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¿Haces juicios o eres abogado?

torero

La pasada semana la agrupación de abogados GUADALIURIS organizó en Sevilla un evento de confraternización entre sus despachos integrantes del que cabe destacar la magnífica conferencia impartida por el torero y coaching Eduardo Dávila Miura, intervención dirigida al crecimiento personal y profesional. Durante su brillante exposición, Eduardo narró una anécdota que vivió en su época de toreo en activo y que podría resumirse en la pregunta que le hizo el que fue su apoderado al conocerlo: ¿Toreas o eres torero?, a lo que Eduardo respondió identificando el torear con el ser torero. Sin embargo, el apoderado le refirió que una cosa era saber torear y otra muy distinta era ser torero, pues la técnica de torear podía aprenderse, pero para ser torero no bastaba esa habilidad, sino que era imprescindible pasión, entusiasmo, responsabilidad y compromiso…

Partiendo de esta píldora de sabiduría de aquel apoderado, hoy me gustaría apropiarme de esta idea y aplicarla a los abogados, pues estoy convencido de que una cosa es hacer juicios, asesorar jurídicamente y mediar en conflictos y otra muy distinta es ser abogado.

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Filosofía de Epicteto al servicio del Abogado.

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Siguiendo a Seligman nuestra actividad se desarrolla en un marco de trabajo muy rígido, pues dependemos de normas y procedimientos que nos hacen disponer de muy estrechos márgenes de decisión; hostil, pues nos vemos rodeados de conflictos y tensión, y en mucha menor medida de emociones positivas que, si se dan, duran poco; aislado, ya que una importante parte de nuestra actividad se produce de forma aislada consultando información y preparando escritos ajustados a formatos establecidos; estresante, pues soportamos una excesiva dilación en la resolución de los casos, normalmente concurrentes, diversos y complejos sometido a la dinámica victoria-derrota, lo que conlleva una sensible erosión emocional; y finalmente jerarquizado, pues actuamos en el marco singular de dignidades y jerarquías de la Justicia, sometidos por tanto al criterio aplicativo de los jueces del cual dependemos.

Por ello, el abogado, especialmente el joven, que no sepa controlar la respuesta emocional a las anteriores situaciones está literalmente perdido en este mundo, disponiendo de dos opciones, cambiar para crecer o abandonar….

Triste, pero real como la vida misma.

Ante esta situación y como posible reflexión que podría ayudarnos a superar nuestras frustraciones se encuentra un principio de la escuela estoica fue enunciado por el filósofo Epicteto como se recoge en “Las Disertaciones de Arriano” obra en la que su discípulo Arriano recogió los pensamientos de su maestro.

Os pido que a medida que vayáis leyendo integréis vuestra actividad como abogado en los fundamentos de este principio filosófico, pues sin duda os resultará todo muy familiar.

El principio parte de la base de que todo ser humano, a la hora de interactuar con sus semejantes, debe ser plenamente consciente de que existen ciertas cosas que dependen exclusivamente de nosotros y otras, que no dependen de nosotros. Nuestras opiniones, juicios, sentimientos, actitudes y en definitiva, nuestras decisiones dependen de nosotros en su integridad y por lo tanto son libres y no están sujetas a restricciones por lo que somos libres de elegir y decidir cómo actuar en cualquier situación. Al ser libres de elegir, nos hacemos plenamente responsables de nuestra decisión.

Por el contrario, hay ciertas cosas que no dependen de nosotros precisamente porque dependen de otros (la fama, el dinero, la aprobación de los demás, la muerte, etc.) y por lo tanto están sujetas a restricciones al depender de la voluntad de aquellos. En tales supuestos, actuar sobre la base de estas cosas que no dependen de nuestra voluntad puede originar impedimentos y obstáculos que, a la postre, nos obligará a censurar y a acusar a los demás y lamentarnos de nuestra situación.

