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¡Ahora no me puedo poner! Dile que lo llamo más tarde…

FATIGA

Desde el momento en el que comienza la relación con el cliente, los abogados nos encontramos comprometidos y orientados a prestarle el mejor servicio posible, si bien la influencia de numerosos factores que complican nuestro trabajo diario provoca que, muy a pesar de nuestro deseo, se produzcan situaciones de falta de atención que ponen en riesgo la continuidad de la relación ante la pérdida de confianza del cliente. En este post, publicado en 2015 bajo el título “Cuando el despacho atiende al cliente pero el abogado no”, y que hoy recuperamos debidamente actualizado , reflexionamos sobre esta situación y ofrecemos algunas vías de solución.

“Al hilo de las cuestiones de atención al cliente que vienen siendo tratadas en este blog, hace unos días tuve la ocasión de reflexionar en un seminario con otros compañeros sobre si los abogados que estamos comprometidos con prestar un servicio de calidad al cliente, lo estamos realmente o, por el contrario, todo es cuestión de buena voluntad que, al final, se convierte en agua de borrajas.

Centrados en el tema, llegue a la conclusión de que si bien muchos despachos pueden estar verdaderamente orientados al cliente, lo cierto es que en nuestro trabajo concurre tal cúmulo de circunstancias que reclaman nuestra intervención (y que suelen transformarse en preocupaciones), que la atención personalizada del abogado al cliente suele fracasar.

Para ilustrar esta idea, comentamos entre todos algunas de las cuestiones que se suscitan en el día a día de los abogados, y que hoy podemos resumir en las siguientes:

-          La responsabilidad vinculada al cumplimiento de plazos inmediatos.

-          El señalamiento de actos judiciales que reclaman su preparación.

-          El coste energético que supone la celebración de un juicio.

-          El torrente diario de llamadas y correos electrónicos (¿Wasaps?)

-          Las notificaciones diarias que nos llegan de procedimientos de todo tipo que, a su vez, reclaman nuestra atención y la toma de decisiones.

-          Las malas y buenas noticias que recibimos a través de dichas notificaciones.

-          Reuniones de trabajo

-          Visitas de clientes.

-          La preocupación por el cobro de honorarios y el efecto de su falta en nuestra economía.

-          Las horas interminables de trabajo.

Pues bien, no es de extrañar que durante una jornada normal de trabajo, el abogado se encuentre tenso, inquieto, intranquilo, preocupado, etc…, aunque lógicamente es un estado al que se ha acostumbrado y que le permite precisamente solucionar las distintas cuestiones que lo reclaman (algo parecido al estrés bueno).

La cuestión que surgió en el debate fue ¿en este contexto y estado, somos capaces de atender de forma excelente a los 10, 15 o 20 clientes que cada día demandan nuestra atención?

Llegados a este punto, una mayoría de los abogados presentes reflexionaron sobre lo que habían sentido ante las visitas y llamadas de los clientes en las últimas jornadas y, de forma sorprendente, en que aproximadamente solo en un 10 % de las mismas los abogados se sentían cómodos y relajados, sintiéndose en el restante 80 % algo perturbados por uno otro motivo (tengo cosas que hacer; no he hecho todavía el contrato; ahora me tengo que ir; no voy a acabar este escrito, etc. ), lo que repercutía negativamente en una falta de atención.

Esta realidad, que desgraciadamente va en contra de los principios de fidelización al cliente, está ahí y aquellos que estamos comprometidos con dar un servicio de calidad debemos ser conscientes de la misma y hacer todo lo posible por evitar caer en tales situaciones, pues de poco o nada valdrá que orientemos nuestro despacho al cliente adoptando diversas medidas en tal sentido (personal, instalaciones, información, etc.) si luego los abogados, a nivel personal, continúan abstraídos y focalizados en el trabajo, rechazando implícitamente el contacto con los clientes y transmitiendo a los mismos un mensaje contradictorio con el que les envía nuestra organización.

Por ello, es fundamental que los abogados hagamos una reflexión sincera y examinemos nuestro grado de tolerancia diaria con los clientes, y si el resultado es negativo, tendremos no sólo que volver a imbuirnos de la filosofía de atención al cliente, sino adoptar medidas de organización, planificación, gestión de tiempo, de la información, etc. que nos ayuden a lograr mantener un contacto con los clientes satisfactorio, en ambas direcciones.

