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La litigación estratégica, una apuesta de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

26.06.2017 Categoría: Uncategorized Sin comentarios
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Decía el abogado Roland Boyd en una preciosa carta dirigida a su hijo

«Un abogado que nunca pisa los Tribunales nunca sabrá como entregar un buen servicio a sus clientes. El mayor cumplido que un abogado puede recibir es: “Él es un buen abogado litigante”»

Esta afirmación resume de forma sencilla la importancia que para todo profesional de la abogacía representa el actuar en sala: conocer realmente la esencia de nuestra profesión, en la que la defensa de los derechos e intereses del justiciable culmina con nuestra intervención ante un auditorio formado por el juez, los abogados y las partes a las que representan y, finalmente, el público asistente. De esta forma y a través de esta perspectiva a medio y largo plazo del asunto y conociendo la eventual necesidad de una solución judicializada, el abogado aprende a valorar todo el proceso por el que atravesará el caso y la necesidad de un buen servicio al cliente que contemple aquella potencial intervención letrada en el proceso.

Durante esta experiencia, el abogado desarrollará una serie de competencias muy heterogéneas que conformarán un perfil profesional único y exclusivo: habilidades emocionales que lo revestirán de una capacidad de interacción con los distintos agentes, y muy especialmente con el cliente; habilidades de comunicación que le permitirán transmitir su mensaje, tanto al dirigirse a su cliente como al interrogar o al exponer su alegato; profundo conocimiento de las reglas procesales, lo que le dará seguridad y capacidad de respuesta ante cualquier imprevisto en sala y, por supuesto, una capacidad estratégica para manejarse con seguridad, soltura y perspicacia durante las fases más complejas del acto judicial.

Contando con dichas competencias y orientado por su estrategia o línea de defensa o acusación que le va a guiar durante el desarrollo del proceso y que dará sentido, tanto a los hechos de la historia que ofrecerá como a la teoría jurídica en la que se apoya, el abogado presentará su caso ante el juez como el más creíble y fundamentado en derecho.

Para lograr dicho objetivo, el abogado debe servirse de las técnicas estratégicas de litigación, que comprenden los procesos de comunicación y argumentación seguidos por el abogado antes, durante y después del juicio, en los que, empleando contenidos procesales y materiales y técnicas importadas de la oratoria, psicología forense y otras disciplinas, conseguirá transmitir la credibilidad de su pretensión a través de la elaboración de unas líneas de defensa solventes, sabiendo cómo realizar un interrogatorio y un contrainterrogatorio eficaz, presentando el resto de la prueba, y exponiendo un alegato persuasivo.

Con esta idea en mente, he tenido la suerte y el honor de ser designado por la UNIR para dirigir, coordinar, formar y elaborar los contenidos del primer Título de Experto en Litigación, una aventura a través de la cual pretendo transmitir y, por supuesto,  aprender nuevas técnicas, ideas y metodologías que iré compartiendo con vosotros en nuestro blog.

Os paso el enlace del Título de Experto por si es de vuestro interés: http://www.unir.net/derecho/curso-litigacion-oral/549201754512/#-descripcion

 

 

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Algunas reflexiones sobre los peligros de la implicación excesiva del abogado con el cliente.

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Rescatamos hoy un post publicado en este blog hace más de dos años bajo el título “Abogado, implícate con tu cliente, pero no demasiado…” y que he decido publicar con algunas modificaciones, dado que tras releerlo he comprobado que sigue de actualidad y que los compañeros, al tratar las relaciones con los clientes, siguen comentando como tema de interés la importancia de no implicarse demasiado con los intereses del cliente.

Efectivamente, en ocasiones el abogado se preocupa enormemente por los casos que está defendiendo, de tal modo que no puede dejar de pensar en los mismos y en su posible resolución. Esta situación, que podría considerarse positiva si se adopta con cierta prudencia, se vuelve patológica cuando la implicación es tal que comenzamos a sufrir como si del propio cliente se tratara. Nos desvelamos por la noche pensando en el caso, nos indignamos ante el mero pensamiento de la conducta del contrario, anhelamos una solución favorable y, literalmente, sufrimos pensando en un posible fracaso ante nuestro cliente.

Las consecuencias de esta actitud no se hacen esperar; insomnio, úlceras, distracciones e incluso cierta agresividad que van a pasar factura tanto a nuestra vida personal como profesional.

