oscar leon Archive

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El juez y la reputación del abogado

16.02.2017 Categoría: Blog, Litigación y oratoria 1 Comentario

“Quizás la cosa más valiosa que un abogado tiene cuando actúa en los tribunales es su reputación. Consigue tres puntos con su imagen de franqueza y sensatez cuando inicia su breve y maravilloso alegato. Si su reputación es mala, no me importa lo que dice o cómo lo dice “es como si tratara de escalar una montaña de cristal con las botas empapadas en aceite””

Esta reflexión, quizás algo exagerada del juez estadounidense Charles D. Breitel, nos servirá de exordio para tratar un tema de notable interés para los abogados que actuamos en sala: la importancia de la reputación que construimos ante los jueces frente a los que intervenimos.

Para ello, hemos de partir de considerar que a medida que transcurren los años de experiencia, los abogados que defienden pleitos y causas suelen intervenir en sala con cierta periodicidad. Esta intervención, y muy especialmente en las ciudades de tamaño medio y pequeño o en los pueblos, conduce inevitablemente a que el juez de turno conozca perfectamente el estilo de los abogados de la localidad y, por tanto, disponga de una impresión sobre los mismos. En ciudades más grandes, y debido al gran número de juzgados y de abogados, probablemente no ocurra igual con todos los abogados que intervienen en juicio, pero aquellos letrados que estén muy especializados en determinada materia, serán sobradamente conocidos por los jueces.

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¡Este juicio está ganado! (esta vez lo dice el cliente)

22.12.2016 Categoría: Blog, Mi profesión Sin comentarios

Recientemente leí una sentencia dictada por una Audiencia Provincial que resolvía sobre un litigio en el que se abordaba la resolución de un contrato defectuosamente cumplido,  disputa en la que el demandado (el cliente) invocaba en su reconvención la mala praxis del actor (su abogado). Curiosamente, entre las múltiples infracciones denunciadas había una que llamó mi atención y que paso a transcribir literalmente:

  • Desde el principio indicó la actora que el asunto estaba ganado, creando una falsa impresión a la demandada acerca de este hecho.

Lejos de entrar en el análisis de la resolución, hoy me gustaría dedicar este post a la problemática que se suscita cuando se plantea por el cliente, y no por el abogado, la tan dogmática y peligrosa afirmación que da título a este post.

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La importancia del abogado preventivo.

12.12.2016 Categoría: Blog, Mi profesión Comentarios

La mayoría de las personas acude al médico con una finalidad eminentemente preventiva para cuidar de su salud. Igualmente, es habitual que aseguremos la casa, el vehículo, la vida,… Sin embargo, esta cultura preventiva aun no ha calado en el ámbito de los problemas legales. Si la medicina preventiva promueve la buena salud, ¿por qué razón los ciudadanos, bajo determinadas circunstancias, no están interesados en promover tanto la reducción de una futura litigiosidad como la de menores costes legales?

La respuesta a esta cuestión es muy compleja debido a que nos enfrentamos a un problema de percepción social. Es un hecho constatado que la población en general considera que los abogados son profesionales que solo deben que ser consultados como último recurso, cuando algo ya va mal y ya no queda mas remedio que buscar su consejo. El abogado, por tanto, es un profesional que sirve para resolver problemas, un “apaga fuegos”. Es entonces cuando consultamos a nuestros conocidos para que nos recomienden a un buen abogado, quien desgraciadamente aparece en escena cuando la llama ya ha prendido…

Ciertamente, es posible que los propios abogados hayamos contribuido a esa visión, ya que nuestra propia cultura profesional nos enseña que los conflictos encuentran su solución en el contexto hostil del litigio basado en el axioma del ganador/perdedor, y esto es lo que siempre ha entendido nuestra sociedad, pero también el ciudadano ha contribuido a ello eludiendo la intervención de un profesional, bien porque sobreestima su propia capacidad y conocimiento para controlar una operación que tenga flecos legales (por ejemplo, una compraventa o un arrendamiento) bien porque decide ahorrar los costes adicionales del abogado.