Por lo tanto, si eres consciente que quieres pero no puedes dar un buen servicio a todos tus clientes, tienes que parar, templar y descubrir dónde está la fuga; a continuación, procura cerrarla y a experimentar hasta que logres tu objetivo.  En la medida en que esto funcione, la atención al cliente de nuestra organización mejorará sustancialmente.

Concluir señalando que no hemos de olvidar que somos abogados porque nos gusta lo que hacemos, y por tanto, se presume que hemos de “disfrutar” con nuestro trabajo (en el que se incluye el hablar con los clientes). Si esto no se cumple y no somos capaces de solucionarlo, habrá que ser valientes y cuestionarnos muchas cosas. Pero esto es otra historia”

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Ese vacío con el que sales del juicio…

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Hoy se ha celebrado ese juicio que tanto tiempo llevabas esperando.

Lo tenías perfectamente preparado: los interrogatorios de parte, testigos y peritos estaban completamente cerrados y listos para su ejecución; el alegato, perfectamente ensamblado y estructurado para mantener la atención del juez y lograr la tan deseada persuasión, y, sobre todo, un maletín repleto de entusiasmo, no exento de cierto temor e incertidumbre.

El juicio se desarrolló más o menos según lo previsto, pues, afortunadamente, en este asunto la razón estaba clara, si bien ahora tocaba que te la dieran. Digamos que saliste satisfecho de la sala y pudiste comprobar como el cliente, aun asaltado por miles de dudas, reconocía tu buen hacer y un moderado optimismo.

Sin embargo, tras despedirte del cliente y dirigirte al parking, te iba embargando una sensación, mezcla de inseguridad, incertidumbre y preocupación desconocida minutos antes. Esa pregunta a la parte que no hiciste, esas respuestas del testigo al compañero contrario, aquel detalle en el que incidió el perito con tozudez, las notas que tomó el juez mientras el compañero informaba (¿tomó alguna nota mientras lo hacías tú?), son pensamientos que iban nublando tu mente y que hacían que tu corazón latiera más rápido y que tu rostro se tornara algo descompuesto.

¿Qué te estaba ocurriendo?

Esta situación que hemos vivido todos los abogados no es más que la proyección que sobre el abogado realizan determinados pensamientos negativos derivados de la incertidumbre del litigio. Bajo este escenario, lo que antes era confianza y seguridad se torna en dudas e inseguridad, y ahora surge en la mente, como una realidad, la posibilidad de que el pleito se pierda.

Hoy traigo esta experiencia a colación con el fin de realizar una doble reflexión que nos ayudará más a valorar la profesión y, como no, a quienes la practican.

La primera, se centra en destacar que el trabajo central de nuestra profesión, o lo que es lo mismo, asesorar, mediar o defender en el contexto de una controversia, es sumamente complejo y difícil, precisamente por la contradicción que se respira constantemente, y que hace que nuestro trabajo esté condicionado por la otra parte, y por otros múltiples factores que hacen depender nuestro éxito o fracaso de un tercero o de circunstancias a veces ajenas a nuestra voluntad. Llegado este punto me gusta recordar la preciosa frase de Ossorio que nos dice que “nuestra labor no es de estudio sino de asalto y, a semejanza de los esgrimidores, nuestro hierro actúa siempre sometido a la influencia del hierro contrario, en lo cual hay un riesgo de perder la virtualidad del propio”

La segunda, y consecuencia de lo anterior, es el desgate físico y psíquico que a veces supone el litigio para el abogado, pues el compromiso de la defensa es de tal suerte que,  sin identificarnos con el cliente, a veces padecemos y sufrimos en similar medida que éste. El pleito, con todos sus interrogantes, incertidumbres e imprevistos nunca dará tregua al abogado, y hasta que no se dicte la última sentencia, multitud de horas de trabajo, de esfuerzo y de ilusiones penderán de un hilo. Y eso, naturalmente, tiene un coste.

Estas brevísimas reflexiones, lejos de frustrarnos, deben animarnos a seguir el camino trazado por nuestra profesión, pues hemos de ser conscientes que como el fuego forja el hierro en el yunque, la necesidad y la preocupación diaria forja la personalidad del Abogado, la cual, superados algunos años de experiencia, será un activo insustituible no solo para nuestra labor, sino para la propia vida familiar y social del letrado, todo un tesoro del que hemos de estar muy orgullosos.