Esta es una conducta muy propia del joven abogado cuando lleva sus primeros asuntos, si bien la experiencia y la práctica va reduciendo tal comportamiento hasta llegar un punto en el que su involucración se modera hasta lo estrictamente necesario; quienes no superan esta situación acaban abandonando la profesión o continúan en el ejercicio profesional padeciendo (y haciendo padecer a los demás, especialmente a su familia) un verdadero infierno.

Dicho esto, el objeto de este post no es otro que alertar a aquellos compañeros que al leer estas líneas puedan verse identificados de algún modo, a fin de que adopten las medidas necesarias para modificar dicha tendencia, ya que la excesiva involucración llega un punto que nos resulta insoportable por afectarnos personal y profesionalmente, siendo conveniente una aproximación al cliente y a su asunto con cierta distancia y moderación.

Para ello, vamos a establecer una serie de razones a modo de consejos que podrían ayudarnos a reflexionar sobre lo pernicioso de una excesiva implicación con nuestro cliente y su asunto:

1º.- Ver que la causa del problema del cliente es ajena a ti.

Cuando el cliente se presenta en el despacho del abogado viene para que lo asesore y defienda, y ¿sabes por qué?, por qué él se ha metido o alguien lo ha metido en el problema en el que se encuentra. La causa última de que esté en el despacho deriva del propio cliente, quien lo que busca es ayuda en forma de asesoramiento. Si te vas a angustiar por lo que otro ha hecho, viviéndolo como si tú fueras el causante del problema, prepárate para sufrir. Por ello, cuando te veas implicándote más de la cuenta piensa en que la raíz del problema que estás solucionando es completamente ajena a ti, y te aseguro que te ayudará a ver las cosas desde otra perspectiva.

2º.- Mantener la independencia creando un distanciamiento emocional.

Aunque a veces los clientes piensan que si el abogado está emocionalmente implicado en el caso realizarán una mejor defensa, están completamente equivocados. El abogado debe crear una distancia emocional con su cliente que le permita alejar la subjetividad que éste va a imprimir a todas sus acciones, pues siendo objetivo, es como el profesional podrá barajar todas las alternativas de defensa posibles, sea cual sea la incomodidad, malestar o incluso discrepancia de su cliente. El buen abogado debe ser empático y saber ponerse en el lugar del cliente para entender sus emocionales, pero ello no significa que debamos identificarnos con él, puesto que en tal caso perderemos la objetividad que exige la aplicación de nuestros conocimientos técnicos y prácticos a la solución del caso.

3º.-  La excesiva involucración genera conductas desleales desde una perspectiva deontológica.

¿Ves a esos compañeros que cuando llegas a la puerta de la sala acompañando a su cliente y cuando los miras te vuelven la espalda o te responden con hostilidad? Pues esos compañeros están excesivamente implicados con sus clientes hasta el punto de que temen que éstos les recriminen que hablen o incluso saluden al “enemigo”. La excesiva involucración conduce inevitablemente al incumplimiento de obligaciones deontológicas como la lealtad a los compañeros que flaco favor le hacen a nuestra profesión. Si estás excesivamente involucrado, es probable que actúes de forma hostil frente al contrario y a su cliente, bien porque sientes que debes hacerlo, bien a modo de pantomima ante tu cliente, conducta que a larga se paga pues “los clientes y los casos pasan y los abogados quedan…”

Ya lo decía Eduardo J. Couture en su famoso decálogo: Olvida. La abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fueras llenando tu alma de rencor llegaría un día en que la vida sería imposible para ti. Concluido el combate, olvida tan pronto tu victoria como tu derrota.

4º.- Ya tienes suficientes problemas…

¿Tú no tienes tus propios problemas? Pues ¿para qué quieres más problemas? Si te identificas con tu cliente asumes el suyo, esto te llevará a padecer en un grado muy aproximado a lo que sufre el cliente Y digo yo, ¿Para qué? ¿Para ignorar tus problemas y centrarte en los del cliente?  Mal negocio…

5º.- No es bueno para tu salud.

Si te involucras más de la cuenta acabarás física y psíquicamente destrozado, no lo dudes. La razón de ello radica en que tu no llevas un solo caso, sino una o dos docenas, cada uno con su problema particular de fondo, de modo que si vives cada caso identificándote con el cliente y su problema (además de los tuyos) acabarás exhausto y no tendrás otra salida que dejar la profesión (posible síndrome burnout) y si aguantas, solo espero no encontrarme contigo en una sala de vistas.