Sin embargo, todos los abogados somos conscientes tanto de que este modelo no funciona, como lo son la inmensa mayoría de los clientes que han tenido que sufrir un litigio. Vivimos en una sociedad reglamentada en la que el conflicto jurídico puede asomar a la vuelta de la esquina sin que hayamos participado en su causa, situaciones que tienen que resolverse en unos Juzgados y Tribunales que se encuentran colapsados en todos sus niveles y cuya capacidad de respuesta es lenta y limitada; y para colmo, los procesos son costosos y rodeados de una peligrosa incertidumbre que, sea cual sea el resultado, siempre cobran un elevado coste emocional a las partes, por no decir económicos.

Por ello, es necesario buscar un enfoque diferente para la evitación y solución de conflictos, y esa nueva perspectiva nos la da la abogacía preventiva, que podemos definir como una forma de ejercer la profesión basada en el empleo de técnicas orientadas a la anticipación y prevención de problemas y conflictos legales y, en su caso, a la minimización de riesgos legales y maximización de derechos y de salidas negociadas a conflictos ya existentes. Por lo tanto, frente al planteamiento reactivo y basado en la gestión de hechos pasados que preconiza el enfoque de solución de conflictos, el enfoque preventivo es eminentemente proactivo y orientado a la evitación de conflictos futuros.

Sobre la base de esta definición, podemos afirmar que el fundamento de la abogacía preventiva radica precisamente en que somos conscientes de que el sistema de resolución de conflictos, a pesar de ser necesario (y por ello no puede ser sustituido por otro) puede ser evitado en ocasiones empleando otros enfoques que puedan lograr una mayor satisfacción del cliente.

Las herramientas con las que debe contar necesariamente el abogado para desarrollar su labor de prevención legal son, entre otras, las siguientes:

  • Formarse en una educación basada en un sistema de prevención de las crisis en lugar del sistema de gestión y solución de crisis.
  • Familiarizarse con las técnicas de negociación y mediación tanto para la solución de conflictos con terceros como para convencer al cliente del valor de una solución negociada y disuadirlo de posiciones perjudiciales.
  • Conocer al cliente, su filosofía, sus valores y sus necesidades tanto como los escenarios en los que el cliente suele operar.
  • Debe dominar el uso de la cautela y la prudencia en el consejo basado en la honestidad.
  • Finalmente, tiene que usar el pensamiento creativo, abierto y orientado en la búsqueda de alternativas para la solución del conflicto.

Aunque tanto el abogado como el cliente puedan inicialmente considerar que las ventajas del asesoramiento preventivo puedan ser escasas y que, en suma, constituirá un coste innecesario (los abogados reduciendo los honorarios por litigios, generalmente mas sustanciales, y los clientes incurriendo en costes innecesarios) lo cierto es que los beneficios de esta práctica profesional son patentes, ya que para el abogado, la asesoría preventiva equivale no solo a colaborar con la justicia, sino también a mantener una relación duradera y no ocasional con los clientes, lo que supone una fidelización de los mismos con una mayor posibilidad de facturación (como señala el abogado Alejandro Nieto “El dinero no viene de los pleitos, sino de los clientes”), todo ello sin olvidar la reducción de estrés y tensión emocional que se elimina al evitar el pleito. Alternativamente, para el cliente, la prevención le supondrá un ahorro de tiempo, dinero, y del desgaste emocional y psicológico que supone estar sometido a las veleidades de un litigio durante años.

Concluir el post señalando que la abogacía preventiva puede ejercitarse en todas las ramas del derecho e incluso cuando el cliente se presenta con un emplazamiento para contestar una demanda, pues en tales casos, siempre habrá opciones a medio o largo plazo para solucionar amistosamente  el conflicto. Naturalmente, ello no obsta para que en caso del a veces inevitable litigio judicial, el abogado emplee su capacidad, astucia y prestigio para defender con éxito los intereses de su cliente, o, como dice Polonio sabiamente a su hijo Alertes en Hamlet: “Guárdate de entrar en pendencia; pero, una vez en ella, obra de modo que sea el contrario quien se guarde de ti”.

