el pleito. Alternativamente, para el cliente, la prevención le supondrá un ahorro de tiempo, dinero, y del desgaste emocional y psicológico que supone estar sometido a las veleidades de un litigio durante años.

Concluir el post señalando que la abogacía preventiva puede ejercitarse en todas las ramas del derecho e incluso cuando el cliente se presenta con un emplazamiento para contestar una demanda, pues en tales casos, siempre habrá opciones a medio o largo plazo para solucionar amistosamente  el conflicto. Naturalmente, ello no obsta para que en caso del a veces inevitable litigio judicial, el abogado emplee su capacidad, astucia y prestigio para defender con éxito los intereses de su cliente, o, como dice Polonio sabiamente a su hijo Alertes en Hamlet: “Guárdate de entrar en pendencia; pero, una vez en ella, obra de modo que sea el contrario quien se guarde de ti”.

 

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Remedios para abogados desmotivados y sobrecargados.

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La pasada semana me organicé de modo que pasé una jornada entera en el despacho trabajando sobre una planificación de diversos asuntos de distinta naturaleza (redacción de documentos, estudio de asuntos, llamadas telefónicas, algo de organización de documentos, etc.). Lo cierto es que a medida que avanzaba la mañana podía comprobar que todo me estaba saliendo genial, y que iba cerrando los temas en tiempo y con la máxima eficacia y eficiencia[1]. De hecho, me permití a lo largo de la mañana publicar el siguiente tuit:

Óscar Fernández León ‏@oscarleon_abog  1 dic.

Hoy, mañana de ensueño en el despacho. Me he reservado día para resolver temas sin interrupciones. A veces ser abogado de laboratorio mola.[2]

Y la cosa no era para menos, pues no es un gran descubrimiento afirmar que para el ejercicio eficaz de nuestra profesión hace falta actuar con la máxima concentración en la tarea en la que estemos involucrados. Sin embargo, muchas veces pasamos por alto esta necesidad, y aun a sabiendas, actuamos siguiendo pautas opuestas a dicho principio (desmotivación, preocupación, distracciones, etc.).

Por ello, y considerando fundamental conocer la teoría que hay tras la práctica de estas conductas productivas con el fin de poder aplicarla y avanzar en nuestra autogestión personal y profesional dedicaremos el post de hoy a analizar el conocido como “estado de flujo” que aborda David Goleman en su obra titulada El cerebro y la inteligencia emocional: nuevos descubrimientos.

Básicamente, el autor parte de la ley de Yerkes-Dodson (1908), que demuestra la relación existente entre ansiedad, tarea y rendimiento, al considerar que cuanto más dificultad presenta una tarea de aprendizaje, menor es el grado óptimo de la motivación requerida por el aprendizaje más rápido. Una ansiedad excesiva afectará negativamente al rendimiento.

Estas relaciones reflejan que los rendimientos se optimizan a medida que aumenta la activación hasta llegar a un punto máximo, a partir del cual cualquier incremento o activación exagerada coloca el organismo en el umbral del fracaso adaptativo. La relación entre estrés y productividad se representa gráficamente mediante una “U” invertida. El aumento del estrés (el eje horizontal de la gráfica), provoca el aumento de la productividad (el eje vertical de la gráfica). A mas estrés el resultado mejora hasta que se alcanza la cima de la curva, momento en el que desciende la productividad.

Dicho esto, Goleman recorre los campos de la gráfica definiéndolos como desvinculación, sobrecarga y flujo, aspectos que son tratados desde una perspectiva de las conexiones cerebrales, escenario éste no contemplado en 1908 por los autores de Ley Yerkes-Dodson.

Así, la desvinculación es aquel estado de desmotivación, implicación y falta de compromiso que nos hace trabajar de forma poco productiva. Sobrecarga es un estado en el que el cerebro produce demasiadas hormonas del estrés que afectan a nuestra capacidad de trabajar como consecuencia de situaciones que nos desbordan y abruman. Finalmente, flujo es el punto de aprovechamiento máximo de las emociones al servicio del rendimiento que se produce cuando se da un equilibrio entre las exigencias que plantean una situación y la capacidad de la persona (aunque dicho punto máximo varía en cada persona).

Centrados en este último estado de rendimiento óptimo, nos encontramos según Goleman ante un estado de armonía neuronal[3] en el que las distintas áreas del cerebro se hallan en completa sintonía. De esta forma, el estado de flujo se caracteriza por:

  • Una concentración intensa.
  • Una capacidad de reacción ágil ante los problemas.
  • Rendimiento máximo.
  • Sensación de placer por la actividad que estamos desarrollando.
  • El nivel global de actividad cerebral desciende (menos esfuerzo)

En el caso de los abogados, todos conocemos jornadas de trabajo en las que llevamos a cabo las tareas que nos hemos propuesto con absoluta precisión, y en las que por regla general percibimos que todo lo que nos ocurre tiene un sesgo positivo. En estos días, incluso ante demandas inesperadas actuamos competentemente. Por el contrario, en otros casos se producen jornadas absolutamente complejas en las que a resultas de diversas demandas o circunstancias externas, nos sentimos muy estresados y llega un momento en el que si bien continuamos trabajando, somos conscientes de que la concentración y atención campan por su ausencia. En ambos casos nos estaríamos desplazando a través de la U invertida de Yerkes-Donson, pasando de segregar hormonas de estrés bueno a un exceso de hormonas bloquean nuestros circuitos.

