Esta preciosa frase, cuyo autor desconozco, la leí hace muchos y desde entonces se me ha quedado grabada en la mente. La verdad es que la filosofía que recoge en tan pocas palabras es ingente, pues de alguna forma condensa el espíritu del abogado penalista, y por extensión, el de toda la abogacía.

De hecho, esta frase me ha sido de mucha utilidad ante las clásicas discusiones con amigos o familiares sobre el trabajo que desarrollamos defendiendo a personas que, según el interlocutor, “son culpables” En estos casos, sirviéndome de la frase les explico que el ordenamiento jurídico establece un sistema judicial en el que toda persona, que es inocente mientras no se demuestre lo contrario, tiene derecho a defenderse a través de un abogado, y, siendo realmente responsable o no del delito por el que se le juzga, el abogado debe emplear, en el ejercicio del derecho de defensa,  todas sus capacidades y habilidades al servicio del cliente, que como explica la frase se dirigirá a una lucha denodada para alcanzar el resultado más ventajoso, lo que se ilustra metafóricamente con el empleo del escudo o la espada.

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