La semana pasada, durante un curso sobre la preparación de la audiencia previa y el juicio oral, un compañero novel sacó a colación una situación que había vivido recientemente en un juicio en el que alcanzó una transacción con la otra parte debido, según sus palabras, a la insistencia del juez, pues éste, apelando a lo que podía inferirse del procedimiento, le aconsejó a las claras que alcanzara el acuerdo.

El compañero, a pesar de conciliar, incluso con  el consentimiento de su cliente allí presente, cuando revisó a posteriori su actuación, concluyó, con plena insatisfacción, que debió haber continuado y entrado en juicio.De hecho, días después el cliente se presentó en el despacho transmitiéndole su insatisfacción con el acuerdo y, lógicamente, con la actuación de su más que probable “ex letrado”

 

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