 

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Remedios para abogados desmotivados y sobrecargados.

5.12.2016 Categoría: Blog, Mi profesión Comentarios

La pasada semana me organicé de modo que pasé una jornada entera en el despacho trabajando sobre una planificación de diversos asuntos de distinta naturaleza (redacción de documentos, estudio de asuntos, llamadas telefónicas, algo de organización de documentos, etc.). Lo cierto es que a medida que avanzaba la mañana podía comprobar que todo me estaba saliendo genial, y que iba cerrando los temas en tiempo y con la máxima eficacia y eficiencia[1]. De hecho, me permití a lo largo de la mañana publicar el siguiente tuit:

Óscar Fernández León ‏@oscarleon_abog  1 dic.

Hoy, mañana de ensueño en el despacho. Me he reservado día para resolver temas sin interrupciones. A veces ser abogado de laboratorio mola.[2]

Y la cosa no era para menos, pues no es un gran descubrimiento afirmar que para el ejercicio eficaz de nuestra profesión hace falta actuar con la máxima concentración en la tarea en la que estemos involucrados. Sin embargo, muchas veces pasamos por alto esta necesidad, y aun a sabiendas, actuamos siguiendo pautas opuestas a dicho principio (desmotivación, preocupación, distracciones, etc.).

Por ello, y considerando fundamental conocer la teoría que hay tras la práctica de estas conductas productivas con el fin de poder aplicarla y avanzar en nuestra autogestión personal y profesional dedicaremos el post de hoy a analizar el conocido como “estado de flujo” que aborda David Goleman en su obra titulada El cerebro y la inteligencia emocional: nuevos descubrimientos.

Básicamente, el autor parte de la ley de Yerkes-Dodson (1908), que demuestra la relación existente entre ansiedad, tarea y rendimiento, al considerar que cuanto más dificultad presenta una tarea de aprendizaje, menor es el grado óptimo de la motivación requerida por el aprendizaje más rápido. Una ansiedad excesiva afectará negativamente al rendimiento.

Estas relaciones reflejan que los rendimientos se optimizan a medida que aumenta la activación hasta llegar a un punto máximo, a partir del cual cualquier incremento o activación exagerada coloca el organismo en el umbral del fracaso adaptativo. La relación entre estrés y productividad se representa gráficamente mediante una “U” invertida. El aumento del estrés (el eje horizontal de la gráfica), provoca el aumento de la productividad (el eje vertical de la gráfica). A mas estrés el resultado mejora hasta que se alcanza la cima de la curva, momento en el que desciende la productividad.

Dicho esto, Goleman recorre los campos de la gráfica definiéndolos como desvinculación, sobrecarga y flujo, aspectos que son tratados desde una perspectiva de las conexiones cerebrales, escenario éste no contemplado en 1908 por los autores de Ley Yerkes-Dodson.

Así, la desvinculación es aquel estado de desmotivación, implicación y falta de compromiso que nos hace trabajar de forma poco productiva. Sobrecarga es un estado en el que el cerebro produce demasiadas hormonas del estrés que afectan a nuestra capacidad de trabajar como consecuencia de situaciones que nos desbordan y abruman. Finalmente, flujo es el punto de aprovechamiento máximo de las emociones al servicio del rendimiento que se produce cuando se da un equilibrio entre las exigencias que plantean una situación y la capacidad de la persona (aunque dicho punto máximo varía en cada persona).