Concluir señalando que si encontramos el punto medio, no ajeno a la administración de un cierto estrés y tensión profesional, no solo asesoraremos y defenderemos a nuestro cliente con más eficacia, sino que tendremos la oportunidad de disfrutar a conciencia del camino profesional que recorremos a diario.

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Entrevista realizada por TODOJURISTAS.COM en canal YouTube.

3.05.2017 Categoría: Uncategorized Sin comentarios
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Hoy me gustaría compartir con vosotros un vídeo elaborado por Todojuristas.com  en el que me entrevistan sobre diversas circunstancias relativas al proceso de escritura del libro Arte y Técnica del interrogatorio (Aranzadi). En el vídeo, alojado en YouTube, expongo diversas técnicas y trucos que pueden ayudarte cuando algún día decidas escribir un libro :)

 

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Quince máximas para controlar el contrainterrogatorio.

Óscar Fernández León: Oratoria y pedagogía procesal

Óscar FERNÁNDEZ LEÓN

Abogado

Diario La Ley, Nº 6, Sección Legal Management, 17 de Abril de 2017, Editorial Wolters Kluwer

LA LEY 3886/2017

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Resumen

El contrainterrogatorio, o interrogatorio que realiza el abogado al testigo que sostiene una versión contraria a la línea de defensa del interrogador, constituye una práctica forense compleja y, en ocasiones, frustrante. Debido a la predisposición del testigo a mantener su verdad, que coincide con la de la parte que lo ha propuesto, verá al abogado que lo contrainterroga con desconfianza, temor y hostilidad, por lo que esta modalidad de interrogatorio será todo menos segura, predecible, relajada o fácil. Este escenario ha sido terreno fértil para la elaboración de un conjunto de máximas destinadas a facilitar al abogado contrainterrogador unas reglas estratégicas que le faciliten la ejecución del interrogatorio con visos de alcanzar el éxito o, al menos, no ver perjudicada su credibilidad en esta fase tan transcendente.

INTRODUCCIÓN

El interrogatorio del testigo suele dividirse en dos partes bien diferenciadas: el interrogatorio directo y el contrainterrogatorio. A través del primero, el abogado interroga al testigo propuesto por él o a un testigo cuyo testimonio favorezca a su defensa del caso. Por el contrario, el contrainterrogatorio es el que lleva a cabo el abogado al testigo que ya ha depuesto en el interrogatorio directo.

En el interrogatorio directo, el abogado dispone de absoluta seguridad de lo que el testigo responderá y, por lo tanto, su interrogatorio se dirigirá a confirmar la credibilidad del testigo y su relato de los hechos. Por el contrario, en los casos del contrainterrogatorio, el abogado puede tener una amplia certeza de lo que el testigo va a responder, bien porque tiene constancia efectiva de ello (especialmente a través del interrogatorio directo que le precede) o porque la lógica hace presumir que la respuesta será en tal sentido; no obstante, a pesar de toda prevención, el riesgo de que un contrainterrogatorio mal preparado pueda perjudicar nuestra defensa siempre es altísimo.

La presente colaboración tiene por objeto examinar las máximas o reglas del contrainterrogatorio que la práctica del foro nos ha ido dejando con el transcurso de los años y que, bien empleadas por el abogado, pueden ayudarnos a realizar un contrainterrogatorio verdaderamente estratégico.

 

I. SÓLO SE PROCEDE A INTERROGAR CUANDO SE TIENE UN OBJETIVO RELEVANTE Y ALCANZABLE

El interrogatorio, acorde con su fin estratégico, solo procede…

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El abogado y el testigo en las arenas movedizas del enfrentamiento

13.03.2017 Categoría: Uncategorized Comentarios
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La práctica del interrogatorio del testigo, y muy especialmente del contrainterrogatorio, constituye uno de los mayores retos del abogado durante la práctica del acto del juicio. Ello es lógico pues, interrogar, muy especialmente al testigo cuya declaración evacuada previamente no favorece nuestro planteamiento, requiere un alto grado de preparación. A tal dificultad se añade la variedad de testigos a los que puede enfrentarse un abogado como son los testigos falsos (voluntarios o involuntarios, expertos, colaboradores con la justicia, menores, ancianos, testigos hostiles, etc.), diversidad que exige una especial técnica para afrontar el correspondiente interrogatorio. En este contexto, no es extraño presenciar durante el contrainterrogatorio cómo el abogado entra en abierta discusión, polémica o conflicto con el interrogado, situación ésta que, a todas luces, constituye un grave error por parte de aquel que, como veremos, provocará una sustancial merma del efecto que pretende su interrogatorio.

