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No basta que cada abogado sea bueno, es preciso que juntos todos los abogados, seamos algo

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Hoy, 1 de septiembre, comienza (al menos formalmente) un nuevo curso para el abogado. Algunos llevarán semanas o días trabajando, otros, quizás la mayoría, se habrán reincorporado al despacho, pero de lo que no cabe duda es que este es un día de esos especiales en nuestro particular calendario profesional. Por tal circunstancia, y siendo nuestro primer post de la temporada, me gustaría aprovechar para transmitiros la impresión que albergo sobre lo que he venido a llamar la vitalidad actual de la abogacía, es decir, el dinamismo o vigor que hoy manifiesta nuestra profesión.

¿Y por qué hablar precisamente hoy de vitalidad? Porque el hecho de que nos sintamos individual y colectivamente más vitales (lo cual es algo extraordinariamente positivo) es una buena oportunidad para seguir fortaleciéndonos y mejorando en nuestro camino para ser mejores profesionales.

Para ello, voy a destacar, muy sucintamente, algunos de los aspectos que, en mi opinión, demuestran que la abogacía, en su conjunto, está más viva que nunca.

 

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Del cielo al infierno y viceversa, la carga que todo abogado debe soportar.

28.09.2015 Categoría: Nuestra Profesión Comentarios
Óscar León: ¿Abogado y humilde? ¡Sin duda alguna!

Hoy deseo contaros una doble experiencia que he vivido recientemente y que guarda una estrecha relación tanto con los cambios que la “rueda de la fortuna” puede provocar en el estado de ánimo del abogado, como con el trasfondo de incertidumbre e inseguridad en el que desempeñamos nuestro trabajo.

Hace algo más de una semana, concretamente al final de la jornada matinal del viernes 18, cuando me disponía a marchar del despacho recibí un correo electrónico de mi procurador de Madrid, por lo que volví a sentarme y leí el contenido del mismo: Notificación de sentencia.

Vaya, me dije, la sentencia del asunto J, ¡ya era hora!

Dicha resolución derivaba de un asunto de considerable importancia que había sido ganado en ambas instancias por mi cliente y recurrido en casación de adverso, por lo que abrí el archivo adjunto tranquilo y confiado en que el fallo de la sentencia sería desestimatorio del recurso. De hecho, me alegraba por recibir lo que presumía sería una buena noticia.

Sin embargo, cuál fue mi sorpresa cuando comprobé que el fallo, contra todo pronóstico, era de estimación del recurso de casación.

Ya podéis imaginar cómo se me quedo el cuerpo. Tras tres años de trabajo duro para ganar primero un juicio complicadísimo y después ver como se confirmaba en la Audiencia este primer éxito, ahora, de golpe todo se venía abajo. Tras hojear el texto de la sentencia, me senté a cavilar y totalmente frustrado me dije “esto es lo que hay” y no hay nada que hacer. Apague el portátil y me marche a casa pensativo y con un enorme malestar. Estudiaría la sentencia durante el fin de semana y el lunes vendría el trago amargo de comunicarle la mala noticia al cliente, con todas las dificultades que ello conllevaría. Luego, pensé, tendría que intervenir, en una posición claramente desventajosa a una posible ejecución, la tasación de costas, etc. Finalmente, con sana envidia, pensé en el éxtasis que estaría sintiendo el compañero adverso.

Vaya, que pasé del cielo al infierno.

Y he aquí que llego el lunes al despacho, contrariado y con las energías aun escasas, cuando recibo a media mañana otro correo de una procuradora sevillana por la que me comunica que la notificación de otra sentencia, esta vez de la Audiencia Provincial. Para colmo era de un asunto recurrido por mi cliente en apelación frente a otra desestimatoria de su demanda.

¡Por favor, – pensé – otra vez no! Y esta vez las opciones de recibir malas noticias eran más probables que en el caso del Tribunal Supremo.