La enseñanza de este principio radica en que debemos ejercitarnos especialmente en aquello que depende de nosotros y ser conscientes que no podemos manejar totalmente aquellas cosas o situaciones que no dependen de nosotros. Obviamente, ello no supone que debamos de abstenernos de actuar para conseguir objetivos que están sometidos a la voluntad de terceros, ya que de alguna manera podremos influir en ellos a través de nuestro deseo y voluntad, pero siempre siendo conscientes de que no están bajo nuestro control y que por tanto, de no salir las cosas como pretendemos, recapacitar sobre el curso del proyecto o la lucha que hayas entablado. Con ello evitaremos que cuando las cosas no salen como tenemos previsto, no nos frustremos poniendo con ello en peligro nuestra felicidad y paz interior

Este principio, es muy importante si tenemos en consideración que a la hora de enfrentarnos a las situaciones conflictivas de nuestra profesión, nos ayudará enormemente a discernir, primero,  sobre si disponemos del control de la situación (depende o no de mí) y posteriormente, dependiendo de la primera respuesta, realizar la inversión emocional y física que corresponda hasta alcanzar nuestro objetivo o, en su caso, saber renunciar sin irritaciones, frustraciones o sufrimientos. En definitiva, este principio nos ayudará a aceptar sin resistencias y de forma consciente y sosegada que lo que no se puede reparar o modificar es un hecho incontrovertible.

Su habéis integrado este principio en vuestro día a día como abogados, comprobaréis que puede ser de gran ayuda. No hace falta que os explique por qué…

 

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¿Cómo reducir los factores incontrolables que influyen en el trabajo del abogado?

23.10.2015 Categoría: Prensa Sin comentarios
Óscar León: El abogado y la adversidad, condenados a entenderse

Una de las cuestiones más importantes que se plantean durante la interacción entre abogados y clientes reside en el desconocimiento que éstos disponen del servicio que prestamos, y con ello no me refiero a nuestra capacidad técnica (que el cliente da por supuesta), sino a todos los factores del entorno del profesional que van a influir en el desarrollo y conclusión del encargo realizado.

Tal es el desconocimiento, que no deja de ser habitual que el cliente responsabilice al abogado de las numerosas incidencias que se producen durante el curso del encargo, y más aun a la conclusión de éste, especialmente cuando el resultado se aparta de sus expectativas iniciales.

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Ejercer como abogado: un examen continuo.

23.02.2015 Categoría: Mi Práctica diaria Comentarios
Óscar León: La hoja de encargo y el abogado: todo ventajas

A veces vuelvo la mirada y descubro que mi ejercicio profesional ha sido un constante examen. Aunque no haya sido de forma explícita, lo cierto es que los jueces, clientes, compañeros de profesión, etc… me han estado sometiendo durante todos estos años a constantes exámenes sobre mis cualidades en los que, tras vivir determinadas experiencias, me he sentido suspendido o aprobado. Lógicamente, nunca me han entregado las calificaciones finales, pero mi capacidad de autoevaluación me ha permitido alcanzar una aproximación sobre la nota obtenida, lo que me ha ayudado luchar por mejorar como abogado.

Esta es una idea que los abogados, especialmente los más jóvenes, no deben olvidar. Cuando salimos de la Facultad, superamos las pruebas correspondientes, nos colegiamos, y comienzan los verdaderos exámenes ¿Te frustrabas cuando te suspendía el profesor de derecho civil inmerecidamente? Pues te frustrarás más cuando después de haber preparado un asunto a conciencia y tras una extraordinaria defensa en juicio, verás como tu acción declarativa de dominio es desestimada por el Juez ¿Te sonreías sorprendido cuando aprobaste aquel examen de derecho penal que no tenías preparado? Alucinarás cuando te llegue la resolución por la que el caso del acusado de estafa, en el que tenías nulas esperanzas, ha concluido con un fallo absolutorio.

Otro tanto ocurrirá con los clientes, esas personas de las que tanto dependes, quienes no se limitarán a evaluar tus conocimientos, pues ya presuponen que los tienes, pero que te observarán, analizarán y juzgarán por todas tus cualidades humanas, alcanzando a veces un veredicto que llevará aparejada el envenenamiento de la relación o, en el peor de los casos, la ruptura de la misma. Y qué decir, de los abogados contrarios; éstos, para hacer bien su trabajo, estarán siempre pendientes de cualquier señal que les ilustre sobre tus carencias técnicas, falta de habilidades personales o los condicionantes del caso que te vayan a impedir actuar en una u otra dirección.

¡Bienvenido al mundo real!

Sin embargo, esta escuela de la vida es de extraordinario valor para los abogados, pues a través de sus enseñanzas tenemos la oportunidad de crecer y mejorar continuamente como personas y como profesionales. En este escenario, los suspensos puntuales que nos ofrezcan las situaciones o las personas, nos espabilarán y sacarán de nuestra rutina, obligándonos a adoptar nuevos conceptos, ideas o estrategias que facilitarán nuestro crecimiento y por supuesto afinaran nuestro ingenio.