I. A MODO DE PRECISIÓN

Con carácter previo a abordar el objeto de nuestra colaboración, es preciso introducir un matiz conceptual imprescindible para una mejor comprensión del trabajo. En tal sentido, y en relación con la práctica del interrogatorio de testigos hemos de distinguir dos modalidades bien definidas: el interrogatorio directo, que es aquel que realiza una parte procesal al testigo que sostiene una versión propicia de los hechos (a modo de ejemplo, el que realiza la acusación a la víctima y, de otro lado, el que realiza la defensa al acusado); y el contrainterrogatorio, que es aquél al que somete una parte procesal al interrogado que mantiene una versión de la historia contraria a los intereses de quien interroga (a contrario sensu, el que realiza la acusación al acusado y la defensa a la víctima). En interrogatorio directo precede siempre al contrainterrogatorio.

Pues bien, partiendo de este contexto procesal, las conductas que a continuación examinaremos se circunscriben al denominado contrainterrogatorio, modelo éste en el que suelen producirse la mayoría de las interacciones emocionales entre interrogador-interrogado, frente al interrogatorio directo, en el que este tipo de incidencias es prácticamente nulo y, en su caso, excepcional y anecdótico. En todo caso, cuando empleemos el término interrogatorio nos referiremos a la modalidad del contrainterrogatorio.

II. ¿QUÉ HEMOS DE CONSIDERAR EL ENFRENTAMIENTO DEL ABOGADO CON UN TESTIGO?

El enfrentamiento del abogado con el testigo durante el interrogatorio podría describirse como aquella situación en la que interrogador e interrogado se ensalzan en una lucha sin cuartel, vertida de una maraña de dimes y diretes superpuestos, preguntas interrumpiendo respuestas y respuestas interrumpiendo preguntas; una batalla tan hostil, desorganizada e incomprensible que, en el fragor de la lucha, hace que el significado de la evidencia útil se vea superado por la discontinuidad del relato, la repetición del examen directo, el tedio de una discusión estéril y la defensa a ultranza de sus respectivas versiones que, a poco andar, produce que quienes están escuchando pierdan la atención en lo que está acaeciendo durante el interrogatorio. (Baytelman y Duce).

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¿Qué podemos hacer los abogados con los clientes problemáticos?

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Todos los abogados, hemos tenido, o incluso tenemos, clientes problemáticos, situación de la que raramente se escapa el abogado a lo largo de su práctica profesional, y que se caracteriza por constituir un verdadero lastre para el adecuado desarrollo de una relación que se cimenta sobre la confianza.

Cliente problemático es aquel que no entiende los límites existentes en la relación profesional. Dentro de esta categoría, podemos distinguir dos subcategorías, aquellos a los que no se les ha expuesto por el abogado dichos límites y a los que son conflictivos a pesar de habérseles descrito con claridad los mismos, y, en ocasiones, de forma repetida.

Entre las conductas más paradigmáticas de cliente problemático encontramos las siguientes:

El cliente con expectativas erróneas: En esta categoría de clientes incluimos a aquellos que mantienen unas expectativas del servicio que van a recibir muy superiores a las que realmente puede ofrecer el abogado. Estas expectativas pueden afectar al servicio (tiempos de atención y respuesta al cliente; abogado que lo va atender, necesidad de información permanente), al tiempo de prestación del servicio (¡esto es para ayer!), a los costes del servicio (¡yo pensaba que esto estaba incluido en la minuta!, o al resultado del servicio (¡se ha perdido el asunto y por tanto aquí hay una responsabilidad!).

El cliente irrespetuoso: Se caracteriza por no tener un comportamiento educado con su abogado. Aun conociendo las reglas de funcionamiento del despacho y el proceso de prestación del servicio, es muy exigente, tiene malas formas y no suele apreciar el trabajo del abogado. No respeta nuestro tiempo pero tampoco quiere pagar por él. Para él, si el asunto se gana, es su mérito, si se pierde, es demérito del abogado. Siempre será crítico con el trabajo del abogado y cualquier contacto entre ambos será siempre desagradable para el éste.

