Ejercer la abogacía desde un pequeño despacho está condicionado por múltiples factores que marcan su realidad diaria: la soledad del profesional, la presión económica, los cambios normativos, la irrupción de la inteligencia artificial y la necesidad de seguir prestando un servicio cercano y humano en un entorno cada vez más cambiante.

En este contexto, el abogado que ejerce solo o en un despacho pequeño necesita un enfoque formativo específico, en el que prevalezca una formación útil, asumible y práctica, orientada a sostener su ejercicio a largo plazo sin generar un desgaste innecesario.

Desde la convicción de que la formación debe contribuir a fortalecer al abogado y a dotarlo de herramientas para ejercer mejor en este especial escenario en el que le ha tocado desarrollarse, comenzamos 2026 proponiendo un decálogo que ofrece criterios para orientar la formación del abogado titular de un pequeño despacho con mayor sentido, eficacia y equilibrio.

1.º  Perfila tu criterio antes que ampliar tu currículum: formación práctica y aplicable al despacho

La formación del abogado exige un análisis previo y responsable sobre qué necesita aprender y con qué finalidad. Sin criterio, la formación se convierte en una acumulación acrítica de contenidos que apenas incide en la mejora real del ejercicio profesional. Por ello, hay que llevar a cabo una reflexión serena orientada a seleccionar, comprender y aplicar el conocimiento con juicio propio, asumiendo la responsabilidad de cada decisión formativa.

Durante este proceso de reflexión el abogado debe tener presente que el tiempo disponible para formarse es limitado y valioso, de modo que la formación debe responder a necesidades reales del despacho y ofrecer herramientas que puedan incorporarse de forma inmediata al trabajo diario. Quedan fuera de este enfoque los contenidos excesivamente teóricos, desconectados del ejercicio profesional, así como las formaciones genéricas que no tienen en cuenta el contexto, el tipo de asuntos ni la estructura del pequeño despacho. También resulta poco útil aquella formación que se centra en acumular horas o certificados sin una mejora tangible en la calidad del servicio jurídico. Priorizar la aplicabilidad significa formarse para trabajar mejor, con mayor claridad y eficiencia, y no simplemente para cumplir con un programa formativo.

2.º Planifica tu formación

La formación no puede quedar relegada a los momentos de menor carga de trabajo ni depender únicamente de la disponibilidad ocasional. Para el abogado de pequeño despacho resulta esencial integrarla en su planificación habitual, del mismo modo que organiza vistas, plazos o reuniones con clientes. Formarse exige tiempo, atención y continuidad, y eso solo es posible cuando se crean espacios específicos destinados a ello.

Planificar la formación implica identificar prioridades y distribuirlas de manera realista a lo largo del año. Este enfoque evita la improvisación y favorece un equilibrio razonable entre las horas de trabajo y las horas de formación.

La experiencia demuestra que pequeñas dosis constantes resultan más eficaces que esfuerzos intensivos difíciles de sostener. Crear una rutina formativa estable contribuye a que la formación deje de percibirse como una carga añadida y pase a formar parte natural del ejercicio profesional.

Planificar la formación es, en definitiva, una forma de cuidar el despacho y al propio abogado, asegurando una evolución profesional coherente y sostenible en el tiempo.

3.º Prioriza una formación sólida en Derecho sustantivo y procesal

El ejercicio competente de la abogacía descansa, en primer lugar, sobre un conocimiento riguroso del Derecho y del proceso. La capacidad para asesorar con criterio, diseñar una estrategia adecuada o defender correctamente un asunto ante los tribunales exige una formación continua y bien orientada en las normas sustantivas y procesales que rigen cada materia. En el pequeño despacho, donde no existen departamentos especializados ni apoyos internos, este conocimiento resulta aún más determinante.

