Hoy, 1 de septiembre, comenzamos un nuevo “curso profesional” y, los abogados, aunque vengamos trabajando desde hace días o semanas, tenemos marcada esta fecha en el calendario como el comienzo oficial de nuestra actividad. Por ello, estos días tan señalados se asocian a nuevos proyectos, resoluciones, deseos, etc. que se han ido generando, consciente, o inconscientemente, durante las vacaciones.

Aprovechando este contexto, he pensado en dedicar este primer post de una de las facetas más cuestionadas de los abogados: el optimismo, materia que voy a tratar, como no podía ser de otra manera, con una visión positiva y acorde con el título del post.

Comencemos…

En un artículo publicado en la revista digital Legaltoday, José Enebral Fernández, cita el trabajo de Seligman titulado “Authentic Happines”, destacando diversas variables que concurren en la actividad de los abogados:

 – Los abogados han de ser pesimistas, y esta es su actitud más prudente; deben anticipar toda suerte de argucias e incidencias negativas posibles en sus casos.

– Son dependientes de normas y procedimientos, disponen de muy estrechos márgenes de decisión en su ejercicio.

– También por la mecánica funcional, los abogados podrían estar perdiendo información que aportaría significado, luz y certidumbres.

– Se ven rodeados de conflictos y tensión, y en mucha menor medida de emociones positivas que, si se dan, duran poco.

– Una importante parte de su actividad se produce (típicamente aislados) consultando información y preparando escritos ajustados a formatos establecidos.

– Soportan una excesiva dilación en la resolución de sus casos, y han de dedicarse a varios asuntos concurrentes, normalmente diversos y complejos.

– Pertenecen a un mundo sometido a la dinámica victoria-derrota, lo que conlleva una sensible erosión emocional.

– Actúan en el marco singular de dignidades y jerarquías de la Justicia, sometidos por tanto al criterio aplicativo de los jueces.

¡Descorazonador!, ¿verdad?

Como consecuencia de dichas variables, podría pensarse que el abogado debe ser, por naturaleza pesimista, pues lo apuntado invita a ello y admite poca refutación.

Sin embargo, y no os niego que la profesión me ha dado, al igual que buenos momentos, muchos malos ratos y sinsabores, voy a defender la imperiosa necesidad de ser optimista.

Partiendo de que el optimismo puede definirse como la propensión de las personas de ver y juzgar cosas y circunstancias en su aspecto más favorable, consideramos que para el abogado es clave ser optimista y disponer de una visión positiva de todo lo que acaece en su quehacer diario, optimismo que hemos de asociar a un realismo moderado, que le permita saber gestionar las diversas situaciones disfrutando de su trabajo y superando las dificultades que antes hemos citado y que nos pueden suponer un alto coste emocional, pues para el abogado, el optimismo es un auténtico seguro de vida.

El abogado optimista se caracteriza por creer que puede controlar lo que le sucede atendiendo a aquellas circunstancias en las que puede influir, por lo que se nutre de una fe y esperanza inquebrantable en que las cosas saldrán bien, y de salir mal, aprenderá la lección. Es realista y acepta el mundo tal y como es, no lamentándose de las circunstancias adversas. Conoce sus limitaciones y por ello se preocupa de mejorarlas y potenciarlas.

Un abogado optimista será proactivo y tendrá una visión muy realista de lo que ocurre a su alrededor y, al gestionar mejor su estrés, padecerá menos problemas psíquicos y físicos. También dispondrá de una visión de si mismo equilibrada, con sus fortalezas y debilidades, conociendo sus límites y capacidades.

Igualmente, conocerá su capacidad para modificar ciertos aspectos de la vida y aceptará aquello que no pueda modificar, no esperará automáticamente lo negativo de los demás o del mundo, pero tampoco pensará que lo bueno vendrá solo y buscará activamente soluciones a los problemas.

Es preciso significar que no estamos hablando de una persona idealista, sino de una persona que sabe lo que quiere y, a pesar de los factores desfavorables con los que se encuentra, hace lo posible por cambiarlo porque confía en la posibilidad de mejorar.

Por el contrario, el abogado pesimista tiene una tendencia a ver todo lo que ocurre en su actividad profesional de una forma escéptica, siendo este un pensamiento asociado a un estado negativo permanente del mundo que nos rodea (lo bueno es algo excepcional); interioriza la culpa de todo lo que sale mal, lo que hace que se sienta más frustrado. El pesimista se resigna y se convierte en un observador pasivo de todo lo que ocurre a su alrededor.

Por otro lado, no acepta la realidad, y si lo hace, lo hará desde una perspectiva negativa.

Generalmente, debido al alto estrés que soportamos los abogados, el pesimista goza de peor salud física y psíquica que el optimista, pues la situación de frustración en que vive acaba pasándole factura.

A continuación vamos a examinar diversas situaciones en las que, a pesar de la dificultad que entrañan, el posicionamiento puede y debe ser positivo.

  • La primera, es el mérito que conlleva nuestro trabajo, se gane o se pierda, siempre, claro está, que hayamos aceptado el encargo honesta y responsablemente y luego lo hayamos preparado a conciencia. Nadie puede quitar el valor que conlleva el trabajo realizado por un abogado en defensa de su cliente. Para ello, basta con que miremos atrás y comprobemos el tiempo que, en la soledad de nuestro despacho, hemos dedicado a la preparación concienzuda del mismo.
  • La segunda, el valor que tiene la capacidad de soportar este tipo de experiencia, complejísima desde una perspectiva emocional, pues en ella el abogado pone en juego todas sus habilidades personales y profesionales bajo una presión nada desdeñable, en un contexto en el que, no olvidemos, el porcentaje de éxito “de salida” es de un 50 % o, lo que es lo mismo, una opción muy difícil. Este valor se retroalimenta cada vez que intervenimos, pues la riqueza que se adquiere tras cada una de estas experiencias es importantísima para el futuro.
  • La tercera, la valía de la victoria, pues el éxito alcanzado en una negociación o tras un juicio merece ser celebrado al menos en nuestro fuero interno ya que, insisto, ganar no es nada fácil, y constituye un premio notable tras una “lucha” en la que intervienen múltiples factores que pueden dar al traste con años de trabajo. Desde la pericia de un compañero hasta el criterio, cierto o erróneo del juez, pasando por circunstancias e imprevistos incontrolables por el abogado.
  • Finalmente, el valor de la derrota. Hemos perdido el caso, y probablemente el cliente se encuentre disgustado y contrariado, pero nadie nos puede quitar nuestro trabajo, esfuerzo, dedicación y nuestra fe, por muy complejo que sea el caso, en conseguir una victoria excepcional (que como todos sabemos, existen). La derrota del abogado puede ser derrota para el cliente, pero para nosotros debe ser acicate para seguir adelante y hacerlo mejor, buscando nuevas fórmulas o aprovechar otras circunstancias más favorables para conseguir la tan ansiada victoria. Transformar el fallo adverso en energía para mejorar es uno de los secretos que hacen más grandes a los abogados.

Ser abogado, es ser optimista, no queda otra; si sucumbimos al pesimismo iremos aniquilando nuestras ilusiones y toda experiencia profesional acabará con un regusto a ceniza. No lo dudes, valora la importancia de lo que haces, pues la complejidad, dificultad y el valor de nuestro trabajo es nuestra propia grandeza, y esta nos exige rendirle pleitesía con optimismo.

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