El cliente vindicativo: Son clientes que se caracterizan por contratar los servicios de un abogado con el fin de hacer daño a otra persona o entidad, bien al pretender canalizar su agresividad a través de acciones judiciales sin sentido, o por el mero hecho de hacer desgraciada a otra persona con el fin de saldar una deuda. En ambos casos, el cliente nunca busca un fin positivo o justo, sino que utiliza al abogado como un arma contra los demás, arma que, probablemente, con el paso del tiempo podrá volverse contra el propio profesional. Generalmente, trata de imponer su criterio al abogado, aunque sea un verdadero despropósito.

El insatisfecho: Este cliente nunca estará contento con la prestación del servicio, de manera que aunque el abogado realice un trabajo de calidad más económico o más rápido (que supere las expectativas iniciales), éste siempre buscará algún motivo para quejarse, lo que produce una importante frustración en el abogado, que nunca verá apreciados sus servicios y esfuerzos por contentarlo. Aquí podemos incluir al cliente que no está dispuesto a pagar lo que vale el trabajo y no se cansará de buscar una rebaja o, de no conseguirlo, tener afilada la espada para exigir todo lo que pueda al profesional por el sobreesfuerzo económico realizado.

El oscuro: Este cliente es sumamente peligroso, ya que tiene una tendencia no solo a no contar todos los hechos al abogado (omitiendo normalmente los esenciales) sino que además no le importa mentir para que el abogado actúe siguiendo el patrón mental que él ya tiene establecido para su temeraria defensa. Con independencia del descrédito que supone para el abogado quedar al descubierto cuando la otra parte o el Juzgado exponen la realidad y la dificultad que entraña la defensa de estos asuntos, el peligro de este cliente es que con su conducta puede involucrar al abogado en alguna infracción deontológica o incluso criminal, que, por cierto, poco le importará al cliente.

Y los innombrados: Muchas otras modalidades que por cuestiones de espacio no puedo incluir.

Una vez descritas las conductas, hemos de preguntarnos ¿cómo podemos evitar que durante la relación surjan estas conductas?

La respuesta no es otra que la prevención, y con ello nos referimos a una labor de información que deberá realizar el abogado en las primeras fases de la relación profesional a fin de evitar que el cliente vea normal actuar de forma incorrecta. Para ello, habremos de desarrollar una labor pedagógica en la que destacan las siguientes medidas:

1ª.- Explicarle en qué consiste nuestra actividad profesional.

2º.- Crear unas expectativas reales. Para ello le preguntaremos que espera de nosotros y le expondremos lo que puede lograrse y las limitaciones que nos encontraremos para ello.

3º.- Describirle las reglas de funcionamiento de la relación profesional y de nuestro despacho (horarios, accesibilidad, cita previa, llamadas, uso del wasap, etc.).

4º.- Mantener la independencia ante el cliente.

5º.- Documentar constantemente las interacciones con el cliente, desde la hoja de encargo (imprescindible en estos casos), hasta las llamadas, mensajes de voz, etc. y confirmar sus instrucciones por escrito o enviarle resúmenes de las actuaciones que realicemos o, ante una decisión suya, pedirle por escrito instrucciones. En estos casos, no podemos obviar la práctica de dejar recibo firmado de toda la documentación recibida o entregada. En definitiva, a mayor información escrita, menos riesgos de controversias y malentendidos.

Cuestión distinta es que al comenzar la relación el abogado prescinda del uso de estas medidas y a lo largo de la relación surjan estas conductas. En tales casos (en los que la responsabilidad de esta situación corresponde en gran medida al propio abogado), toca encauzar la relación y realizar sobre la marcha un proceso de reciclaje siguiendo las pautas anteriores, lo que obviamente va a ser más difícil pues estamos en un escenario ya de por si viciado.

Si la relación finalmente deriva hacía una situación insostenible, y con ello nos referimos a que a pesar de nuestros esfuerzos sigue generándose malestar, temor, incomodidad, preocupación constante, es momento de tomar la decisión final que no es otra que cesar la relación profesional. Para ello, actuaremos amparados por lo dispuesto en el artículo 13. 3 del Código Deontológico de la Abogacía Española que establece que el abogado tendrá plena libertad para aceptar o rechazar el asunto en que se solicite su intervención, sin necesidad de justificar su decisión (igualmente, el abogado podrá abstenerse o cesar en la intervención cuando surjan discrepancias con el cliente. Deberá hacerlo siempre que concurran circunstancias que puedan afectar a su plena libertad e independencia en la defensa o a la obligación de secreto profesional).

