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Que el cambio tecnológico no haga perder la sensibilidad al abogado.

19.06.2017 Categoría: Mi Práctica diaria Sin comentarios
Óscar León: Por no ser accesible, perdí el asunto y quizá el cliente

Los avances tecnológicos están siendo fundamentales para la transformación de la abogacía, lo que está influyendo lógicamente en la forma en la que los abogados ejercemos nuestra profesión. Avances positivos, al menos es lo que se vislumbra, en un nuevo escenario en el que nos encontramos más informados, mejor preparados, más presentes y con mayor disposición de tiempo.

¿Y todo esto para qué?

¿Para que seamos más efectivos? o ¿quizás más eficaces?, ¿para ser más competitivos?, ¿para que nuestras empresas (despachos) sean más rentables? ¿para ahorrar tiempo?

Sin negar que el cambio tecnológico favorece la consecución de dichos objetivos, en mi opinión la respuesta adecuada sería “para dar un mejor servicio a mi cliente”, y si afinamos un poco más, la contestación podría centrarse en “para la mejor defensa de mi cliente”.

Sin embargo, lo paradójico de este nuevo contexto tecnológico reside en que lo positivo y favorable del mismo puede transformarse en negativo y perjudicial para nuestra práctica profesional; mayor eficacia, eficiencia, productividad, ahorro de tiempo, etc., en lugar de ir destinado al cliente, puede, convirtiéndose en un fin en sí mismo y olvidarse del verdadero vértice que inspira nuestra profesión, que no es otro que la persona a quien brindamos nuestra asistencia.

Y cuando señalo a nuestro cliente, me estoy refiriendo a su situación personal, a esa singularidad que entra en nuestra vida profesional de repente, con toda su carga emocional, generalmente alterada por el problema que lo hace llamar nuestra puerta, estado anímico que el abogado, dotado de una extraordinaria sensibilidad, debe conocer, cuidar y reconducir humanamente durante el desarrollo del asunto, porque la defensa del cliente no se limita a la aplicación de unos conocimientos jurídicos mediante consejo, mediación o defensa en el foro, sino que se extiende, como presupuesto previo a dicha actuación, a comprender y entender al cliente, conocer sus pasiones y sentimientos e incluso sus sufrimientos.

Esta sensibilidad, de la que ya hablaba don Angel Ossorio en su “Alma de la Toga” hace cien años, puede perderse si los cambios tecnológicos nos alejan del cliente, convirtiéndolo en una estadística más, el un algoritmo perdido en el laberinto con el que no es preciso interactuar más allá de un primer contacto (probablemente por medios telemáticos) en el que, gracias a la tecnología, los contenidos, las preguntas, el tiempo estarían protocolizados y previstos en un carrusel de insensibilidad y deshumanización.

Por ello, los abogados no hemos de caer en el riesgo de convertirnos en autómatas, embrutecidos por un trabajo insensible y alejados del pálpito de nuestro cliente, porque de lo contrario, iremos, poco a poco, siendo menos abogados.

Hecha esta reflexión, no querría concluir el post sin mencionar algunas medidas de prevención para evitar que, imperceptiblemente, la tecnología inunde nuestros despachos con esa carga de profundidad letal que constituye el olvido del cliente.

-          Las reuniones con el cliente, salvo para cuestiones puntuales, deberán realizarse personalmente; de esta forma, no solamente tendremos una visión más completa del problema, sino que podremos conocer a su persona, su forma de pensar, de sentir el trance que está viviendo y como debemos de relacionarnos con él.

-          Durante la relación profesional, hemos de mantener con el cliente contactos formales (para informarle del estado de su asunto) como informarles (simplemente para que sepa que estamos ahí), y ambos contactos habremos de procurar realizarlos personalmente. De esta forma, fortaleceremos la confianza, indispensable en nuestra relación.

-          Cuando dudemos entre llamar a un cliente o enviarle un e-mail, escoger lo primero.