Así que, si hoy has salido del juicio hondamente preocupad@, respira hondo, sonríe, y comienza con el próximo asunto, pues el hierro se forja, pero difícilmente se destruye.

 

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¿Mis recelos con el cliente?… Hace años que han quedado colgados en la sala de togas.

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Hoy os traigo un párrafo del libro de John Mortimer, The Anti-social Behaviour of Horace Rumpole, en el que el barrister[1] (Horace Rumpole), responde a diversas preguntas de un juez durante una entrevista realizada en un proceso de nombramiento como Queen´s Counsel[2].

Lo llamativo de este párrafo reside en que el contenido del interrogatorio contiene las preguntas y respuestas a los grandes tópicos sobre la intervención y moral del abogado cuando defiende a personas que son consideradas socialmente de dudosa reputación, siendo las respuestas brillantes y llenas de sentido, razón ésta por las que me he permitido traducirlas y transcribirlas en el post.

Las reflexiones tenéis que hacerlas vosotros; los temas (defender a “inocentes o culpables”, no juzgar al cliente, el deber de defensa del abogado, la conciencia del abogado al defender, el papel del abogado en el sistema judicial, etc.) quedan sobre la mesa, como un suculento aperitivo…

Sin más preámbulos aquí tenéis el texto:

-          “Recientemente Vd. ha llevado la defensa de Mr Dennis Timson. ¿Lo conoce bien?

 -          Con el paso de los años, bastante bien.

 -          ¿Podría ser descrito como un delincuente habitual?

 -          De la misma forma en la que yo podría ser descrito como un defensor habitual.

 -          Él dijo que Vd. es un excelente abogado.

 -          Eso fue muy amable por su parte.

 -          Y no le importaba si era inocente o culpable, Vd., de cualquier forma, haría un buen trabajo, ¿no es cierto?

 -          Desde luego.

 -          Entonces, ¿Vd. defiende a personas que  sabe que son culpables?

 -          Lo desconozco. No es asunto mío. Eso es misión del juez y del jurado. Pero si Mr. Timson, o cualquier otro, me cuenta un relato consistente con su inocencia, es mi deber defenderle.

 -          ¿Incluso si Vd. no lo cree (el relato)?

 -          Yo suspendo mi incredulidad. Mi recelo ha quedado colgado en la sala de togas desde hace años. Mi trabajo es defender el caso de mi cliente de la mejor forma posible. El Fiscal hace lo mismo y entonces el jurado escoge a quien de los dos creer. Esto es nuestro sistema judicial. Y parece funcionar de forma más justa que cualquier otra forma de juicio criminal, si quiere mi opinión.

 -          ¿Parece que Vd. ha defendido a gente bastante horrible?

 -          Cuanto más horribles sean, en mayor medida necesitan ser defendidos.

 -          ¿Entonces la moral no cuenta para Vd.?

 -         Sí que lo hace. La moralidad de hacer que nuestro gran sistema judicial funcione: la moral de proteger la presunción de inocencia.

 -          ¿Entonces, Vd. nunca juzga a sus clientes?

 -          Desde luego que no. Ya le dije que juzgar no es mi trabajo. Soy como un médico (la gente viene a mí con problemas y yo estoy aquí para solventarlos de la forma menos dolorosa posible. Y sería un médico muy peculiar si solamente curara a gente sana.

 Seguro que lo has disfrutado. Ahora, aun siendo su procedencia de un sistema judicial diferente al nuestro (el anglosajón, aun con muchas zonas comunes), te toca reflexionar y, en la medida de lo posible, extraer conclusiones del texto que te ayuden a posicionarte en esta materia tan fácil, y, a la vez, tan compleja.

(puedes completar el tema leyendo el post publicado en este blog ¿Por qué defiende a ese criminal? http://oscarleon.es/?s=criminal

 

 

 

 

[1] Barrister es una de las dos categorías de abogados de nivel superior que existen en Inglaterra, Escocia y otros países de la tradición del Common Law. Su función principal, pero no exclusiva, es representar como mandatario a los litigantes ante los tribunales. En este sentido, el trabajo del barrister corresponde en los países que se rigen por el sistema continental, a demandar o alegar ante los tribunales de justicia. Sin perjuicio de lo anterior, esta profesión puede tratarse desde la especialización en temas determinados, así como la prestación de consejos en ciertas áreas con sus clientes (Wikipedia)

[2] Los Barristers pueden alcanzar, por nombramiento real, la categoría de Queen´s Counsel, cargo honorífico que le otorga ciertos privilegios en el desarrollo de su función.