Por lo tanto, la prevención, las medidas de reciclaje o cese de la relación son las herramientas de las que dispone el abogado para imponer la indispensable cordura que toda relación profesional abogado-cliente merece y necesita.

Podéis profundizar en esta materia en los siguientes posts: http://oscarleon.es/abogados-y-clientes-problematicos-i/ y http://oscarleon.es/?s=abogados+y+clientes+problematicos+II

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Señor Letrado, tiene quince segundos para ir concluyendo su informe.

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Hoy nos hacemos eco de una sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Madrid de fecha 12 de julio de 2016, que aborda un tema de notable trascendencia en la práctica forense de jueces y abogados: la exposición del informe oral y la íntima vinculación del mismo con el derecho a la tutela judicial efectiva. A la vista de los hechos y fundamentos de la citada resolución, el presente post se dividirá en dos partes bien distintas: una primera, en la que resumiremos el contenido y conclusiones que aporta la sentencia; y, otra, en la que realizaremos algunas reflexiones sobre la materia.

Contenido y conclusiones de la sentencia.

Partiendo de los hechos recogidos en la propia resolución (constatados a través de la grabación del acto de una vista) se constata cómo la Juez de instancia, tras diez minutos de informe del Letrado de la defensa le requiere para que vaya finalizando su informe, y transcurrido un minuto le conmina a que finalice su informe en quince segundos que es cuando efectivamente le interrumpe definitivamente, dando como razón para dicha interrupción y finalización el que un informe oral no puede durar más tiempo que la celebración de la prueba, por lo que la Juzgadora de instancia da por terminado el juicio oral.

A resultas de esta decisión, el letrado de la defensa quedó sin poder desarrollar tres de las cuatro infracciones por las que su cliente era acusado por el Ministerio Fiscal, el delito de negativa a someterse a las pruebas de alcoholemia, el delito de atentado y un delito leve de lesiones, habiendo invertido diez minutos en desarrollar su exposición respecto del delito contra la seguridad del tráfico consistente en la conducción de bebidas alcohólicas.

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El mayor regalo para un abogado: el reconocimiento sincero por su trabajo.

20.02.2017 Categoría: Uncategorized 1 Comentario
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Hoy me gustaría detenerme en un ejemplo precioso de lo que constituye el reconocimiento sincero por parte del cliente sobre el trabajo realizado por el abogado. Si bien para ello vamos a realizar un viaje a más de ciento cincuenta años, lo cierto es que no es extraño que, en numerosas ocasiones, el cliente, agradecido por el trabajo de su abogado le transmita de corazón su satisfacción por el trabajo realizado, hecho que acontece mayormente cuando el resultado es favorable a sus intereses, aunque, incluso haya en ocasiones, en las que dicha felicitación se produce en contextos menos favorables (en estos casos nuestra alegría y satisfacción es aun mayor).

A dicha reflexión he llegado a resultas de la lectura de un legajo, datado en 1859 (que por gracia y favor de la tecnología ha caído en mis manos) en el que constan los discursos realizados ante el Congreso y el Senado por el abogado sevillano don Manuel Cortina en defensa de don Agustín Esteban Collantes con motivo de una acusación formulada contra éste en el expediente sobre acopio de 130.000 cargos de piedra.

Pues bien, resulta que don Manuel defendió a don Agustín Collantes de unas graves acusaciones, logrando su absolución, lo que motivó que el éste, a la sazón su cliente, tuviera a conveniente mostrar su agradecimiento a través de una carta. La misiva, que a continuación transcribo, constituye el mejor ejemplo que conozco del sincero agradecimiento de un abogado a su cliente, gratitud que nos puede ayudar a reflexionar sobre los valores que lleva implícita la actividad del abogado, y más concretamente los que se desprenden de la relación abogado-cliente, hasta el punto de comprobar que esos valores, constatados por don Agustín en su abogado, no han prescrito y siguen hoy vigentes.

Excmo. Sr. D. Manuel Cortina.

Madrid, 23 de junio de 1859.

Muy señor mío y de toda mi consideración y aprecio: En los momentos más críticos, más aflictivos y más decisivos de mi vida, he acudido a Vd. para que me defendiera contra una acusación que consideraba apasionada e injusta.

