Ayer el cliente firmó la hoja de encargo y hoy comienzas con la primera gestión: llamar al letrado de la parte adversa. Tras marcar su número de móvil, escuchas al otro lado de la línea una voz algo suave respondiendo:

  • Sí, dígame.
  • Hola buenas tardes, ¿J. García?
  • Sí, soy yo.
  • Verás, soy tu compañero L. Rodríguez, y te llamo en relación con un asunto que creo que llevas de tu cliente S. López…
  • Ah, sí, el tema de la obra colindante y los desperfectos; ¿qué tal J.?, estaba esperando tu llamada, a ver como solucionamos esto…

Buen comienzo, no cabe duda.

Ahora, repitamos la experiencia, pero con un receptor diferente.

  • Dígame.
  • Hola buenas tardes, ¿J. Pérez?
  • Sí.
  • Verás, soy tu compañero L. Rodríguez, y te llamo en relación con un asunto que creo que llevas tu cliente S. López…
  • (silencio prolongado)……..Si, dime.
  • Nada, que me han encargado este asunto, y me gustaría ver si tenemos opciones de alcanzar algún acuerdo.
  • Pues, un acuerdo lo veo complicado, porque según me consta tu cliente es un paranoico y le está haciendo la vida imposible al mío. De hecho, tengo instrucciones de denunciarlo por coacciones…

Mal empezamos…

Estos dos ejemplos, esconden una realidad que se produce todos los días en el contexto de las primeras conversaciones entre abogados. En unos casos, el receptor es amable, abierto, dialogante; en otros, es antipático, seco, de pocas palabras y poco conversador. A veces es cuestión de personalidad, lo cual no puede evitarse (cada uno es como es), aunque al poco tiempo puede que surja el diálogo tras las primeras conversaciones; pero otras veces, es una cuestión de actitud, lo cual, a mi juicio no es de recibo, pues esconde una forma errónea a la hora de encarar la conversación con un colega profesional.

Estas actitudes, que no son más que parte de una estrategia, pretenden el situarse en una posición de fuerza o de poder con el adversario desde el inicio, lo que, a juicio de quien persigue tal objetivo, le permitirá gestionar el caso en una posición conocida como yo gano/tu pierdes.

Para lograr esto, las modalidades de conducta más habituales que se emplean son el uso inicial de un lenguaje verbal escaso (casi prevalece el uso del monosílabo), el empleo de los componentes paralingüísticos como la entonación seca, poco amigable, pasando a la acción a través de la imputación de conductas irresponsables de tu cliente, la descalificación de las opciones de defensa del contrario, la crítica al hecho de defender a un cliente o un caso perdido, hasta llegar a personalizar el asunto mostrando una agresividad desmedida con el compañero.

Lógicamente, esta actitud produce un bloqueo en el intento de acuerdo cuya pervivencia va a depender de factores como la propia personalidad del abogado que inició la conversación, su capacidad para lidiar con estas situaciones, y la necesidad de evitar el pleito, pues en él estará escoger la forma de reaccionar ante una actitud tan áspera. Desgraciadamente, lo habitual es que el intento quede frustrado, y se continúe con la tramitación del caso vía litigio.

Quizás haya sido demasiado riguroso con la exposición precedente (pues naturalmente hay términos medios, pero es que tengo el convencimiento, por experiencia, que la predisposición positiva del compañero adverso desde la primera llamada que le hacemos, es fundamental para la resolución amistosa de la controversia; una actitud educada, abierta y dialogante es una bendición; lo contrario conduce generalmente a un estancamiento y al pleito. Y, desafortunadamente, lo contrario ocurre.

Y es lógico que dicha predisposición sea favorable, pues los abogados sabemos que debemos mantener recíproca lealtad, respeto mutuo y relaciones de compañerismo, actitudes que persiguen alcanzar un espíritu de hermandad y solidaridad entre los abogados, quienes con independencia de la competitividad inherente a su labor, deben mantener una actitud cordial en todo momento. Si en el primer envite nos encontramos con agresividad, descalificaciones y una superioridad mal entendida, ¿cómo puede esperarse que se vaya alcanzar un pronto acuerdo?

A quienes así actúan yo les recordaría que si bien nuestra profesión es esencialmente bélica, si se me permite la expresión, ello es así porque el conflicto y la lucha de intereses son ideas latentes en el trabajo de los abogados, ideas que jamás van a abandonarnos. Pero, quienes realmente se enfrentan son los clientes, porque los abogados lo hacen en un nivel en el que las emociones y los intereses son sustituidos por la invocación del derecho. Es un enfrentamiento, como dice Martínez Val, ideal o doctrinal. Si se me permite el símil, es como una lucha deportiva. Mientras estamos en sala, hemos de actuar como verdaderos luchadores dando todo lo que podamos, pero al concluir, ambos letrados somos dos compañeros de profesión que quizás, en otra ocasión, hasta nos sentemos en el mismo banco.” Los clientes y los casos pasan, los abogados quedan” dice la máxima.

¿Y cómo hemos de actuar ante estos compañeros?

Creo que la mejor opción es empleando la asertividad, esa capacidad de hacer valer los propios derechos, sin dejarse manipular y sin manipular a los demás, o, lo que es lo mismo, respetándose a sí mismo y a los demás. Ello nos permitirá, sin entrar en conductas agresivas, poner límites, decir NO, afrontar los ataques y agresiones o expresar una opinión contraria.

Por tanto, ante estas conductas, no hay nada mejor que mantener la calma, y tratar de transmitir nuestra intención, oponiéndonos a toda conducta desabrida, demostrando que no nos interesan ni afectan las bravuconadas; una vez cumplida nuestra misión (si nos dejan…), la pelota queda en el tejado del colega.

Para concluir, señalar que me encontraría muy satisfecho si algún compañero que haya llegado a estas alturas del post, y que suela actuar de la forma analizada, se lo piense dos veces cuando otro compañero, de buena fe, lo llame con el fin de hacer lo mismo que él hace: defender a su cliente.