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¿Cómo organizar y estudiar el expediente (carpeta física) del asunto?

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Una de las tareas insoslayables de todo abogado es el estudio del expediente del caso, o lo que es lo mismo, el examen del conjunto de información documental que comprende todos los aspectos de interés para llevar a cabo adecuadamente su intervención profesional.

Normalmente, la documentación del expediente proviene de la entrega realizada por el cliente o recibida de los juzgados u otros organismos públicos o privados tras petición realizada con autorización de aquél, por lo que dicha documentación comprenderá documentos privados, públicos, cartas, correos electrónicos, fotos, peritajes, etc.

Del estudio de este expediente dependerá indudablemente la solvencia y seguridad con la que el abogado afrontará las diversas fases que jalonarán el caso (estrategia, negociación, defensa en sala, et.), por lo que es fundamental, y será objeto de este post, establecer algunas reglas de organización y estrategia, a modo de consejos, para que el posterior proceso de estudio sea lo más eficaz posible.

A continuación, trataremos los siguientes aspectos:

1º.- Organización interna del expediente.

Lo primero que hemos de hacer es examinar todos los documentos y, tal y como si hiciéramos inventario, dividir el expediente en partes, pues bien se aviene la clasificación de los mismos cuando suelen ser de distinta naturaleza.

Martinez Val nos aconseja la siguiente:

a)      Documentación conteniendo conversaciones, consultas, conferencias telefónicas con sus respectivas fechas.

b)      Correspondencia y comunicaciones relativas a gestiones y tramitación, pero no de fondo (que no sean prueba documental). Aquí se incluiría la documentación judicial de la causa o el pleito (sin perjuicio de reproducir algunos de sus documentos en otros grupos).

c)       Ramo de documentos que se aportarán como prueba documental en juicio (en este podrían incluirse los dictámenes y pericias, aunque Martínez establece un grupo diferente para éstos).

d)      Ramo de testigos, con notas y observaciones sobre los mismos (personalidad, antecedentes, etc.)

e)      Ramo de textos legales, jurisprudenciales y legales, que podría a su vez subdividirse en varios grupos asociados a los puntos de derecho controvertido (Martínez del Val separa aquí dos ramos, el de textos legales y doctrina y el de jurisprudencia, aunque nosotros nos hemos permitido incluirlos en uno).

Si bien las nuevas tecnologías pueden apoyarnos para almacenar y clasificar la información expuesta, lo cierto es que el soporte físico propuesto es de enorme utilidad para el manejo del caso, todo sin perjuicio de su reproducción en el correspondiente programa de gestión al que podrán incorporarse los documentos de cada grupo.

2º.- Orden cronológico.

A la hora de examinar la documentación, como afirma Martineau, el abogado debe convertirse en el historiador del litigio, por lo que es esencial que reclasifique toda la información por orden cronológico, pues a través de las fechas podremos verificar si el expediente está completo o falta alguno al que se hace referencia en un documento posterior.

Por otro lado, el orden cronológico es el orden más apropiado para la mejor comprensión y entendimiento del caso.

3º.- Adecuada gestión del tiempo.

Uno de los grandes defectos de los abogados reside en realizar un examen superficial del expediente. Acosados por la falta de tiempo, nos limitamos a ir directamente a lo que consideramos más importante según nuestra intuición. Sin embargo, qué duda cabe que nuestra profesionalidad nos obliga a realizar un estudio profundo del expediente, por lo que tendremos que disponer de tiempo para su estudio, y que mejor para ello que emplear las herramientas y método que nos proporcionan las técnicas de gestión del tiempo.

4º. Examen minucioso.

La meticulosidad es una cualidad intrínseca de todo abogado, y como tal, debe manifestarse en el análisis de la documentación que conforma el expediente, descomponiendo el todo en sus partes y alcanzando una comprensión absoluta del litigio y de aquellos elementos favorables o perjudiciales a nuestra defensa. Caer, en la superficialidad del examen es, como decíamos un verdadero desatino.

