Categoría: Oratoria

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¿Qué podemos hacer los abogados para revitalizar el informe oral?

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Si bien conforme a la actual tendencia a la oralidad en los procesos el informe oral está concebido por el legislador como un trámite esencial en la mayoría de los órdenes jurisdiccionales, lo cierto es que si acudimos a la práctica diaria forense, nos encontramos ante su cuestionamiento por los principales operadores jurídicos: abogados y jueces. Las razones son diversas, manteniendo cada colectivo un criterio que, de alguna forma, responsabiliza al otro de dicho recelo, todo ello sin olvidar la secular situación de la Administración de Justicia, cuya perniciosa influencia se proyecta sobre este trámite. En este complejo escenario, la presente colaboración ofrece una propuesta a los abogados para mejorar la calidad de sus informes orales, adaptándolos a las actuales circunstancias.

(Artículo publicado en Diario la Ley nº 10, Sección Legal Management, 28 de septiembre de 2017.)

I. La importancia del informe oral

El informe oral tiene una importancia de primer orden no solo para el completo y eficaz desarrollo del proceso, sino para el propio ejercicio derecho de defensa del ciudadano incardinado en el art. 24.2 de nuestra Constitución (LA LEY 2500/1978), pues a tenor de la actual tendencia a la oralidad en los procesos y a la inclusión de este trámite en la práctica totalidad de los procedimientos seguidos en primera instancia ante los diferentes órdenes jurisdiccionales, resulta indudable la importancia con la que ha sido concebido.

Efectivamente, para confirmar dicho valor, hemos de partir de dicha tendencia, lo que implica que si el legislador ha confiado en dicha oralidad, materializada de modo expreso en el trámite de informe o conclusiones, será porque este se considera un trámite adecuado, conveniente y útil para la consecución del fin último que es la impartición de Justicia. De lo contrario, ¿qué sentido tendría su regulación en sede de los procedimientos más habituales de todas las jurisdicciones?

En segundo lugar, tomando como modelo el procedimiento ordinario del art. 433 de la LEC (LA LEY 58/2000), «las conclusiones o alegaciones conclusivas son actos procesales de parte que tienen por objeto la crítica del resultado de las pruebas practicadas en el proceso y la reconsideración de las tesis jurídicas mantenidas» (modelo este exportable al resto de las jurisdicciones), lo cierto es que un trámite en el que las partes valoren las pruebas practicadas en presencia del juez y planteen sus argumentaciones jurídicas a la vista de dicha valoración, se antoja más que necesario para fundamentar, de hecho y de derecho, la pretensión de cada parte con el fin de que el juez se ilustre a fin de adoptar una u otra tesis. Es decir, con este trámite contradictorio, se facilitan al Juez los datos esenciales de la problemática del pleito, fáctica y jurídica, alcanzando con mayor facilidad la comprensión que le llevará a la resolución del caso.

Y finalmente, y no por ello menos importante, la práctica del informe oral es garantía del derecho de defensa (art. 24.2 de la Constitución (LA LEY 2500/1978)), pues la finalidad del mismo (persuadir y convencer al juez de nuestra pretensión valorando las pruebas que se han llevado a cabo en el juicio y argumentando en derecho) y el contexto en el que se materializa (oralmente y en presencia del juez), hacen que la exposición del informe oral sea quizás uno de los momentos claves para la materialización de aquél derecho.

Por lo tanto, creo que no existe duda alguna sobre la importancia que, ab initio y partiendo de su regulación positiva, ostenta el informe oral en el ordenamiento español.

II. La perversión del dogma

Curiosamente, si descendemos a la arena del foro este «dogma» se encuentra cuestionado precisamente por los operadores jurídicos que participan de forma activa y exclusiva en su puesta en práctica diaria: los jueces y abogados. Efectivamente, basta cambiar impresiones con los compañeros de profesión y con algunos jueces, e incluso leer algunos artículos elaborados por ambos profesionales y que tratan este espinoso asunto, para concluir que el trámite de informe oral se encuentra muy cuestionado en la práctica forense.

Resumiendo las impresiones negativas a las que nos referimos, podíamos destacar las siguientes, distinguiendo entre lo que opinan algunos jueces y abogados (1) :

1. Lo que opinan algunos jueces

  • El informe es un trámite inútil pues, tras la prueba, ya está definido el criterio a adoptar.
  • El informe no me ilustra de nada nuevo, pues tras la prueba el juez se encuentra suficientemente instruido.
  • El informe no valora la prueba, se centra solo en argumentos jurídicos. Lo que importan son los hechos probados más que el derecho aplicable.
  • A través del informe oral se reproduce la demanda y la contestación y no se aporta nada nuevo.
  • Se reiteran hasta la saciedad los argumentos.
  • El informe carece de orden y estructura, y se plantea de forma deslavazada.
  • Se invoca la jurisprudencia de forma generalizada o se produce un exceso en su cita.
  • El abogado actúa con excesivo dogmatismo ante el juez.
  • El abogado trata de lucirse ante el cliente, y se olvida de centrarse en lo verdaderamente importante del informe.
  • Se lee íntegramente el informe sin levantar cabeza.
  • El abogado habla tan rápido que es imposible seguirle.
  • La duración del informe es excesiva.

Si observamos las impresiones o quejas más habituales, encontraremos tres perspectivas: la primera, la de aquellos jueces que sencillamente no creen en el informe oral, y si por ellos fuera, lo suprimirían (esto me lo confesó un juez en una conferencia que impartí recientemente); una segunda, en la que el juez no extrae beneficio alguno del informe oral pues no recibe la información que necesita del abogado; finalmente, la tercera destaca la imposibilidad de prestar la atención debida al informe a resultas de una mala praxis en la exposición del mismo por parte del abogado.

2. Lo que opinan algunos abogados

  • El informe es un trámite inútil pues, tras la prueba, ya está definido el criterio a adoptar por el juez.
  • El juez impone una duración del informe excesivamente corta y que hace imposible cumplir con la finalidad del mismo.
  • El juez no presta atención al informe (despacha con el personal auxiliar asuntos que pueden —y deben— esperar otro momento; hace entrega o recibe documentos o papeles ajenos a la vista; lee autos de otro procedimiento; miradas al reloj, gestos que denotan cansancio y aburrimiento).
  • Se realizan muestras de aprobación o desagrado durante el informe de una parte, y en ocasiones, se mira furtivamente a una de las partes indicando cansancio o disgusto por la intervención de la otra.
  • Se interrumpe el informe de una de las partes sin haberse realizado al comienzo prevención alguna sobre las razones que han motivado la interrupción.
  • Se advierte al abogado de la necesidad de ir terminando o concediendo un tiempo inviable para ello, cuando, a criterio del abogado, el informe no ha cumplido con su función.
  • El juez, a pesar de que el compañero contrario está incurriendo en diversos fallos en la exposición del informe, en lugar de llamar la atención del abogado, se limita a transmitir su frustración a través de un claro lenguaje no verbal.

A la vista del anterior catálogo, observamos que las quejas se centran en dos posturas: por un lado, los que no creen en el informe oral (sencillamente, no se confía en su utilidad procesal); y aquellos que consideran que el informe oral no alcanza su finalidad debido a la actitud de los jueces ante el mismo, quienes no prestan atención durante su exposición o siguen una mala praxis forense a la hora de gestionar este trámite.

Como vemos, en el cuestionamiento del informe oral las posturas de ambos operadores jurídicos están muy encontradas, y fuera de los supuestos en los que no se cree en dicho trámite, las quejas se dirigen generalmente al lado opuesto.

III. ¿Qué podemos hacer los abogados para revitalizar el informe oral?

Ante esta dualidad, la cuestión es ¿qué podemos hacer los abogados para revitalizar el informe oral?

En primer lugar, y siguiendo la famosa plegaria de la serenidad («Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que puedo, y sabiduría para reconocer la diferencia»), desecharía cualquier intento de convencer a aquellos que, por sistema, no creen en el informe oral, y muy especialmente a los jueces que mantienen dicho criterio, pues veo muy difícil que argumento alguno pueda alterar una opinión enraizada en alguien tan vinculado al ordenamiento jurídico como un juez. Aceptemos pues que siempre habrá jueces que no crean en el informe oral. En cuanto a los abogados que no creen en el informe oral, creo que podrían cambiar su criterio, si bien va a ser harto difícil, pues su sensibilidad es muy alta frente a aquellos jueces que, como hemos señalado, mantienen dicho posicionamiento.

Sin embargo, si partimos de la mayoría de las críticas realizadas por ambos colectivos, lo cierto es que se observa que las mismas se centran en la mala praxis de los abogados y jueces a la hora de exponer y prestar atención respectivamente al informe oral.

Sobre la base de esta conclusión, y partiendo de mi rol de abogado en ejercicio, considero que mi modesto esfuerzo para mejorar esta situación (y el de todos mis colegas), reside en buscar vías de mejora para la exposición del informe oral por parte de los abogados, pues no es nuestro papel en esta colaboración aconsejar a los jueces al respecto. ¡Doctores tiene la Iglesia!

Ahora bien, para ello, hemos de partir de una serie de ideas que son esenciales para poder abordar cualquier propuesta de mejora de la intervención del abogado en este trámite.