Cerré la puerta del despacho, respiré hondo y abrí el archivo adjunto.

El asunto origen de esta sentencia no era de menos importancia que el anterior, al menos en cuanto al aspecto moral, pues en mi opinión mi cliente había sufrido un verdadero atropello a nivel contractual que no fue reconocido en primera instancia, habiéndose dictado una sentencia desestimatoria con costas (que fue una auténtica sorpresa para mi y para el cliente) Además, estaba convencido que podría lograrse su revocación.

Comencé pues a leer la sentencia detenidamente hasta que el ponente realizaba una serie de consideraciones que podía interpretar como un signo favorable a mi recurso (imagino que muchos compañeros hacen lo mismo, mientras que otros se van directamente al fallo) Tras los primeros párrafos llegaba el apartado definitivo. Aquí podría seguir el texto con la misma tónica positiva o que surgieran los fatídicos “No obstante” o “Sin embargo”… Pero nada, todo seguía favorable hasta que no me lo pensé dos veces y piqué en el ratón del ordenador en busca del fallo…

Estimamos el recurso de apelación interpuesto…¡y condena a las costas de primera instancia!

Imaginaos ahora lo que sentí cuando comprobé que tras años de trabajo duro recibía la recompensa en la que siempre confié pero que temía nunca llegaría. Imaginaos la alegría de recibir este regalo después de lo acaecido el fin de semana. Y para mayor gratificación, ahora sentiría el placer de poder comunicar a mi cliente (que, el pobre estaba tan ansioso, que cada vez que lo llamaba pensaba que era para comunicarle que ya teníamos sentencia) y decirle que habíamos ganado. Igualmente, esta vez también pensé en el compañero adverso…

Fue como pasar del infierno al cielo.

Ese día tuve que hacer dos llamadas a dos clientes.

Ese día continúe siendo un abogado.

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La profesión más difícil es la de abogado.

Óscar León: El abogado y la adversidad, condenados a entenderse

Releyendo uno de los capítulos del libro SOBRE EL ALMA DE LA TOGA, libro escrito por varios autores en homenaje a la obra de Angel Ossorio y Gallardo, me topé con una cita del autor consistente en el texto de la respuesta que cuentan dio un experimentado jurista cuando le preguntaron sobre el grado de dificultad de las profesiones que se ejercen en el foro, la cual paso a transcribir:

“La profesión más difícil de todas es la de abogado de la parte demandante, porque estudiar el caso con objetividad a partir de la versión subjetiva del cliente, decidir si se promueve o no el procedimiento, prever los argumentos que pueda esgrimir la parte contraria, valorar con qué prueba se cuenta, hacer acopio de materiales y de argumentos, plantear bien la demanda, saber qué se dice y cómo, qué no se dice y por qué, cómo se articula la pretensión, de qué manera se fundamenta y cómo se concreta la petición en el suplico, requiere de una gran formación, rigor y destreza, y es algo de lo que depende, no ya la precisa delimitación de lo que será el objeto del proceso, sino también, en buena medida, el éxito mismo del pleito que se entabla. Le sigue en dificultad la de abogado de la parte demandada quien, en el corto plazo para contestar a la demanda, debe estudiarla, contrastar su contenido con lo que le ha contado su cliente, plantearse con objetividad la situación, decidir si conviene allanarse u oponerse, resolver cómo contesta, qué excepciones aduce, qué hechos admite o niega y cómo delimita con sus alegaciones lo que conformará el objeto del debate, todo lo cual requiere no menos habilidad, preparación y experiencia que la de su colega y oponente.

En tercer lugar se encuentra la de juez de primera instancia, quien, partiendo de aquellos escritos de demanda y de contestación, debe fijar el verdadero objeto de la controversia, interpretar y valorar la prueba producida, y dirimir la contienda dictando una sentencia ajustada a derecho que dé respuesta exhaustiva y congruente a las cuestiones planteadas por las partes, para lo que hace falta no sólo una adecuada preparación jurídica, sino también gran sensatez y formación humana.