En estos casos es fundamental ante todo conocerse, y así saber reaccionar y tratar de regresar a la zona de máximo rendimiento. Para ello debemos emplear los remedios que se aconsejan para mantenerse o alcanzar el estado de flujo: la práctica de la concentración y relajación fisiológica, remedios éstos que variarán en cada caso, pero que a través de nuestro autoconocimiento podremos identificar y aplicar.

En definitiva, la abogacía no puede limitarse a prestar un servicio, sino que éste debe realizarse en las condiciones psíquicas y físicas adecuadas, cuestión que si bien es de Perogrullo, debe conocerse desde sus propios fundamentos e interiorizarse.

Espero que con este post haya contribuido a ello.

 

 

[1] La eficacia difiere de la eficiencia en el sentido que la eficiencia hace referencia en la mejor utilización de los recursos, en tanto que la eficacia hace referencia en la capacidad para alcanzar un objetivo aunque en el proceso no se haya hecho el mejor uso de los recursos.

[2] Post ¿Te consideras un abogado de laboratorio? http://oscarleon.es/?s=el+abogado+de+laboratorio

[3] Para alcanzar este estado, Goleman señala que será fundamental: a) ajustar las demandas a la capacidad de la persona; b) practicar las habilidades necesarias para afrontar el mayor nivel de la demanda c) mejorar la capacidad de concentración; d) ser conscientes de cuando salimos de la zona de máximo rendimiento, es decir, cuando nos encontramos en estados de disminución del rendimiento, perdida de atención y concentración, despistes, mal humor, inquietud, etc.

 

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Cuando la Justicia te da una lección.

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La semana pasada vivimos una experiencia en el despacho muy parecida a otra que experimenté hace muchos años y que dio lugar a que escribiera un post en el que recreaba aquella situación. Concretamente,  un compañero esperaba una sentencia tras la celebración del juicio el pasado mes de julio, acto del que salió muy frustrado por diversas circunstancias y que apuntaban a una previsible sentencia desfavorable. Sin embargo, contra todo pronóstico, la resolución ha sido positiva, similitud ésta que me ha hecho volver a publicar el texto de aquel post, quizás desconocido para nuevos lectores, y que en su día se publicó bajo el título de “Un justo revolcón”

Sin más preámbulos, ahí va el cuento que espero os haga reflexionar…

“Mi cliente C, un amigo, abogado mercantilista que administraba y participaba una sociedad que denominaremos S, se presentó en el despacho con una demanda de desahucio por precario dirigida contra su empresa en relación con una extensa finca rústica que ésta venía explotando en la sierra. Como consecuencia de diversos pactos verbales con la propiedad, la sociedad S explotaba la finca a título de administración desde hacía veinte años y ahora se veía demandada por precario.

El asunto no debía ser complicado, pensé.

Tras recopilar numerosa documentación vinculada directa e indirectamente a la explotación, enfoqué el asunto partiendo de la base de que la doctrina de la cuestión compleja, que como sabemos prima la necesidad de acudir al ordinario que corresponda, cuando se declare que el contrato que vincula a las partes es de naturaleza atípica y compleja.

Una vez preparado el asunto con sumo cuidado, el día del juicio partí acompañado de mi cliente con una voluminosa carpeta de documentos perfectamente ordenados y numerados, sobre aspectos de la explotación agrícola, ganadera, de caza, etc. que a buen seguro – pensaba – nos ayudarían a salir airosos de la situación.

Ya en el Juzgado, observé, como me había anticipado el cliente, los viejos antagonismos que reflejaban las fugaces miradas de los contendientes,  situación cuyo malestar se agudizaba con los escasos doce metros cuadrados de la oscura sala en la que esperábamos nuestro turno.

Por fin, en el estrado todo discurrió perfectamente hasta la práctica de la prueba. La Jueza, ante el gran volumen de documentación que pretendíamos aportar y sobre todo ante las continuas y hábiles – para su defensa – interrupciones del letrado contrario censurando que en un precario tratara de aportar tan numerosa documentación, decidió finalmente admitir sólo un documento de cuantos había aportado, no considerando necesaria el resto de la documentación.

Impugné la decisión y protesté.