1.º Situación actual de la Administración de Justicia: No podemos engañarnos, y obviar que actualmente existe una verdadera situación de colapso judicial que motiva que los jueces tengan que escuchar entre diez y quince informes en una sola jornada (en la que a los juicios se otorgan duraciones de entre diez a treinta minutos), lo que, lógicamente, genera en los jueces un cansancio y una falta de motivación que condicionará notablemente la atención a la exposición del abogado. (2) Mientras persista este escenario y no se adopten soluciones de mejora, los abogados debemos concienciarnos que la concisión y brevedad en los informes orales será un elemento clave para alcanzar la finalidad del mismo.

2.º Escuchar a los jueces: Los abogados hemos de ser humildes, y escuchar lo que dicen los jueces sobre los errores que cometen los abogados a la hora de informar. Hay que plantearse que, como principales destinatarios del mismo, su información puede ser valiosísima para la evolución y mejora de nuestra praxis durante nuestra intervención informando en sala (en la misma medida, los jueces también deben ser humildes).

3.º Conocer a los jueces: Si los jueces van a jugar un papel clave en las condiciones tanto procesales como de comunicación y de conocimiento del caso enjuiciado, es lógico entender que a mayor conocimiento que disponga el abogado de un perfil completo del juez, más fluido será el desarrollo del acto judicial, sin perjuicio de tener más posibilidades de ganar la atención del mismo cuando expongamos el informe oral, pues conociendo la percepción del juez sobre este trámite, evitaremos cualquier tipo de incidencias y contrariedades durante el juicio, dotándolo de mayores posibilidades, insisto, de ser percibido con atención.

4.º Tener muy clara la función del informe oral establecida por nuestros tribunales: De forma resumida, y siguiendo la sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Madrid de fecha 12 de julio de 2016, destacaremos algunos de los razonamientos que más inciden sobre esta cuestión:

  • Prevalencia del principio de oralidad: Uno de los principios sobre los que descansa el desarrollo del juicio oral en el orden penal, a diferencia de otras jurisdicciones, es el principio de oralidad donde todas las actuaciones que se desarrollan en el mismo son orales con el fin de que puedan ser percibidas de manera directa por el Tribunal, y en consecuencia, cercenar o debilitar de alguna forma este principio poniendo límites no justificados a determinadas actuaciones llevadas a cabo dentro del mismo, podría atentar contra el derecho de defensa (este razonamiento lo considero de plena aplicación a los informes orales de otras jurisdicciones).
  • Duración: La LECrim. (LA LEY 1/1882), no regula de forma concreta cuál debe ser la extensión en cuanto al tiempo de dicho informe oral (al igual que en el resto de las jurisdicciones) sino que queda al arbitrio del Juez o Presidente del Tribunal, como los responsables de dirigir el juicio oral, y será cada caso concreto el que marque dichas directrices en cuanto a este extremo.
  • Regla general en cuanto a su duración: La regla general es que la defensa tiene el tiempo que estime conveniente, dentro de los límites normales y usos forenses, para desarrollar su informe, el cual tiene como finalidad valorar las pruebas que se han llevado a cabo en el juicio y sustentar la correspondiente pretensión a favor de su cliente, teniendo en cuenta que en muchos casos, aunque no solo debe ser ese el criterio, la complejidad del asunto, las partes intervinientes, la prueba realizada, los delitos y las infracciones objeto de acusación, etc. y siempre teniendo en cuenta que debe ser salvaguardado el principio y derecho de defensa que debe prevalecer y no ser cercenado salvo en circunstancias excepcionales.
  • Circunstancias excepcionales: Las excepciones lógicas serán aquellas que se produzcan cuando los argumentos se van repitiendo y las alegaciones en torno a una misma cuestión son las mismas, de modo que el Tribunal ya haya adquirido sobrado conocimiento.
  • No puede servir como criterio comparar la duración de la prueba practicada con la del informe oral: No debe servir como criterio comparativo para adoptar la decisión de dar por concluido el informe oral que éste fuera más largo en tiempo que la duración de la prueba del juicio mismo, pues a veces no tienen por qué ser comparados; una cuestión es que de prueba requiera un corto espacio de tiempo, por ejemplo que sea en su mayor parte, una prueba documental, puede tratarse de un asunto complejo que requiera una explicación y unas alegaciones por las partes mucho más extensas, o por el contrario, una abundantísima prueba desarrollada en el juicio oral puede «despejar» el objeto de debate y los informes orales pueden quedar reducidos en el tiempo.

 IV. Una propuesta de mejora

Con estos mimbres, ya estamos en condiciones de hacer una propuesta por y para los abogados, sabedor que en las condiciones actuales, y mientras no cambien las circunstancias de nuestra actual Administración de Justicia, la tensión en estrados a causa de la práctica del informe oral seguirá produciéndose, si bien, al menos, los abogados dispondremos de unos criterios que nos permitan seguir una praxis adecuada y ajustada al proceso.

Sobre estos parámetros, pasamos a exponer algunas propuestas de mejora:

  • 1.º El abogado debe plantear el informe con el objetivo de mantener la atención del juez durante toda la exposición del mismo, la cual puede alcanzarse a través de lo expuesto en los siguientes apartados.
  • 2.º Todo informe debe estar dotado de una estructura bien definida, pues esta le otorga unidad, orden, coherencia, y los más importante, facilita al juez el seguimiento del informe sin esfuerzo, lo que ayudará a mantener su atención y a recordar fácilmente con posterioridad los principales argumentos. Por otro lado, una estructura en la que se distingan las fases esenciales (exordio, narración, argumentación y refutación y epílogo) mantendrá alejadas las tan denostadas repeticiones y reiteraciones argumentativas.
  • 3.º El informe debe ser técnicamente solvente, es decir, tiene que estar precedido de un profundo estudio del caso y de un completo análisis de los hechos, lo que sin duda facilitará una exposición fidedigna y acertada de los elementos de hecho y de derecho que lo dote de una diestra argumentación jurídica. Un informe bien preparado facilitará enormemente su exposición fluida en el foro.
  • 4.º Conciso, o lo que es lo mismo, centrado exclusivamente en los elementos esenciales que deben integrar todo informe forense: hechos, prueba de los hechos y argumentos jurídicos, trasladando al juez de forma clara las cuestiones de hecho y los problemas jurídicos debatidos. No conviene por tanto tratar puntos superfluos o de escaso interés para el asunto, pues de seguro, no sólo nos hará perder un tiempo precioso, sino que además debilitará los argumentos verdaderamente importantes.
  • 5.º Prevalencia de los hechos y de su valoración probatoria (salvo excepciones), pues cuando se expone el informe oral, el juez lo que necesita es luz sobre toda la información fáctica desplegada durante el proceso y conocer por qué una valoración probatoria debe prevalecer frente a adversa.
  • 6.º Relacionado con el apartado anterior (y siempre en los casos en los que el asunto a debatir nos sea estrictamente jurídico), la argumentación, conformada por leyes, doctrina y jurisprudencia, debe ser sucinta y aportada solo a dichos efectos argumentativos, excluyéndose construcciones ya conocidas sobradamente por los jueces. Solo en el supuesto de plantearse una alternativa jurídica innovadora por el abogado, la argumentación jurídica debe ser muy concisa.
  • 7.º Transmitido adecuadamente; con ello nos referimos a la claridad en su exposición gracias al uso adecuado del lenguaje verbal y no verbal durante su exposición, pues indudablemente el uso de una buena sintaxis, y de los parámetros de la voz (ritmo, énfasis, intensidad, dicción, silencios, etc.) y un buen lenguaje corporal (mirada, gesto, posición del cuerpo, uso de las manos, etc.) atraerán la atención el juez, pues esta se encuentra íntimamente vinculada a lo que se oye con gusto. Por otro lado, una buena expresividad nos permitirá transmitir el informe con entusiasmo, emoción que es contagiosa y ante la cual el juez no va a permanecer impasible.
  • 8.º El informe debe ser flexible, es decir, elaborado de forma que puedan suprimir partes o realizar añadidos sin demérito de su contenido. Ello permitirá al abogado durante su exposición verbal realizar las modificaciones (supresiones, añadidos o cambios) que requieran las circunstancias concurrentes e imprevistas.
  • 9.º Hemos de buscar que el informe sea atractivo, pues este no debe limitarse a una mera exposición técnica carente de emociones. En la medida de lo posible, el orador debe ser creativo, y aprovechar las partes del mismo que permitan tal licencia (exordio y epílogo), usando frases, moralejas, experiencias propias, paradojas o metáforas con situaciones sociales vigentes, que pueden servir para llamar la atención del juez. Naturalmente, siempre en su justa medida y como elemento accesorio de la concisión y brevedad que han de prevalecer en todo momento.
  • 10.ª El informe debe ser breve, entendiéndose por brevedad (siguiendo a Quintiliano) no en que se diga menos, sino en que no se diga más de lo que es necesario. De este modo, la exposición debe realizarse con la máxima concisión, siempre con una duración proporcional a la complejidad del asunto y atendiendo a las circunstancias concurrentes, tratando de aplicar todas y cada una de las reglas que lo hagan acreedor de la atención por el juez antes examinadas. En todo caso, a través del informe deberá lograrse la finalidad ya apuntada: valorar las pruebas que se han llevado a cabo en el juicio y sustentar la correspondiente pretensión a favor de su cliente.