Centrados en este último estado de rendimiento óptimo, nos encontramos según Goleman ante un estado de armonía neuronal[3] en el que las distintas áreas del cerebro se hallan en completa sintonía. De esta forma, el estado de flujo se caracteriza por:

  • Una concentración intensa.
  • Una capacidad de reacción ágil ante los problemas.
  • Rendimiento máximo.
  • Sensación de placer por la actividad que estamos desarrollando.
  • El nivel global de actividad cerebral desciende (menos esfuerzo)

En el caso de los abogados, todos conocemos jornadas de trabajo en las que llevamos a cabo las tareas que nos hemos propuesto con absoluta precisión, y en las que por regla general percibimos que todo lo que nos ocurre tiene un sesgo positivo. En estos días, incluso ante demandas inesperadas actuamos competentemente. Por el contrario, en otros casos se producen jornadas absolutamente complejas en las que a resultas de diversas demandas o circunstancias externas, nos sentimos muy estresados y llega un momento en el que si bien continuamos trabajando, somos conscientes de que la concentración y atención campan por su ausencia. En ambos casos nos estaríamos desplazando a través de la U invertida de Yerkes-Donson, pasando de segregar hormonas de estrés bueno a un exceso de hormonas bloquean nuestros circuitos.

En estos casos es fundamental ante todo conocerse, y así saber reaccionar y tratar de regresar a la zona de máximo rendimiento. Para ello debemos emplear los remedios que se aconsejan para mantenerse o alcanzar el estado de flujo: la práctica de la concentración y relajación fisiológica, remedios éstos que variarán en cada caso, pero que a través de nuestro autoconocimiento podremos identificar y aplicar.

En definitiva, la abogacía no puede limitarse a prestar un servicio, sino que éste debe realizarse en las condiciones psíquicas y físicas adecuadas, cuestión que si bien es de Perogrullo, debe conocerse desde sus propios fundamentos e interiorizarse.

Espero que con este post haya contribuido a ello.

 

 

[1] La eficacia difiere de la eficiencia en el sentido que la eficiencia hace referencia en la mejor utilización de los recursos, en tanto que la eficacia hace referencia en la capacidad para alcanzar un objetivo aunque en el proceso no se haya hecho el mejor uso de los recursos.

[2] Post ¿Te consideras un abogado de laboratorio? http://oscarleon.es/?s=el+abogado+de+laboratorio

[3] Para alcanzar este estado, Goleman señala que será fundamental: a) ajustar las demandas a la capacidad de la persona; b) practicar las habilidades necesarias para afrontar el mayor nivel de la demanda c) mejorar la capacidad de concentración; d) ser conscientes de cuando salimos de la zona de máximo rendimiento, es decir, cuando nos encontramos en estados de disminución del rendimiento, perdida de atención y concentración, despistes, mal humor, inquietud, etc.

 

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¿Qué hacer cuando el cliente prescinde de los servicios de su abogado?

La pérdida de un cliente como consecuencia de su decisión de cambiar de abogado es otro de los “malos momentos” de nuestra profesión. Si bien es algo infrecuente, no es nada extraño que un abogado con amplia experiencia haya vivido tal situación y, como es lógico y natural, ésta constituye una vivencia muy incómoda y frustrante.

Para analizar esta incidencia, hemos de partir de la base de que el cliente está facultado para cesar a su abogado en cualquier momento de la relación profesional, cese que encuentra su fundamento en la confianza, elemento esencial del contrato de arrendamiento de servicios que nos une al cliente, pues la pérdida de ésta (que está siempre en el fondo de tal decisión) quiebra completamente la relación, haciendo imposible su pervivencia. Precisamente, por idéntica razón el abogado se encuentra igualmente facultado no sólo para no aceptar un encargo del cliente, sino para cesar en cualquier momento en su prestación del servicio.

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¿Debe el juez interrogar al testigo antes que los abogados?

24.11.2016 Categoría: Blog, Litigación y oratoria Sin comentarios

No es infrecuente que durante el desarrollo del juicio el juez proceda a interrogar a algún testigo solicitándole información aclaratoria sobre los hechos que han sido objeto de su declaración. En otras ocasiones, menos frecuentes, el juez, antes que los letrados hayan comenzado con el interrogatorio, realiza una batería de preguntas al testigo para, a continuación, invitar a aquéllos a comenzar con el interrogatorio. Esta última situación, objeto de examen en este post, es vista con cierto recelo por parte de los abogados, quienes ven en esta actuación del juez una pérdida del sentido y finalidad la propia prueba testifical.