Después, tal vez a cierta distancia de las anteriores, se hallaría la posición del magistrado de la Audiencia Provincial, pues siendo, como es, muy importante su función, cuenta con varios y precisos elementos para desempeñarla con acierto, como son una sentencia de primera instancia que ha resuelto motivadamente el debate planteado en la demanda y en la contestación, un razonado escrito de interposición del recurso de apelación el que se concreta la disconformidad de la parte recurrente con el contenido de aquella sentencia, y otro escrito, también fundado, de impugnación de ese recurso, quedando, en fin, reducida su actuación jurisdiccional a la adopción de una decisión que está delimitada por el conocido brocardo tantum appellatum quantum devolutum.

Y ya por último, para más altas instancias, casi podría servir cualquiera……..”

Genial, ¿no?…

Dejando de lado el insalvable humor y gracejo de la respuesta, he traído la misma al blog ya que expresa de una forma tan magistral la dificultad del trabajo que realizamos los abogados. El realismo, la claridad y la contundencia con la que el viejo jurista define el trabajo que el abogado desarrolla para la preparación de la acción a entablar o de su respuesta (ojo, que todavía quedaría la audiencia previa, el juicio, apelaciones, etc.) demuestra con creces el trabajo difícil y complejo que llevamos a cabo los abogados como operadores jurídicos que somos.

Y este conocimiento de dicha dificultad es esencial para fomentar la autoestima profesional de los abogados. Tenemos que ser conscientes (y no darlo por hecho) de que detrás de nuestra importantísima función en un Estado de Derecho, actuamos con una laboriosidad extraordinaria, realizando un trabajo comprometido, responsable y extenuante, que en muchas ocasiones ni siquiera alcanza la recompensa merecida, y que se repite día a día en escenarios y contextos diferentes en los que lidiamos con sentimientos y emociones de toda clase.

De este modo, para preservar el valor de nuestra profesión, es muy importante, insisto, que los abogados no solo seamos conscientes de nuestro esfuerzo, sino que valoremos la grandeza que ello representa para nosotros como personas y para nuestro colectivo.

Por ello, no debemos escatimar esfuerzos en transmitir permanentemente a los demás qué es lo que hacemos y cómo lo hacemos, lo que sin duda contribuirá a sensibilizar a la sociedad del valor y mérito de nuestra honorable profesión. Así que, si te animas, ¡comparte el post con otro compañero!

Por cierto, por si queda alguna duda, el autor del capítulo del que tomé la cita no es un abogado, sino un Magistrado

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El abogado y el cambio: cómo enfrentarse a la transformación de nuestros despachos

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Cuando me senté frente a la pantalla decidido a escribir el primer post de la temporada para legaltoday, me surgieron diversas temáticas de lo más variadas. Finalmente, tras sopesarlo concienzudamente, y teniendo en cuenta la situación de transformación continua en las que se halla nuestra profesión, he optado por empezar escribiendo sobre la capacidad de los abogados para gestionar el cambio, habilidad de la que hoy más que nunca debemos disponer.

http://www.legaltoday.com/blogs/gestion-del-despacho/blog-manual-interno-de-gestion/el-abogado-y-el-cambio-como-enfrentarse-a-la-transformacion-de-nuestros-despachos

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El abogado y el cambio: cómo enfrentarse a la transformación de nuestros despachos

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Cuando me senté frente a la pantalla decidido a escribir el primer post de la temporada para legaltoday, me surgieron diversas temáticas de lo más variadas. Finalmente, tras sopesarlo concienzudamente, y teniendo en cuenta la situación de transformación continua en las que se halla nuestra profesión, he optado por empezar escribiendo sobre la capacidad de los abogados para gestionar el cambio, habilidad de la que hoy más que nunca debemos disponer.Continuar
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Pero qué difícil es…

29.06.2015 Categoría: Mi Práctica diaria Comentarios
Óscar León: Al abogado le erosionan las emociones

La pasada semana, al transcribir en LinkedIn un pensamiento del abogado Jose María Rodriguez del Val sobre las dificultades de la profesión, un compañero hizo un comentario del siguiente tenor: ¡Que cierto, pero que difícil de poner en práctica… ¡

Esta acertada respuesta me ha hecho pensar en la cantidad de situaciones en las que, contrariamente a nuestros impulsos, los abogados tenemos que actuar de una determinada forma, en beneficio de nuestros clientes y, por qué no, incluso en el nuestro.