Por tanto, considero que el plantearse la abogacía como un examen permanente es bueno para el abogado, pues ello le ayudará a enfrentarse a los embates del destino con cierto optimismo, en el convencimiento de que los eventuales fracasos (que no lo dudes, surgirán durante esta larga travesía), servirán como piedra de toque para evaluarnos y así mejorar en el futuro.

¿Y qué necesitamos como compañeros en este largo viaje? Pues mucha autoconciencia, que nos permitirá sentarnos a evaluarnos; una gran dosis de tolerancia a la frustración, a fin de superar rápidamente las situaciones desagradables y no deseadas; y, cómo no, mucha humildad para evitar negar los propios errores o buscar excusas y culpables para no asumir nuestra responsabilidad, pues el cambio solo se produce desde la propia aceptación.

Y concluyo con un regalo que te hago; una cita de Ed Lond, el fundador de la compañía Polaroid: “Un error es un acontecimiento cuyos beneficios todavía no se han convertido en una ventaja” Reflexiona sobre ella, y ya verás como te ayudará a superar los próximos exámenes.

PROXIMO POST: El jueves, en legaltoday hablaremos sobre las recetas para el fracaso del abogado, diez consejos de expertos en negocios y desarrollo personal que te servirán de referente en los momentos difíciles.

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Abogados y tolerancia a la frustración.

2.02.2015 Categoría: Mi Práctica diaria Comentarios
Óscar León: Presentación de Mi Blog

Todos conocemos a abogados que lo pasan verdaderamente mal cuando en su vida profesional, es decir, durante la tramitación del encargo de un cliente, se dan situaciones que no se ajustan a sus expectativas y que perturban considerablemente lo que esperaban y deseaban. Nos referimos a supuestos en los que se dicta una resolución judicial desfavorable (especialmente inesperada), se rompe o nos vemos forzados a claudicar en una negociación, el cliente nos deja o no nos paga nuestros honorarios, y así un largo etcétera de situaciones en las que las cosas diarias se complican. En estos casos, el profesional, más frecuentemente el abogado joven, se siente frustrado, con malestar, incapaz de tolerar la situación que se torna insoportable.

¿Qué está ocurriendo? ¿por qué el abogado padece esta situación?

Nos estamos refiriendo a lo que viene denominándose como baja tolerancia a la frustración, conducta de la que nos vamos a ocupar con la finalidad conocer los fundamentos de la misma y así alertar a los compañeros de profesión para que reflexionen y analicen si en su actitud pudieran existir elementos que se identifiquen con algunos de los aspectos de la baja tolerancia a la frustración y así adoptar medidas correctoras.

El Dr. Albert Ellis estudió y analizó estas conductas en la década de los sesenta concluyendo que la baja tolerancia a la frustración es una creencia irracional que se define como una incapacidad para aceptar las situaciones y a las personas como son, al considerar a través de esta creencia que las cosas deben ser de una determinada manera, poco realista y objetiva, es decir, incongruente con la realidad. Esta creencia se enunció en los siguientes términos: “Es tremendo y catastrófico el hecho de que las cosas no vayan por el camino que a uno le gustaría que fuesen”. Consecuencia de dicha creencia, para estas personas los eventos que suceden y no se ajustan a sus deseos les provocan un desequilibrio emocional caracterizado por interpretar lo sucedido como terrible, trágico e insoportable.

El origen de esta creencia procede de nuestra infancia. Efectivamente, esta baja tolerancia a la frustración en los niños más pequeños es normal pues en dicho periodo su único y vital objetivo es satisfacer sus necesidades fisiológicas básicas, que son las más urgentes, como la alimentación y la comodidad. Al crecer, desarrollan la tolerancia a la frustración al experimentar que no siempre pueden obtener lo que desean, y al mismo tiempo, van aprendiendo a satisfacer ellos mismos sus propias necesidades con una mayor autonomía. Sin embargo, por cuestiones de educación, muchos menores desarrollan creencias contrarias, basadas en la necesidad de que todos sus deseos se cumplan como si todos sus deseos fuesen necesidades orgánicas tan poderosas y urgentes como comer, respirar o saciar la sed, lo que hace que al alcanzar la madurez tengan que enfrentarse a la realidad de la vida continuando con los llantos, pataletas y escándalos con que afrontaban los problemas en su niñez.