Pero antes de examinar dicho proceder, es necesario realizar algunas consideraciones sobre la intervención judicial durante la práctica de la prueba testifical.

Dispone el artículo 372.2 de la LEC que “con la finalidad de obtener aclaraciones y adiciones, también podrá el tribunal interrogar al testigo”[1]. Esta facultad, integrada en la facultad directiva del juez deberá ejercitarse con suma prudencia y en perfecta coherencia con los principios dispositivo (las partes puedan disponer de las materias objeto del proceso) y de aportación de parte, recogido en los artículos 216 y 282 de LEC, preceptos que transcribimos a continuación:

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El abogado emocionalmente inteligente ha llegado para quedarse.

21.11.2016 Categoría: Blog Sin comentarios

Imaginaros a una abogada en su despacho, cobijada por una tenue luz que se disipa entre documentos, libros y revistas con los que está preparando el juicio señalado para el día siguiente. Su rostro refleja tranquilidad y concentración absoluta; no hay nadie en el despacho, razón por la que se ha quedado más tarde, evitando así el alboroto diario que, en otro caso, la distraería.

Ahora, dejamos a la abogada seguir con su preparación y pensaremos en la respuesta a la siguiente pregunta ¿Le basta a nuestra compañera con su capacidad de reflexión, análisis y raciocinio para llevar a cabo la labor que está realizando?

Ahora situada en otro escenario, el de las inmediaciones de una sala de vistas, la encontramos calmando su cliente, quien va a declarar como parte, pues se encuentra algo nervioso; más tarde, la observamos sentada en el estrado y recibiendo una advertencia del juez debido a la forma en la que está realizando las preguntas durante el interrogatorio. Su rostro refleja indignación ante una llamada de atención que considera injusta; finalmente, la vemos al salir del juzgado, algo excitada, dando explicaciones a su cliente, que no comprende, y por eso le preocupa la actitud del juez durante el juicio y las repercusiones que ello pueda tener en su asunto.

Nuevamente, nos planteamos la respuesta a la siguiente pregunta ¿Le basta a nuestra compañera con su capacidad de reflexión, análisis y raciocinio para llevar a con éxito cabo su labor en sala?

A la primera cuestión, es lógico responder que si, pues ciertamente, en la calma del despacho la capacidad intelectual de la abogada es suficiente para prepararse adecuadamente para el juicio. Sin embargo, en el segundo escenario, la respuesta se antoja negativa, pues es muy difícil gestionar estas situaciones sin considerar a  un componente que asoma en todas ellas: la emoción.

Efectivamente, la profesión de abogado es una de las actividades en las que las emociones están más presentes. De ello no cabe duda, pues la relación del abogado con su cliente, impregnada de pasión y condicionado por un problema que le afecta seriamente es un manantial de emociones; las relaciones con los compañeros de profesión, especialmente los “adversarios”, quienes introducen constantemente el factor emocional en sus formas de comunicación o comportamiento; las conductas, comportamientos y reacciones de los jueces cuando interactúan con nosotros; el propio liderazgo que el abogado desempeña con sus colegas y colaboradores en su despacho,…, todas, constituyen interacciones en las que la emoción juega un papel esencial.

Por ello, los abogados estamos inevitablemente obligados a aprender técnicas que nos permitan gestionar correctamente nuestras emociones, pues si durante dichas interacciones las gestionan adecuadamente acorde con sus objetivos profesionales, serán más propensos a alcanzar el éxito, entendiéndose éste como el logro y crecimiento profesional.