La formación jurídica y procesal debe centrarse en comprender la lógica de las instituciones, el funcionamiento real de los procedimientos y la aplicación práctica de las normas en el día a día de juzgados y tribunales. Mantenerse actualizado en reformas legislativas, criterios jurisprudenciales y cambios procesales permite ofrecer un servicio más seguro y eficaz al cliente. Priorizar este tipo de formación refuerza la base técnica del abogado y constituye el pilar sobre el que se apoyan las demás competencias profesionales.

Naturalmente, ello no impide que, cuando el despacho o sus abogados desarrollen con mayor intensidad una materia concreta, la formación sustantiva y procesal se oriente preferentemente hacia esa especialidad.

4.º Opta por una formación continua, asumible y sostenida en el tiempo

La formación más eficaz para el pequeño despacho es aquella que se integra de forma natural en el ritmo del trabajo diario. Actualizarse de manera progresiva permite asimilar mejor los conocimientos y aplicarlos con mayor criterio. Así, dedicar un breve espacio semanal a revisar novedades legislativas relevantes para los asuntos que se tramitan en el despacho, participar periódicamente en sesiones formativas breves sobre herramientas tecnológicas concretas o asistir a encuentros prácticos centrados en problemas reales del ejercicio resulta más útil que concentrar la formación en periodos intensivos difíciles de sostener. Este enfoque favorece una mejora constante, compatible con la carga de trabajo habitual, y contribuye a que la formación se convierta en un hábito profesional y no en una obligación añadida.

5.º Refuerza tu formación en habilidades digitales, con especial atención a la inteligencia artificial

El pequeño despacho necesita desarrollar competencias digitales que le permitan trabajar con mayor eficiencia y autonomía. La formación en inteligencia artificial debe orientarse a comprender su funcionamiento, sus límites y sus riesgos, así como a aprender a integrarla de forma responsable en tareas como la búsqueda de información, la redacción de documentos o la organización del trabajo. Dominar estas herramientas desde el conocimiento y el criterio profesional permite aprovechar sus ventajas sin perder el control sobre el razonamiento jurídico ni sobre la calidad del servicio prestado al cliente.

En este sentido, existen iniciativas formativas de especial interés. Entre ellas, cabe destacar el Programa de Competencias Digitales UPRO, acreditado por el Consejo General de la Abogacía Española, que constituye una opción especialmente adecuada para reforzar las habilidades digitales del abogado y afrontar con mayor solvencia los retos tecnológicos del ejercicio profesional.https://www.abogacia.es/formacion/programa-de-competencias-digitales/

6.º Incorpora formación en gestión del despacho

La formación del abogado no puede limitarse al conocimiento jurídico. El pequeño despacho necesita incorporar una formación mínima y continua en gestión que le permita funcionar como una verdadera empresa de servicios profesionales. Conocer los fundamentos de la organización del despacho, la gestión económica y la planificación estratégica resulta imprescindible para tomar decisiones informadas y evitar una dirección basada exclusivamente en la intuición o la urgencia del día a día.

En este ámbito, la formación debe prestar atención a cuestiones clave como la fijación y presupuestación de honorarios, el control económico del despacho, la organización interna del trabajo y la gestión de los procesos que acompañan al encargo profesional, desde la primera visita del cliente hasta el cierre del asunto. Asimismo, adquirir nociones básicas de estrategia y desarrollo de negocio permite definir con mayor claridad el modelo de despacho, el tipo de cliente al que se dirige y la forma en que se presta el servicio jurídico.

Para quienes desean reforzar estas competencias de forma estructurada, el Curso de Gestión para Pequeños Despachos, organizado anualmente por el Consejo General de la Abogacía Española, constituye una opción formativa relevante y adaptada a las necesidades de los abogados que ejercen en despachos reducidos. https://www.abogacia.es/formacion/curso-gestion-para-pequenos-despachos/

7.º Refuerza tus habilidades transversales para un ejercicio más eficiente

Oratoria, argumentación, negociación, pensamiento crítico, trabajo en equipo o liderazgo, entre otras, constituyen habilidades transversales que inciden de forma directa en la calidad del asesoramiento, en la toma de decisiones y en la gestión cotidiana de los asuntos. En estructuras reducidas, donde el abogado asume múltiples funciones, estas competencias adquieren una relevancia aún mayor.