Esta propuesta, que incide especialmente en las técnicas oratorias que debemos dominar los abogados para preparar y exponer el informe, de seguirse, podría mejorar nuestra praxis en sala, lo que indudablemente facilitaría la atención y el interés de los jueces que tanto demandamos. Ahora bien, esto solo es una de las caras de la misma moneda, pues los jueces también tienen que poner de su parte, pero, como avancé, esto no puede ser objeto de mi colaboración.

Quizás, y con esto concluyo, la solución a esta realidad podría alcanzarse a través de un dialogo fructífero en que, ante el actual escenario de la Justicia, jueces y abogados sentaran unas bases uniformes y coherentes sobre la práctica del informe oral, dialogo que en todo caso tendría que garantizar lo que a todos nos preocupa realmente: la salvaguarda del derecho de defensa del justiciable.

¿Nos ponemos en marcha?

 

(1)
Naturalmente no nos estamos refiriendo a una mayoría de jueces y abogados, pero si a las opiniones que realiza un porcentaje importante de ambos colectivos.
(2)
Ante esta eventualidad, la Administración de Justicia debe adoptar soluciones para evitar estas condiciones de trabajo que, como vemos, afectan al corazón del proceso. Como me aventuró un juez, el sistema perfecto sería contar con una plantilla judicial que contara con el doble actual de jueces, aumentando también el número de funcionarios y de salas de vistas, en ratios similares a los países avanzados del primer mundo.
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¿Es la única finalidad del informe oral persuadir y convencer al juez?

14.09.2017 Categoría: Oratoria Comentarios
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Mucho se discute sobre la eficacia del informe oral en sala, es decir, sobre el grado de influencia que puede tener sobre la decisión del juez, tema en el que las posturas se encuentran enfrentadas tanto entre los abogados como entre los propios jueces.  No obstante, no va a ser objeto de este post examinar dicha controversia (de la que ya nos ocupamos en el post ¿Es importante para los jueces el informe o alegato final del abogado?), sino que hoy nos vamos a centrar en otros efectos beneficiosos que tiene la elaboración de un buen informe oral para el abogado.

Si bien podemos preguntarnos ¿qué otra finalidad puede tener preparar un  buen informe oral que no sea persuadir y convencer al juez?, lo cierto es que un alegato bien preparado, o lo que es lo mismo, bien estudiado, fundamentado y dotado de una estructura y orden que garantice la claridad, concisión brevedad y flexibilidad necesarias para su exposición en juicio, puede generar otros beneficios “colaterales” para el profesional.

Entre estos beneficios, podemos encontrar los siguientes:

  • Dispondremos de una mejor y más completa comprensión de todos los elementos del pleito o la causa antes de la celebración del juicio.
  • Obtendremos una información privilegiada que nos permitirá evaluar con más garantías las opciones de negociación o conciliación en sala.
  • Plantearemos y ejecutaremos con mayor solvencia la práctica de la prueba de interrogatorios y periciales durante el juicio.
  • Al analizar profundamente el contenido de las alegaciones de la otra parte, poseeremos una mayor capacidad de refutación (especialmente cuando el contrario nos preceda en la palabra).
  • Ante un eventual recurso contra la resolución que se dicte, el estudio y preparación del informe oral nos suministrará una información muy valiosa para “armar” la impugnación.
  • Finalmente, contribuiremos a ir creando una reputación ante los jueces de buen abogado.

A la vista de los beneficios que lleva aparejada una buena preparación del informe oral, es esencial que el abogado durante esta fase sea impecable, es decir, que trabajemos nuestro alegato con plena involucración e identificación con independencia del resultado previsible del litigio, lo que ya, en sí mismo, es un resultado extremadamente valioso para nuestro crecimiento y maestría profesional.

Concluyendo: la preparación exhaustiva del informe oral es fundamental, no solo para persuadir y convencer a nuestro auditorio, sino para garantizar al abogado una excelente preparación para el desenvolvimiento de las diversas fases del juicio, incrementar nuestras habilidades de litigación y generar credibilidad en sala, lo que nos lleva a que, sea cual sea nuestra creencia sobre la virtualidad del mismo de cara al juez, nuestro alegato debe ser siempre preparado a conciencia.

Sea cual sea la confianza del abogado en la influencia del informe oral sobre el juez, prepararlo adecuadamente le aportará numerosos beneficios colaterales.

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Cuando el lenguaje del abogado refuerza o debilita el alegato.

17.04.2017 Categoría: Mi Práctica diaria, Oratoria Sin comentarios
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“La lengua es un arma sin hueso atrapada entre los dientes“ Buda.

Refiere Enrique Martínez Lozano en su libro “Crisis, crecimiento y despertar de la existencia” sobre un experimento en el que a un grupo de personas se le pidió que observara una serie de palabras de tipo negativo que se les iban proyectando tales como imposible, complejo, insuperable, peligroso, desagradable, atemorizador; a continuación se les tomó una muestra de saliva. Poco después, se modificaron las palabras por estas otras: posible, superable, accesible, capaz, valioso, y se les volvió a tomar la muestra. Los resultados fueron notables: en el primer ejercicio el grupo presentó un marcado aumento de cortisol (hormona del estrés), mientras que en el segundo se produjo  un descenso.

Una de las conclusiones del ensayo afirma que el lenguaje no solo describe, sino que además crea realidades, pues afecta a nuestras emociones y a nuestro estado de ánimo, de modo que un mensaje plagado de palabras con una connotación negativa no serán bien acogidas por el receptor y viceversa (y de eso saben muy bien en publicidad). Lo más sorprendente es que esta no es una cuestión de nuestra parte consciente, sino que es nuestro inconsciente el que, a partir del lenguaje, genera unas emociones positivas o negativas. No hemos de olvidar que las palabras que conforman el lenguaje son una fuerza; son el poder del que disponemos para expresar y comunicar lo que pensamos, lo que sentimos. En definitiva, son la expresión de nuestra intención en cada momento en que las pronunciamos.

Todo lo anterior nos lleva a la importancia que puede tener la selección de las palabras que vayamos a emplear en nuestro informe oral, valor que radicará en la forma en la que el juez, destinatario único del mismo, lo percibirá.

Pero, vayamos por partes.

Dentro de la fase argumentativa del informe oral pueden distinguirse dos partes bien definidas: la argumentación de nuestra propuesta de defensa y la refutación de la contraria (ésta última puede ser anticipada si informamos antes, o posterior, si lo hacemos al final). Lógicamente, a través de la argumentación el abogado trata de persuadir al juez de la bondad de sus argumentos, mientras que durante la refutación, se tratará de restar valor a los argumentos de contrario.

Por lo tanto, en un contexto en el que el abogado trata de persuadir al juez de la conveniencia de su propuesta, es lógico pensar que si le hacemos llegar nuestro mensaje de una forma agradable, favorable, suave, es decir, empleando palabras que refuercen el mensaje y le den un impacto positivo, este será recibido probablemente con más atención e interés (ya decía Quintiliano que “el ánimo abraza mejor lo que oye con gusto”). Por el contrario, si lo que tratamos es de transmitir la inconveniencia de determinados argumentos, qué duda cabe que si lo hacemos en un contexto verbal preñado de expresiones desagradables, negativas y que debiliten el mensaje (el mensaje refutado, claro está), habremos conseguido, con independencia de la argumentación, crear un contexto poco propicio para la recepción del mensaje.

Partiendo de lo anterior, proponemos que a la hora de elaborar el informe oral, cuando nos dediquemos a preparar las dos partes de la argumentación, seleccionemos claramente el lenguaje que vamos a emplear, distinguiendo entre argumentación y refutación, práctica ésta que estimo no es nada difícil, pues el trabajo se limitará a incluir algunos sustantivos, verbos, adverbios o locuciones en el lugar clave que corresponda. De esta forma, dispondremos de un informe estratégicamente diseñado para impactar en uno u otro sentido, en función de las palabras empleadas.

A modo de ejemplo, y para nuestra argumentación, podríamos usar las siguientes palabras:

-          Claro, preciso, coherente, uniforme, acreditado, probado, demostrado, objetivo, recto, directo, fácil, sencillo, comprensible, lógico, entendible, conciso, verdad, certeza, argumentado, honesto, fiel, razonado, solvente, favorable, lineal, ordenado, previsible, concatenado, conclusión, centrado, justicia, ecuanimidad, equidad, neutralidad, probidad, rectitud, conciencia.

Y para la refutación, estas otras:

-          Oscuro, tergiversado, entramado, incoherencia, deslavazado, disperso, subjetivo, parcial, sinuoso, inveraz, interesado, falto de…, huérfano, carente de…, carencia, omisión, olvido, adornado, hojarasca, sin fondo o contenido, improvisado, desacreditado, difícil, complejo, ilógico, incomprensible, falacia, infiel, desfavorable, perdido, retórico, hostil, injusticia, atropello, abuso, componenda, sinrazón, podría ser, creo que, pienso que…podría decirse que…

Para concluir, hemos de realizar una precisión. El uso del lenguaje que hemos examinado tiene una exclusiva finalidad estratégica en el contexto de la exposición de nuestros argumentos y refutación de los contrarios; ahora bien, en modo alguno ello puede autorizar el empleo en sala de un lenguaje para insultar, culpar, reprochar, etc., o un lenguaje desagradable, arrogante, tosco, sarcástico, irónico, etc., pues en tales casos estaremos siendo irrespetuosos frente al compañero, la parte contraria y frente al propio juez, lo cual es deontológicamente inadmisible, sin perjuicio de que este lo verá como muestra de pocos recursos o de escasa preparación.