Para ello, los abogados contamos con las técnicas para extraer y desarrollar nuestra inteligencia emocional, que, siguiendo a Daniel Goleman, podemos definirla comola capacidad de reconocer, aceptar y canalizar nuestras emociones para dirigir nuestras conductas a objetivos deseados, lograrlo y compartirlo con los demás.Por lo tanto, de lo que se trata con la inteligencia emocional es de disponer dehabilidades que nos permitan reconocer, comprender, emplear y gestionar las emociones tanto para resolver problemas como para regular nuestro comportamiento, lo que se consigue a través del trabajo personal en cuatro áreas que, siguiendo diversas investigaciones del campo de la neurociencia y de la psicología, incrementarán no solo nuestras funciones intelectuales, sino que darán acceso otras habilidades de notable importancia.

Destacamos dichas áreas:

Conciencia de uno mismo: Capacidad del individuo de comprensión de las emociones, los puntos fuertes, las debilidades, las necesidades y los impulsos de uno mismo.

Autoregulación: Capacidad de controlar y canalizar de forma útil las emociones, los puntos fuertes, las debilidades, las necesidades y los impulsos de uno mismo.

Empatía: Capacidad de sentir o percibir lo que otra persona sentiría si estuviera en la misma situación vivida por esa persona, es decir, es una capacidad que nos ayuda a comprender los sentimientos de los otros, facilitando también la comprensión de los motivos de su comportamiento

 Habilidades interpersonales: Facultad que tenemos de gestionar las relaciones con los demás, con la particularidad de dirigirse a la obtención de un objetivo determinado, precisamente porque quienes ostentan esta capacidad (generalmente personas muy empáticas) son conscientes de que para lograr ese objetivo no pueden conseguirlo de forma individual.

Creo por tanto, que en la medida en que vayamos familiarizándonos con la inteligencia emocional, mejoraremos exponencialmente tanto en nuestra vida doméstica como profesional y, además, humanizaremos nuestra actividad.

¿Alguien da más?

Para concluir, y por si queréis comenzar a introduciros e esta materia os dejo varios enlaces de posts en los que he tratado el tema con más detalle:

http://oscarleon.es/inteligencia-emocional-y-abogados-cuando-las-emociones-suman/

http://oscarleon.es/el-autocontrol-segundo-pilar-de-la-inteligencia-emocional-del-abogado/

http://oscarleon.es/los-cuatro-pilares-de-la-inteligencia-emocional-del-abogado-la-autoconciencia/

http://oscarleon.es/seamos-mas-empaticos-seamos-mejores-abogados/

http://oscarleon.es/al-abogado-le-erosionan-las-emociones/

 

 

 

 

 

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La improvisación “preparada” del abogado en sala.

14.11.2016 Categoría: Blog, Litigación y oratoria Comentarios

La improvisación viene siendo entendida como hacer algo que no estaba previsto o preparado, llevado de la acción del momento, es decir, un hacer de pronto, sin estudio ni preparación alguna, y haciendo uso de los medios que en ese momento tenemos a mano. Este concepto es plenamente aplicable a la intervención del abogado en sala, ya que en el foro siempre se podrán producir situaciones que le exijan intervenir acuciado por las circunstancias del momento, sin tener preparada previamente su forma de actuación. La razón de esta situación es obvia: lo que puede acaecer en el desarrollo de las vistas no depende de nosotros, y existen múltiples factores que, debidamente conjugados, pueden derivar en situaciones no previstas. Estas situaciones son las que, incluso para el orador más experimentado, generan el estado de expectación y tensión previa al juicio, puesto que nunca sabemos a ciencia cierta que nos vamos a encontrar en una vista. De hecho, cuando tengo que asistir a una audiencia previa o a un juicio, a pesar de que trato de tener controlados todos los detalles y los posibles imprevistos, siempre me queda la preocupación de que algo puede fallar ante cualquier petición o sugerencia de un tercero.

Y, curiosamente ¡siempre falla algo!