5º.- Duda sistemática y modestia en el análisis.

Como nuevamente nos indica Martineau, duda sistemática para realizar el análisis cuestionando todas las certezas del litigio, lo que nos ayudará a solicitar aclaraciones, informaciones, etc.  para la mejor preparación del caso, y modestia intelectual para examinar el expediente dejando a un lado las tentaciones de nuestra experiencia, lo que nos facilitará una lectura imparcial de las actuaciones y una neutralidad indispensable para el examen inicial de la documentación. De lo contrario, si nos dejamos llevar por nuestra percepción previa del asunto alcanzaremos un análisis reduccionista y parcial que hemos de reservar para una fase posterior de la defensa.

En definitiva, un buen comienzo a la hora de organizar y dirigir nuestra atención al expediente será garantía de una actuación impecable, pues empleando el símil de un peregrino, difícilmente podrá llegar a su destino, si no se detiene y dedica tiempo  para organizar con realismo el que será su avituallamiento.

 

 

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La abogacía es una oposición vitalicia.

13.07.2017 Categoría: Uncategorized Sin comentarios
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Hoy publicamos en legaltoday.com un breve post dirigido a hacernos reflexionar sobre el esfuerzo permanente que realiza el abogado durante su trayectoria profesional, esfuerzo que es puesto en valor a través de continuos exámenes que, casi sin saberlo, vamos afrontando un día tras otro, y que de alguna manera nos ayuda a ir creciendo y mejorando. Visto así, la abogacía es algo parecido a estudiar una oposición de por vida.

Solo eso, una reflexión…

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La litigación estratégica, una apuesta de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

26.06.2017 Categoría: Uncategorized Sin comentarios
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Decía el abogado Roland Boyd en una preciosa carta dirigida a su hijo

«Un abogado que nunca pisa los Tribunales nunca sabrá como entregar un buen servicio a sus clientes. El mayor cumplido que un abogado puede recibir es: “Él es un buen abogado litigante”»

Esta afirmación resume de forma sencilla la importancia que para todo profesional de la abogacía representa el actuar en sala: conocer realmente la esencia de nuestra profesión, en la que la defensa de los derechos e intereses del justiciable culmina con nuestra intervención ante un auditorio formado por el juez, los abogados y las partes a las que representan y, finalmente, el público asistente. De esta forma y a través de esta perspectiva a medio y largo plazo del asunto y conociendo la eventual necesidad de una solución judicializada, el abogado aprende a valorar todo el proceso por el que atravesará el caso y la necesidad de un buen servicio al cliente que contemple aquella potencial intervención letrada en el proceso.

Durante esta experiencia, el abogado desarrollará una serie de competencias muy heterogéneas que conformarán un perfil profesional único y exclusivo: habilidades emocionales que lo revestirán de una capacidad de interacción con los distintos agentes, y muy especialmente con el cliente; habilidades de comunicación que le permitirán transmitir su mensaje, tanto al dirigirse a su cliente como al interrogar o al exponer su alegato; profundo conocimiento de las reglas procesales, lo que le dará seguridad y capacidad de respuesta ante cualquier imprevisto en sala y, por supuesto, una capacidad estratégica para manejarse con seguridad, soltura y perspicacia durante las fases más complejas del acto judicial.

Contando con dichas competencias y orientado por su estrategia o línea de defensa o acusación que le va a guiar durante el desarrollo del proceso y que dará sentido, tanto a los hechos de la historia que ofrecerá como a la teoría jurídica en la que se apoya, el abogado presentará su caso ante el juez como el más creíble y fundamentado en derecho.

Para lograr dicho objetivo, el abogado debe servirse de las técnicas estratégicas de litigación, que comprenden los procesos de comunicación y argumentación seguidos por el abogado antes, durante y después del juicio, en los que, empleando contenidos procesales y materiales y técnicas importadas de la oratoria, psicología forense y otras disciplinas, conseguirá transmitir la credibilidad de su pretensión a través de la elaboración de unas líneas de defensa solventes, sabiendo cómo realizar un interrogatorio y un contrainterrogatorio eficaz, presentando el resto de la prueba, y exponiendo un alegato persuasivo.