Hoy voy a dedicar el post a exponer algunas de dichas situaciones empleando el formato de unas sencillas afirmaciones. Espero que esto os anime a reflexionar sobre nuestra actitud diaria y el enorme mérito que tiene salvar estas situaciones con la templanza que nos caracteriza.

Vamos con ello,

Qué difícil es convencer al cliente que su verdad es solo su verdad, pero que no es la única, pues existe otra opuesta a la nuestra tan razonable como la suya.

Qué difícil es explicarle al cliente que no podemos darle garantías de que el asunto se va a ganar.

Qué difícil es que el cliente acepte de primeras los honorarios y nos pague puntualmente la provisión de fondos.

Qué difícil es que el cliente nos cuente toda, toda la verdad.

Qué difícil es ver como tu cliente cambia de letrado cuando no existe una razón aparente para ello.

Qué difícil es comunicar al cliente una sentencia desfavorable.

Qué difícil es mantener la compostura cuando te encuentras con un juez que se dirige a ti de forma destemplada y sin consideración alguna.

Qué difícil es convencer al funcionario de turno de que no eres una fantasma y que estás esperando a que te atienda.

Qué difícil es tratar con compañeros que te consideran su enemigo y te tratan como tal.

Sin embargo, a pesar de todas estas dificultades, salimos todas las mañanas ilusionados con la esperanza que nos da un nuevo día en el que quizás nos llegue una buena sentencia, el pago de unos buenos honorarios o tal vez nos entre el cliente de nuestra vida.

Si, pero qué difícil…

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Una explicación sencilla de lo complejo que entraña ser abogado

22.06.2015 Categoría: Mi Práctica diaria Sin comentarios
Óscar León: ¿Pueden cometer delitos las sociedades?

Para explicar la dificultad que conlleva el ejercicio de la abogacía tendríamos que recurrir a realizar una extensa exposición repleta de hechos, factores, circunstancias y ejemplos de lo más variopintos, pues la complejidad del ejercicio de nuestra profesión requeriría tratar el tema con la necesaria profundidad.

No obstante, he aquí que este fin de semana, releyendo Mailings para un joven abogado, encontré una magnífica cita del abogado José María Martínez Val en la que explica, en un alarde de concisión y belleza, el por qué de las dificultades que dan significado a nuestra actividad:

“Dificultad de conocer y probar los hechos; de prever y prevenir los motivos de oposición del adversario; de formarse juicio exacto del cliente y de sus intenciones y finalidad real y de la licitud y moralidad del asunto; dificultad de conocer la gama intensa y varia del Derecho, de interpretarlo y aplicarlo al caso concreto; de pedirlo por vías del proceso correspondiente… Y todo esto bajo la visión directa del cliente y del adverso, del letrado contrario y del tribunal, que percibe, valora y estima sus defectos y aciertos… Y con la nota particular que tras cada uno de los combates viene un fallo categórico, casi siempre victoria o derrota, pocas veces tablas”

Genial, ¿no?

Y no olvidéis que a medida que recorramos este camino lleno de obstáculos, iremos verdaderamente entendiendo la grandeza

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El “Abogado Comercial” o cómo atraer, captar y fidelizar clientes.