Sin embargo, tal y como está concebida la oratoria forense, considero que la improvisación debe tener escasa cabida durante nuestra intervención, ya que la preparación por parte del orador del asunto en el que va a intervenir y el conocimiento exacto de las reglas procesales, no deben dejar lugar a margen alguno para imprevistos, o mejor dicho, para reaccionar sin capacidad de respuesta ante un imprevisto. Por lo tanto la regla más importante a seguir no es otra que el estudio y la preparación exhaustiva del caso, no solo para alejar toda opción de fracaso ante un imprevisto, sino igualmente para saber responder con soltura y solvencia ante cualquier evento inesperado.

No hemos de olvidar que, como afirma MAJADA[1], la intervención del orador en sala constituye una “improvisación preparada”, en la que el orador conoce las líneas esenciales de su argumentación, y durante su intervención va a realizar los interrogatorios y a desarrollar su alegato ya preparado anteriormente exponiendo dichos pensamientos. Con el conocimiento sólido de la materia procesal y de fondo del asunto dispondrá de las herramientas adecuadas para salir airoso y con solvencia, momento éste en el que se demuestra la experiencia y valía del orador, quien ante cualquier circunstancia espontánea, sabrá cómo reaccionar con soltura, transmitiendo así una imagen de poderío y solidez que repercutirá favorablemente en el auditorio.

Con estos antecedentes, vamos a examinar algunos de los imprevistos que pueden producirse en sala y la posible respuesta del orador.

1ª.- La interrupción por el juez al letrado durante la exposición oral del informe para realizarle una advertencia (que abrevie la exposición, que le queda tanto tiempo, que se está saliendo de la cuestión, etc.).

En estos casos, ante este proceder que entiendo sólo puede ser realizado en circunstancias notoriamente excepcionales, el orador debe mantener la calma y, ante el posible desorden de ideas que se producirá durante la interrupción, tomarse sus segundos para reorganizar la exposición y continuarla con las adaptaciones sugeridas. Lo que no puede hacer el orador bajo ningún concepto es permitir que el desconcierto le venza y concluir la exposición obviando el resto de la argumentación o resumirla de tal modo que nada importante se diga. Naturalmente, la regla más adecuada es llevar preparado el informe acorde con las circunstancias del auditorio, tiempo y lugar que ya hemos analizado.

Este proceder debe aplicarse a los supuestos en los que el juez nos interrumpa durante un interrogatorio con alguna advertencia sobre el modo de formularse el mismo.

2º.- Interrupción del adversario durante nuestra exposición.

Esta situación, que nunca he presenciado pero que si me ha sido referida, es absolutamente improcedente y ante tal conducta, hemos de actuar con la calma y sosiego apuntada en el número 1º precedente y tras la interrupción, veremos cómo el Juez se ocupará de adoptar las medidas correspondientes ante tal proceder o, en su caso, deberemos pedir al Juez que adopte dichas medidas mediante la admonición oportuna al contrario.

3º.- Interrupción del adversario mientras interrogamos.

Está opción, contemplada en la ley procesal, puede, en ocasiones, emplearse de forma abusiva por el contrario. En tal caso, ante la misma y la respuesta del juez a la misma, informaremos a éste de nuestra discrepancia con dicho proceder y con el uso abusivo que se estuviera realizando de adverso.

4º.- Apercibimiento de retirada de la palabra.

Ante tales supuestos, que he tenido ocasión de presenciar, la primera recomendación es evitar que esto ocurra, puesto que cuando se llega a tal extremo, es más que probable que nuestra conducta procesal haya sido desafortunada en algún aspecto. De darse el caso, se impone la cordura y deberemos pedir disculpas al tribunal, y continuaremos nuestra intervención corrigiendo aquellos actos que hayan provocado la admonición.

5º.- Durante nuestro informe el juez mantiene una conversación con algún oficial que acaba de acceder a sala para comunicarle algún extremo.