De este modo, las personas con baja a la tolerancia a la frustración consideran que sus deseos y necesidades están por encima de cualquier otra cosa o persona, incluidas las leyes o las normas sociales y por tanto no pueden soportar que las cosas no salgan como ellos quieren. Como señala Albert Ellis: “la persona más perturbada exige, insiste, impera u ordena dogmáticamente que sus deseos se satisfagan y se pone exageradamente angustiada, deprimida u hostil cuando no quedan satisfechos”

Partiendo de dicha creencia, las personas con baja tolerancia a la frustración podrían identificarse por las siguientes características:

- Tienen una sensibilidad excesiva hacia todo lo desagradable magnificando la faceta peor de cada situación.

- Son personas impulsivas, pues hacen lo que desean en el mismo momento en que ese deseo aparece en su mente sin ser capaces de soportar la espera.

- Se sienten víctimas, se quejan continuamente, culpan a los demás y al mundo.

- Tienden a huir, lamentarse, armar un escándalo o intentar hacer desaparecer el problema como sea para no sentir.

- Son propensos a postergar la resolución de los problemas Tienden a evitar dichos sentimientos en el ahora, es decir, en el corto plazo, en lugar de centrarse en el bienestar que conseguirían a largo plazo si lograran tolerar la frustración.

- Con frecuencia se sienten de mal humor, agitados, ansiosos, tristes, resentidos, humillados o enfadados con el mundo.

En el opuesto de la baja tolerancia a la frustración se encuentra la alta tolerancia a la frustración que no es más que la capacidad para tolerar o hacer frente a las situaciones que no se ajusten a nuestros deseos y necesidades como consecuencia de disponer de unas creencias más realistas y ajustadas a la realidad. De este modo, ante los problemas, si bien la persona puede sentir contrariedad o malestar, ello no le impide continuar con la búsqueda de sus objetivos.

Por lo tanto, a la vista de la anterior información, ya podemos ir calibrando que aspectos de nuestra persona pueden estar gobernados por parámetros de alta o baja tolerancia a la frustración, pues es evidente que en el quehacer diario de los abogados se producen situaciones que van a requerir, por ejemplo, la toma de decisiones para resolver problemas; el empleo del factor tiempo a emplear en la resolución de dichos problemas, actuando de inmediato o postergando la resolución; una respuesta emocional determinada y adecuada ante las situaciones que nos ayude a interpretar como afecta el éste a nuestros intereses y los de nuestro cliente, escenarios que en definitiva van a ponernos a prueba ir creciendo como abogados.

Como remedios para aumentar nuestra tolerancia la frustración podríamos destacar los siguientes:

1º.- Siendo conscientes de nuestras emociones y sentimientos en lo relativo a nuestra tolerancia a la frustración.

2º.- Analizando si cuando reaccionamos mal estamos ante deseos o necesidades orgánicas. Como señala Ana Múñoz, si reaccionas de forma demasiado intensa ante las frustraciones, piensa que estás reaccionando como si tus deseos fuesen necesidades orgánicas que necesitan satisfacción y alivio inmediato, lo cual es erróneo y exagerado. Todo el mundo desea que las cosas les salgan bien, no cometer errores, tener una vida fácil, ser felices, ser correspondido por quienes aman, etc. Si ves todo esto como simples deseos que pueden cumplirse o no, sabrás manejar mejor las inevitables situaciones en las que eso no suceda. En cambio, si los consideras como necesidades que debes y exiges satisfacer o que se te satisfagan de inmediato, puedes tener muchos problemas. Imagina, por ejemplo cómo reaccionarán dos personas con alta y baja tolerancia a la frustración ante el rechazo de la persona que aman.

3º.- Empleando la lógica, y comprobando si existe evidencia sobre si estas actitudes son útiles a través del control de los impulsos.

4º.- Alejarse voluntaria y deliberadamente de la zona de confort en la que estamos cómodos.

5º.- Afrontar situaciones temidas a través de la exposición o la terapia de exposición gradual.

Como conclusión, podemos afirmar que el abogado debe disfrutar de una capacidad de alta tolerancia a la frustración, pues quien no sepa controlar la respuesta emocional a las situaciones en las que interviene el abogado está literalmente perdido en este mundo, disponiendo de dos opciones, cambiar para crecer o abandonar….

Triste, pero real como la vida misma.

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