Los abogados, por muy veteranos que sean, se encuentran nerviosos antes de entrar en sala, y ello con independencia de lo preparado que lleven el caso o de las altas probabilidades de éxito que se prevean. Siempre, siempre se producirá un cierto malestar, una incomodidad pasajera durante los momentos inmediatos (y no tan inmediatos) a encarar un juicio.

¿Cuál es la razón de dicho estado anímico, que Arturo Majada, para diferenciarlo del temor escénico de los más jóvenes lo denominaba “la emoción oratoria”? A mi entender, este nerviosismo proviene de la sensación de incertidumbre que antecede a todo juicio oral, inseguridad que los abogados veteranos han constatado en múltiples ocasiones y que podría resumirse en la frase “cuando entras en sala no sabes cómo va a acabar la cosa”. Y así es, pues no hay abogado que, en alguna ocasión (aunque obviamente no es la regla general), persuadido de la bondad de su pretensión y de llevarlo todo bien amarrado, se ha encontrado finalmente con una sentencia desfavorable; y al contrario, puede ocurrir que abandonada toda esperanza antes del juicio, resulta que la resolución del caso estima nuestra pretensión…

Sin embargo, esta incertidumbre no trae su causa en veleidad o capricho alguno, sino en la circunstancia de que el juicio es un universo en el que vamos desarrollando nuestra pretensión en un escenario de constante inseguridad y duda, desde que entramos en sala hasta que concluimos con nuestro epílogo. En este universo se darán una serie de notas que conforman el abono adecuado de esta situación:

  • Dialéctica: nuestra pretensión va a ser cuestionada por un tercero (el abogado adverso o el fiscal), quien empleará toda su batería argumentativa para anular, o minimizar los efectos de aquélla.
  • Criterio aplicativo de un tercero: la resolución del caso no depende totalmente de nosotros, sino que será resuelta por el juez, un tercero imparcial que analizará con detalle nuestra pretensión y su opuesta para resolver en justicia.
  • Los jueces son seres humanos: igualmente, y siguiendo con el juez, por muy bien que conozcamos la forma en la que este dirige y gestiona en acto judicial, nadie está exento de que este adopte medidas o resoluciones inesperadas que, repentinamente, trastocan nuestra línea de defensa y, con ello, nuestro estado anímico durante la vista.
  • Dependencia de terceros: finalmente, no hay que olvidar la intervención de terceros que pueden influir en el resultado del litigio, como son las partes, testigos y peritos, cuyas declaraciones pueden dar un giro imprevisto e inesperado, transformando lo que para el abogado era un paseo militar en el caos absoluto. Los testigos, incluso los peores, aportan algo bueno; y los mejores, tienen algo malo.
  • El caso: dicen que el mejor abogado es un buen caso. Y es totalmente cierto, pero no todos los asuntos son iguales, y la casuística es tan enorme que la seguridad de un resultado favorable es prácticamente imposible.

Sin embargo, este escenario, no tan habitual en otras profesiones (imaginemos a un arquitecto, un ingeniero, un farmacéutico, etc.), puede ofrecernos algunas enseñanzas muy positivas tanto a nivel personal como profesional.

Veamos algunas de ellas.

En primer lugar, saber que esta incertidumbre nos hace más realistas, y no sólo nos hará priorizar una preparación concienzuda del caso, sino que igualmente nos permitirá ser prudentes, y jamás dar el caso por ganado, ni ante uno mismo, ni ante el cliente, creándose así unas expectativas falsas.

Durante el juicio, el abogado, sabedor de que puede ocurrir cualquier cosa, estará más preparado para sortear los imprevistos que se produzcan, precisamente porque está prevenido para ello al ser sabedor de la probable concurrencia de los mismos.

¿Y qué decir del valor de la victoria y de la derrota? Obviamente, ante este contexto tan complejo, las victorias habrá que disfrutarlas con moderación, pero también con la necesaria exaltación; por el contrario, las derrotas habrá que relativizarlas, y no convertirlas en una pesada mochila que nos acompañe al próximo juicio.

Al hilo de lo anterior,  la idea de incertidumbre nos permitirá superar con más facilidad los malos momentos que llegan tras la notificación de una resolución desfavorable, aumentando con ello nuestra capacidad de resiliencia, lo que nos permitirá estar recuperados en un brevísimo espacio temporal y listos para seguir defendiendo a nuestros clientes.

Finalmente, la incertidumbre nos obligará a desarrollar habilidades muy necesarias para el abogado como el autocontrol, la escucha activa, la atención plena y otras muchas que nos permitan saber reaccionar ante situaciones no queridas, pero en ocasiones inevitables.

El abogado es pues, maestro de la duda y aliado de la incertidumbre.

Y concluyo con esta cita del gran Piero Calamandrei que seguro que te sacará una sonrisa:

“Preguntó un joven abogado, que tenía el celo del neófito: – He defendido tres pleitos: en dos de los cuales estaba convencido de tener razón, he trabajado muchas semanas para preparar largos escritos, todos llenos de admirable doctrina; en el tercero, en que me parecía no tenerla, me he limitado a echar fuera cuatro líneas para preparar una prueba testifical; los dos primeros los he perdido; el tercero lo he ganado”.