Un ser perverso y abyecto sesga la vida de un inocente, los cuerpos de seguridad detienen a la sospechosa y es nombrado un abogado. Poco después, una ola de insultos, recriminaciones y desprecio mezclado con resentimiento caen, con todo su peso, sobre la persona del defensor.

Desgraciadamente, nada nuevo bajo el sol…

Como decía en un tuit reciente, como abogado, estoy agotado de comprobar como cada vez que se producen hechos similares, la noria de la incomprensión y la animadversión vuelve a ponerse en marcha contra el defensor, y, lo digo sinceramente, pues estoy cansado de intentar explicar a quienes no quieren o no saben escuchar, las razones por las que el abogado aparece en escena y desarrolla su cometido (en tal sentido véanse los siguientes posts: http://oscarleon.es/el-abogado-es-el-escudo-del-inocente-y-la-espada-del-culpable/ , http://oscarleon.es/por-que-defiende-a-ese-criminal/ , http://oscarleon.es/mis-recelos-con-el-cliente-hace-anos-que-han-quedado-colgados-en-la-sala-de-togas/ )

Por lo tanto, insisto, hoy no voy a explicar nada, pero me van a permitir dar respuesta a un comentario que recibí en una discusión entre un grupo de amigos y conocidos, en la que tras intentar afanosamente convencer a varios intervinientes sobre la importancia y necesidad del papel del abogado, recibí, de uno de los intervinientes (más conocido que amigo) y en tono jocoso (y lógicamente figurado), la respuesta que sigue:

Ya lo dijo Shakespeare, “Lo primero que tenemos que hacer es matar a todos los abogados”.

Ante dicha reconvención, expresada a modo de payasada, y tras indicarle al sujeto en cuestión que más le valía que cerrara el pico y se ilustrará mejor antes de tergiversar el sentido de lo que dijo Shakespeare, me aparté asqueado de la conversación y abandoné toda pretensión de continuar con tan inútil debate (que por cierto, es lo que me suele ocurrir cuando alguien en las redes sociales interviene cuestionando nuestro papel, pues resulta evidente que en la mayoría de las ocasiones no hay una intención sincera de dialogar).

Sin embargo, como mi agotamiento no implica rendición alguna, hoy voy a responder a mi contradictor, no solo con una finalidad didáctica, sino con el deseo de que disponga de una última ocasión para entender lo que la venda de su ignorancia y ofuscación parece que le impide alcanzar a ver.

La frase, recogida en el drama Enrique VI, Parte II, (Acto 4), segunda escena, es pronunciada por uno de los personajes que afirma “Lo primero que debemos hacer es matar a todos los abogados…”, sentencia que, en manos de voluntades torcidas ha alcanzado con el paso de los siglos un sentido peyorativo y contrario al recto sentido e intención de su autor.

En efecto, parece ser que el taimado personaje que pronuncia la frase es un tal Dick The Butcher, quien en los preparativos de su conspiración para derrocar al gobierno y sustituirlo por otro de cariz tiránico, insiste a un tal Jack Cade la necesidad de acabar con todos los abogados como parte esencial de la conjura, y ello debido a que los abogados representaban el compromiso y garantía de defensa y respeto de la Carta Magna, y valladar inexpugnable contra la represión de los derechos y libertades públicas de todo Estado Constitucional.

Por tanto, lejos de burlarse de los abogados, lo que hizo Shakespeare fue homenajearlos, que es lo que hoy quiero hacer en este post, pues, pasando por encima de petulantes de google y muñidores de citas de tres al cuarto, el papel que desarrolla todo abogado, especialmente en casos en los que la perversión y abyección del comportamiento humano se muestra en su mayor extensión, es esencial para la pervivencia de nuestro Estado de Derecho (y no voy a dar más explicaciones, pues mantengo mi palabra).

Y concluyo haciéndole la pregunta a mi docto y leído antagonista: ¿si se cumpliera tu frase, qué harías si tu hermano, hijo o padre fueran acusados de una vileza similar? ¿dónde encontrarías a un abogado que los protegiera frente al justicialismo reinante en la opinión pública y a la ira de una sociedad ciega de rencor y odio?…