La formación en estas habilidades permite comunicar con claridad, negociar con mayor solvencia, estructurar mejor los argumentos, analizar los problemas desde distintas perspectivas y coordinar el trabajo con otros profesionales cuando resulta necesario. Asimismo, favorece una relación más equilibrada con clientes, compañeros y colaboradores, y contribuye a gestionar con mayor eficacia situaciones de presión, conflicto o incertidumbre propias del ejercicio profesional.

Incorporar de manera consciente este tipo de formación responde a la necesidad de ejercer con mayor eficiencia, criterio y autonomía, ya que su desarrollo refuerza la capacidad del abogado para sostener su práctica profesional con mayor seguridad y coherencia.

8.º Entrénate en habilidades emocionales y autocuidado profesional

El ejercicio de la abogacía en un pequeño despacho expone de forma constante a situaciones de tensión, incertidumbre y desgaste emocional. La presión económica, la responsabilidad directa sobre cada asunto, la soledad profesional y el contacto continuo con conflictos ajenos forman parte del día a día y pueden terminar afectando tanto a la salud del abogado como a la calidad del trabajo y a la continuidad en la profesión.

Por ello, la formación del abogado debe incorporar herramientas orientadas al autocuidado y a la gestión emocional. Aprender a manejar el estrés, establecer límites razonables en el tiempo de trabajo, gestionar la frustración derivada de resultados adversos o mantener una adecuada distancia emocional respecto de los problemas del cliente resulta esencial para ejercer con equilibrio y claridad. Estas competencias forman parte del oficio y requieren entrenamiento y atención continuada.

El cuidado personal del abogado no es un aspecto accesorio, sino una condición necesaria para sostener un ejercicio profesional responsable y duradero, especialmente en estructuras pequeñas en las que la carga del trabajo y de la toma de decisiones recae, en gran medida, sobre una sola persona.

9.º Impulsa la formación colaborativa entre pequeños despachos.

La formación compartida entre pequeños despachos permite aprender desde la experiencia de otros, contrastar enfoques y analizar casos reales vinculados al ejercicio cotidiano. Establecer alianzas formativas facilita el intercambio de conocimientos, enriquece el criterio profesional, reduce el aislamiento y favorece un aprendizaje más práctico y conectado con la realidad diaria del despacho, sin perder la independencia profesional.

10.º Benefíciate de la formación institucional

La formación institucional constituye un recurso de especial valor para el abogado que ejerce en pequeño despacho. Tanto el Consejo General de la Abogacía Española como los Consejos Autonómicos y los Colegios disponen de una oferta formativa amplia, diversa y permanentemente actualizada, diseñada desde el conocimiento directo de la realidad profesional de la abogacía.

Esta formación permite acceder a contenidos jurídicos, procesales, tecnológicos, de gestión y de habilidades profesionales con un enfoque riguroso y adaptado al ejercicio real, además de facilitar formatos compatibles con la actividad diaria del despacho. Para el abogado individual o el titular de un despacho pequeño, la formación institucional ofrece una base sólida sobre la que construir un calendario formativo equilibrado y coherente a lo largo del año.

Integrar de manera planificada la formación ofrecida por estas instituciones permite aprovechar recursos accesibles, contrastados y alineados con las exigencias deontológicas y profesionales de la abogacía.

Formarse es, en definitiva, una forma de cuidarse y de cuidar el oficio. Elegir con atención cómo, en qué y para qué formarse marcará la diferencia entre un ejercicio profesional agotador y una abogacía sostenible y digna a lo largo del tiempo. Ese es, a mi juicio, el principal reto formativo del abogado de pequeño despacho en la actualidad.