Óscar León: Presentación de Mi Blog

El abogado del siglo XXI debe disponer de las habilidades que lo conviertan en un verdadero comercial de sus servicios profesionales, entendiéndose por comercialidad la capacidad de atraer y captar nuevos clientes y fidelizar los existentes. Para ello, el abogado deberá concienciarse de la importancia que la actividad comercial tiene para la creación y crecimiento de los despachos profesionales, y el papel que dichas competencias y habilidades jugarán en su propio crecimiento profesional, bien individualmente, bien en la jerarquía profesional de la firma.

Sobre estas bases vamos a elaborar un modelo lo más aproximado posible de lo que entiendo puede considerarse un “abogado comercial” o, lo que es lo mismo, un abogado avezado en estas destrezas.

1º.- Deberá disfrutar de una sólida formación en derecho y en la práctica de la abogacía. Este requisito lo diferencia de otros abogados que destacan sobremanera en su capacidad de relacionarse, pero que carecen de la capacidad de satisfacer las necesidades del cliente en el campo jurídico que se supone se encuentran especializados.

2º.- El abogado comercial tiene que ser una persona proactiva, es decir, una persona capacitada para liderar su propia vida como consecuencia del potencial que dispone para mejorarse a sí mismo, su situación y su entorno mediante la toma de las iniciativas necesarias para crear cambios en su vida. Un abogado proactivo estará buscando continuamente nuevas oportunidades; se marcará objetivos efectivos orientados al cambio; perseverará y persistirá en sus esfuerzos y conseguirá tangibles, puesto que estará orientado a los resultados.

3º.- Desarrollará la actividad conocida como «liderazgo itinerante», «mantenerse en contacto» o «salir de la torre de marfil», consistente en el proceso de dejar el encierro del despacho e interactuar o relacionarse con los clientes que también podríamos denominar «abogacía itinerante», ya que si conseguimos una buena comunicación al relacionarnos, podremos establecer excelentes lazos, de tal modo que incrementaremos nuestra influencia sobre nuestros clientes. Por lo tanto, de esta forma, no sólo los fidelizaremos, sino que el contacto informal puede llevarnos a la consecución de nuevos clientes y encargos profesionales.

4º.- Desarrollará una especial intuición para saber lo que tanto el cliente actual como el potencial necesitan del despacho de abogados. Esta capacidad es de suma importancia, dado que una de las habilidades más valoradas en un abogado es su capacidad de obtener más encargos de los actuales clientes como de persuadir al cliente potencial sobre la necesidad de acceder a sus servicios jurídicos, tanto para prevenir como para resolver un problema jurídico.

5º.- El abogado comercial será paciente, resistente a la frustración, y sabedor de que hay que sembrar para recoger, lo que favorecerá la creación de un clima de acercamiento entre el cliente y el abogado hasta que la relación esté suficientemente madura.

6º.- La formación en técnicas de marketing, y especialmente en materias comerciales, deberán ser un referente continúo, ya que las capacidades comerciales se adquieren a través de su conocimiento y puesta en práctica. La lectura y asistencia a seminarios se antoja fundamental.

7º.- Si bien dispondrá de la adecuada capacidad de improvisación durante el proceso de captación con el cliente, el abogado comercial no dejará nada al azar, actuando de forma metódica y sobre la base de un plan estratégico perfectamente diseñado en cuanto al proceso de captación a llevar a cabo. Planificación, acción y feedback son esenciales en este campo.

8º.- El abogado comercial, una vez captado el cliente, sabrá prestarle un servicio excelente, sentando las bases de su fidelización.

9º.- La última pero no la menos importante: el abogado comercial no dudará en hablar con el cliente de honorarios de forma clara y directa, valorando debidamente su trabajo y sin temores de ser considerado pesetero, interesado, etc…, dejando clara la importancia de los honorarios al comienzo de la relación profesional.

En definitiva, en la medida que los abogados seamos conscientes de la importancia del factor comercial como parte de nuestras habilidades y decidamos fortalecerlas, más probabilidades tendremos de asegurar la supervivencia y crecimiento de nuestros despachos.

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