Con esta idea en mente, he tenido la suerte y el honor de ser designado por la UNIR para dirigir, coordinar, formar y elaborar los contenidos del primer Título de Experto en Litigación, una aventura a través de la cual pretendo transmitir y, por supuesto,  aprender nuevas técnicas, ideas y metodologías que iré compartiendo con vosotros en nuestro blog.

Os paso el enlace del Título de Experto por si es de vuestro interés: http://www.unir.net/derecho/curso-litigacion-oral/549201754512/#-descripcion

 

 

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Algunas reflexiones sobre los peligros de la implicación excesiva del abogado con el cliente.

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Rescatamos hoy un post publicado en este blog hace más de dos años bajo el título “Abogado, implícate con tu cliente, pero no demasiado…” y que he decido publicar con algunas modificaciones, dado que tras releerlo he comprobado que sigue de actualidad y que los compañeros, al tratar las relaciones con los clientes, siguen comentando como tema de interés la importancia de no implicarse demasiado con los intereses del cliente.

Efectivamente, en ocasiones el abogado se preocupa enormemente por los casos que está defendiendo, de tal modo que no puede dejar de pensar en los mismos y en su posible resolución. Esta situación, que podría considerarse positiva si se adopta con cierta prudencia, se vuelve patológica cuando la implicación es tal que comenzamos a sufrir como si del propio cliente se tratara. Nos desvelamos por la noche pensando en el caso, nos indignamos ante el mero pensamiento de la conducta del contrario, anhelamos una solución favorable y, literalmente, sufrimos pensando en un posible fracaso ante nuestro cliente.

Las consecuencias de esta actitud no se hacen esperar; insomnio, úlceras, distracciones e incluso cierta agresividad que van a pasar factura tanto a nuestra vida personal como profesional.

Esta es una conducta muy propia del joven abogado cuando lleva sus primeros asuntos, si bien la experiencia y la práctica va reduciendo tal comportamiento hasta llegar un punto en el que su involucración se modera hasta lo estrictamente necesario; quienes no superan esta situación acaban abandonando la profesión o continúan en el ejercicio profesional padeciendo (y haciendo padecer a los demás, especialmente a su familia) un verdadero infierno.

Dicho esto, el objeto de este post no es otro que alertar a aquellos compañeros que al leer estas líneas puedan verse identificados de algún modo, a fin de que adopten las medidas necesarias para modificar dicha tendencia, ya que la excesiva involucración llega un punto que nos resulta insoportable por afectarnos personal y profesionalmente, siendo conveniente una aproximación al cliente y a su asunto con cierta distancia y moderación.

Para ello, vamos a establecer una serie de razones a modo de consejos que podrían ayudarnos a reflexionar sobre lo pernicioso de una excesiva implicación con nuestro cliente y su asunto:

1º.- Ver que la causa del problema del cliente es ajena a ti.

Cuando el cliente se presenta en el despacho del abogado viene para que lo asesore y defienda, y ¿sabes por qué?, por qué él se ha metido o alguien lo ha metido en el problema en el que se encuentra. La causa última de que esté en el despacho deriva del propio cliente, quien lo que busca es ayuda en forma de asesoramiento. Si te vas a angustiar por lo que otro ha hecho, viviéndolo como si tú fueras el causante del problema, prepárate para sufrir. Por ello, cuando te veas implicándote más de la cuenta piensa en que la raíz del problema que estás solucionando es completamente ajena a ti, y te aseguro que te ayudará a ver las cosas desde otra perspectiva.

2º.- Mantener la independencia creando un distanciamiento emocional.

Aunque a veces los clientes piensan que si el abogado está emocionalmente implicado en el caso realizarán una mejor defensa, están completamente equivocados. El abogado debe crear una distancia emocional con su cliente que le permita alejar la subjetividad que éste va a imprimir a todas sus acciones, pues siendo objetivo, es como el profesional podrá barajar todas las alternativas de defensa posibles, sea cual sea la incomodidad, malestar o incluso discrepancia de su cliente. El buen abogado debe ser empático y saber ponerse en el lugar del cliente para entender sus emocionales, pero ello no significa que debamos identificarnos con él, puesto que en tal caso perderemos la objetividad que exige la aplicación de nuestros conocimientos técnicos y prácticos a la solución del caso.

3º.-  La excesiva involucración genera conductas desleales desde una perspectiva deontológica.