De lo que se trata en definitiva es de atacar la argumentación adversa desacreditándola o debilitándola respetando a la persona y al profesional.

 

 

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El abogado en sala y los errores de emisión del alegato.

30.01.2017 Categoría: Mi Práctica diaria, Oratoria Sin comentarios
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En ocasiones, la exposición del informe oral no alcanza su objetivo debido a que se producen errores o defectos de emisión por parte del abogado. En caso de que esto ocurra, es obligación de todo abogado detenerse a considerar cuál es la causa de tales deficiencias para así adoptar las medidas de corrección oportunas.

En este contexto, la emisión propiamente dicha se produce en el momento en el que el abogado interviene en el acto del juicio oral, es decir, cuando toma la palabra para informar. Teniendo en cuenta que el emisor codifica y transmite el mensaje a través del canal más adecuado con el fin de que el receptor lo entienda, los fallos de emisión se producirán cuando aquel no consiga una codificación o transmisión adecuada del mensaje, lo cual podrá producirse en las siguientes situaciones y por las siguientes causas:

1ª.- El abogado expone su informe con notable desconocimiento del objeto del litigio, con escasa argumentación jurídica y carente de contenido o profundidad.

Este error deriva de una falta de estudio del caso, pues es premisa indudable para el abogado conocer todos los pormenores del mismo con el fin de plantear una adecuada actividad probatoria que sustente nuestra argumentación, pues el conocimiento de las reglas oratorias no puede suplir la carencia de conocimientos del asunto, imprescindibles para realizar una defensa eficaz empleando las habilidades oratorias.

Esta situación suele producirse normalmente por un exceso de confianza, ya que creemos que conociendo los aspectos que consideramos más relevantes del caso lograremos suplir con nuestra experiencia las lagunas de nuestra falta de estudio, situación que difícilmente se produce ya que la propia preparación del otro letrado descubre todas nuestras carencias, sin olvidar la experiencia del juez en detectar una incorrecta preparación. Otra razón es asistir a un juicio sin preparación debido a que un compañero nos ha pasado el caso el día anterior y no hemos dispuesto del tiempo suficiente para su estudio. Finalmente, puede deberse a una acumulación de trabajo (especialmente de diversos juicios) que nos impiden dedicar al asunto el tiempo necesario.

En otras ocasiones, si bien el informe se construye adecuadamente en cuanto a su argumentación, se observa una falta absoluta de sustancia jurídica. En estos casos nos encontramos ante la falta de los conocimientos jurídicos aplicables al caso, lo que supone que cuando se ha trabajado el asunto nos hemos detenido poco en el estudio de la norma positiva, la doctrina de los autores y de la jurisprudencia y sentencias de los Tribunales. Ni que decir tiene que si el abogado no dispone de un sólido y profundo conocimiento jurídico, de poco le valdrá su elocuencia y locuacidad para convencer y persuadir a su auditorio, caracterizado por su competencia técnica y profesional.

¿Soluciones? Una exquisita preparación y evitar situaciones que coadyuven a una exposición inadecuada mediante la delegación a tiempo, petición de suspensión en caso de situaciones graves y, sobre todo, nunca confiarse.

2ª.- El abogado parece poco organizado en su exposición, siendo complejo para el auditorio la compresión de su argumentación.

La exposición de un argumento poco organizado e incoherente deriva de la falta de aplicación de las reglas oratorias establecidas para la estructuración del informe. En ocasiones, el abogado expone su informe siguiendo el método que siempre ha seguido y que, a su criterio, le ha funcionado en mayor o menor medida. Sin embargo, la experiencia que nos suministran las reglas oratorias aconseja que para que el abogado cumpla con su objetivo persuasivo, es necesario que el informe se transmita de forma ordenada y coherente a través de la oportuna división. Ello es así debido a que las distintas partes en las que se estructura el informe cumplen una función específica: conmovemos y atraemos la atención del auditorio a través del exordio; transmitimos la noción de orden de nuestro discurso mediante la división; con la narración exponemos los hechos que sustentan nuestra pretensión; a través de la argumentación y refutación examinamos la prueba de los hechos narrados y argumentamos nuestra tesis y refutamos; finalmente, con el epílogo concluimos resumiendo las ideas principales de nuestra defensa.

Para concluir este apartado nos permitimos reproducir los beneficios que proporciona un informe bien estructurado:

- Orden y coherencia en la exposición.
- Sintetización de las ideas principales de nuestro alegato.
- Facilidad para retener las ideas principales y exponerlas oralmente.
- Concede a la exposición una idea de unidad.
- La división aporta flexibilidad al informe, permitiendo, en algunos casos, la supresión de determinadas partes.

3º.- El abogado está nervioso y transmite al juez y al abogado contrario sensación de inseguridad y falta de confianza.

Cuando se produce esta situación, o bien nos encontramos ante un abogado novel que realiza una de sus primeras intervenciones en el foro, o ante un abogado experimentado cuya emoción oratoria supera el límite de lo aconsejable. En este último caso nos podemos encontrar ante una falta de estudio del asunto, la actuación en una jurisdicción desconocida, etc.En definitiva, el abogado está siendo presa del denominado temor escénico.

En estos supuestos, muy frecuentes en la actividad forense, el error del abogado consiste en desconocer o, en su caso, no aplicar las técnicas y habilidades establecidas para reducir o eliminar dicha sensación de temor. Si se es abogado novel, se podrá mitigar de alguna forma dicha sensación aplicando estas técnicas; si se es abogado experimentado, aquel podrá mantenerse a unos niveles aconsejables o incluso eliminarse.

En tal sentido, no podemos olvidar que, en cierta medida, el nerviosismo que se siente antes de intervenir en el foro puede aportarnos sus beneficios, ya que un estado determinado de estrés nos aportará la tensión necesaria para afrontar el juicio, manteniéndonos despiertos y alerta y focalizados en nuestra tarea, evitando con ello distracciones o exceso de confianza.

Dicho esto, a continuación señalamos los remedios existentes para luchar frente al temor escénico:

- Conocimiento profundo del asunto objeto del litigio y preparación a fondo del informe oral y de su exposición.
- Ser consciente de la probabilidad de que sufriremos un estado de temor escénico o emoción oratoria.
- Conocer las posibles situaciones que tememos y cuya evocación nos provoca temor (interrupción del juez durante nuestro informe o interrogatorio; interrupciones del abogado contrario durante el interrogatorio; retraso en el comienzo del juicio; posible limitación de tiempo en el informe o en los interrogatorios; ausencia de alguna parte o testigo). Conociendo lo que puede ocurrir, estaremos más prevenidos.
- Estar concentrados en el objetivo que pretendemos conseguir con nuestro alegato.
- Aprender de memoria las primeras y últimas frases del informe.
- Realizar ejercicios fisiológicos como respiraciones lentas y profundas.
- Beber agua antes de comenzar el juicio.

4º.- La información contenida en el informe se expresa de forma incorrecta y de modo escasamente comprensible.

En ocasiones puede ocurrir que el abogado se exprese incorrectamente empleando el lenguaje oral de forma deficiente. Fallos sintácticos, semánticos, un léxico inadecuado, escaso o incorrecto uso de las figuras literarias, etc. pueden causar un informe si no inteligible, si escasamente atractivo y condenado al inmediato olvido por el auditorio.

Si bien esta situación no es muy habitual que se produzca (pues un abogado que padezca este error va a transitar por serias dificultades), el único remedio existente es corregir las causas que le han llevado a tal situación: falta de lectura y de práctica en la expresión oral, siendo incluso aconsejable asistir a algunas clases de oratoria para conocer sus errores y corregirlos debidamente.

5º.- El abogado se muestra al auditorio aburrido en su expresión, monótono y pesado.

Este error puede deberse a dos causas: empleo deficiente de la voz o estilo forense inadecuado.

Efectivamente, si tenemos en consideración que el alegato forense tiene una finalidad estrictamente persuasiva, es obvio que carece de sentido exponerlo sin preocuparnos de hacerlo más comprensible, elocuente e incluso atractivo al auditorio. Para ello, el abogado dispone de las reglas paralingüísticas del empleo de la voz, tales como el uso de la entonación, el ritmo, las pausas y silencios, etc. para conformar el discurso y adaptarlo al mensaje que pretendamos transmitir en cada momento. Igualmente, si el abogado desconoce las reglas del estilo forense y el empleo del mismo en sus distintas modalidades, es más que probable que se limite a realizar un discurso adaptado a sus propias necesidades (a lo que él pretenda transmitir sin otra consideración) y no a las del foro en las que actúa.

Por tanto, para evitar caer en este error es preciso que el abogado, a la hora de preparar su discurso se preocupe por practicarlo empleando el uso de los recursos paralingüísticos apropiados, sin olvidar el respetar en todo momento las normas y reglas del estilo forense y ser fiel al estilo que proceda en función del objetivo del discurso. Como elementos esenciales del estilo forense hemos de destacar la claridad, sencillez, brevedad, naturalidad y precisión, todo ello en un contexto que invita al respeto, decoro y buenas formas.