Dejando de lado aquellas situaciones en las que ante un tribunal los magistrados se comunican entre sí (pues es probable que estén comentando nuestro informe), cuando el orador está informando y entra un funcionario en sala y comenta algo al juez que dura más tiempo del conveniente, se impone suspender el curso del discurso a la espera de que la conversación concluya salvo que, ante dicha pasada, el juez nos indique que continuemos. Ello es natural, ya que si consideramos (siempre con sentido común) que el juez no va a poder escuchar nuestro alegato, carece de sentido que sigamos transmitiendo nuestro mensaje a un destinatario momentáneamente inexistente.

6º.- Interrupción del público o del testigo.

En los supuestos en los que alguien del público increpe al orador o incluso un testigo se enfrente al mismo, la solución vendrá dada por el juez, quien realizará la advertencia oportuna a los mismos. En otro caso, seremos nosotros los que, a través del juez o presidencia, le expongamos la situación y solicitemos la adopción de alguna medida para que la vista transcurra por sus cauces normales.

Concluir señalando que siempre dispondremos del uso de la palabra para dejar constancia de nuestra protesta por lo sucedido, caso de que, a nuestro juicio no se haya actuado correctamente por el juez para la solución de estas situaciones, remedio que debe suplir en todo caso la pérdida de los papeles que puede producirse ante una reacción desafortunada.

 

 

[1] Técnica del informe ante Juzgados y Tribunales. Arturo Majada. Editorial Bosch.

 

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Las siete preguntas que nunca harás en un interrogatorio

3.11.2016 Categoría: Blog, Litigación y oratoria Comentarios

Litigar constituye una actividad esencialmente estratégica, ya que durante el juicio el abogado deberá lograr transmitir al tribunal que su versión es la más fidedigna con los hechos y ajustada al derecho aplicable, ofreciendo así una prueba que refuerce esa versión mediante un relato coherente, claro y creíble. Para ello, el abogado, a través del interrogatorio deberá saber cómo extraer de los testigos la información necesaria y estructurarla de manera que los jueces puedan resolver la controversia adecuadamente. En este contexto, las preguntas del interrogatorio juegan un papel esencial, pues un empleo apropiado de las mismas es la llave para poder desarrollar dicha estrategia con éxito.

Partiendo de esta idea, hoy vamos a dedicar nuestro post a analizar siete supuestos de preguntas realizadas con falta de una proyección estratégica, lo cual puede ayudarnos a ir descubriendo la importancia del empleo de técnicas de litigación en el marco del interrogatorio.

1ª.- La pregunta del interrogatorio que nunca debiste hacer: El interrogatorio, acorde con su fin estratégico, solo procede cuando se tiene un objetivo que desde el punto de vista probatorio resulta relevante y que, en la práctica, tiene visos de ser alcanzable. Por lo tanto, antes de tomar la decisión de interrogar hemos de fijar nuestro objetivo y evaluar las posibilidades de lograrlo. Únicamente en el caso de que sea posible alcanzarlo, entraremos a interrogar; de lo contrario, es preferible mantenerse en silencio. De esta forma evitaremos la realización de un interrogatorio absurdo desde una perspectiva estratégica y propenso a disminuir la credibilidad de nuestra línea de defensa ante el juez. A veces, la mejor pregunta es la que no se hace.

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Un cliente no hace a un despacho

20.10.2016 Categoría: Blog, Marketing y tecnología Sin comentarios

Todos los despachos tenemos a un cliente importante (llamémosle VIP), es decir, un cliente que por la aportación que realiza al despacho (especialmente en facturación) es esencial para el desarrollo de nuestra actividad. Generalmente, ese cliente VIP no es el único, ya que todo despacho que se precie mantiene una cartera de otros clientes, aunque podríamos considerarlos “satélites” del cliente VIP.

Disfrutar de la confianza de este tipo de clientes es muy conveniente, si bien la experiencia nos informa que una excesiva dedicación de los recursos del despacho a los mismos puede concluir en una verdadera catástrofe para nuestra organización.

Dos las razones que avalan esta afirmación

 

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