A partir de ese momento, los interrogatorios y las testificales se me antojaron vacíos y de exclusiva utilidad al contrario, quien, viéndome sin armas para defender una acción basada en la complejidad de la relación contractual, rezumaba en los interrogatorios la motivación y seguridad que yo iba perdiendo por segundos. Llegados al informe, hice lo que pude, pero siendo consciente de que carecía de los pilares suficientes para sustentar mi alegato. De hecho, mi informe me sonaba literalmente a “hueco” tal y como seguramente sonó en toda la Sala.

Al concluir el juicio, y mientras introducía aquel inmenso expediente en el portafolios, miré de soslayo al letrado contrario y, descorazonado, comprobé como cruzaba una fugaz mirada de satisfacción con su cliente.

El regreso a casa en coche fue más triste si cabe. C, conocedor de estas lides, entendió lo que había ocurrido, pero, qué duda cabe que estaba más afectado que yo ante una segura derrota que ambos confesamos esperar a tenor de cómo se habían desarrollado los acontecimientos. Quien haya vivido alguna vez el regreso de un mal juicio acompañado de su cliente sabe lo que digo.

En la soledad de mi despacho, pasé dos o tres días muy afectado con lo ocurrido. Había puesto mucho empeño e ilusión en el asunto. Tenía muy clara la línea de defensa y veía injusto que a través de un precario, la propiedad consiguiera deshacerse de la sociedad S tras veinte años de explotación de la finca. De hecho, tal era mi frustración, que me vino una de esas crisis que todo abogado ha tenido alguna vez y  que le empuja a pensar en dejarlo todo, hasta que la madera de la que estamos hechos nos hace olvidar y continuar con nuestro trabajo enfrentando nuevos retos.

El caso es que finalmente me olvide del asunto y esperé lo inevitable.

Y he aquí que dos semanas después llegó la sentencia: desestimatoria y con costas. ¡La Juez había acogido la cuestión compleja en base al contenido del único documento que admitió como prueba documental!

Ni que decir tiene que viví durante un par de días en una nube. Feliz por la satisfacción y alegría de C; feliz porque nos habían dado la razón en base a nuestros argumentos; y feliz, paradójicamente, porque la Justicia me había dado un revolcón… un justo revolcón.

Me gustaría concluir con una cita de Piero Calamandrei, de su Libro Elogio de los Jueces por un Abogado2, cita que al leerla me sugirió contar esta anécdota, (salvando naturalmente las distancias entre uno y otro caso y algunas consideraciones de la cita que no vienen a cuento).

“Estas defendiendo un pleito importante, uno de aquellos pleitos, no raros en lo civil, en el que de su resolución depende la vida de un hombre, la felicidad de una familia.

 Estás convencido de que tu cliente tiene razón: no sólo según las leyes, sino también según la conciencia moral, que tiene más valor que las leyes. Sabes que deberías vencer si en el mundo existiese justicia…; pero estás lleno de temores y de sospechas: tu adversario es más sabio, más elocuente, tiene más autoridad que tú. Sus escritos están redactados con un arte refinado que tú no posees. Sabes que es amigo personal del presidente, que los magistrados lo consideran un maestro; sabes que el contrario alardea de influencias irresistibles. Además el día de la vista, tienes la absoluta sensación de haber hablado mal, de haber olvidado los mejores argumentos, de haber aburrido a la Sala, que, por el contrario, escuchaba sonriente la brillante oración de tu contrario. Estás abatido y desalentado; presientes una derrota inevitable; te repites, con amargor de boca, que no debe esperarse nada de los jueces… Y, por el contrario, cuando conoces la sentencia recibes la inesperada noticia de que la victoria es tuya; a pesar de tu inferioridad, de la elocuencia del adversario, de la temida amistad y de las alardeadas protecciones. Estos son los días de fiesta del abogado: cuando se da cuenta de que, contra todos los medios del arte y de la intriga, vale más, modesta y oscuramente, tener razón”.

 

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Diez razones para no modernizar mi despacho

Edificio-Cartuja-Sevilla[1]

Hoy en día, hablar de transformación, cambio, evolución e innovación en los despachos de abogados se ha convertido en materia recurrente en los diversos foros del sector; y no en vano, puesto que la transformación es una realidad ineludible que, tarde o temprano, hemos de afrontar todos los abogados en mayor o menor medida. En este contexto surge el concepto de modernización de los despachos, que podría entenderse como el proceso mediante el cual los abogados tenemos que adaptar y adecuar nuestra forma de gestionar los despachos y de prestar nuestros servicios a las exigencias de la sociedad actual.

No obstante, a pesar de este escenario cambiante, lo cierto es que muchos despachos, especialmente los más pequeños, se han limitado a implementar algunas mejoras tecnológicas como los programas de gestión (aunque sorprendentemente en numerosas capitales siguen existiendo despachos que carecen de este soporte informático), mostrando en ocasiones cierta reticencia a la asunción de todo lo que lleva aparejada la referida transformación.

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