6º.- En ocasiones, el abogado no gesticula o su gesto se contradice con su expresión oral.

En ocasiones, podemos observar como un abogado al exponer su informe se mantiene rígido como una estatua y permanece en esa posición sin acompañar su discurso con gesto alguno. En otras, si bien de forma excepcional, podemos comprobar cómo no existe coherencia entre lo que el abogado dice a través de su informe y lo que nos transmite su rostro y cuerpo.

En ambos casos nos encontramos ante una desatención absoluta por el abogado de las reglas del lenguaje no verbal, lenguaje cuya importancia en la comunicación no verbal radica en que a través de ésta el abogado complementa el contenido del mensaje con una serie de «informaciones» que ayudarán al auditorio a comprender aspectos relativos a sentimientos y emociones de todo tipo que no solo pueden ayudar o no a persuadir al auditorio, sino que van a ser valoradas por el auditorio para la toma de la decisión final.

Por todo ello, el abogado debe ocuparse de aprender las habilidades y reglas del lenguaje no verbal y conocer el efecto que estas producen en cuanto a la comprensión y atención que recibirá su alegato. Además, por añadidura, dispondrá de una valiosísima información para conocer múltiples detalles asociados al comportamiento de las personas que componen el auditorio.

En definitiva, tras cada experiencia en sala, el abogado debe evaluar cómo ha emitido su informe y, en su caso, cuales son los aspectos a mejorar, pues solo de esa forma iremos creciendo y depurando nuestro estilo en un trance de tanta importancia como exponer en sala.

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¿Es el abogado un jornalero del derecho, o algo más…?

19.12.2016 Categoría: Mi Práctica diaria, Oratoria Comentarios
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Decía don Ángel Ossorio que el abogado por su propia naturaleza es un escritor y un orador; si no lo es, será un jornalero del derecho pero no un verdadero defensor de la sociedad y de la justicia. Preciosa frase relacionada con el estilo que debe emplear el abogado al comunicarse, y cuyo significado vamos hoy a tratar de desentrañar en nuestro post.

Para ello comenzaremos por definir el estilo forense como el aire, modo o el carácter que identifica o personaliza al orador por la forma en la que usa el lenguaje en el foro. No existen dos abogados que empleen el mismo estilo, pues este concepto va íntimamente asociado a múltiples factores que comprenden nuestra cultura, sociedad, formación y hasta nuestra experiencia vital. Como dijo Séneca,  “el estilo es el rostro del alma: tal es el estilo de los hombres como su vida”. Por lo tanto, como señala MAJADA  citando a CAPMANY: es sumamente difícil separar el estilo de los sentimientos. No es de admirar- continúa el autor – que estas dos cosas estén tan íntimamente unidas, porque no es otra cosa el estilo que aquella suerte de expresión que con más facilidad toman nuestros pensamientos.

Y ello queda además plenamente condicionado por la funcionalidad del lenguaje forense, ya que la prosa del lenguaje jurídico va dirigida a la finalidad persuasiva, la cual se alcanza partiendo de una ley general y una doctrina abstracta que se materializan en el caso concreto que defiende el abogado, en el que lo particular y lo concreto exigen un estilo diferente y muy particular.

De este modo, partiendo de la finalidad persuasiva del discurso forense, qué duda cabe que el estilo del abogado gozará de un carácter personal en el que la creatividad constituirá un elemento esencial, creatividad que estará asociada a la estética y a la belleza en la expresión, pues enriquecer y embellecer el alegato, darle color y brillo, hacerlo en suma atractivo a través del uso del lenguaje predispone al auditorio a la aceptación de los argumentos. Un orador que se exprese con oscuridad y complejidad será superado, al menos en interés y atención, por otro que hable con claridad, precisión y riqueza sintáctica y semántica y con emoción. Y que conste, que no estamos hablando de ornato, pompa o grandilocuencia en la expresión, sino en trabajo de fino artesano, que sabedor de la importancia que tiene la recepción del mensaje, procurará perfeccionarlo hasta hacerlo bello y atractivo, dándole vida con la emoción que solo puede darle el orador a través de la palabra.

Para ilustrar mejor el concepto de estilo forense, nadie mejor que don Ángel Ossorio, quien en El Alma de La Toga, realiza una bellísima exposición, en la que demuestra, con un lenguaje hermoso y emotivo, las razones por las que el abogado requiere del estilo forense. A continuación, tomaremos prestadas sus palabras para expresar el concepto.

Así, en el abogado hay tres tipos de escritores (perfectamente aplicable a los oradores) en uno: el historiador, el novelista y el dialéctico.

1º.- Hay en el abogado ante todo un historiador porque la primera tarea del abogado es narrar hechos -de narrarlos bien a narrarlos mal hay un gran trecho. Narrar no es fácil – afirma – , hay que exponer lo preciso, sin complicaciones, hay que usar las palabras adecuadas y diáfanas.

2º.-  Después viene el novelista de ahí que la narración no será completa ni alcanzará eficacia, si en los momentos oportunos no va acompañada de unas pinceladas que destaquen el tipo o acentúen el hecho. Si atacamos a un usurero avariento, no nos debemos limitar a explicar el contrato abusivo hecho en su beneficio, será conveniente que saquemos a la luz sus antecedentes y sus modos para hacerlo antipático al tribunal. Si estamos refiriéndonos a un muerto por accidente, no será lo mismo que el muerto sea un soltero de quien nadie depende o que sea un padre de familia con una prole, etc…

3º.-  Finalmente, el dialéctico: cuando el abogado pasa de la narración del caso al razonamiento jurídico, sus modos literarios han de cambiar en lo absoluto; ya no se trata de explicar una historia ni destacar a sus actores, sino de afrontar una tesis, de interpretar una ley, de defender una solución y ésta es patrimonio de la lógica discursiva. Hay que plantear el problema de modo escueto y tajante para encuadrar la atención del juzgador y poner cuadrículas a su pensamiento.

Por lo tanto, el orador forense será historiador, novelista y dialéctico.

Para completar esta idea, citamos a LAMIADO  quien señala que “el abogado debe ser un artista, quizás no lo sea desde su nacimiento, pero ha de prepararse hasta lograr perfeccionar el arte de la escritura y la oratoria. Aparte de esto también necesita adecuar sus capacidades como narrador, historiador, novelista, psicólogo, dramaturgo”

En conclusión, el abogado, lejos de ser un jornalero del derecho, es algo más.

 

 

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La improvisación “preparada” del abogado en sala.

14.11.2016 Categoría: Mi Práctica diaria, Oratoria Comentarios
juzgado

La improvisación viene siendo entendida como hacer algo que no estaba previsto o preparado, llevado de la acción del momento, es decir, un hacer de pronto, sin estudio ni preparación alguna, y haciendo uso de los medios que en ese momento tenemos a mano. Este concepto es plenamente aplicable a la intervención del abogado en sala, ya que en el foro siempre se podrán producir situaciones que le exijan intervenir acuciado por las circunstancias del momento, sin tener preparada previamente su forma de actuación. La razón de esta situación es obvia: lo que puede acaecer en el desarrollo de las vistas no depende de nosotros, y existen múltiples factores que, debidamente conjugados, pueden derivar en situaciones no previstas. Estas situaciones son las que, incluso para el orador más experimentado, generan el estado de expectación y tensión previa al juicio, puesto que nunca sabemos a ciencia cierta que nos vamos a encontrar en una vista. De hecho, cuando tengo que asistir a una audiencia previa o a un juicio, a pesar de que trato de tener controlados todos los detalles y los posibles imprevistos, siempre me queda la preocupación de que algo puede fallar ante cualquier petición o sugerencia de un tercero.

Y, curiosamente ¡siempre falla algo!

Sin embargo, tal y como está concebida la oratoria forense, considero que la improvisación debe tener escasa cabida durante nuestra intervención, ya que la preparación por parte del orador del asunto en el que va a intervenir y el conocimiento exacto de las reglas procesales, no deben dejar lugar a margen alguno para imprevistos, o mejor dicho, para reaccionar sin capacidad de respuesta ante un imprevisto. Por lo tanto la regla más importante a seguir no es otra que el estudio y la preparación exhaustiva del caso, no solo para alejar toda opción de fracaso ante un imprevisto, sino igualmente para saber responder con soltura y solvencia ante cualquier evento inesperado.

No hemos de olvidar que, como afirma MAJADA[1], la intervención del orador en sala constituye una “improvisación preparada”, en la que el orador conoce las líneas esenciales de su argumentación, y durante su intervención va a realizar los interrogatorios y a desarrollar su alegato ya preparado anteriormente exponiendo dichos pensamientos. Con el conocimiento sólido de la materia procesal y de fondo del asunto dispondrá de las herramientas adecuadas para salir airoso y con solvencia, momento éste en el que se demuestra la experiencia y valía del orador, quien ante cualquier circunstancia espontánea, sabrá cómo reaccionar con soltura, transmitiendo así una imagen de poderío y solidez que repercutirá favorablemente en el auditorio.