-          Fijar en nuestra memoria la idea de que detrás de la mejora de los servicios, del ahorro de tiempo, de la rentabilidad de nuestras empresas, hay un ser humano que siente y sufre y que requiere nuestra comprensión y apoyo.

Y concluyo reproduciendo el final de un post que escribí ahora hace ahora un año, titulado “Transformemos la abogacía, pero por favor cuidemos de su esencia” (http://oscarleon.es/transformemos-la-abogacia-pero-por-favor-cuidemos-de-su-esencia/)

“…el Gurú de los negocios Peter DrucKer, ya señaló que las normas culturales, estrategias, tácticas, procesos, estructuras y métodos cambian continuamente para dar respuesta a los cambios del entorno, lo que motiva que las organizaciones (entre ellas nuestra profesión) se vean abocadas a estimular el progreso a través del cambio, la mejora y la innovación (igualmente a través de la renovación).

Y esta es la gran paradoja: adaptación y transformación de la profesión, pero con el necesario anclaje de una serie de principios y valores que han inspirado la idea de la abogacía desde sus inicios.  Ya lo decía Drucker “los que mejor se adapten a un mundo tan cambiante son las que mejor saben lo que no deben cambiar”

Por ello, mi reflexión final es que los abogados nos encarguemos de hacer guardar, con más fuerza que nunca, la vigencia de estos principios y que, todos a una, seamos los responsables de una evolución ejemplar, sin precedentes, de nuestra profesión”.

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Diez razones para no modernizar mi despacho

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Hoy en día, hablar de transformación, cambio, evolución e innovación en los despachos de abogados se ha convertido en materia recurrente en los diversos foros del sector; y no en vano, puesto que la transformación es una realidad ineludible que, tarde o temprano, hemos de afrontar todos los abogados en mayor o menor medida. En este contexto surge el concepto de modernización de los despachos, que podría entenderse como el proceso mediante el cual los abogados tenemos que adaptar y adecuar nuestra forma de gestionar los despachos y de prestar nuestros servicios a las exigencias de la sociedad actual.

No obstante, a pesar de este escenario cambiante, lo cierto es que muchos despachos, especialmente los más pequeños, se han limitado a implementar algunas mejoras tecnológicas como los programas de gestión (aunque sorprendentemente en numerosas capitales siguen existiendo despachos que carecen de este soporte informático), mostrando en ocasiones cierta reticencia a la asunción de todo lo que lleva aparejada la referida transformación.

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Transformemos la abogacía, pero, por favor, cuidemos de su esencia.

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Innovación, disrupción, transformación son solo algunos de los términos que vienen empleándose en nuestro sector para ilustrar el proceso de cambio que, impulsado por las nuevas tecnologías, redes sociales, comunicación y marketing, etc., han motivado que el enfoque de la abogacía esté sufriendo un cambio de notable trascendencia que ha generado no pocas incertidumbres en cuanto al futuro de la profesión. De hecho, actualmente, este cambio continúa produciéndose y con más fuerza que en años anteriores.

Centrada esta realidad, me gustaría destacar una reflexión que en este escenario no puede pasar desapercibida por los abogados. Me refiero, como reza el título del post,  a la necesidad de cuidar la esencia de nuestra profesión durante este proceso de transformación.

Esencia, conforme a nuestro Diccionario de la Real Academia de la Lengua se define como “aquello que constituye la naturaleza de las cosas, lo permanente e invariable de ellas”, esencia que para el abogado debemos asociarla a los principios fundamentales de la abogacía, y que por mejor identificarlos podemos remitirnos a la Carta de los Principios adoptada en la sesión plenaria en Bruselas del 24 de noviembre de 2006, declaración cuyo objetivo es, entre otras cosas, ayudar a las abogacías que luchan por lograr su independencia, así como mejorar la comprensión entre los abogados, de la importancia del papel de la Abogacía en la sociedad.