¿Ves a esos compañeros que cuando llegas a la puerta de la sala acompañando a su cliente y cuando los miras te vuelven la espalda o te responden con hostilidad? Pues esos compañeros están excesivamente implicados con sus clientes hasta el punto de que temen que éstos les recriminen que hablen o incluso saluden al “enemigo”. La excesiva involucración conduce inevitablemente al incumplimiento de obligaciones deontológicas como la lealtad a los compañeros que flaco favor le hacen a nuestra profesión. Si estás excesivamente involucrado, es probable que actúes de forma hostil frente al contrario y a su cliente, bien porque sientes que debes hacerlo, bien a modo de pantomima ante tu cliente, conducta que a larga se paga pues “los clientes y los casos pasan y los abogados quedan…”

Ya lo decía Eduardo J. Couture en su famoso decálogo: Olvida. La abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fueras llenando tu alma de rencor llegaría un día en que la vida sería imposible para ti. Concluido el combate, olvida tan pronto tu victoria como tu derrota.

4º.- Ya tienes suficientes problemas…

¿Tú no tienes tus propios problemas? Pues ¿para qué quieres más problemas? Si te identificas con tu cliente asumes el suyo, esto te llevará a padecer en un grado muy aproximado a lo que sufre el cliente Y digo yo, ¿Para qué? ¿Para ignorar tus problemas y centrarte en los del cliente?  Mal negocio…

5º.- No es bueno para tu salud.

Si te involucras más de la cuenta acabarás física y psíquicamente destrozado, no lo dudes. La razón de ello radica en que tu no llevas un solo caso, sino una o dos docenas, cada uno con su problema particular de fondo, de modo que si vives cada caso identificándote con el cliente y su problema (además de los tuyos) acabarás exhausto y no tendrás otra salida que dejar la profesión (posible síndrome burnout) y si aguantas, solo espero no encontrarme contigo en una sala de vistas.

Concluir señalando que si encontramos el punto medio, no ajeno a la administración de un cierto estrés y tensión profesional, no solo asesoraremos y defenderemos a nuestro cliente con más eficacia, sino que tendremos la oportunidad de disfrutar a conciencia del camino profesional que recorremos a diario.

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Entrevista realizada por TODOJURISTAS.COM en canal YouTube.

3.05.2017 Categoría: Uncategorized Sin comentarios
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Hoy me gustaría compartir con vosotros un vídeo elaborado por Todojuristas.com  en el que me entrevistan sobre diversas circunstancias relativas al proceso de escritura del libro Arte y Técnica del interrogatorio (Aranzadi). En el vídeo, alojado en YouTube, expongo diversas técnicas y trucos que pueden ayudarte cuando algún día decidas escribir un libro :)

 

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Quince máximas para controlar el contrainterrogatorio.

Óscar Fernández León: Oratoria y pedagogía procesal

Óscar FERNÁNDEZ LEÓN

Abogado

Diario La Ley, Nº 6, Sección Legal Management, 17 de Abril de 2017, Editorial Wolters Kluwer

LA LEY 3886/2017

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Resumen

El contrainterrogatorio, o interrogatorio que realiza el abogado al testigo que sostiene una versión contraria a la línea de defensa del interrogador, constituye una práctica forense compleja y, en ocasiones, frustrante. Debido a la predisposición del testigo a mantener su verdad, que coincide con la de la parte que lo ha propuesto, verá al abogado que lo contrainterroga con desconfianza, temor y hostilidad, por lo que esta modalidad de interrogatorio será todo menos segura, predecible, relajada o fácil. Este escenario ha sido terreno fértil para la elaboración de un conjunto de máximas destinadas a facilitar al abogado contrainterrogador unas reglas estratégicas que le faciliten la ejecución del interrogatorio con visos de alcanzar el éxito o, al menos, no ver perjudicada su credibilidad en esta fase tan transcendente.

INTRODUCCIÓN

El interrogatorio del testigo suele dividirse en dos partes bien diferenciadas: el interrogatorio directo y el contrainterrogatorio. A través del primero, el abogado interroga al testigo propuesto por él o a un testigo cuyo testimonio favorezca a su defensa del caso. Por el contrario, el contrainterrogatorio es el que lleva a cabo el abogado al testigo que ya ha depuesto en el interrogatorio directo.