Con estos antecedentes, vamos a examinar algunos de los imprevistos que pueden producirse en sala y la posible respuesta del orador.

1ª.- La interrupción por el juez al letrado durante la exposición oral del informe para realizarle una advertencia (que abrevie la exposición, que le queda tanto tiempo, que se está saliendo de la cuestión, etc.).

En estos casos, ante este proceder que entiendo sólo puede ser realizado en circunstancias notoriamente excepcionales, el orador debe mantener la calma y, ante el posible desorden de ideas que se producirá durante la interrupción, tomarse sus segundos para reorganizar la exposición y continuarla con las adaptaciones sugeridas. Lo que no puede hacer el orador bajo ningún concepto es permitir que el desconcierto le venza y concluir la exposición obviando el resto de la argumentación o resumirla de tal modo que nada importante se diga. Naturalmente, la regla más adecuada es llevar preparado el informe acorde con las circunstancias del auditorio, tiempo y lugar que ya hemos analizado.

Este proceder debe aplicarse a los supuestos en los que el juez nos interrumpa durante un interrogatorio con alguna advertencia sobre el modo de formularse el mismo.

2º.- Interrupción del adversario durante nuestra exposición.

Esta situación, que nunca he presenciado pero que si me ha sido referida, es absolutamente improcedente y ante tal conducta, hemos de actuar con la calma y sosiego apuntada en el número 1º precedente y tras la interrupción, veremos cómo el Juez se ocupará de adoptar las medidas correspondientes ante tal proceder o, en su caso, deberemos pedir al Juez que adopte dichas medidas mediante la admonición oportuna al contrario.

3º.- Interrupción del adversario mientras interrogamos.

Está opción, contemplada en la ley procesal, puede, en ocasiones, emplearse de forma abusiva por el contrario. En tal caso, ante la misma y la respuesta del juez a la misma, informaremos a éste de nuestra discrepancia con dicho proceder y con el uso abusivo que se estuviera realizando de adverso.

4º.- Apercibimiento de retirada de la palabra.

Ante tales supuestos, que he tenido ocasión de presenciar, la primera recomendación es evitar que esto ocurra, puesto que cuando se llega a tal extremo, es más que probable que nuestra conducta procesal haya sido desafortunada en algún aspecto. De darse el caso, se impone la cordura y deberemos pedir disculpas al tribunal, y continuaremos nuestra intervención corrigiendo aquellos actos que hayan provocado la admonición.

5º.- Durante nuestro informe el juez mantiene una conversación con algún oficial que acaba de acceder a sala para comunicarle algún extremo.

Dejando de lado aquellas situaciones en las que ante un tribunal los magistrados se comunican entre sí (pues es probable que estén comentando nuestro informe), cuando el orador está informando y entra un funcionario en sala y comenta algo al juez que dura más tiempo del conveniente, se impone suspender el curso del discurso a la espera de que la conversación concluya salvo que, ante dicha pasada, el juez nos indique que continuemos. Ello es natural, ya que si consideramos (siempre con sentido común) que el juez no va a poder escuchar nuestro alegato, carece de sentido que sigamos transmitiendo nuestro mensaje a un destinatario momentáneamente inexistente.

6º.- Interrupción del público o del testigo.

En los supuestos en los que alguien del público increpe al orador o incluso un testigo se enfrente al mismo, la solución vendrá dada por el juez, quien realizará la advertencia oportuna a los mismos. En otro caso, seremos nosotros los que, a través del juez o presidencia, le expongamos la situación y solicitemos la adopción de alguna medida para que la vista transcurra por sus cauces normales.

Concluir señalando que siempre dispondremos del uso de la palabra para dejar constancia de nuestra protesta por lo sucedido, caso de que, a nuestro juicio no se haya actuado correctamente por el juez para la solución de estas situaciones, remedio que debe suplir en todo caso la pérdida de los papeles que puede producirse ante una reacción desafortunada.

 

 

[1] Técnica del informe ante Juzgados y Tribunales. Arturo Majada. Editorial Bosch.

 

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La brevedad, el manjar predilecto de los jueces.

31.10.2016 Categoría: Mi Práctica diaria, Oratoria 1 Comentario
Despacho 1-122

Te escribo tan largo porque no he tenido más tiempo de escribir más corto. Dicho Popular.

Entre las cualidades de la oratoria forense se encuentra la brevedad, una virtud fácil de destacar como adorno del buen orador pero verdaderamente difícil de practicar en el foro. Con todo, en los tiempos que corren, la brevedad es más necesaria que nunca, especialmente a la hora de interrogar e informar ante los juzgados y tribunales.

En su obra más célebre El Alma de la Toga,  don Ángel Ossorio, citando a un magistrado viejo que aconsejaba a un abogado joven  nos dice “que la brevedad es el manjar predilecto de los jueces. Si hablas poco te darán la razón aunque no la tengas… y a veces, aunque la tengas”, sentencia ésta que se complementa a las mil maravillas con la frase de Mirabeu “la brevedad es la pasión de los jueces”.

Ciertamente, los jueces y magistrados, por razón de los endémicos problemas de nuestra Administración de Justicia  se ven en la necesidad de prestar atención a interrogatorios e informes orales ininterrumpidamente durante horas, escuchando historias, argumentaciones y, como dice Ossorio, divagaciones en algunos casos idénticas, situación ésta que conduce en muchos casos a un cansancio y agotamiento,que se antojan contrarios a lo que la reflexión forense aconseja.

¿Es lógico pues pensar que si los letrados sabemos dominar y aprovechar esta cualidad oratoria no se prestará una mayor atención a nuestras intervenciones?

La respuesta a esta cuestión es lógicamente afirmativa, pues si la finalidad del interrogatorio e informe es enteramente persuasiva, para que nuestro mensaje llegue al auditorio será necesario mantener la atención del juez y esto sólo se consigue de forma que nuestra exposición sea clara, concreta y concisa, o lo que es lo mismo, que sea breve[1].

Pero con independencia de las razones de saturación que merma la atención de los jueces, la brevedad es siempre recomendable para el abogado pues su intervención siguiendo las reglas de la concisión va a suponer, como señala Ossorio, condensar, achicar y extractar antecedentes y argumentos, escatimando palabras y vivificando la oración a expensas de sus dimensiones, acción que si bien requerirá un extraordinario esfuerzo y trabajo al abogado, éste tendrá su recompensa en la potenciación y mejora de una habilidad esencial no sólo en estrados, sino en el ejercicio de cualquiera de las múltiples tareas que desarrolla el abogado fuera de los juzgados.

¿Y cómo podemos conseguir ser breves?

En mi opinión, durante el interrogatorio, dominando el empleo de las diversas modalidades de preguntas en función del tipo de interrogatorio y testigo, y siguiendo una estrategia clara en la que los objetivos, organización y secuenciación del interrogatorio estén previamente determinados, sin olvidar prescindir de la tan perjudicial lectura de las preguntas. Sólo de esta forma, se evitarán rodeos, repeticiones y disquisiciones inútiles para alcanzar los objetivos del mismo.

Respecto del informe oral, llegaremos a la brevedad siguiendo las siguientes reglas:

-          Trasladando al juez los problemas de hecho y los problemas jurídicos debatidos;

-          Evitando tratar puntos superfluos o de escaso interés para el asunto

-          Evitando de reproducir documentos o argumentos que constan en autos y que el juez puede constatar fácilmente;

-          Resumiendo la valoración de la prueba practicada en varias ideas y,

-          Si es posible, no agotando al máximo el tiempo preestablecido (por nosotros), siendo incluso más conveniente para la eficacia del informe parar cuando el juez se encuentre interesado por el alegato antes que cuando haya perdido interés.

Ahora bien, la brevedad no puede identificarse con una limitación temporal de nuestra intervención (tan de moda en estos tiempos), pues el abogado debe disponer de libertad paraexponer su informe, ya que toda restricción puede suponer una verdadera merma al derecho de defensa. Ahora bien, para ello tendremos que exponerlo con la máxima concisión, siempre con una duración proporcional a la complejidad del asunto, tratando de aplicar todas y cada una de las reglas que harán que aquél sea objeto de verdadera atención por el juez.

Concluyo con otra cita muy apropiada del maestro Ossorio:

Recuérdese la diferencia de cubicación entre una viña y el vino que se obtiene de ella. Proporción semejante debe haber entre el contenido de un pleito y su defensa oral.

 

[1] Lógicamente, pueden darse situaciones excepcionales en los que la falta de atención el juez no deriva del cansancio de la agenda judicial, materia en la que no vamos a entrar y que no es objeto de este post.

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¿Qué errores cometemos los abogados a la hora de informar en juicio?

abogado-juicio[1]

No es difícil encontrar a compañeros que consideran que el informe oral tiene escaso valor; el argumento que suelen emplear se centra en  que al comenzar su exposición el juez ya tiene tomada su decisión sobre el asunto enjuiciado, por lo que escaso interés va a prestar al mismo.