Señala la Carta que existen principios esenciales que, incluso si se encuentran recogidos de manera levemente diferente en los diversos sistemas jurídicos, resultan comunes a todos los abogados europeos. Estos principios esenciales, que son la base de diversos códigos nacionales e internacionales que rigen la deontología del abogado, resultan esenciales a la buena administración de justicia, al acceso a la justicia y al derecho a un juicio justo, tal y como exige el Convenio Europeo de Derechos Humanos. Entre estos principios se encontrarían la independencia del abogado y libertad para ejercer en sus casos, el respeto y deber de confidencialidad para con sus clientes y secreto profesional, la evitación de los conflictos de intereses tanto entre diferentes clientes como entre abogado y cliente, la dignidad y honor de la Abogacía e integridad del abogado, la lealtad al cliente, el tratamiento justo de clientes en relación con los honorarios, la competencia profesional o el respeto a los compañeros de profesión.

Expuesto lo anterior, ¿está en peligro la esencia de la profesión como consecuencia del proceso de cambio que estamos viviendo?

El riesgo existe, no me cabe la menor duda. Si observamos detenidamente la transformación que estamos viviendo, ésta tiene como vértices la existencia de una competencia irreconocible hace años, un cliente cuyas necesidades ha cambiado completamente y unos despachos que, a través del uso de la tecnología, pretenden evolucionar y mejorar sus organizaciones a fin de ofrecer un mejor servicio que los diferencie de aquella competencia atrayendo así a los clientes. En este contexto, no es extraño que puedan tambalearse algunos de los valores y virtudes de la profesión representados por los principios rectores citados, pues a nadie se escapa que la orientación del abogado, de limitarse al ejercicio de su profesión sin más, ha pasado a cohonestarse con otra actividad centrada en la libertad e iniciativa individual del abogado-empresa que persigue el lucro y la supervivencia personal en un mundo competitivo y exigente. De hecho, nunca antes se había hablado tanto de la necesidad de adaptarse para sobrevivir en nuestro sector.

Sin embargo, a pesar de la meritada transformación, el abogado no debe olvidar que nuestra profesión es, ante todo, humana, lo que significa que, en última instancia, el ejercicio profesional se circunscribe finalmente a la intimidad de la relación personal abogado-cliente, abogado-juez o abogado-abogado adverso, situaciones éstas que resultan inalterables a los cambios, pues de lo contrario, difícilmente existiría nuestra profesión. Dicho de otra forma: podremos mejorar nuestra productividad, rentabilidad, eficacia y eficiencia; podremos diferenciarnos de la feroz competencia, pero, en definitiva, siempre actuaremos rodeados de personas (emociones) realizando nuestra actividad de consejo, negociación y defensa judicial, y es precisamente para garantizar que tales interacciones humanas puedan ser abordadas profesionalmente para lo que desde hace siglos existen los principios esenciales ya citados.

MARTINEZ VAL anticipó que la abogacía es un espíritu, una forma de ser, sentir y actuar, que se puede encarnar en muchas y variadas formas, capaz de trabajar con materiales jurídicos cambiantes, bajo forma de nuevas instituciones, con utilización de nuevas tecnologías (os suena), pero lo que nunca podrá desaparecer o eclipsarse es esa esencia del abogado, en el que la alta cotización intelectual y moral es su verdadero activo.

Y más recientemente, el Gurú de los negocios Peter DrucKer, ya señaló que las normas culturales, estrategias, tácticas, procesos, estructuras y métodos cambian continuamente para dar respuesta a los cambios del entorno, lo que motiva que las organizaciones (entre ellas nuestra profesión) se vean abocadas a estimular el progreso a través del cambio, la mejora y la innovación (igualmente a través de la renovación)

Y esta es la gran paradoja: adaptación y transformación de la profesión, pero con el necesario anclaje de una serie de principios y valores que han inspirado la idea de la abogacía desde sus inicios.  Ya lo decía Drucker “los que mejor se adapten a un mundo tan cambiante son las que mejor saben lo que no deben cambiar”

Por ello, mi reflexión final es que los abogados nos encarguemos de hacer guardar, con más fuerza que nunca, la vigencia de estos principios y que, todos a una, seamos los responsables de una evolución ejemplar, sin precedentes, de nuestra profesión.

 

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