En el interrogatorio directo, el abogado dispone de absoluta seguridad de lo que el testigo responderá y, por lo tanto, su interrogatorio se dirigirá a confirmar la credibilidad del testigo y su relato de los hechos. Por el contrario, en los casos del contrainterrogatorio, el abogado puede tener una amplia certeza de lo que el testigo va a responder, bien porque tiene constancia efectiva de ello (especialmente a través del interrogatorio directo que le precede) o porque la lógica hace presumir que la respuesta será en tal sentido; no obstante, a pesar de toda prevención, el riesgo de que un contrainterrogatorio mal preparado pueda perjudicar nuestra defensa siempre es altísimo.

La presente colaboración tiene por objeto examinar las máximas o reglas del contrainterrogatorio que la práctica del foro nos ha ido dejando con el transcurso de los años y que, bien empleadas por el abogado, pueden ayudarnos a realizar un contrainterrogatorio verdaderamente estratégico.

 

I. SÓLO SE PROCEDE A INTERROGAR CUANDO SE TIENE UN OBJETIVO RELEVANTE Y ALCANZABLE

El interrogatorio, acorde con su fin estratégico, solo procede…

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El abogado y el testigo en las arenas movedizas del enfrentamiento

13.03.2017 Categoría: Uncategorized Comentarios
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La práctica del interrogatorio del testigo, y muy especialmente del contrainterrogatorio, constituye uno de los mayores retos del abogado durante la práctica del acto del juicio. Ello es lógico pues, interrogar, muy especialmente al testigo cuya declaración evacuada previamente no favorece nuestro planteamiento, requiere un alto grado de preparación. A tal dificultad se añade la variedad de testigos a los que puede enfrentarse un abogado como son los testigos falsos (voluntarios o involuntarios, expertos, colaboradores con la justicia, menores, ancianos, testigos hostiles, etc.), diversidad que exige una especial técnica para afrontar el correspondiente interrogatorio. En este contexto, no es extraño presenciar durante el contrainterrogatorio cómo el abogado entra en abierta discusión, polémica o conflicto con el interrogado, situación ésta que, a todas luces, constituye un grave error por parte de aquel que, como veremos, provocará una sustancial merma del efecto que pretende su interrogatorio.

I. A MODO DE PRECISIÓN

Con carácter previo a abordar el objeto de nuestra colaboración, es preciso introducir un matiz conceptual imprescindible para una mejor comprensión del trabajo. En tal sentido, y en relación con la práctica del interrogatorio de testigos hemos de distinguir dos modalidades bien definidas: el interrogatorio directo, que es aquel que realiza una parte procesal al testigo que sostiene una versión propicia de los hechos (a modo de ejemplo, el que realiza la acusación a la víctima y, de otro lado, el que realiza la defensa al acusado); y el contrainterrogatorio, que es aquél al que somete una parte procesal al interrogado que mantiene una versión de la historia contraria a los intereses de quien interroga (a contrario sensu, el que realiza la acusación al acusado y la defensa a la víctima). En interrogatorio directo precede siempre al contrainterrogatorio.

Pues bien, partiendo de este contexto procesal, las conductas que a continuación examinaremos se circunscriben al denominado contrainterrogatorio, modelo éste en el que suelen producirse la mayoría de las interacciones emocionales entre interrogador-interrogado, frente al interrogatorio directo, en el que este tipo de incidencias es prácticamente nulo y, en su caso, excepcional y anecdótico. En todo caso, cuando empleemos el término interrogatorio nos referiremos a la modalidad del contrainterrogatorio.

II. ¿QUÉ HEMOS DE CONSIDERAR EL ENFRENTAMIENTO DEL ABOGADO CON UN TESTIGO?

El enfrentamiento del abogado con el testigo durante el interrogatorio podría describirse como aquella situación en la que interrogador e interrogado se ensalzan en una lucha sin cuartel, vertida de una maraña de dimes y diretes superpuestos, preguntas interrumpiendo respuestas y respuestas interrumpiendo preguntas; una batalla tan hostil, desorganizada e incomprensible que, en el fragor de la lucha, hace que el significado de la evidencia útil se vea superado por la discontinuidad del relato, la repetición del examen directo, el tedio de una discusión estéril y la defensa a ultranza de sus respectivas versiones que, a poco andar, produce que quienes están escuchando pierdan la atención en lo que está acaeciendo durante el interrogatorio. (Baytelman y Duce).

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