Sin embargo, me resisto a aceptar esta opinión, puesto que si bien todos los abogados hemos vivido situaciones de patente falta de atención del juez cuando informamos, lo cierto es que un informe oral bien elaborado y planteado puede y debe surtir efectos persuasivos, cuya manifestación, en el mejor de los casos,  será la confirmación de la tesis que sostiene el juez o la aportación de elementos de prueba o jurídicos inicialmente no considerados por éste (llegándose en este caso incluso, en ocasiones, a variar el sentido del fallo previsto) Si no fuera así ¿Qué sentido tendría la preeminencia que la oralidad tiene en nuestro ordenamiento? ¿Para qué se habría regulado el informe oral dotándolo de un contenido de tanto valor? Y lo más importante, ¿Por qué quienes intervenimos en sala hemos comprobado que un buen informe puede coadyuvar a la obtención de un buen resultado?

Partiendo de esta idea, en éste y en el próximo post vamos a destacar aquellos errores que solemos cometer los abogados al informar, todo ello con la finalidad de reflexionar a fin de alcanzar vías de mejora y perfeccionamiento en un trámite procesal de tanta importancia.

1º.- Informar pensando que el informe no tiene valor alguno para el juez.

Primer y más grave error. Si informamos con esta idea en mente, lo haremos sin transmitir un verdadero interés por lo que está diciendo, lo que se expresará mediante el empleo del lenguaje verbal y analógico muy débil, sin mostrar energía y vitalidad en la intervención. De este modo, si el orador no muestra ilusión e interés, no dude que el juez tampoco lo hará. Pero es que, a mayor abundamiento, un informe expuesto por alguien que no cree en el mismo, será un informe escasamente preparado y que adolecerá de todos los errores que veremos a continuación. Es algo así como la profecía autocumplida…

2º.- La falta de preparación del informe oral, es decir, falta de tiempo, dedicación e interés a en planificación, estudio y preparación.

Todo informe requiere un tiempo para la preparación  a través del adecuado estudio y planificación del contenido del mismo. Sin dicha preparación, sin duda se producirán numerosos errores en su exposición oral (que analizaremos a continuación), pues es obvio que un trámite procesal dirigido a la crítica de la prueba practicada y a la reconsideración de las tesis jurídicas de las partes,  va a requerir un estudio y preparación concienzuda que nos permita realizar una exposición solvente y, especialmente, persuasiva.

3º.- La falta de estructuración del informe oral.

El empleo de una estructura en la elaboración del informe oral nos ayudará a cumplir con la finalidad persuasiva del mismo y ello debido a que al dotarse de orden y coherencia a través de diversas partes perfectamente ensambladas, lograremos los objetivos persuasivos propios del mismo. Un informe sin estructura difícilmente logrará transmitir una noción de orden, unidad y coherencia en las ideas principales del alegato o facilitar al juez la retención de los argumentos principales. Es más, un informe no estructurado carece de flexibilidad y, llegado el caso (limitación de tiempo del informe), difícilmente podrá el abogado decidir que partes del discurso puede suprimir en beneficio de las más importantes.

4º.- La falta de orden en la exposición.

Consecuencia inherente a todo informe no estructurado, la falta de orden puede producirse incluso en el caso de que aquél se estructure, si bien las ideas en cada apartado se exponen de forma desordenada y anárquica: hechos, pruebas y argumentos pueden relacionarse de forma desacertada, alejándonos de criterios de importancia, impacto, etc. Por lo tanto, toda estructura requiere de orden en las ideas si no queremos realizar un informe al que no se preste atención e interés.

5º.- La exposición de un informe con una duración excesiva.

Si bien la legislación procesal no establece limitación temporal alguna para el informe estableciendo una duración máxima, tampoco existen unas reglas generales sobre su extensión, si bien actualmente puede afirmarse que en el foro español la tendencia camina inevitablemente hacía la brevedad y concisión, principios éstos que deberán aplicarse en función de factores tan variados como la importancia y la naturaleza del asunto, las circunstancias del caso concreto, el desarrollo de la práctica de la prueba, el número de litigantes, etc., si bien será la experiencia del orador la que deberá establecer la medida adecuada.

Ahora bien, sin perjuicio de que la brevedad en la exposición del alegato está bien vista por los jueces, estimamos que la duración máxima de un informe debe rondar los diez minutos, siendo esta duración suficiente para una exposición completa del asunto con la concreción necesaria, pues no hemos de olvidar que la finalidad del informe es enteramente persuasiva, lo que supone que para que nuestro mensaje llegue a nuestro auditorio será necesario que sea claro, concreto y conciso, lo que solamente puede conseguirse manteniendo la atención del juez y, claro está, por las leyes de la atención, ésta no puede mantenerse durante demasiado tiempo.

6º.- La lectura del informe oral en sala.

No es extraño ver a abogados que exponen su informe oral a través de su lectura. Ello es poco recomendable ya que la lectura afecta a aspectos de tanta importancia como la entonación, la elevada densidad de ideas que transmitimos, la falta de espontaneidad y flexibilidad del mismo (imaginemos que el juez nos pide abreviar o nos reduce el tiempo de exposición) y, por supuesto, la falta de confianza y seguridad que se transmite al juez. Para evitar esta clara desventaja, es necesario exponer el informe siguiendo las ideas recogidas en un guión (que naturalmente seguirá el orden y estructura propia del informe), ideas que se irán desarrollando de forma espontánea sobre la base de los conceptos recogidos en el mismo y que, por ley de la asociación, irán viniendo a nuestra mente con relativa facilidad, todo ello sin menoscabo de la lectura puntual de alguna cita jurisprudencial, fecha o dígito.

En el próximo post abordaremos nuevas situaciones cuya constatación y corrección podrán ayudarnos a realizar un informe más eficaz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Repetir las preguntas al testigo, ¿Estrategia o infracción?

Óscar León: ¿Somos los abogados duros de oído?

Repetir las preguntas que ya han sido realizadas constituye generalmente un error de notable importancia en todo interrogatorio, sea directo o cruzado. Ello es lógico, puesto que si ya hemos efectuado dicha pregunta y ya ha sido respondida, nos guste o no la respuesta, el volver a realizarla inmediatamente va a suponer la llamada de atención del juez o la impugnación de la pregunta por capciosa por el letrado contrario. Igualmente, repetir las preguntas demuestra falta de preparación o falta de atención y concentración, situaciones que conducirán a la percepción en el juez de falta de credibilidad del abogado que interroga.

Las preguntas repetitivas son por tanto aquellas preguntas que, realizadas más de una vez durante el interrogatorio, versan sobre una materia que ya ha sido respondida por el testigo.

Estas preguntas pueden tener un origen voluntario, es decir, que el interrogador es plenamente consciente de la repetición o involuntario, en cuyo caso y como anticipamos, es un error a la hora de interrogar.

Centrándonos en el primero de los supuestos, la pregunta repetitiva estaría prohibida cuando el interrogador, a través de la repetición, pretende lograr alguna inconsistencia en la declaración del testigo respecto a lo ya declarado. En este caso la pregunta sería potencialmente capciosa, dado que lo que se pretende es inducir a error respecto a lo ya declarado anteriormente.

 P.- ¿Dónde se encontraba usted sobre las 22,30 horas?

R.- Sentado en el interior del bar junto a la ventana.

P.- ¿Estaba sentado para ver si se aproximaba María?

R.- No.

P.- ¿Pero usted sabía que María podía venir?

R.- Claro, yo …

P.- Entonces, ¿no estaba pendiente de la llegada de María junto a la ventana?

R.- Ya le he dicho que no.

Ahora bien, teniendo en cuenta que el interrogatorio consiste en la reformulación de la versión ya expuesta en el interrogatorio directo, y que la única forma de hacerlo es a través de las preguntas del contrainterrogatorio, entendemos que las preguntas podrán repetirse las veces que sean necesarias en el caso de que el testigo trate de evadir la respuesta a la misma. Es decir, puedo repetir mi pregunta siempre y cuando la misma no haya sido respondida explícitamente y sin rodeos.

Veamos un ejemplo en el que el testigo se niega a responder a una pregunta de respuesta sencilla.

P.- ¿Sr. López golpeo Luis a María?

R.- Bueno, yo sé que algunas veces discutían.

En estos casos el primer consejo es no perder la calma e insistir hasta que el testigo responda a la pregunta, siendo desaconsejable rendirse a la primera y continuar con otras preguntas.  Por ello, sin perder el control y de forma educada se le informará sobre su obligación de responder a la pregunta:

P.- Sí, lo entiendo, pero no ha respondido a mi pregunta, lo que quiero saber es si Luis golpeó a María.

Imaginemos que el testigo insiste en no responder claramente y nos contesta lo siguiente:

R.- Ya, ya, pero lo que quiero explicarle es que como todas las parejas, a veces tienen sus rifi-rafes y, ya se sabe…

Nuevamente, y esta vez con una expresión más seria y una entonación más segura habría que insistir:

P.- No está Vd. respondiendo a mi pregunta, por favor, contésteme si o no si presencio como Luis golpeo a María.

Si tras un par de intentos el testigo sigue en las mismas y no responde afirmando, negando o diciendo que lo desconoce, es hora de pedir el auxilio judicial y exponer al juez (si no ha intervenido ya de motu proprio) que el testigo no está respondiendo a la pregunta y que se solicita se le conmine a responder.

No veo aconsejable, durante la fase en la que estamos interactuando con el testigo, interrumpir su respuesta evasiva, puesto que a la vista de nuestras llamadas de atención, el propio testigo está perdiendo credibilidad al evadir una respuesta a una pregunta clara y precisa, perdiendo la imparcialidad que se le presume.