Al poner en manos de Vd. la defensa de mi honra , el porvenir y bienestar de mi familia, pagaba en primer lugar, con gusto, homenaje de respeto a la reputación que por su larga experiencia, por sus estudios y por su talento ha sabido conquistarse en nuestro país y en el extranjero; y siendo notorio que no buscaba en Vd. al amigo político, daba por mi parte una prueba clara y evidente de que yo protestaba con la elección de defensores , como había ya protestado personalmente en la Cámara de los Diputados, contra todo carácter político que se quisiera dar a la causa que se me seguía, lo cual no he podido impedir a pesar de nuestros comunes esfuerzos.

La causa, pues, dentro y fuera de España, ha tenido un color político marcado, el cual se ha revelado en todos los pormenores del proceso y en la discusión consentida en la prensa, con gran desigualdad de derechos ciertamente; pues al mismo tiempo que se ha permitido hasta la censura de la sentencia del Senado en contra mía, se han recogido cuantos artículos tendían a sostener mi inocencia.

Decirle a Vd., mi querido amigo y señor, cómo ha desempeñado Vd. mi encargo, es difícil en mi situación, sin que pueda creerse que voy a descender a la lisonja y hasta la adulación ; pero la opinión unánimemente pronunciada en favor de Vd.; la opinión unánime de todos los periódicos, de todos los partidos, de todos nuestros más íntegros magistrados, de todos nuestros jurisconsultos de más fama; la opinión sin reserva de amigos y contrarios, es que Vd. en el término de su carrera la más esclarecida, ha levantado un monumento a su propia gloria.

¿No me ha de ser permitido decir a Vd. directamente lo que todo el mundo ha dicho, lo que todos los periódicos han publicado? No he de poder ser en este instante el débil eco de la opinión sobre la defensa que ha hecho Vd. de mi inocencia, aunque no sea más que para darle las gracias por el interés verdaderamente paternal que ha tomado en mi desgracia, por el inmenso favor que ha prestado Vd. á una familia para quien ha sido Vd. una segunda Providencia. Sí; esto es permitido; esto se ha permitido siempre. Ni yo tengo necesidad de adular á Vd., ni mis lisonjas pueden levantar en una línea el alto pedestal de la gran figura que Vd. ha representado y representa en nuestro país, de la gran posición que Vd. ocupa por su saber, por su prudencia, por su modestia.

Expresarle a Vd. toda mi gratitud es aún más difícil. Las grandes sensaciones se experimentan interiormente, pero no se pueden explicar; y yo no sabría explicar a Vd. sino muy tibiamente cuán grande es mi agradecimiento, si hubiera de continuar explicándole por escrito.

Pero Vd. ha hecho más que defenderme; Y ha hecho más que consolarme; Y me ha dado consejos tan saludables, tan prudentes, tan llenos del conocimiento del mundo y del corazón humano, que yo espero me servirán de inmenso provecho en el curso de mi vida.

El éxito ha correspondido a los esfuerzos que Vd. ha hecho.- La justicia y la razón, expuestas por Vd. con claridad y precisión, me han valido un fallo absolutorio. -La moderación de la defensa ha sido un gran contraste con la pasión y hasta con la ira de la acusación.

Concluido el proceso, le confesaré á Vd. con franqueza que me encontraba embarazado sin saber cómo corresponder dignamente con Vd.; y tuve varios pensamientos que consulté con los amigos de más confianza; pero bien pronto Vd. mismo, anticipándose a todo, vino aponer término a esta cuestión de una manera que no tengo palabras con que manifestar de nuevo mi agradecimiento. Ha llevado Vd. la delicadeza y la generosidad a un punto, que peca de riguroso; y ha sido Vd. tan inflexible a pesar de mis instancias, que no ha querido admitir el menor recuerdo de ninguna especie, de ningún valor, y ni ha permitido Vd., que sus hijos le tuvieran de mi familia.

Por el sentimiento que esto revela; por el desprendimiento y cariño que esta conducta manifiesta, yo le doy á Vd. las gracias de lo íntimo de mi corazón.

Pero yo estoy sentido hasta cierto punto de tanto rigor, y creo que no me negará Vd. el favor de aceptar un ejemplar del discurso que ha pronunciado Vd. en defensa mía delante del Senado, a condición de que estará encuadernado en madera. No puede Vd. rehusarme lo que es de su propiedad. Le devuelvo á Vd. el don que su talento me ha prestado, y con el cual me ha salvado, y ha dado la tranquilidad a mi familia, ya que a mí sea más difícil devolvérmela.