En definitiva, obtener la respuesta solicitada es un derecho de quien contrainterroga, y ante esta eventualidad, hemos de mantener la calma, ser respetuosos con el testigo, e insistir demandando la respuesta solicitada para, caso de ser negada, solicitar el auxilio del juez.

Finalmente, hay supuestos en los que la reiteración de la pregunta tiene como objeto llamar la atención  al juez sobre una respuesta ya ofrecida anteriormente y que, por cuestiones de mayor impacto, se procede a su reiteración. En tales casos, dependiendo de cómo se formulen, la información podrá ingresar en el juicio sin objeción por el juez.

P.- Por lo tanto, ¿usted vio como Luis cogió del coche un bate de béisbol?

R.- Sí.

P.- ¿Está usted seguro de lo que sacó del coche fue un bate de béisbol?

R.- Sí, estoy seguro.

En definitiva, en el universo del interrogatorio, hasta la repetición de las preguntas, fuera de la prohibición existente, puede incluso alcanzar un sentido estratégico.

 

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¿Debe el abogado leer las preguntas durante el interrogatorio?

29.08.2016 Categoría: Mi Práctica diaria, Oratoria Sin comentarios
areasPRACTICAS

Aprovecho para enviaros un cariñoso saludo y daros la bienvenida una vez concluidas las vacaciones estivales (aunque me consta que más de uno lleva trabajando desde hace días).  Para mí, vuelve a ser un verdadero placer estar con vosotros y aportar mi granito de arena, si es posible, para mejorar las habilidades de nuestra profesión y, de este modo, contribuir a que seamos mejores abogados.

Hoy trataremos un tema que considero muy interesante y práctico, y que puede ayudarnos a ser más eficaces en el juicio oral y que aborda una práctica profesional que puede  mejorarse sustancialmente: la forma de realizar las preguntas durante el interrogatorio.

No es nada extraño encontrar en una sala de vistas a más de un abogado realizando los  interrogatorios mediante la lectura sucesiva de preguntas escritas. Sin embargo, si bien  esta práctica es en cierto sentido lógica, pues ofrece aparentemente más seguridad al profesional, creemos que puede ser altamente nociva y desaconsejable para la realización de un interrogatorio eficaz, y muy especialmente para el contrainterrogatorio.

Ciertamente, el elaborar por escrito un listado de preguntas ordenadas constituye un elemento que ayuda al abogado a la mejor preparación y planificación del interrogatorio, pues indudablemente supone un análisis y reflexión profunda de los términos en los que debe realizarse la prueba. Sin embargo, estos beneficios desaparecen cuando pasamos a la fase de ejecución del contrainterrogatorio, y por mucha seguridad que pueda darnos el llevar nuestras preguntas escritas, lo cierto es que los inconvenientes que se derivan de tal práctica aconsejan el cambio de estrategia.

Veamos de forma sintetizada los inconvenientes de leer las preguntas durante el contrainterrogatorio:

1º.- Al estar concentrados en la lista de preguntas (concretamente de la próxima pregunta) dejamos de estar pendientes de la respuesta del testigo, lo que va a motivar no solo que descuidemos el hilo conductor del interrogatorio, sino que perdamos oportunidades para introducir aclaraciones o concretar aspectos confusos o poco concretos o incluso para enfatizar informaciones esenciales.

2º.- Se merma nuestra capacidad para intervenir con plena concentración ante cualquier imprevisto (denegación de una pregunta, planteamiento de una impugnación de preguntas, respuesta agresiva de un testigo,  etc.)

3º.- Igualmente, ante cualquier imprevisto el abogado tendrá dificultades para reposicionarse y continuar el interrogatorio en el orden y ritmo previsto.

4º.- Nuestra intervención pierde espontaneidad y frescura, lo que puede incidir en la atención que el juez esté prestando al interrogatorio.

5º.- El ritmo y la velocidad, que deben ser rápidos durante el interrogatorio, se verán afectados pues es muy difícil llevar el ritmo y a la vez estar pendientes de las preguntas. Además, inevitablemente se generarán entre pregunta y pregunta pausas y silencios nada recomendables durante el contrainterrogatorio.

6º.- Consecuencia de lo anterior, el testigo, que debe estar controlado por el abogado, se sitúa en una fase de comodidad en la que el pasa a mantener el control del contrainterrogatorio, sintiéndose más seguro.

Ante esta situación, considero que lo más apropiado para llevar a cabo el interrogatorio es, una vez estudiado el caso a conciencia, (lo cual es imprescindible) elaborar una ficha por cada testigo que nos facilite la práctica del contrainterrogatorio en función de las necesidades y exigencias del mismo. Esta ficha podría incluir los siguientes datos:

Objetivos: Nos referimos con ello al objetivo que se trata de obtener con el interrogatorio de este testigo.

Temas: Puntos esenciales y concretos de los hechos sobre los que girará el contrainterrogatorio.

Líneas del contrainterrogatorio: Hechos relevantes que pretendemos probar expresado a través de un específico y concreto mensaje fáctico que se pretende enviar al juez respecto de una prueba o de un tema en particular. Cada objetivo y tema están compuestos por una o varias líneas de contrainterrogatorio.

Preguntas: Serán las preguntas con las que gestionaremos las líneas de contrainterrogatorio que disponemos. Estas preguntas no deben de estar determinadas en formato pregunta, bastando el tema básico de cada pregunta a fin de ser transformado como pregunta durante el juicio y en función de las circunstancias concurrentes.

Evidencias: Pruebas de referencia que puedan servirnos para confrontar las respuestas del testigo y apoyar nuestras afirmaciones. Nos referimos con ello a cualquier prueba como declaraciones previas del acusado, la víctima, el propio testigo, pruebas documentales, etc. Estas evidencias son claves para un buen contrainterrogatorio pues afianzan la seguridad que se requiere para el éxito del mismo.

Veamos un ejemplo de FICHA DE PLANIFICACION DEL CONTRAINTERROGATORIO DEL TESTIGO.

Objetivo 1.- Desacreditar al testigo.

                Tema 1: La parcialidad del testigo.

                               Líneas de contrainterrogatorio:

                                               1ª.- El testigo por sus relaciones profesionales y de amistad pretende beneficiar al acusado.

                                               Preguntas: Su actividad, tiempo que lleva trabajando en el bar con el acusado, posible amistad, indagar sobre el aprecio que tiene al acusado, razones para ayudarlo en juicio, grado de confianza sobre el mismo, consecuencias de la condena para su empleo.

                                                               Evidencias: Declaración sumario, declaración interrogatorio directo y testifical de Juan y Rocío, testigos más creíbles.

Objetivo 2.- Desacreditar el testimonio.

                Tema 1: Las apreciaciones sexistas del testigo.

Líneas de contrainterrogatorio:

1ª.-  Su testimonio está basado en apreciaciones personales sexistas.

               Preguntas: indagar en lo que el testigo entiende por “ser una chica provocativa”, extraer sus perjuicios, comparar con otras chicas que van al bar vestidas igual, demostrar su falta de imparcialidad juzgando a la víctima de forma diferente a otras chicas.

                           Evidencias: Reglas de la experiencia, sentido común,

                Tema 2: La capacidad de percepción auditiva del testigo.

                               Líneas de contrainterrogatorio:

                                               1ª.- El testigo no pudo escuchar la conversación que mantuvieron en el bar el acusado y la victima.

                                                               Preguntas: situación en la que se encontraba el testigo y la que se encontraba el acusado y la víctima, distancia, gente en el local, ruidos, imposibilidad de escuchar una conversación, que estaba haciendo el testigo, dificultad de la tarea, no puede hacer dos cosas a la vez.

                                                                              Evidencias: Medición del local, cálculo de la gente que había en el bar a esa hora, conocer sus tareas, interrogatorio del acusado, interrogatorio directo del testigo y de Juan y Rocío. Falta de credibilidad. Falta de coherencia interna y experiencia común.

                                Tema 3: Falsedad en la declaración sobre lo que ocurrió cuando el acusado regreso al bar.

                                   Líneas de contrainterrogatorio

                                               1ª.- El testigo miente sobre la conducta del acusado cuando regreso al bar.

                                                               Preguntas: indagar en lo que ocurrió cuando regreso al bar el acusado, que explique el estado físico del acusado ¿nervioso, asustado?, posible subida a otras dependencias para cambiarse y hacer desaparecer rastros de semen.

                                                                              Evidencias: Contradicción con la declaración de Juan y Roció (que se realizará antes de la suya)  personas conocidas en la zona y de buena fe demostrada (testigos más creíbles)

 

Por lo tanto, a través de esta planificación, dispondremos de una información valiosísima para, durante el interrogatorio, ir efectuando las preguntas que correspondan a cada objetivo, tema y línea de interrogatorio, sabiendo además la cobertura probatoria de la que disponemos.

Esto no es improvisación, y todo lo más será improvisación preparada, pues he tenido ocasión de practicarlo (cambiando mi anterior proceder) y si bien al principio puede costar algo de trabajo, las preguntas vienen solas y, a demás, en un contexto en el que se consigue mantener el ritmo del interrogatorio.

Si no lo haces ya, ¿Por qué no lo pruebas?…

 

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