En la conclusión de esta son casi inútiles los cumplimientos de costumbre.

Pocas veces se puede decir con más verdad y con más decisión.

Soy todo de Vd. con la más distinguida consideración y aprecio afectísimo,

Agustín Esteban Collantes.

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Abogados jóvenes, abogados veteranos…todos abogados.

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Uno de los aspectos que me ha llamado más la atención de las relaciones entre los abogados veteranos y los abogados jóvenes es el compañerismo que se observa cuando ambos se encuentran en la defensa de sus respectivos clientes. Y con ello me quiero referir a la cordialidad, mesura y delicadeza con la que el abogado veterano suele tratar al joven y el respeto y consideración con el que el joven trata igualmente al veterano.

Cuando comencé mi andadura profesional, recuerdo que en ocasiones (la mayoría de las veces) me topaba de contrario a un abogado veterano. En estos casos, lo que esperas es que tu contrario actúe contigo de forma paternalista y con cierta superioridad, pues a fin de cuenta él es el que lleva los galones concedidos por el tiempo y la práctica. Sin embargo, después de muchos años puedo referir que la actitud que han tenido los abogados veteranos conmigo ha sido extraordinaria: respeto, atención, consideración y un trato de igual a igual, muchas veces a pesar de que eran más que conscientes de mi falta de experiencia. Solo en algunos casos excepcionales, y que puedo contar con los dedos de una mano, algún abogado veterano me trató con desconsideración y con aires de superioridad.

Esta situación siempre me ha admirado, pues como digo, la tentación del abogado experto de sacar partido de las flaquezas del inexperto está ahí, pero la opción más habitual ha sido fomentar la igualdad a través de una conducta leal y respetuosa.

Y al contrario, cuando me he convertido en un abogado veterano, al cruzarse en mi camino jóvenes abogados, éstos han sido muy considerados y respetuosos, demostrando una preparación y seguridad que no me ha hecho cuestionarme la diferencia de edad profesional.

Y esa es la grandeza de nuestra profesión, pues una vez lanzados a la arena, somos como aquellos gladiadores que luchaban hasta la extenuación, y que se veían igualados por las armas en un justo combate que, sin embargo, no les hacía perder el respeto recíproco o amistad, sabedores de todo el esfuerzo y tesón desarrollado por el adversario hasta este encuentro.

Naturalmente, lo anterior no obsta a que, una vez en defensa de nuestros clientes, el referido compañerismo, telón de fondo obligado, no entorpecerá el uso con la máxima intensidad de nuestros medios de defensa, pues ya lo decía don Angel Ossorio al tratar la cortesía desenfadada o el desenfado cortés:

“Esto es, el respeto más escrupuloso para el litigante adverso y para su patrono…hasta el instante en que la justicia ordene dejar de guardárselo. Es imperdonable la mortificación al que está enfrente sólo por el hecho de estar enfrente; pero es cobarde deserción del deber el abstenerse de descubrir el vicio y de atacarle, ocultando así extremos precisos a la propia defensa, por rendirse a contemplaciones de respeto, de amistad o de otra delicadeza semejante. Al ponerse la toga, para el letrado se acaba todo lo que no sea el servicio de la defensa.”

Creo por tanto que, en unión de muchos otros comportamientos, esta es una de las facetas más evidentes del compañerismo que debe de existir en la profesión, compañerismo como respeto a pesar de las diferencias de experiencia; compañerismo como lealtad, no aprovechándose o perjudicando con triquiñuelas al contrario…

En la medida que todos los abogados mantengamos este propósito cada vez que nuestros caminos se crucen con otro compañero más joven, qué duda cabe que estaremos haciendo un bien enorme a la profesión, pues esas conductas se arraigarán en éste, propiciándose así su reiteración en el futuro.

Y al contrario, ya que el abogado veterano que sintiéndose superior al joven lo manifieste a través de actos de superioridad, desprestigio y un paternalismo mal entendido, que sepa que estará dejando de ser un verdadero abogado, pues un abogado siempre habrá de mantener, recíproca lealtad, respeto mutuo y relaciones de compañerismo con todos sus colegas, sea cual sea la diferencia de edad o de experiencia.

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